Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 45. Esto no aparece en el manual del empleado #2
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45. Esto no aparece en el manual del empleado #2

El apodo me provoca un nuevo alud de deseo, pero lo oculto tras una sonrisa desafiante. Me muerdo el labio, me fijo en cómo sigue el movimiento con los ojos y me arqueo hacia él para pegarme a su cuerpo en una invitación silenciosa.

—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer?

Está muy tenso, tirante y vibrando a causa de la moderación que intenta imponerse, como si lo único que le impidiera estallar fuera tenerme a mí, aquí mismo, entre sus manos.

Mis auriculares vuelven a activarse. Gruño de frustración y deseo, un sonido que parece casi de dolor.

Cal farfulla un taco y posa la frente en la mía medio segundo antes de dar un paso atrás y crear una distancia que parece de kilómetros después de la intimidad de hace solo unos instantes.

Mi cuerpo protesta ante la repentina ausencia de su calor. Él recupera la compostura con más rapidez que yo, aunque la tensión que le veo en los hombros me dice que no está menos afectado.

—Vamos, jefa. Ocúpate de tus vips.

Me aliso la blusa e intento recuperar aunque sea un atisbo de apariencia profesional.

—Vale.

Paso a su lado y me obligo a alejarme a pesar de que el cuerpo me grita que me quede, que cierre la puerta con llave y me olvide de los clientes, las ventas y las responsabilidades.

Los vips empiezan a dar problemas desde el momento en el que pongo un pie en la sala.

Su presencia ha alterado el ambiente de compras exclusivas que con tanto esmero hemos preparado, y el volumen excesivo de sus conversaciones y sus peticiones exigentes ha sustituido la tranquilidad elegante que suele reinar en él.

Hay más clientes de los previstos en un principio, al menos tres personas extra que abarrotan el ya limitado espacio.

La energía de la sala no es ni por asomo la correcta.

La experiencia fluida y lujosa que solemos ofrecer se ha convertido de repente en caótica.

Sobra gente, faltan asesores personales y la tensión es cada vez mayor, puesto que las expectativas de atención inmediata de los clientes no pueden satisfacerse y estos comienzan a impacientarse.

Hago todo lo posible por mantener la situación bajo control sin perder ni por un segundo la sonrisa de gerente mientras recorro la sala.

Me coordino con mi equipo, delego lo que puedo y reasigno a los empleados para equilibrar la carga de trabajo.

Daniel está haciendo malabares para tratar de atender a varios clientes a la vez, de manera que su habitual atención meticulosa está dividida entre demasiadas demandas.

Amanda está en la trastienda intentando con todas sus fuerzas sacar más inventario para servir al grupo inesperadamente grande.

Y yo circulo de un lado a otro calmando los ánimos alterados con sonrisas educadas y con palabras de tranquilidad que cada vez suenan más huecas.

Pero no podemos hacer mucho más en una situación con personal limitado y expectativas ilimitadas.

Una mujer, una de las vips, me llama chasqueando los dedos al pasar. El sonido es brusco, imperioso, el gesto que uno utilizaría para llamar a un perro. Aprieto los dientes antes de volverme con una expresión relajada que no delata la irritación que bulle bajo la superficie.

—¿Sí, señora?

Va envuelta en prendas de diseño de pies a cabeza y cubierta de joyas caras; su expresión es una máscara de insatisfacción arrogante.

—Esto no es lo que pedimos —me dice con hosquedad al mismo tiempo que señala el artículo que tiene en las manos con un desdén apenas disimulado—. Es demasiado pequeño. Necesito otra talla.

Intercambio una mirada con Daniel, que ya está hasta arriba atendiendo a otros dos clientes y cuya habitual apariencia calmada empieza a resquebrajarse. Me transmite una súplica silenciosa con los ojos, me ruega que lo rescate.

—Iré a mirar al almacén —contesto en tono sereno—. Y le pediré a otro dependiente que venga a ayudar.

Daniel asiente y su alivio se refleja con claridad en que relaja los hombros y se le escapa un pequeño suspiro.

—Gracias —dice la mujer.

Pero no es un agradecimiento. Es una exigencia, una expectativa, como si solo estuviera reconociendo el hecho de que voy a hacer lo que ya tendría que haber hecho.

Me doy la vuelta y me dirijo hacia el almacén.

Exhalo en cuanto dejo atrás los expositores y me doy cuenta de que la tensión de los hombros me desaparece un poco ahora que estoy fuera de la vista.

Me quito la máscara profesional un instante y dejo que la irritación me invada las facciones solo un segundo.

Esto es un desastre. Un desastre total y absoluto que vamos a tardar horas en limpiar, tanto en sentido literal como figurado.

Abro la puerta del almacén y entro en el espacio fresco y silencioso al mismo tiempo que pulso el auricular para pedir refuerzos.

Detrás de mí noto algo; al volverme me quedo paralizada.

Dos hombres —clientes vips a los que reconozco vagamente de antes— me han seguido. Están a medio camino entre la puerta y yo, así que me bloquean la salida.

Me llevo los dedos al auricular y se me acelera el corazón, aunque no sé muy bien por qué. No hay motivo para tener miedo. Solo son clientes. Quizá estén impacientes. Quizá crean que no soy lo bastante rápida. Quizá solo quieran ver el inventario por sí mismos.

—No era necesario que me siguieran. —Me fuerzo a utilizar un tono tranquilo y profesional que no traiciona la inquietud que me recorre la columna vertebral—. Volveré enseguida con su artículo.

Ninguno de los dos se mueve.

Ninguno de los dos habla.

Se limitan a quedarse ahí de pie, mirándome con una intensidad que va más allá de la impaciencia o la prepotencia. Es algo más oscuro, algo intencionado.

Se me eriza el vello de los brazos.

Algo no va bien.

Una tercera presencia se materializa detrás de mí y, de pronto, me colocan una bolsa en la cabeza, una tela áspera que bloquea la luz y oscurece el mundo en un instante.

No me da tiempo a reaccionar: no grito ni lucho ni corro antes de recibir un golpe tan potente en las costillas que me deja sin aliento. Una explosión de dolor se me expande por todo el cuerpo desde el punto de impacto y me priva de la capacidad de pensar, de moverme, de respirar.

Un dolor que no se parece a nada que haya sentido antes.

Desfallezco y se me doblan las rodillas, mis pulmones se niegan a hacer su trabajo, todas las terminaciones nerviosas me gritan en señal de protesta.

Y todo se oscurece y pierdo la conciencia cuando me precipito a toda velocidad hacia el suelo.