Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 44. No existe ninguna versión en la que me deje llevar
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44. No existe ninguna versión en la que me deje llevar

NO EXISTE NINGUNA VERSIÓN EN LA QUE ME DEJE LLEVAR

Cal

Estoy recuperándome de la mejor mamada de mi vida, con la mirada clavada en los ojos más bonitos que he visto nunca, y me preparo para disfrutar de la felicidad postorgásmica con la mujer que acaba de hacerme pedazos.

Y, sin embargo…

Veo rabia.

No es exactamente rabia, sino una determinación feroz, una pasión desenfrenada y una resolución imparable que destellan en los ojos de Izzy mientras se incorpora como si estuviera poseída.

Y entonces…

Se abalanza sobre mí.

—¿POR QUÉ? —grita.

Me pone las manos en los hombros y me empuja sin apenas darme tiempo a prepararme antes de que caigamos al suelo con un golpe sordo.

Gruño y parpadeo mirando al techo. Izzy está sentada a horcajadas encima de mí con las palmas en el pecho desnudo mientras me fulmina con la mirada.

—¿Por qué qué? —pregunto, medio riendo, medio resollando, porque no se ha cortado un pelo con el empujón.

—¿POR QUÉ NO TE ACUESTAS CONMIGO?

Me quedo de piedra.

Y luego me río. Suelto una de esas carcajadas profundas que te salen del alma y no te dejan respirar.

Me da un cachete en el pecho.

—¡Cal, no tiene gracia!

—Un poco sí.

Me mira con más intensidad, con el ceño fruncido.

—¿Me odias?

La agarro por las muñecas, la tumbo de espaldas con un movimiento rápido y la inmovilizo debajo de mí.

—Sí, Izzy. Te odio tanto que acabo de pasarme media hora adorando tu cuerpo con la boca.

Se le sonrojan las mejillas, pero no se deja convencer.

—Entonces —dice entre dientes, retorciéndose debajo de mí—, ¿por qué me lo niegas?

—¿Negártelo? —Bufo y le aprieto las muñecas con más fuerza para mantenerla inmovilizada en el suelo—. Preciosa, ¿crees que me queda algún resquicio de autocontrol después de lo que acabas de hacerme?

Entorna los ojos y sacude las caderas debajo de mí.

Gruño; tengo los músculos tensos y la polla empieza a endurecerse de nuevo, esta mujer es una puñetera amenaza.

—Entonces ¿cuál es el problema? —exige saber.

Me agacho, le rozo el lóbulo de la oreja con los labios y digo con una voz que es un susurro ronco:

—Porque, cuando al fin te posea, Izzy, no podrás caminar al día siguiente.

Se queda paralizada.

Le presiono las muñecas, le deslizo la nariz por un costado del cuello e inhalo su aroma, su calor, los restos de vino, sudor y sexo que permanecen en la piel.

—Y, una vez que lo haga… —continúo, con la voz convertida en una promesa oscura.

Le suelto las manos y le paso las palmas por los muslos, por la cintura; la agarro por las costillas y siento el subir y bajar de su respiración.

—No habrá un momento en el que no te necesite —murmuro—. Cada vez que entres en una habitación, la despejaré solo para doblarte sobre la superficie más cercana.

Se estremece. Le acaricio el labio inferior con el pulgar y aprieto lo justo para obligarla a abrir la boca.

—Tendrás que suplicarme que te dé un respiro, preciosa —le susurro—. Así que disfruta mientras puedas.

Tiembla debajo de mí, con los ojos oscuros y abiertos como platos, con el deseo casi vibrándole en la piel. Se contonea, ya empapada, ya mía…, y todos mis instintos me gritan que la posea. Aquí mismo. En el suelo. Fuerte, pringosa e implacablemente.

Podría darle la vuelta, inmovilizarla y obligarla a acogerme centímetro a centímetro hasta que se olvidara de hablar. Podría metérsela tan hasta el fondo que mañana todavía seguiría sintiéndome.

Pero no voy a hacerlo.

Todavía no.

Al contrario, me incorporo, sonrío con ganas y luego me agacho para darle un beso profundo y saborear la frustración, el calor y la deliciosa anticipación.

Cuando me aparto, resopla, me asesina con la mirada y esboza un puchero letal.

—Eres malo.

Me río entre dientes, la levanto con facilidad y la lanzo hacia el colchón.

—Métete en la cama, preciosa.

Ella se cruza de brazos.

—¿Para qué? ¿Para sufrir mientras tú sigues rechazándome?

Agarro el mando a distancia y enciendo la televisión.

—Tenemos capítulos de Bridgerton pendientes.

Gruñe.

—Te odio.

—Bien —digo mientras me tumbo en la cama a su lado—, porque tengo muchas opiniones sobre lord Anthony y estoy a punto de compartirlas todas.

Se queda boquiabierta.

—¿En serio…? ¿De verdad vas a ponerte a analizar la serie después de lo que acaba de pasar?

Me encojo de hombros con arrogancia y me coloco un brazo detrás de la cabeza.

—Soy un hombre con muchas capacidades, Izzy. Acostúmbrate.

Me siento en el borde de la cama e ilumino la habitación a oscuras con la luz tenue de mi móvil.

Izzy está dormida, acurrucada bajo las mantas y respirando de forma lenta y constante. Se quedó dormida más o menos a medio capítulo, con la cabeza apoyada en mi hombro y la tensión de la cena al fin olvidada.

Yo también debería dormir, pero tengo la mente demasiado alterada, inquieta. Así que hago lo que tendría que haber hecho antes.

Abro el correo electrónico de Ryan.

Tendría que haberlo leído en cuanto lo recibí. Pero, entre la cena familiar, seducir a Izzy y no follármela, como me muero de ganas de hacer, lo dejé pasar.

Y ahora no me gusta lo que veo. Repaso los datos que me ha enviado Ryan. Registros financieros. Vida laboral. Una maldita sociedad limitada en un paraíso fiscal.

Los ingresos de Evan —o la falta de ellos— no cuadran desde hace años.

Lo despidieron del trabajo un año después de empezar a salir con Izzy.

Pero, de algún modo, a pesar de no tener un empleo verificable, ha seguido recibiendo ingresos regulares en una cuenta vinculada a una sociedad limitada con sede en las islas Caimán.

Sospechoso de cojones.

Y eso ni siquiera es lo peor. Evan tiene cierta propensión a relacionarse con mujeres que trabajan en tiendas. Eso es lo que Ryan ha destacado. No siempre es igual, pero la mayoría de las chicas con las que se lo ha visto están vinculadas de una forma u otra con los comercios de lujo.

Cierro los ojos, me froto las sienes y aprieto el teléfono con fuerza. Esto no es una coincidencia. Sé que no. Todavía no dispongo de todas las piezas, pero las que poseo… tienen una mala pinta de tres pares de cojones. Y me da la sensación de que estaba utilizando a Izzy.

¿Para qué? Aún no lo sé, pero voy a averiguarlo. Sigo leyendo hasta que el teléfono me vibra y una llamada entrante parpadea en la pantalla.

Papá.

Me quedo mirándola un instante y luego me levanto de la cama con cuidado de no despertar a Izzy. Salgo al salón y cierro la puerta con suavidad detrás de mí mientras deslizo el dedo por el móvil para contestar.

—Hola, papá.

—Cal. —Tiene la voz ronca, un poco áspera por culpa de la edad, pero tan firme como siempre—. ¿Te he despertado?

—No, ya sabes que no duermo mucho.

Se ríe.

—Lo mismo digo.

El silencio se prolonga hasta que se aclara la garganta.

—He recibido tu mensaje.

—Sí. —Me froto la nuca—. He pensado que estaría bien saber cómo estabas.

Otro silencio. No es incómodo, solo… extraño.

—¿Qué tal te va el trabajo? —pregunta.

—Bien —respondo—. Mucho lío. Últimamente la seguridad es un caos.

Gruñe.

—Sí, es lo que tienen las tiendas. —Se queda callado otra vez—. ¿Tienes…? ¿Hay alguien ahora en tu vida?

Dudo. Y después digo lo que nunca he dicho.

—Sí.

Silencio.

—¿Sí?

—Sí. —Exhalo—. Es… especial.

Mi padre no contesta de inmediato, pero me doy cuenta de que le cambia la respiración, de que lo está asimilando.

—Eso está bien, hijo —dice al fin con la voz más áspera que antes—. Eso está muy bien.

Me cuesta tragar, pues se me ha formado un nudo repentino en la garganta.

—La verdad es que ha sido ella quien me ha dicho que te llamara —reconozco.

Eso provoca otra pausa en la conversación. Luego, una risita suave.

—Parece lista.

—Lo es.

Más silencio, pero esta vez es cómodo. Hablamos un rato más.

Solo de trivialidades. El trabajo. El tiempo.

Temas sencillos. Pero es la conversación más larga que mantenemos desde hace años.

Y, antes de colgar, prometemos volver a llamarnos pronto.

Antes de Navidad. Me quedo mirando el teléfono con una sensación de opresión y calidez en el pecho.

Me doy la vuelta hacia el dormitorio y me encuentro a Izzy de pie junto a la puerta. Tiene pinta de acabar de despertarse: el pelo revuelto, la camiseta sin mangas colgándole de un hombro e incertidumbre en los ojos.

—Lo siento —murmura, y cambia ligeramente de postura—. No pretendía cotillear. Solo quería un vaso de agua.

Niego con la cabeza y sonrío.

—Ya te lo he dicho. No hay secretos.

No se me escapa la ironía de mis palabras.

Izzy asiente y se frota los brazos, y yo paso a su lado, cojo un vaso de la encimera, lo lleno de agua y se lo doy. Lo coge y me dedica una sonrisa suave. Mientras volvemos a la cama, murmura:

—Estoy orgullosa de ti, ¿sabes? —La miro—. Por llamar a tu padre. —Bebe un sorbo y luego me mira por encima del borde del vaso—. Sé que no te ha resultado fácil.

No sé qué contestar a eso, así que no lo hago con palabras.

Sino que le doy un beso.

Suave, lento.

Apenas un roce de labios, un agradecimiento silencioso.

Cuando volvemos a la cama, se acurruca a mi lado y me traza dibujos en el pecho. Antes de quedarse dormida, murmura:

—Estoy deseando conocerlo.

Y, por primera vez en mucho mucho tiempo…

Me quedo dormido.