45. Esto no aparece en el manual del empleado
ESTO NO APARECE EN EL MANUAL DEL EMPLEADO
Izzy
Ya estoy de nuevo en modo gerente. Vuelvo a adaptarme a él con facilidad, es algo que me resulta conocido y me aporta equilibrio.
El ritmo de los horarios, las reuniones y los informes me da algo a lo que aferrarme, una estructura que mantiene todo lo demás a raya.
La semana libre ha sido necesaria —obligada, en realidad—, pero volver a la tienda me sienta bien.
Es un lugar complicado, ajetreado, lleno de problemas que resolver.
Pero es mío. Y he echado de menos el caos más de lo que quiero reconocer.
La familiaridad de todo esto calma algo aún magullado en mi interior.
El brillo de los suelos de mármol pulido bajo la iluminación cuidadosamente distribuida.
El sutil aroma de la fragancia propia de la tienda, que se dispersa a través del aire acondicionado.
El suave murmullo de la clientela exclusiva que examina los estantes cargados de artículos que valen más que lo que yo gano en un mes.
Este es mi territorio, un mundo organizado a la perfección en el que sé muy bien quién soy y lo que valgo.
Parece que, al menos, Amanda ha preparado el terreno para mi regreso.
Porque, si la gente sabe lo que pasó con Evan —el arresto, los cargos, las humillantes declaraciones ante la policía—, nadie dice ni una palabra al respecto.
No hay miradas de lástima cuando se cruzan conmigo ni condolencias incómodas susurradas mientras me acerco; tampoco conversaciones en voz baja que se detienen de repente cuando entro en una habitación.
Todo sigue como si no hubiera pasado nada.
Y por eso le debo una botella enorme de tequila. Puede que dos.
El repiqueteo de unos tacones me anuncia su llegada antes de que aparezca.
Amanda entra en mi despacho con su habitual vena dramática.
Lleva la alta figura embutida en una falda lápiz negra y una blusa fucsia que, en cierto modo, consigue darle un aspecto profesional y un poquito peligroso al mismo tiempo. Se sujeta la tableta contra el pecho.
—Buenos días, jefa —dice mientras se deja caer en la silla que hay al otro lado de mi escritorio.
Se pone cómoda cruzando las piernas y me mira con una ceja arqueada.
Esbozo una sonrisa.
—¿De verdad son buenos días?
Ella sonríe de oreja a oreja: un destello de dientes blancos perfectos recortados contra los labios carmesíes.
—Ya veremos.
Me enderezo en la silla y cambio de postura: paso de gerente agotada a profesional en un único movimiento ensayado. Echo un vistazo al horario diario que ha abierto en la tableta, en cuya pantalla brillan las citas, entregas y rotaciones de personal codificadas por colores.
—A ver, ¿cuál es el desastre de hoy? —pregunto, y me preparo para la pesadilla comercial que me tiene reservada este día.
En este negocio, la catástrofe siempre acecha a la vuelta de la esquina: un envío retrasado, un cliente difícil, un miembro del personal que necesita una baja por enfermedad en el peor momento posible.
—Bueno, los compradores vip no tardarán en llegar —dice Amanda, que se desplaza por la pantalla con unas uñas de manicura perfecta—.
Han reservado una experiencia de compra privada para todo un grupo, así que disponemos del personal necesario para ello.
—Levanta la vista con una expresión tranquilizadora—.
Esta mañana no hay ningún problema importante… todavía.
Repaso la lista de nombres vinculada con la reserva.
Entorno los ojos al reconocer unos cuantos.
No son unos vips cualesquiera, sino de los que esperan que el mundo gire a su alrededor, de los que tratan a los dependientes como sirvientes en lugar de como profesionales.
De los que exigen que los atienda la gerente no porque sea necesario, sino porque pueden.
Justo lo que necesito en mi primer día después del parón.
—Genial —murmuro, y dejo la tableta sobre mi escritorio con un golpecito suave—. Van a pedir que los atienda yo, lo tengo clarísimo.
Un destello de picardía le ilumina los ojos a Amanda.
—Por supuesto. ¿Quién no querría vivir la experiencia Izzy Russo?
Le lanzo una mirada que fulminaría a la mayoría de la gente, pero Amanda se limita a absorberla como si fuera un rayo de sol.
—Seamos serias.
Se encoge de hombros y cierra la tableta con un clic decidido.
—No me cabe la menor duda de que serás capaz de manejarlos. —Suaviza la voz y adquiere un tono burlón—. Cal te ha estado dando clases, ¿no?
Mi cuerpo reacciona de manera instintiva al oír su nombre: una calidez sutil me recorre de arriba abajo y el pulso se me acelera, y espero que no se me note en la cara. Pongo los ojos en blanco y curvo los labios a pesar de mis esfuerzos por mantener una fachada profesional.
—¿Qué estás insinuando, exactamente?
Se echa hacia delante y apoya los codos en las rodillas. Toda su postura es la manifestación física de un cotilleo a punto de ser compartido.
—No, nada —dice alargando la palabra como si fuera de chicle—. Solo que pareces… distinta.
Me revuelvo en el asiento, incómoda por la facilidad con la que me capta.
—¿Distinta en qué sentido?
—Más segura. Más asertiva. Más relajada.
Enarco una ceja y siento que los colores se me suben a las mejillas.
—¿Más relajada?
Amanda me guiña un ojo y me lanza una mirada sugerente.
—Cuéntamelo tú.
Le tiro el capuchón de un bolígrafo, un gesto infantil que delata lo mucho que me ha trastocado, pero ella lo esquiva sin esfuerzo y se parte de risa cuando el plástico rebota de manera inofensiva contra la pared que tiene detrás.
Ni siquiera he podido responder aún con algo que imagino que no estaría a la altura cuando oigo una voz crepitando en el auricular que interrumpe el momento.
—Izzy, te necesitamos en la tienda.
Me aparto del escritorio.
—Ya me toca.
Amanda me dice adiós con la mano y se arrellana en la silla.
—Ve a ser la jefa. Yo me quedo aquí, al mando del resto.
Recoge el capuchón del bolígrafo que he tirado y lo coloca con mucho cuidado sobre la mesa, un pequeño gesto de organización en el caos que se avecina.
Al mediodía la tienda cobra vida. Los compradores deambulan entre los cuidadísimos expositores, las voces se superponen al suave murmullo de la música clásica, que suena al volumen justo y necesario para llenar el silencio.
La iluminación está bien pensada, diseñada para mostrar la mejor versión posible de todos los productos.
Me abro paso por los pasillos con una naturalidad experta y me detengo de vez en cuando para enderezar un expositor o hablar con un miembro del personal.
Mi sonrisa es educada, profesional, presenta ese preciso equilibrio entre amabilidad y distancia que exige el comercio de artículos de lujo.
Me dirijo hacia las salas de compras personales repasando mentalmente los saludos y los planes de contingencia.
Y es en ese momento cuando lo siento.
Ni siquiera tengo que verlo para saber que está cerca. La piel se me eriza al darme cuenta, todas las terminaciones nerviosas se me ponen de repente en alerta, como si mi cuerpo fuera una brújula y él el norte magnético.
Cal tiene esa energía: imponente, posesiva, eléctrica. Es como si existiera en mi visión periférica incluso antes de que vuelva la cabeza, como si el aire a su alrededor estuviera cargado de algo que solo yo siento.
La camisa oscura se le tensa sobre los hombros anchos, que van estrechándose hasta desembocar en la cintura delgada, y me fijo en que la tela es cara, pero no llamativa.
Se ha remangado lo justo para dejar al descubierto los antebrazos tatuados.
Tiene el pelo un poco alborotado, como si se hubiera pasado las manos por él.
Intento mantener una actitud profesional.
Lo intento con todas mis fuerzas.
Trato de conservar la misma expresión serena que llevo mostrando toda la mañana, el mismo ritmo mesurado mientras cruzo la sala, el mismo saludo cortés que les dedico a todos mis compañeros.
Pero, en cuanto paso por delante de él, me agarra la muñeca con una mano, me la rodea con los dedos callosos y, de repente…, estoy contra la pared.
Cal está pegado a mí, el pecho le sube y le baja, tiene la respiración un tanto agitada y los ojos oscurecidos por el deseo.
Me asalta los labios sin previo aviso, un beso hambriento y profundo.
Me agarra la cintura con las manos como si no soportara que estemos separados.
No es un beso delicado: es brusco, primitivo, rebosante de la energía reprimida durante las horas que hemos pasado sin el otro, pero conscientes de su presencia.
Jadeo dentro de su boca, le agarro la camisa y arrugo la tela cara. El corazón me aporrea las costillas cuando siento que pierde la contención, que el esmerado control que suele mantener se le escapa como el agua entre los dedos.
Se aparta lo justo para susurrarme en los labios:
—Te he echado de menos hoy.
Su voz es áspera, más grave de lo habitual, y me provoca escalofríos. Estando tan cerca, veo que las pupilas se le dilatan al mirarme.
—Los dos hemos estado bastante ocupados. —Finjo una confianza que no termino de sentir.
Ladea la cabeza, me mira con los ojos oscuros y me roza los labios con los suyos mientras murmura:
—Eso no significa que no tenga ganas de llevarte a rastras a algún sitio y tenerte solo para mí.
Una oleada de calor lento y pesado me recorre de pies a cabeza y las rodillas amenazan con fallarme. Pero me hago la dura: arqueo una ceja en señal de desafío y me niego a permitir que se dé cuenta de lo mucho que me está afectando.
—Bueno —digo mientras le paso los dedos por el pecho y siento la solidez de sus músculos bajo la tela fina—, puedes seguir echándome de menos hasta que me folles.
Se queda paralizado.
Se pone rígido y abre los ojos de golpe antes de amusgarlos con una concentración letal.
Hay algo salvaje en su interior y le está costando contenerlo.
—Ten cuidado con lo que dices, preciosa.