42. Todas las palabras que cree que la excitan las he dicho yo
TODAS LAS PALAbrAS QUE CREE QUE LA EXCITAN LAS HE DICHO YO
Cal
Apenas hablamos durante el trayecto de vuelta a casa.
No se trata de un silencio incómodo, sino de una quietud que me dice que Izzy está pensando.
Procesando. Puede que reproduciendo hasta el último segundo de caos de la cena con su familia, avergonzándose de todos los comentarios fuera de lugar que ha hecho su madre, de las bromas inapropiadas de sus hermanos.
Tal vez se esté preguntando si lo he pasado mal.
No podría estar más equivocada.
Me ha encantado.
Ha sido ruidoso, embarullado y graciosísimo —el polo opuesto a mi existencia solitaria—, pero, coño, cómo he agradecido el cambio de rutina.
Y puede que también me haya dado cuenta de una verdad importante.
Que Izzy tiene razón y debo llamar a mi padre.
Carraspea a mi lado y se mueve en el asiento como si estuviera armándose de valor para hablar. La miro de reojo y me doy cuenta de que tiene los labios apretados, como si estuviera batallando consigo misma. Le ahorro el esfuerzo.
—Me lo he pasado bien —digo para romper el silencio.
Gira la cabeza hacia mí tan deprisa que casi me entra la risa.
—¿De verdad? —pregunta en un tono de absoluta incredulidad, como si acabara de decirle que me divierte que me torturen metiéndome la cabeza en el agua.
—Sí, de verdad.
Frunce el ceño como si no terminara de creerme.
—Pero son… demasiado.
—Sí —convengo—, pero me ha gustado. Se preocupan por ti. Eso es obvio.
Resopla y niega con la cabeza.
—Unos cotillas, eso es lo que son.
Me río al pensar en cuando sus hermanos me han acorralado en el patio.
—Son protectores —corrijo—. Estamos de acuerdo en al menos una prioridad.
Arquea una ceja.
—¿En cuál?
La miro.
—En nuestro odio mutuo hacia Evan.
Se echa a reír y pone los ojos en blanco.
—Dios, no me dejaban en paz con el tema.
—¿Te extraña? —le pregunto cuando enfilo su calle—. Solo quieren asegurarse de que te cuiden. De que eres feliz.
Vuelve a apretar los labios y una melancolía tranquila le inunda el rostro, una dulzura que no creo haber visto antes y que no sé cómo nombrar.
Luego exhala y sacude la cabeza con una sonrisilla divertida.
—Preciosa —digo mientras la miro de reojo.
Se vuelve hacia mí y es entonces cuando me quedo paralizado. Aprieto el volante con más fuerza y no me hace falta mirarla para saber que me está observando.
—¿Por qué me llamas así? —pregunta con una entonación ligera, curiosa.
Mierda.
¿Cuánto tiempo llevo llamándola así en voz alta? Es que me siento muy cómodo haciéndolo. Me sale natural. Ni siquiera lo pienso. Para mí, así es Izzy.
Trago y me obligo a encogerme de hombros con indiferencia.
—Suena bien.
Ladea un poco la cabeza.
—¿Suena bien?
Me arriesgo a lanzarle una mirada.
—Para mí eres preciosa —digo sin más, porque es la verdad—. ¿Por qué no iba a llamarte así?
Se le entrecorta la respiración y mueve los dedos con nerviosismo sobre el regazo. Y, luego, en voz muy baja, pregunta:
—¿Qué somos el uno para el otro?
Me detengo en un semáforo y me vuelvo completamente hacia ella.
—En lo que a mí respecta, eres mía.
Agranda los ojos, como si no se esperara esa respuesta.
—¿No crees que vas un poco rápido? —pregunta casi en un susurro.
Enarco una ceja y la miro de hito en hito.
—No lo sé, Izzy. Dímelo tú. ¿Es demasiado rápido para ti? Porque iré todo lo despacio que necesites.
Traga saliva y aparta la mirada un instante mientras juguetea con el dobladillo del vestido.
—No —dice al final, y enfatiza la palabra moviendo la cabeza—. Es solo que… deseo ser justa contigo. No quiero tratarte como un hombre maravilloso con el que olvidar una relación anterior.
—Maravilloso, ¿eh?
Gruñe y me da un cachete en el brazo.
—De todo lo que te he dicho, ¿eso es con lo que te quedas?
Se me escapa una risita y vuelvo a clavar la mirada en la carretera cuando se abre el semáforo.
—Solo quería estar seguro de que te había entendido bien.
Se cruza de brazos y resopla de forma exagerada, pero veo la sonrisilla que le curva los labios.
—Me sacas de quicio.
—Me han dicho cosas peores.
Se ríe y nos sumimos en un silencio cómodo cuando entro en su complejo de apartamentos.
Pongo el coche en punto muerto y la miro, la observo mientras se retuerce los dedos en el regazo, como si estuviera dudando.
Se vuelve hacia mí con una mirada tierna en los ojos.
—Vas a quedarte, ¿no?
Ladeo la cabeza.
—¿Quieres que me quede?
No responde.
No con palabras.
Sino que se inclina y me da un beso en los labios.
Audaz. Decidida. Segura.
Me encanta.
Le paso una mano por el pelo y la acerco más a mí, la saboreo, noto su deseo mientras se aprieta contra mí y se entrega por completo.
Cuando por fin se aparta, tiene la respiración agitada y los dedos aún enganchados en mi camisa.
—Jamás podría decirte que no —murmuro al tiempo que vuelvo a rozarle los labios con los míos— y nunca lo haré.
Ahora me siento distinto en el apartamento de Izzy.
Me resulta familiar de una forma que me gusta demasiado. Tan cómodo que siento que este es mi sitio. Cuando entramos, me da un beso suave en la mejilla antes de susurrarme:
—Ahora vuelvo.
Desaparece en el dormitorio. La veo alejarse antes de dirigirme hacia la cocina. Cojo una botella de vino, sirvo dos copas y me acomodo en el sofá. Mientras giro el tallo de la copa entre los dedos, saco el móvil.
Primer punto del orden del día: enviarle un mensaje a mi padre.
Felices Pascuas. Te parece si nos llamamos un día de estos?
Me quedo mirando lo que he escrito con el pulgar sobre el botón «Enviar».
Lo pulso.
Pasito a pasito.
Exhalo, dejo el teléfono y estiro las piernas.
El dispositivo vibra casi al instante. Lo miro, convencido de que será uno de los chicos de la tienda, porque últimamente no recibo muchos más mensajes.
Pero no.
Es Izzy.
Escribiendo a Caleb.
Me yergo un poco y aprieto la copa con fuerza. Ayer, él le dio una orden. Le asignó una tarea. Le pidió que se sacara una foto en un momento en el que se sintiera segura de sí misma. No la he presionado. No se lo he recordado. Supuse que necesitaría tomarse un tiempo.
Pero… aquí está.
Entro en el chat y me quedo mirando los puntos que aparecen mientras escribe.
PRECIOSA
Hola
CALEB
Hola, preciosa
He tardado un poco en completar tu tarea
Ya me he dado cuenta
Vale, calla, allá va
Está nerviosa. No tiene por qué, pero, joder, cómo me gusta. Veo que los puntos vuelven a parpadear.
Creo que estoy a punto de intimar con Cal
Me quedo inmóvil. Luego esbozo una sonrisa de satisfacción.
Intimar, eh?
Casi oigo su suspiro de exasperación a través de la pantalla.
SÍ!
Y he elegido un conjunto
Sí. Quiero verlo, preciosa
Los puntos rebotan de nuevo, pasa un instante y después aparece la foto.
Está de pie frente al espejo de cuerpo entero, con el móvil en una mano y la otra apoyada con suavidad en la cadera.
Va vestida de encaje rojo.
Se ha puesto un corsé transparente y delicado que le abraza las curvas justo donde debe hacerlo.
Las tiras zigzaguean sobre los hombros y se hunden entre los pechos perfectos.
Las bragas de encaje —finas, diminutas, pecaminosas— van sujetas a unas ligas enganchadas a unas medias transparentes que le llegan hasta los muslos, tan jugosos que se desbordan por la parte superior, pidiendo a gritos que se los apriete.
Tiene los labios ligeramente entreabiertos. Las mejillas sonrojadas. El pelo le cae en cascada sobre los hombros formando ondas sueltas. Y la forma en la que se mira…
Joder.
Cambio de postura y me recoloco la polla, apretando los dientes para reprimir la necesidad instantánea y abrumadora que me recorre de arriba abajo. Joder, es perfecta. Y por fin está empezando a darse cuenta.
Caleb…
Joder, preciosa, acabo de correrme en los pantalones solo de verte
MADRE MÍA, CALLA.
VALE, TENGO QUE IRME
Espera!
QUÉ??
Quieres usar el vibrador e invitarme?
Podría ser un trío
Por Dios, adiós para siempre :-D
Me río para mis adentros mientras sacudo la cabeza. Siento tantas emociones acumuladas en el pecho que no tengo ni puta idea de dónde ponerlas.
Y entonces lo oigo. El suave crujido de la puerta del dormitorio. No necesito darme la vuelta. Ya sé qué hay al otro lado. Salgo de la aplicación, pongo el teléfono boca abajo y me reacomodo el ansia creciente que me aprieta los vaqueros. Levanto la vista y ahí está.
Se queda parada junto a la puerta, vestida con el conjunto de la foto que acaba de enviarme.
Exhalo despacio y el pulso se me acelera mientras la observo.
Se mueve lo justo para mostrar los nervios que se esconden bajo la superficie, pero levanta la mirada y me estudia hasta el último centímetro de la cara.
Lo sabe. Y me está retando a que lo demuestre.
—No me jodas —jadeo, incapaz de contener las palabras.
Da un pequeño paso adelante. Los labios se le curvan en una sonrisilla pícara.
—¿Y bien? —murmura tras inclinar la cabeza—. ¿Qué opinas?
¿De verdad voy a hacer esto con ella? Porque no debería.
Me dije que no lo haría hasta que se lo confesara todo, hasta que le contase la verdad.
Que todas las palabras seductoras que le he susurrado al oído como Caleb…
en realidad eran mías. Que cada vez que la he puesto cachonda, que la he hecho gemir, que le he transmitido confianza en sí misma a través del teléfono y del vibrador… era yo.
Tengo que sincerarme con ella cuanto antes. Debería poner freno a lo que va a ocurrir y confesar antes de que crucemos esta línea. Debería decirle la verdad.
Pero entonces la miro, inmóvil junto a la puerta con ese corsé, con ese puñetero encaje pecaminoso, el cuerpo expuesto, la confianza por las nubes, una sonrisa provocadora dibujada en los labios mientras me espera.
Y no puedo.
Si se lo cuento ahora, fastidiaría este momento.
No solo para mí, sino también para ella.
Por primera vez en su vida se siente ella misma.
Está ahí vestida con esas prendas, creyéndoselo, mostrándome justo lo que quiere, apropiándose de esta versión de sí misma que no está lastrada por la inseguridad ni por las dudas o el miedo.
Si lo paro ahora —si le meto cualquier vacilación en la cabeza, si siente que este no es precisamente el lugar en el que debería estar ahora mismo—, se lo estaré arrebatando.
Y no puedo hacerle eso, joder.
Ahora no.
Esta noche no.
Inhalo para calmar la voz y me obligo a pronunciar las palabras en un tono profundo y controlado.
—Ven aquí, preciosa.