43. Orgasmos 2, sexo 0 No me salen las cuentas #2
Cal me observa. No desvía la mirada ni un solo instante, la mantiene clavada en mí con un deseo que debería aterrorizarme, pero que solo logra que me entren ganas de más.
—Buena chica —vuelve a decir con la voz ronca.
Cuando por fin estoy desnuda, el instinto se me activa al instante: comienzo a subir los brazos para tratar de protegerme del calor de su mirada, de que me esté escudriñando como si fuera a devorarme.
—No.
Su tono autoritario me provoca una nueva oleada de calor entre las piernas. No es rudo ni cruel, pero no admite réplica.
—No te escondas de mí —murmura suavizando un poco la voz—. No tienes nada que ocultar.
Sus palabras tienen algo, las pronuncia… como si se lo creyera de verdad, como si no viera nada salvo belleza cuando me mira. Como si mis inseguridades le resultaran incomprensibles.
Me muerdo el labio y me obligo a dejar las manos donde están, a permitir que me vea, entera, sin barreras ni defensas.
—Eres… —dice, exhalando con brusquedad, una crepitación casi dolorosa— la mujer más impresionante que he visto en mi vida.
La sinceridad de sus palabras es inconfundible. No es una frase hecha, no es algo que utilice para conseguir lo que quiere. Lo dice total y completamente en serio.
Quiero creerlo.
Y, Dios, cómo me hace querer creerlo.
De pronto se mueve.
Deprisa.
Pasa de estar sentado debajo de mí, controlándose a pesar de lo obvio de su deseo, a tenerme de repente —antes de que me dé tiempo a procesar lo que está ocurriendo— tumbada sobre el sofá, pegada a los cojines, aprisionada debajo de él.
Noto su cuerpo caliente y duro encima; tiene un brazo apoyado a cada lado de mi cabeza y los ojos clavados en los míos.
Jadeo y le planto las manos en el pecho al instante; siento sus músculos sólidos a través de la camisa, su calor me impregna incluso a través de la tela. El pulso se me acelera, la respiración se me entrecorta, me arqueo hacia él de manera instintiva.
Cal estira un brazo hacia un lado, coge la copa de vino que me había servido antes, se la lleva a los labios y bebe un sorbo lento sin romper el contacto visual. El líquido rojo le mancha los labios un segundo y saca la lengua para lamérselos.
—Echa la cabeza hacia atrás.
La orden me dispara el pulso. Su tono y la oscura promesa que me transmiten sus ojos hacen que me estremezca de anticipación.
Pero hago lo que me dice.
Echo la cabeza hacia atrás y expongo ante él la vulnerable columna de la garganta, donde el pulso me late de forma visible. Respiro de forma rápida e irregular.
—Buena chica.
Siento que se mueve encima de mí, noto su aliento en el cuello. Inclina la copa y me vierte un chorro fresco y ácido de vino entre los labios.
Trago obediente y siento la calidez que se me extiende por el cuerpo cuando el alcohol me llega al organismo y se mezcla con el calor de la excitación que ya me corría por las venas.
Una parte se me escapa por la comisura de la boca, me gotea por la barbilla y me traza un rastro fresco y carmesí entre los pechos.
La sensación me provoca un jadeo suave y al abrir los ojos me encuentro con los suyos. Cal chasquea la lengua y niega con la cabeza a pesar de que tiene un brillo de diversión maliciosa en la mirada.
—Uy —murmura, y su voz es un retumbo grave que siento tanto como oigo—. Te he ensuciado. Supongo que tendré que limpiarte.
Abandona mis labios para marcarme un camino ardiente por el cuello.
Me roza la clavícula con la boca, al principio con la suavidad de una pluma y luego con más firmeza, más insistencia.
La arrastra por el valle que se me forma entre los pechos, y la sensación que me provoca el fantasma de su aliento sobre la piel manchada de vino me pone la piel de gallina.
Me estremezco y me aviva los nervios cuando se restriega conmigo. Le aferro los hombros y siento la fuerza que le está costando contener.
Saca la lengua y sigue el rastro del vino que me ha goteado entre los pechos para lamerlo. Con las manos, me aprieta las costillas contra el sofá: quiere mantenerme en mi sitio, controlar mis movimientos, mi respiración, mi placer.
Se toma su tiempo, me saborea como si fuera algo escaso y valioso. Cada lametón, cada beso, está pensado para empujarme hacia el límite de la cordura.
Y me estoy volviendo loca.
El cuerpo me pide más: más presión, más fricción, más Cal.
Las provocaciones, el ritmo lento y la delicada tortura de su boca son demasiado y, a la vez, muy poco.
Arqueo la espalda sin pensarlo y le pego el pecho a la boca, como suplicándole en silencio lo que necesito.
Gruñe, un sonido oscuro y complacido que me reverbera en la piel antes de que al fin, ¡al fin! , me succione un pezón.
El jadeo que se me queda atascado en la garganta se convierte en un gemido entrecortado que apenas reconozco como mío.
Me recorre el pezón sensible con la lengua caliente y húmeda, lo rodea con ella una y otra vez y lo estimula hasta que adquiere una dureza casi dolorosa antes de pasar al otro lado.
Me colma el pecho desatendido de lametones lentos y provocadores, y yo encojo los dedos de los pies mientras la calidez me inunda la entrepierna.
Desliza los dedos hacia abajo, me acaricia el vientre, me roza la curva de la cadera, me provoca tocándome el interior del muslo. Tiemblo de ansia, de un deseo desesperado de que me toque donde más lo necesito.
Cuando por fin me pasa los dedos por el calor húmedo, gime contra mi pecho y el sonido me vibra por todo el cuerpo. Parece que le afecta de verdad lo mojada que estoy por él, lo preparada que estoy, lo receptiva que me muestro a todas sus caricias.
Me roza el clítoris con los dedos callosos, traza un círculo estimulante antes de penetrarme con dos de ellos y una lentitud deliberada. La intrusión me fuerza a coger una bocanada de aire; le pongo las manos en los hombros al instante, le clavo las uñas en la piel a través de la camisa.
—Joder, Izzy —murmura con la voz ronca y cargada de puro deseo mientras me mira a la cara. Curva los dedos dentro de mí y, al apretar ese punto, veo chiribitas—. Siempre tan perfecta para mí.
Gimo, un sonido demandante y desesperado incluso para mis oídos.
Muevo las caderas, las agito contra su mano en busca de la fricción, de la plenitud, del placer que crece con cada roce deliberado de sus dedos.
Sonríe de oreja a oreja pegado a mi piel, una expresión que siento más que veo, y me da un beso suave en la elevación del pecho mientras, con los dedos, continúa su hábil asalto contra mis sentidos.
—Eso es —murmura con una voz que es una orden apacible, alentadora y exigente a la vez—. Deja que vea cómo te corres.
Sus palabras me atraviesan de lado a lado, me tensan hasta lo más profundo de las entrañas, me llevan justo hasta el límite, pero…
No quiero que sea así.
Esta noche no.
Lo empujo por los hombros, presionándole los músculos sólidos para tratar de crear distancia. Levanta la cabeza al instante y me mira a los ojos con una expresión interrogante e intranquila en la cara. A pesar de su evidente deseo, está alerta, dispuesto a parar si es lo que quiero.
—Cal —jadeo con una voz que apenas reconozco—. Por favor… Quiero sentirte.
—Me estás sintiendo. —Habla con la voz tensa, a punto de quebrarse por el deseo, por el esfuerzo de contenerse.
Niego con la cabeza y le cojo de la muñeca para detener sus movimientos. Cuando lo agarro, dobla los dedos dentro de mí y jadeo, contrayendo las paredes internas.
—No —digo suspirando; la palabra es casi una súplica—. Quiero sentir tu polla.
Un estremecimiento visible lo recorre de arriba abajo y la respiración se le atasca de forma audible en la garganta. Vuelve a doblar los dedos, los hunde más, me hace gemir.
—Todavía no —dice con aspereza, y mueve la mano libre para empezar a pasarme el pulgar por el clítoris trazando círculos firmes y precisos que me hacen arquear la espalda y me envuelven en una espiral de placer—. Déjame ver cómo te corres antes.
Niego con la cabeza otra vez, ahora con más insistencia, y le clavo las uñas en la piel hasta dejarle marcas que espero que sigan ahí mañana.
—No —protesto, sin aliento pero decidida—. Quiero tu polla.
Gruñe, tosco y desesperado. Baja la mirada hacia los dedos que tiene enterrados dentro de mí y se concentra en las contracciones de mi cuerpo a su alrededor, en los movimientos con los que me hace temblar y jadear.
De pronto levanta la mano libre, me agarra por la barbilla y me vuelve la cara hacia él, de modo que no tengo más remedio que mirarlo.
—Joder, Izzy —dice con la voz ronca de necesidad, con un deseo apenas contenido—. Ya sabes que no puedo decirte que no.
Me besa de nuevo, me devora la boca con un hambre que me deja sin aliento y me da vueltas la cabeza.
Gime mientras retira los dedos a regañadientes y su pérdida me hace suspirar entre sus labios.
Me arrastro hacia delante en cuanto me libera, le busco la cinturilla de los pantalones con las manos y tiro de ella con dedos desesperados y torpes, decidida a saborearlo.
La tiene como una puta piedra.
Enorme.
Cuando por fin consigo abrirle los pantalones y se la rodeo con la mano, el peso grueso y aterciopelado que me late en la palma me resulta casi alarmante.
Tiemblo, aprieto los muslos involuntariamente al asimilar su tamaño, su calor, las palpitaciones de necesidad que siento en la mano.
Echa la cabeza hacia atrás y un gemido grave le retumba en el pecho cuando muestra la fuerte columna de la garganta.
—Hostia.
Me muerdo el labio, me pongo de rodillas y, mientras me inclino hacia delante, se me hace la boca agua.
Al verlo así —el fuerte y poderoso Cal derrotado por el deseo, por el ansia de mí— me siento atrevida, y quiero provocarlo más, ver hasta dónde soy capaz de arrastrarlo antes de que se rompa del todo.
—Deja que te saboree —susurro, y las palabras son una súplica apenas audible.