Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 41. Él se llevó las sobras ellos se llevaron mi cordura #3
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41. Él se llevó las sobras ellos se llevaron mi cordura #3

Mamá les está gritando a todos que vayan a lavarse las manos, Nonna está acusando a Luca de intentar robar una albóndiga extra y mi padre solo está un poco apartado, bebiendo vino y dejando que el caos siga su curso.

Los perros zigzaguean entre las piernas de todo el mundo ladrando ante el menor movimiento, y juro que veo a papá pasarles un trozo de queso a cada uno por debajo de la mesa.

Nico se sienta justo al lado de Cal y flexiona el brazo al instante.

—Conque te crees fuerte, ¿eh?

Él arquea una ceja.

—No estoy mal.

—Pulso. Ahora.

Cierro los ojos un segundo.

—Nico, a la mesa no.

—¿Qué, te da miedo que le gane?

Cal se encoge de hombros.

—Me apunto.

Ni siquiera me ha dado tiempo a protestar y ya han hecho un hueco en la mesa y tienen los codos apoyados con firmeza. Mi padre se acerca, repentinamente interesado. Incluso Matteo levanta la vista mientras ayuda a su esposa a acomodar a la niña.

—Te apuesto cien dólares a que Cal se lo carga en diez segundos —le susurra a Luca.

Este resopla.

—Cien a que gana Nico.

Mi madre posa una fuente con fuerza en la mesa.

—¡Ni se os ocurra hacer eso cerca de mi vajilla buena!

No le hacen ni caso.

—Tres, dos, uno… ¡YA!

Músculos tensos. Venas marcadas. Cal aprieta los dientes, concentrado, mientras que Nico sonríe y empuja con fuerza.

La mesa entera los jalea, gritando y haciendo apuestas. Hasta mi madre ha dejado de quejarse y los observa con un interés apenas disimulado.

Durante un momento parece que mi hermano incluso podría ganar —el brazo de Cal se inclina un poquito hacia atrás—, pero entonces este aplica presión y le estampa el brazo a Nico contra la mesa con tanta fuerza que los vasos de agua vibran.

Y una botella de vino tinto se vuelca.

Cae a cámara lenta y se derrama por el impoluto mantel blanco antes de que nadie pueda reaccionar.

—¡NICCOLÒ ANTONIO RUSSO! —chilla mi madre, que se lleva las manos a las mejillas en un gesto de horror.

Luca estalla en carcajadas. Matteo ya está absorbiendo el vino con su servilleta. Nonna se santigua y farfulla algo sobre la Virgen María y las manchas.

—¡Ese mantel es de Capri! —se lamenta mamá—. ¡Una reliquia familiar!

Nonna asiente con solemnidad y dice que perteneció a un emperador romano y que es muy sagrado.

Miro a Cal, que tiene pinta de estar haciendo un esfuerzo enorme por no reírse.

—Eh… —susurro—. Es de Pottery Barn, de alrededor de 2015.

Él se muerde el labio para no sonreír.

Papá, siempre tan conciliador, vuelve a llenarse tranquilamente la copa con el vino que ha quedado en la botella.

—Había que cambiarlo de todos modos, Maria.

—¡Lorenzo!

—¿Qué? —Se encoge de hombros—. Los perros le hicieron un agujero en la esquina el mes pasado.

—¿Que hicieron QUÉ?

En ese preciso momento, como si tuvieran el don de la oportunidad, Tony Soprano y Lady Gaga se meten a toda prisa debajo de la mesa ladrando como locos a causa del alboroto.

Mi padre emite un silbido suave y los animales se tumban de inmediato a sus pies, donde estoy segura de que no tardarán en recibir más comida prohibida.

Cal… Cal parece estar disfrutando del espectáculo.

Lo cual es una locura, porque esto es una pesadilla.

Está a punto de verse sometido a todo un ritual de novatadas, y no me cabe la menor duda de que mis hermanos ya tienen el ataque planeado.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué pensé que era una buena idea invitar a mi guapísimo, superprotector y maravilloso…

hombre (porque, en serio, aún no tengo muy claro qué somos) a conocer a mi familia?

Tengo que dejar de enviar mensajes cuando estoy borracha.

De hecho, los móviles deberían tener una función para que, si escribes mal más de tres palabras en una misma frase, el teléfono se te bloquee doce horas, hasta que duermas la mona.

Recogemos el desastre entre todos y, antes de que mis hermanos hinquen más las garras, mamá da una palmada y pide silencio.

—Vale, vamos a bendecir la mesa.

Todos agachamos la cabeza. Mi madre comienza a hablar con voz suave y reverente.

—Señor, te damos gracias por esta comida, por esta familia y por las bendiciones que nos has concedido.

Levanto un momento la vista, justo a tiempo para ver que Nonna se santigua.

Mamá continúa:

—Te damos gracias por los alimentos que vamos a tomar, por el amor que nos rodea en esta mesa y por la salud de nuestros hijos.

Un silencio. Pero mi madre no se detiene ahí, qué va, porque todavía no ha rezado por sus tres hijos solteros.

—Y, Señor —prosigue con la voz rebosante de una sinceridad dramática—, seguimos rezando para que los tres solteros encuentren a alguien que los aguante.

Alzo la mirada. Matteo tiene la cabeza gacha, pero aprieta los labios para que no se le escape la risa. Luca sonríe como un idiota. Nico ya me está mirando, como si supiera muy bien lo que viene a continuación.

Mamá vuelve a hablar:

—Pero, Señor, también te damos gracias, porque tal vez, solo tal vez, haya esperanza para uno de ellos.

Gimo por dentro.

Cal desliza una mano por debajo del mantel y me roza el muslo con los dedos.

Empieza despacio, con una caricia. Luego aumenta la presión y, al final, curva dos dedos y me lanza, justo detrás de la rodilla, uno de esos brutales ataques de cosquillas que te provocan un cortocircuito instantáneo en todo el sistema nervioso.

Doy un respingo en la silla y reprimo una risa y un grito al mismo tiempo. Sacudo la rodilla. La mesa entera traquetea. Me pongo toda tensa de la vergüenza y la contención.

Él ni siquiera me mira. Mantiene una expresión perfectamente neutra, como si estuviera sumido en una reflexión profunda y reverente.

—Y, si esa es tu verdadera voluntad —dice mi madre, que levanta la voz con convicción espiritual—, que se sepa que veo las señales.

Cierro los ojos con fuerza y aprieto los labios con tanta intensidad que me tiemblan.

—Que se sepa —continúa al mismo tiempo que levanta la mano hacia el techo con aire teatral— que permaneceré alerta a la espera de más confirmaciones. Que no vacilaré ni apartaré la mirada de la verdad. Que…

Cal me clava los dedos justo detrás de la rodilla y me pellizca sin piedad.

Me muerdo el interior de la mejilla para intentar mantener la compostura, pero es inútil.

La presión aumenta hasta que no puedo aguantarla más.

La pierna se me levanta de golpe hacia delante y le pego una patada a la parte inferior de la mesa.

El ruido es estruendoso. Los platos traquetean. Los cubiertos saltan.

Mamá coge aire de golpe y abre los ojos al instante.

—¡UNA SEÑAL! —exclama. Se lleva una mano al pecho y se santigua, como si acabáramos de presenciar un milagro en toda regla—. ¿Lo habéis visto? ¡El Señor ha hablado!

—¡Mamá!

Todos empiezan a partirse de risa. Mi padre sonríe detrás de la copa de vino. Luca y Nico son incapaces de controlar las carcajadas. Matteo, al menos, tiene la decencia de parecer arrepentido, pero seguro que solo es para aparentar.

Y Cal… Cal se limita a mirarme mientras me retuerzo, como si estuviera disfrutando hasta el último puñetero segundo de todo esto.

Mi madre entrelaza las manos con aire de satisfacción.

—Y digamos todos…

—¡Amén! —suelta Matteo enseguida, a todas luces tratando de salvarme.

—Amén —repiten todos.

Voy a morirme. Aquí mismo. Ahora mismo. De pura y absoluta vergüenza.

Y Cal… Cal se inclina hacia mí y me susurra al oído:

—Tu madre es implacable.

Me llevo dos dedos al puente de la nariz y gimo.

—Ni te lo imaginas.

Los primeros diez minutos de la cena son casi normales, cosa que me incomoda muchísimo, porque sé que en algún momento se va a desatar el caos.

Las fuentes circulan alrededor de la mesa, las copas tintinean.

Nonna le sirve un cucharón extra de pasta en el plato a Cal mientras murmura algo sobre que es un «hombre fuerte» que necesita «más comida».

Él le da las gracias en un italiano perfecto y juro por Dios que Nonna está a punto de desmayarse.

Mis hermanos aprovechan la primera oportunidad que se les presenta.

—Bueno, Callahan —empieza Luca mientras gira el tenedor entre los dedos y lo mira con una expresión amenazante—, ¿cuáles son tus intenciones para con nuestra hermana?

Me acerco la copa a los labios, bebo y me arrepiento al instante. Toso, escupo, me muero. Excelente. Muerte por vino y hermano sobreprotector.

Cal ni siquiera pestañea.

—¿Mis intenciones? —repite con naturalidad.

Matteo asiente, tan serio como siempre.

—¿Pretendes que vaya para largo?

Cal ni siquiera se inmuta ante la pregunta. No duda.

—Sí —responde sin más—. Eso es justo lo que pretendo.

Luca entorna los ojos, sin duda decepcionado por que Cal no se esté retorciendo en la silla.

—¿Tienes un empleo estable? —pregunta a la vez que se recuesta contra el respaldo.

—Sí —contesta Cal.

—¿Con buenas condiciones?

—Sí.

—¿Deudas?

—No.

—¿Certificado de antecedentes penales?

—Limpio.

Nico arquea una ceja.

—¿Sin una sola manchita?

Cal bebe un trago de vino.

—Nada que pueda demostrarse.

Matteo está a punto de atragantarse. Mi padre se limita a observar la escena con cara de estar divirtiéndose de lo lindo. Me clavo las uñas en el muslo y me preguntó en qué momento exacto se convirtió mi vida en un programa de telerrealidad.

—O sea que —continúa Nico al mismo tiempo que pincha una albóndiga— fuiste militar, ¿no?

Cal asiente.

—¿Mataste a alguien?

Estampo el tenedor contra la mesa.

—¿Estás de coña?

—¿Qué? —Nico se encoge de hombros—. Es una pregunta válida.

—¡No, no lo es! ¡Preguntarle eso a alguien que acabas de conocer mientras estás sentado a la mesa es una absoluta locura!

Cal se ríe en voz baja y deja la copa sobre la mesa.

—Sí.

Silencio.

Luca se queda con la boca abierta. Matteo farfulla algo ininteligible. Nico parece demasiado impresionado. A mi madre le tiembla el ojo. Nonna, imperturbable, le da unas palmadas en el bíceps a Cal y le dice que «es bueno tener hombres fuertes en la familia».

Me tapo la cara con las manos.

—Izzy —gruñe mi madre, como si yo fuera la causante de todo esto.

—¡A mí no me mires! —exclamo—. ¡Son ellos los que lo están interrogando!

—Uy, cariño. —La voz de Cal está teñida de diversión cuando se inclina y me da un beso rápido y burlón en la sien—. No me están interrogando.

—Lo están intentando.

Nico mira el plato de Cal.

—Oye, ¿cómo es tu familia? Cuando eras pequeño, ¿comíais gravy todos los domingos, como nosotros?

Él se encoge de hombros con indiferencia.

—No exactamente.

—¿Qué comíais?

—Ragú de bote.

Toda la mesa se sume en el silencio. Incluso los perros detienen sus incesantes ladridos.

El tenedor de Luca repiquetea sobre el plato. Matteo arquea tanto las cejas que casi se funden con el pelo. Mi madre resuella y se lleva una mano al pecho, como si tuviera palpitaciones. Nonna se santigua tres veces seguidas y murmura oraciones veloces.

—Lo siento mucho —dice Nico al fin con total sinceridad.

Cal me mira con cara de no entender nada.

Reprimo una carcajada.

—En esta casa, la salsa de bote es una blasfemia.

—Bestemmia! —asegura Nonna mientras lo apunta con el tenedor. —Lo dice con la voz áspera, pero lo mira con los ojos inundados de afecto. Luego añade algo más y hace un gesto despectivo con la mano antes de señalar el plato de Cal—. Pero te arreglaremos. Ahora eres de la familia. Aprenderás.

Esas palabras se me clavan en lo más profundo del pecho. A Evan jamás le han dicho algo así. Ni una sola vez. Y oír a Nonna hablándole así a Cal —que no lleva aquí más de cinco minutos— me afecta más de lo que quiero reconocer.

Después, no sé muy bien cómo, la cena se vuelve aún más caótica.

Nonna no para de insistirle en que coma más y le llena tanto el plato que me extraña que la mesa no se vuelque.

Nico sigue empeñado en retarlo a pruebas cada vez más absurdas.

Luca lo provoca una y otra vez con preguntas capciosas que intentan confundirlo para que diga algo incriminatorio.

Matteo, mientras tanto, los observa con aire indiferente y divertido.

Mi padre también se limita a observarlo todo con una sonrisa de satisfacción, como si hiciera años que no veía un espectáculo tan bueno. Bebe vino y, de vez en cuando, les pasa comida a escondidas a Tony y Gaga, que se han instalado debajo de su silla de forma permanente.

Pero lo mejor, lo mejor de lo mejor, es que Cal lo maneja todo con una facilidad increíble.

Esquiva los desafíos de Nico con sonrisas y frases ingeniosas. Sortea las trampas de Luca con respuestas hábiles y calculadas. Y escucha a Nonna como si fuera la mismísima Madre Teresa mientras asiente a todas y cada una de sus historias y se termina un plato extra solo para hacerla feliz.

Entretanto, yo sigo aquí sentada, mirándolo con pasmo, tratando de averiguar en qué momento se ha integrado este hombre con tanta naturalidad en mi vida.

De pronto, me doy cuenta de que Matteo me está observando.

Cuando me vuelvo hacia él, me lanza esa mirada —divertida, de sabelotodo—, como si él ya hubiera descubierto algo que yo todavía no sé.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

Se encoge de hombros.

—Nada. —Y luego, en voz baja, murmura—: Me cae bien.

Ay, no. Ay, no, no, no.

Porque, si a Matteo le cae bien, significa que Cal es oficialmente de la familia.