43. Orgasmos 2, sexo 0 No me salen las cuentas #3
Suelta otro taco, un sonido áspero y gutural, y entonces empieza a moverse, se saca la camisa por la cabeza con un único movimiento fluido y la tira a un lado sin importar dónde caiga. Me pasa las manos por el pelo, enreda los dedos en él y me agarra por la nuca: me controla sin hacerme daño.
Separo los labios con impaciencia, una invitación silenciosa, y me la meto en la boca.
Un gruñido profundo y gutural le brota del pecho al primer contacto, los muslos se le tensan bajo mis manos cuando hundo las mejillas y succiono hasta el fondo.
Su sabor es embriagador: sal y almizcle.
Es tan puramente Cal que la cabeza me da vueltas y el calor se me acumula entre las piernas.
Joder.
Es tan gruesa que se me tensan los labios, noto su piel caliente y suave en la lengua. No puedo abarcarla entera —es demasiado grande, demasiado en general—, pero lo intento relajando la garganta y llevándomela tan adentro como puedo.
Levanto la vista, curiosa por ver cómo reacciona, y la imagen está a punto de acabar conmigo.
Contrae los abdominales con cada respiración, tiene todos los músculos del cuerpo rígidos a causa de la tensión y la represión. Mantiene la mandíbula apretada y mueve la nuez mientras traga saliva una y otra vez.
—Buena chica —susurra, y su aprobación me inunda entera—. Sigue así.
Me agarra el pelo con más fuerza, me guía, me controla, me marca un ritmo que sigo de buena gana. Me acerca las caderas a la boca con sutileza, no con fuerza, no con rudeza, solo lo justo para intensificar la sensación, para mostrar su placer, su necesidad.
Gimo y la vibración le recorre la erección entera; suelta un taco y tira más del pelo.
—Joder, preciosa —exclama con la voz rasposa, apenas humana—. Me vas a matar.
Le clavo las uñas en los muslos y siento que crispa los músculos poderosos. Me la meto más y trago, contrayendo la garganta alrededor de la cabeza de la polla.
Su respiración se convierte en una exhalación entrecortada.
Me aparta de él agarrándome con firmeza y delicadeza al mismo tiempo, siempre consciente de su fuerza. Emito un pequeño grito de sorpresa cuando se rompe la conexión. Noto los labios hinchados y húmedos, la mente nublada por la lujuria y la confusión.
—Cal.
No responde. Tiene los ojos desorbitados, respira de forma irregular, está claro que su control pende de un hilo.
Me agarra —su presa fuerte pero nunca cruel—, tira de mí hacia él y me lleva al dormitorio con pasos decididos.
Ahogo una exclamación y me agarro a sus hombros para equilibrarme cuando prácticamente me arroja sobre la cama.
Del impacto, reboto contra el colchón y el pelo se me esparce alrededor de la cabeza; la piel me arde de deseo. Apenas tengo un segundo para recuperar la orientación antes de que me agarre los muslos y me abra las piernas con firmeza y seguridad.
Se agarra la polla con una mano con un movimiento deliberado, casi provocador.
Me la pasa por los labios entreabiertos para tentarme, reclamarme.
Mi interior, vacío y necesitado, lo ansía, pero es evidente que sus intenciones son otras.
Rodea la cama, se inclina sobre mí y empieza a presionarme la boca con la punta de la polla.
Está buscando la entrada, exigiendo sumisión, y ni siquiera pienso antes de separar los labios y permitirle colarse dentro de nuevo.
Esta vez, la posición es distinta.
Él es el que se cierne sobre mí.
Él tiene el control.
Tiene la polla más gruesa, más dura, y la mete hasta el fondo, y lo único que puedo hacer es gemir y relajar la garganta para recibirlo mientras miro de hito en hito sus abdominales contraídos, las venas de los brazos hinchadas de agarrarse al cabecero para impulsarse.
Y, de pronto, tengo su boca en el coño.
Uf, joder.
El contacto repentino me sacude como un terremoto, me estremezco entera a causa de la sobrecarga. Le araño los muslos, gimo con su polla en la boca, indefensa ante la forma en la que me come, como si llevara toda la puta vida esperando para saborearlo.
Me lame, me succiona, me destroza entera con la boca, la lengua, los dientes. Es implacable, despiadado, está decidido a llevarme al límite.
Mueve las caderas a un ritmo constante, me folla la boca con embestidas controladas y pausadas mientras me lame el clítoris con una precisión experta. El gruñido que se le escapa cuando siente cómo se la oprimo, cómo tiemblo al borde del clímax, me retumba por dentro.
Grito y su polla amortigua el sonido, tiemblo de arriba abajo. Joder, estoy tan cerca que hasta noto el sabor…
—Córrete para mí, preciosa —ruge en tono exigente contra mi carne sensible.
Y lo hago.
Me derrumbo.
El impacto es fuerte y rápido, el placer me traspasa en oleadas profundas e incontrolables.
Sigo teniendo la boca alrededor de su polla y un gemido me vibra en la garganta mientras me sacudo de arriba a abajo.
Cierro los muslos de golpe a ambos lados de su cabeza y él no se detiene, ni siquiera reduce la velocidad.
Arqueo la espalda y los músculos se me agarrotan cuando reviento con un grito que no puedo tragarme.
Sigue estimulándome mientras me corro, arrancándome todas las réplicas posibles con la lengua, como si le perteneciera.
Araño las sábanas con las manos, exhalo bocanadas de aire cortas e irregulares.
Estoy empapada, tiemblo y siento que tengo el cuerpo destruido de la mejor manera posible.
Y Cal sigue entre mis piernas, comiéndome como si aún no hubiera terminado conmigo. Como si yo no hubiera terminado.
Se le escapa otro taco, todo tenso encima de mí, agarrándome los muslos con fuerza mientras me embiste hasta el fondo y descarga en mi boca en oleadas calientes y palpitantes.
Su sabor me inunda la lengua —amargo, salado, puro Cal— y el instinto me impulsa a tragar.
Estoy aturdida, quebrada, completamente destrozada por la carnalidad del acto.
Y, mientras me derrito sobre el colchón y las réplicas de placer continúan arrasándome; mientras se levanta, acerca los labios a mi sien y me besa con una ternura que me resulta extraña después de una pasión tan intensa, me doy cuenta de una cosa.
Este hombre sigue sin follarme.