41. Él se llevó las sobras ellos se llevaron mi cordura #2
Nico le da una palmada en el hombro a Cal.
—Solo vamos a tomarte prestado al novio un momento.
Entorno los ojos.
—Ni hablar.
Ni siquiera me da tiempo a aclararles que no es mi novio. ¿O sí? No lo tengo nada claro, pero, desde luego, tampoco me da tiempo a descubrirlo ahora mismo.
Luca sonríe de oreja a oreja y agarra a Cal por el otro hombro.
—Venga ya. Tiene que superar la prueba, ¿no?
Cal les permite guiarlo hacia la puerta de atrás.
—No pasa nada —me dice al mismo tiempo que me guiña un ojo.
—¡No me gusta esto! —les grito.
—¡Tomamos nota! —me contesta Luca entre risas y, después, desaparecen hacia el exterior.
Me doy la vuelta, desesperada por encontrar a alguien que me apoye, pero mi padre se limita a darme unas palmaditas en el hombro.
—No te preocupes, cariño. —Bebe un sorbo de vino—. Son cosas de chicos.
Le lanzo una mirada asesina. Luego gruño. Y, después, entro hecha una furia en la cocina.
—¿Adónde se han ido los chicos? —me pregunta mi madre, que me pone un salvamanteles en la mano antes de volverse hacia la olla de salsa —o «gravy», como se empeña en llamarla— que hierve a fuego lento en los fogones.
Hay otras tres ollas burbujeando y lo del horno huele como si estuviera a punto de quemarse.
Miro hacia la ventana y amusgo los ojos para intentar distinguir el patio trasero.
—En realidad no quieres saberlo.
—Mientras no me estén rompiendo los muebles…
Se me escapa una risa por la nariz.
—Están fuera. Luca y Nico han secuestrado a Cal.
Mi madre aprieta los labios mientras remueve la salsa.
—Mmm. Espero que sobreviva. —Me tiende la cuchara de madera—. Toma, pruébala.
De forma automática, hago lo que a todo niño italiano le han enseñado: cojo la cuchara de madera, me dejo caer unas gotas de salsa caliente en la palma de la mano y la lamo. Está ardiendo, pero los años de práctica me han hecho inmune.
De pronto veo que Nonna se dirige hacia la puerta trasera arrastrando los pies y murmurando en italiano algo acerca de «poner a prueba su valía» y «ver si conoce bien las hierbas».
Mamá y yo intercambiamos una mirada y la seguimos.
Fuera, el patio trasero se ha convertido en un coliseo romano oficioso. Cal se ha quitado la camisa —claro, cómo no— y está jugando un partido de fútbol bandera totalmente descontrolado con Nico y con Luca. Solo que es menos «fútbol» y más «intento descarado de agresión legal».
Nico lo bloquea a lo bruto. Luca se lanza hacia él como si tratara de romperle una costilla. Y Cal… se ríe. Le sangra un poco el codo, tiene hierba en el pelo y sigue sonriendo, como si se lo estuviera pasando en grande.
—Venga, chicos —les grita casi sin aliento, pero en un tono todavía chulesco—. ¿Eso es lo único que sabéis hacer? Creía que los italianos eran apasionados.
Luca se arroja de nuevo contra él y Cal se aparta girando sobre sí mismo.
—¿Seguro que no sois de chupar banquillo? Porque no veo ni rastro de una defensa de verdad.
Nico gruñe en italiano algo que no es un cumplido.
Cal le guiña un ojo.
—Ay, ¿he herido tus delicados sentimientos, Nico? No te preocupes, te dejaré ser la niña de las flores en la boda.
El comentario le vale un placaje que lo tumba en la hierba.
—Dios mío —murmuro entre dientes—. Va a morir.
—Se lo está pasando bien —dice mi madre, que bebe un sorbo de vino como si esto fuera lo más normal del mundo.
Me cruzo de brazos y hago un gesto de negación con la cabeza.
—¿En serio? —pregunto en voz alta.
—¿Estás preocupada por mí, preciosa? —bromea Cal mientras se sacude la tierra de los brazos.
—Estaba preocupada por ti. —Lo señalo—. Ahora estoy preocupada por mis hermanos.
Veo que la expresión tranquila de mi madre se transforma en una de enfado cuando Luca empuja a Nico y este acaba en el barro.
—¿De qué vais? —grita—. ¡Vais a poneros perdidos justo antes de la cena!
—Tranquila, mamá, no pasa nada.
—¡Luca!
Este le dedica una sonrisa enorme.
—¿Sí, querida madre?
—Te juro por Dios que si me manchas el mantel de barro…
—¡Pues te lo lavo!
—¡Nunca lavas nada!
Nonna da una palmada.
—Basta! Ragazzo! Origano .
Cal se acerca trotando, con el torso desnudo y sudoroso, con las rodillas manchadas de hierba y el mismo brillo arrogante en los ojos que si acabara de salir de un anuncio de colonia llamado «Sangre y Albahaca».
Nonna le entrega la cesta de mimbre más diminuta conocida por la humanidad y señala con un gesto majestuoso el huerto de hierbas aromáticas.
—Origano.
Y entonces todos… nos quedamos ahí plantados, mirando.
Mamá. Yo. Nico. Luca. Nonna. Me doy la vuelta y veo que mi padre y Matteo están asomados por la ventana. Contengo un gruñido.
Todos juzgamos en silencio a este exmilitar alto, sin camisa y con energía de golden retriever mientras sostiene una cesta diminuta y se acuclilla junto a las hierbas aromáticas con la seriedad de un hombre a punto de desactivar una bomba.
Me preparo para el error inevitable, pero, entonces, sin dudar, arranca una ramita de la planta correcta y vuelve como si hubiera sido lo más fácil del mundo.
Nonna ahoga un grito.
—Ha capito! Eccellente!
Nico y Luca fruncen el ceño como si Cal acabara de superar una prueba sagrada que ni siquiera sabían que iba a celebrarse.
Mi madre arquea una ceja.
—¿Te dedicas a la jardinería?
Cal se encoge de hombros y le entrega las hierbas.
—No, señora, pero sé bastante de plantas.
Se hace el silencio.
Y entonces mi madre sonríe. No por compromiso. No de forma vaga. Sino con calidez.
—Gracias, Callahan —dice.
Nonna sonríe con todas sus ganas, rebosante de satisfacción. Cal vuelve a ponerse la camisa y ella justo le agarra los bíceps como si acabara de ganar un buey de primera calidad en una subasta y lo guía de nuevo hacia la casa.
—Bravo ragazzo —le dice con voz melosa—. Bambini forti .
Se me paralizan los pulmones.
—¡Nonna!
Cal enarca las cejas, pero ahí está: esa pequeña sonrisa presuntuosa que le tira de la comisura de los labios.
Cómo no.
Nonna me recorre de arriba abajo con la mirada, con una expresión severa pero aprobadora. Luego comienza a soltar una animada retahíla en italiano, gesticulando con ambas manos, una de las cuales continúa agarrada al brazo de Cal, como si fuera a marcharse flotando si lo soltara.
—Era così magra da bambina, come un fagiolino! Non si poteva nemmeno distinguere dai maschi. Ma ora…, guarda! Buone anche per fare bambini.
Gruño.
—Nonna, no.
Mi madre, siempre dispuesta a echar una mano con la interpretación, sonríe con dulzura.
—Dice que estabas delgadita como un palillo cuando eras pequeña. Que ni siquiera se te distinguía de los chicos.
Cal se ríe en voz baja.
—También dice que ahora tienes unas buenas caderas para parir. Un cuerpo listo para tener hijos.
Quiero que la tierra se abra y me trague entera.
Él asiente con solemnidad.
—Estoy de acuerdo.
—Ay, por DIOS.
Mamá niega con la cabeza y se acerca al frigorífico.
Saca una botella de vino y estudia la etiqueta antes de entregársela a Cal, quien, por cierto, todavía no ha conseguido zafarse de la presa de Nonna, aunque tampoco parece que lo esté intentando.
Ella se le ha enganchado al brazo como si ya formara parte de la familia y él…
simplemente se lo permite, como si fuera lo más natural del mundo.
—Toma, abre esto. E, Izzy, ojalá me hubieras dicho que ibas a traer a alguien. Habría preparado algo más ligero. Desde que engordaste, siempre dices que no te gustan los platos pesados.
Me arden las mejillas. Había olvidado que, hace unos meses, durante una de las peores fases de «sugerencias dietéticas» de Evan, le hice ese comentario.
Me duele aún más porque ni siquiera era cierto: me encantan los platos pesados de mi madre.
No fue más que una forma de intentar explicarle por qué no estaba comiendo tanto como de costumbre.
Antes de que me dé tiempo a contestar, Cal interviene con toda la naturalidad del mundo.
—En realidad, señora —dice con la voz tranquila pero firme—, creo que Izzy está perfecta tal como está.
—Me mira a los ojos desde el otro lado de la cocina, con una expresión sincera y segura en la cara—.
Siempre he preferido a las mujeres con curvas de verdad.
Una mujer debe parecer una mujer, no un monigote de palo.
Mi madre se queda inmóvil con la cuchara suspendida sobre la salsa.
Nonna da una palmada, radiante, y suelta una de sus rapidísimas frases en italiano, algo acerca de lo guapos que serán los hijos de Cal.
—Vaya —dice al fin mi madre, que nos mira primero a él y después en mí—. Qué alegría oír hablar a un joven con sentido común. —Se vuelve de nuevo hacia los fogones, pero no sin antes lanzarle a Cal una mirada que solo puede describirse como de aprecio maternal.
Agacho la cabeza, avergonzada pero extrañamente conmovida. Él se acerca y me posa la mano en la parte baja de la espalda, una presión suave que me tranquiliza. Se agacha y me roza la oreja con los labios.
—Mantengo todas y cada una de mis palabras —murmura para que solo lo oiga yo.
Mamá nos ahuyenta con un paño de cocina.
—¡Fuera, fuera de mi cocina! ¡La cena estará lista dentro de cinco minutos!
—Papá —digo mientras me dirijo a toda prisa a su lado—, ¿puedes controlar a Nonna, por favor?
Porque, ahora mismo, está intentando volver a agarrar a Cal por los bíceps.
Él se limita a beber un sorbo de vino mientras mira a Tony Soprano y a Lady Gaga, que se están peleando por un trozo de prosciutto que él les ha dado a escondidas.
—Controlar a Nonna es como controlar las mareas, cariño. Imposible.
Cal deja que la mujer se le agarre al brazo otra vez, y luego sonríe, se agacha para darme un beso suave en la sien y susurra:
—Todo va bien.
Cuando entramos en el comedor, se me agria la expresión, porque sé que lo peor está por llegar.