43. Orgasmos 2, sexo 0 No me salen las cuentas
Izzy
Salgo del dormitorio con el suave encaje de la lencería ceñido a todas las curvas del cuerpo. Llevo los pies enfundados en unas medias, así que los deslizo en silencio sobre el suelo pulido de madera y cada paso me provoca un leve aguijonazo de nervios.
Cal está sentado en el sofá, con un brazo apoyado perezosamente sobre el respaldo, el móvil sujeto en la otra mano y las largas piernas estiradas delante de él.
Tiene el cabello oscuro un poco revuelto, los hombros anchos le tensan la tela de la camisa y se ha remangado para dejar al descubierto esos antebrazos que tanto me gusta contemplar.
Parece muy tranquilo, ajeno por completo a que el simple hecho de verlo allí sentado me acelera el corazón.
Porque, en cuanto levanta la vista, en cuanto posa los ojos en mí, todo cambia.
Para mí, para mis nervios, para cualquier posible duda que pudiera albergar al respecto. Se paraliza entero, tenso por el repentino descubrimiento, y los labios se le curvan en una sonrisa lenta y devastadora.
—No me jodas. —Lo dice con una voz áspera, casi reverente. No es una queja, sino una expresión de admiración pura y sin filtros.
Trago saliva con dificultad y siento que la piel me arde mientras me observa. Una ola de calor se me extiende por todo el cuerpo: comienza donde me toca con la mirada y se irradia hasta que me sonrojo de la cabeza a los pies.
—Ven aquí, preciosa.
Sin darme tiempo a darle vueltas, a dudar de mí misma o a preocuparme, empiezo a moverme.
Me siento a horcajadas sobre él con más seguridad de la que siento.
Clavo las rodillas en los cojines del sofá, una a cada lado de sus caderas, y le poso las manos en los hombros.
Lo siento grande y sólido debajo de mí; todo calor, fuerza y deseo contenido a duras penas.
Noto que tiene los músculos tensos. Me coloca las manos en los muslos de inmediato, las desliza por las medias delicadas y separa bien los dedos para agarrarme.
—Mírate —murmura, y me absorbe con la mirada como si fuera un hombre que ve agua por primera vez después de pasar días en el desierto. Me aprieta hasta casi magullarme, me marca como suya—. Joder, preciosa, con este aspecto que tienes debería arrodillarme y rezar.
Un escalofrío me recorre de arriba abajo al oír esas palabras, al sentir la absoluta sinceridad con la que las pronuncia. Nadie me ha mirado jamás como Cal: como si fuera extraordinaria, algo raro y precioso.
—¿Te gusta? —Me recorre el interior del muslo con el pulgar, una caricia excitante, apenas perceptible, un roce fantasmal que me hace desear más.
No deja de mirarme a los ojos en ningún momento, me estudia para captar todas mis reacciones, todos los cambios minúsculos de mi expresión—.
¿Te gusta saber que me haces perder la puta cabeza?
Me muerdo el labio, muevo las caderas de forma instintiva, me pego a él en busca de fricción y de alivio para la creciente tensión. Siento que se le pone dura, que su cuerpo responde al mío con una inmediatez que es tan halagadora como empoderadora.
—Eso es —me dice con una voz persuasiva y oscura—. Muévete para mí. Demuéstrame lo mucho que te gusta.
Cojo una bocanada de aire temblorosa y mi cuerpo obedece antes de que mi mente se dé cuenta de lo que está haciendo: me restriego contra la dureza que siento debajo.
La fricción me provoca chispas de placer que me atraviesan entera y arqueo ligeramente la espalda.
Cal gruñe, un sonido gutural, animal, y me clava los dedos en los muslos para sujetarme, para controlar el ritmo al que me muevo, para guiarme como él quiere.
—Joder, eso es, Izzy. Justo así.
Gimo, echo la cabeza hacia atrás, le muestro la columna de la garganta.
Siento el pulso acelerado en el cuello, el rubor que se me extiende por el pecho, el calor que se me acumula entre las piernas.
Cada movimiento, cada roce, cada palabra que le brota de los labios no hace sino intensificar la necesidad que me constriñe.
—Pero ¿sabes lo que me apetece de verdad? —murmura mientras me sube las manos por los costados.
Me recorre las curvas de la cintura, llega hasta las costillas y me roza peligrosamente la parte inferior de los pechos con los pulgares.
El corazón me golpea las costillas con fuerza, la respiración se me acelera. Bajo esta luz, los ojos de Cal parecen casi salvajes.
—¿Qué? —Mi voz es apenas un susurro.
Me lanza esa mirada —pecaminosa, malvada—, esa que me forma un charco de calor en lo más profundo del vientre. Es una mirada que promete un placer más allá de lo imaginable.
—Un estriptis.
Me quedo sin aire.
—¿Qué?
—Ya me has oído. —Me acaricia los huesos de las caderas metiendo los pulgares justo por debajo del borde de la lencería. Luego los retira—. Con eso puesto eres la puta cosa más bonita y comestible que he visto en mi vida, y quiero que te quites el envoltorio para mí. Despacio.
Me quedo mirándolo y el cerebro me cortocircuita mientras intento asimilar la petición.
Una parte de mí quiere tomárselo a risa, decirle que soy incapaz de hacerlo, que no sé seducir de esa manera.
Pero otra parte —la cual va ganando fuerza por segundos— se entusiasma ante la idea de sentirse observada y deseada.
—¿Quieres que…?
—Que bailes para mí, preciosa.
No es del todo una orden, pero se acerca bastante. Su tono tiene algo que me imposibilita negarme.
El calor me centellea por el cuerpo y se deposita entre los muslos, y me contraigo de forma involuntaria. No soy bailarina. Nunca he sido de esas mujeres que se mueven con una elegancia natural, que irradian confianza y sensualidad sin esfuerzo. No sé ser sexy, ni a propósito ni actuando.
Pero Cal me está mirando como si lo fuera. Como si, a sus ojos, no pudiera hacer nada mal. Como si cualquier cosa que haga, por muy torpe o desmañada que sea, fuera perfecta solo porque la hago yo.
Y eso…
Eso me empuja a querer intentarlo. Experimento una valentía que no se parece a nada que haya sentido hasta ahora.
Me echo hacia atrás, aún sentada en su regazo, y cambio un poco de postura. Me llevo los dedos a los finísimos tirantes de la lencería y los acaricio con actitud provocativa. El encaje es tan delicado que apenas lo noto.
Cal sigue todos mis movimientos con los ojos, cada vez más oscuros. Cierra las manos en un puño a los lados.
—Buena chica —murmura, y su aprobación me provoca un escalofrío que me recorre la columna vertebral—. Despacio.
Respiro hondo, roto los hombros hacia atrás mientras me deslizo una tira por el brazo y me descubro todavía más ante él. El aire fresco del apartamento me eriza la piel.
Al principio me siento ridícula.
Cohibida.
Como si estuviera jugando a ser alguien que no soy.
Pero luego lo miro y me fijo en que me observa con un deseo puro y sin filtros; en que tiene el pecho agitado con una respiración cada vez más superficial; en que se agarra a los cojines del sofá como si fueran lo único que lo mantiene anclado.
Me mira como si solo existiera yo en el mundo, como si estuviera hambriento de mí, como si considerara que lo hago todo bien sin siquiera intentarlo.
—Eres la hostia de guapa —dice con la voz áspera, como de humo y whisky, ronca de necesidad—. Lo sabes, ¿no?
Noto que me cuesta tragar, los dedos se me paralizan sobre el tirante. Esas palabras han tocado algo sensible dentro de mí, algo tierno y magullado. No sé qué decir, no sé cómo responder a una honestidad tan descarnada.
Porque no me lo creo.
He pasado demasiados años oyendo lo contrario, demasiados años comparándome con estándares imposibles y sin estar a la altura. Demasiados años con las sutiles indirectas y las no tan sutiles comparaciones de Evan.
Pero, cuando Cal me mira así, con un deseo tan evidente, con esa admiración tan genuina, quiero creerlo. Quiero verme a través de sus ojos.
—Lo digo en serio, Izzy —murmura con la mirada clavada en la mía, viendo más allá—. Hasta el último puto centímetro de ti… —dice, tensando las manos sobre el sofá, con los nudillos blancos de apretar con tanta fuerza— es perfecto.
Se me forma un nudo en la garganta y la emoción amenaza con superarme. La absolutez de su certeza derriba mis defensas.
Sigue todos mis movimientos con la mirada, la nuez le sube y le baja por la garganta cuando dejo que la tela se deslice más abajo y se me ve la mayor parte del hombro, la curva de la clavícula.
El encaje se me traba ligeramente en el pecho y lo oigo tragar aire.
Me doy cuenta del poder de esto. Del poder de que te observen, de que te deseen, de controlar el ritmo.
—Eso es, cariño —murmura con los ojos derretidos y en un tono de exigencia tranquilizadora que, por alguna razón, me calma y me excita a la vez—. Deja que te vea.
Noto la piel caliente, sonrojada, mientras me mira. Me siento como si tuviera todas las terminaciones nerviosas activadas, hiperalerta, sensibles al más mínimo contacto. El encaje se desliza hacia abajo y se me engancha un instante en los pezones antes de caer del todo.
Ahora estoy desnuda de cintura para arriba, con la lencería recogida en el regazo y los pezones erectos. Resisto el impulso de taparme, de esconderme, y me obligo a permanecer quieta, a dejar que me mire hasta saciarse.
Se le escapa un suspiro de los labios, me pasea la mirada hambrienta por la piel expuesta, se empapa de cada curva, de cada peca, de cada imperfección que he pasado años intentando ocultar.
—Hostia puta.
El tono de reverencia de su voz hace que me estremezca y el calor que noto entre las piernas aumenta ante la intensa necesidad que dejan traslucir esas dos palabras.
Empiezo a moverme de nuevo.
Me llevo las manos a los lados y engancho los pulgares en la cinturilla de las bragas.
Me las bajo despacio, con coquetería, sintiendo cómo se me desboca el pulso al pensar en la tremenda audacia de lo que estoy haciendo.
El encaje se me aferra a los muslos y tengo que levantarme un poco para seguir bajándomelas, exponiéndome centímetro a centímetro.