41. Él se llevó las sobras ellos se llevaron mi cordura
ÉL SE LLEVÓ LAS SObrAS; ELLOS SE LLEVARON MI CORDURA
Izzy
Cal sujeta el volante de mi coche con una seguridad natural y, mientras conduce, va dando golpecitos distraídos en el cuero con los larguísimos dedos.
Debería fijarme en algo que no sea en lo guapo que está sentado al volante, pero mi mente no deja de volver a ayer por la noche, a Caleb, a cuando me derrumbé por completo oyendo su voz.
He estado a punto de no levantarme a tiempo para ir a misa.
En serio. Si Cal no me hubiera despertado llamando a la puerta de Amanda, creo que todavía estaría durmiendo.
Esta mañana me sentía muy bien: tranquila, con los músculos relajados, saciada por completo.
He disfrutado de ese sueño que solo logras cuando tu cuerpo no tiene absolutamente nada por lo que estresarse.
Lo cual es irónico, teniendo en cuenta la culpa católica que me invadió nada más entrar en la iglesia sintiéndome como la becaria de Satán.
Llegamos a la catedral un poco tarde gracias a mi incapacidad para despertarme a una hora razonable, así que no pudimos ponernos con mi familia. La verdad, lo prefiero. Nos colamos por la parte de atrás y nos sentamos en un banco justo cuando el sacerdote comenzaba la homilía.
No tenía claro cómo iba a sentirse Cal acompañándome a misa, pero parecía…
a gusto. No le han molestado el incienso ni las oraciones ni los rituales.
Cuando llegó el momento de la comunión, me volví hacia él para explicarle por qué no podía participar, y él se agachó y me susurró: «No estoy bautizado».
Conocía las reglas del catolicismo, lo cual me resultó…
un poco sexy. A ver, sí, seguro que se debe a su pasado militar —muchos de esos chicos acababan en iglesias en el extranjero aunque no fueran religiosos—, pero, aun así…
, el hecho de que no se hubiera limitado a improvisar, de que supiera lo que estaba haciendo… , sí, me pareció sexy.
Ahora, en el coche, el teléfono me vibra en el bolso y no me hace falta mirarlo para saber que deben de ser más reacciones a la bomba que he soltado esta mañana en el chat familiar. Dios, todavía veo la avalancha de mensajes que han llegado después de que les mandara el mío.
IZZY
Solo un aviso: he roto con Evan
Por otro lado, voy a llevar a alguien a la cena de Pascua. Solo es un amigo del trabajo. Por favor, intentad actuar con normalidad
MAMÁ
Qué ha pasado con Evan!?
LUCA
Cómo se llama?
NICO
Pero está bueno?
MATTEO
Un «amigo» del trabajo?? Muy sutil, Izz
LUCA
Si aparca en mi sitio, le rayo el coche
NICO
Me pido interrogarlo primero
MAMÁ
O sea que es alguien nuevo?? Isabella
PAPÁ
Es católico?
IZZY
Podéis calmaros todos de una vez?
LUCA
No
NICO
Por supuesto que no
MATTEO
Lo intentaré, pero no prometo nada
PAPÁ
Lo vigilaré de cerca
MATTEO
Tengo que investigarlo a fondo
LUCA
Yo llevo el bate
NICO
Yo llevo las vibras
IZZY
Acabo de arrepentirme
—¿Qué tal anoche?
La voz de Cal me devuelve al presente.
Me giro y está justo ahí, inalterable y tranquilo, y, por algún motivo, eso basta para que me ponga histérica.
No puedo contarle la verdad. A ver, ¿cómo voy a explicarle que me pasé la noche bebiendo con Amanda y que luego me metí en la cama de la habitación de invitados y dejé que una versión suya creada con IA me hiciera correrme con tanta fuerza que vi a Dios?
—Pues… bien. —Me aclaro la garganta—. Bebimos mucho. Cotilleamos. Ya sabes, las típicas cosas de chicas.
—¿Nada más? —Los labios se le curvan en una sonrisa cómplice—. Has titubeado. ¿Qué me estás ocultando?
Exploto por dentro.
—¡Nada! —Hago un gesto con la mano para quitarle hierro al asunto y clavo la mirada en la carretera—. Solo… mucho vino. Muchas charlas de chicas. Nada que te interese.
—Ah, ¿no?
—No. —Niego con la cabeza a toda velocidad—. Por supuesto que no.
—Mmm. —Vuelve a golpetear el volante con los dedos—. Bueno… ¿Sobre qué estuvisteis cotilleando?
Gruño y me hundo en el asiento.
—Cal.
—Izzy.
Lo fulmino con la mirada.
—Vale. Hablábamos de lo bueno que estás. ¿Contento?
Suelta una carcajada suave y divertida y luego me mira de reojo.
—Pues sí, la verdad.
Pongo los ojos en blanco. Este hombre es imposible. Por suerte, cambia de tema antes de que tenga que tirarme del coche en marcha.
—Háblame de tu familia —dice con la voz aún teñida de diversión.
Esbozo una mueca casi de dolor.
—Vale. A ver. —Empiezo a contar con los dedos—.
Está mi padre, el callado, que básicamente se dedica a beber vino y a reírse mientras mis hermanos me aterrorizan.
Tiene dos pomeranias, Tony Soprano y Lady Gaga, que no paran de ladrar y a los que les da prosciutto a escondidas por debajo de la mesa. Mi madre lo mata si algún día lo pilla.
Cal enarca una ceja, intrigado.
—Luego está mi madre, la mismísima encarnación de la culpa católica.
Una vez acorraló al cura después de misa para preguntarle qué novena debía rezar para encontrarme marido.
Está convencida de que mi «reloj biológico hace tictac como una bomba de relojería».
—Hago comillas en el aire con los dedos y pongo cara de hartura—.
Mi nonna reza para que me case desde que cumplí los dieciséis años y seguro que intenta meterte mano cuando te conozca.
Abre los ojos un poco más de la cuenta.
—Perdona, ¿cómo dices?
—Bueno, le encanta estrujar bíceps. Es su vicio. Tú… prepárate y ya está.
Se le curvan las comisuras de los labios.
—¿Y tus hermanos?
Exhalo un suspiro profundo.
—Matteo es el mayor. Está casado y tiene una hija. Es el sensato, el responsable. El que va a llevarme a un lado para charlar muy seriamente conmigo sobre ti.
Cal asiente, como si fuera algo que se esperara.
—Luego está Luca. El impulsivo. Ya te odia.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Cree que puedo aspirar a algo mejor.
—Un tipo listo.
Resoplo y niego con la cabeza.
—Y luego está Nico. El coqueto, el alborotador. Va a intentar echarte un pulso cuando estemos sentados a la mesa. Solo para que lo sepas.
Cal absorbe toda esta información como si se estuviera preparando mentalmente para la batalla.
—¿Debería estar preocupado?
Lo miro entrecerrando los ojos y finjo calcular sus posibilidades.
—Diría que… las probabilidades de que salgas ileso de esto son de setenta contra treinta.
—No está mal.
Arqueo una ceja.
—No he dicho en qué sentido se inclinan las probabilidades.
Vuelve a reírse, pero entonces llegamos a casa de mis padres y, de repente, empiezo a replantearme todas mis decisiones vitales.
Cal aparca, apaga el motor y se vuelve hacia mí con un brazo apoyado en el volante y el otro descansando sobre el muslo.
Está muy tranquilo. Yo, en cambio, estoy gritando por dentro.
—¿Estás seguro? —pregunto con la voz un poco más aguda de lo que me gustaría—. Esta es tu última oportunidad para echarte atrás. Seguiré pensando que estás bueno, eres sexy y todo eso aunque no quieras conocer a mi familia.
Un brillo de diversión le ilumina los ojos. Luego estira una mano hacia mí, me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y, despacio, me acaricia.
—Vamos, preciosa —murmura.
Vale. Está claro que esa es una buena forma de sacarme del coche.
En cuanto ponemos un pie en la casa, se desata el caos.
Tony Soprano y Lady Gaga llegan corriendo a toda velocidad por la esquina, ladrando a ochenta decibelios, arañando las baldosas con las pezuñas diminutas mientras nos rodean las piernas como tiburones.
Mi padre grita desde algún lugar de la casa: «¡No los dejéis salir!
», al mismo tiempo que la voz de mi madre, ya quejándose de que algo ha hervido demasiado y se está derramando, nos llega desde la cocina.
Nonna es la primera humana en aparecer. Le agarra la cara a Cal con ambas manos y tira de él hacia abajo para besarle las dos mejillas de forma agresiva, y todo ello mientras habla italiano tan rápido que apenas soy capaz de descifrarlo.
Algo acerca de lo fuerte que está, lo bien que debe de comer y «¡ Madonna , qué brazos!
». Luego, para mi más absoluto espanto, le estruja los bíceps y deja escapar un silbido grave antes de santiguarse y murmurar algo que se parece sospechosamente a una oración para dar gracias.
Apenas tengo tiempo de traducírselo antes de que Luca y Nico se acerquen, codo a codo, como dos hombres que llevan toda su vida entrenando para este momento.
Matteo va un paso por detrás de ellos, cargando con su hija en un brazo y con una copa de vino en la otra mano.
Observa el desarrollo de la escena con la misma actitud divertida que mi padre.
Cal se lo toma con calma.
—Callahan, ¿no? —dice Luca con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Ese soy yo.
—¿Eres poli?
Cal se ríe casi para sus adentros.
—No.
Nico ladea la cabeza.
—¿Del FBI?
—Tampoco.
—¿Soldado?
A Cal se le crispa levemente la mandíbula, pero les responde con un gesto de asentimiento relajado.
—Antes sí.
Luca y Nico intercambian una mirada.
Matteo carraspea.
—¿Tienes experiencia en el uso de armas?
—Tengo experiencia en muchas cosas.
Ay. Ay, no. Tengo que sacarlo de aquí antes de que mis hermanos se lo coman vivo.
—¡Bueno! —Doy una palmada y me interpongo entre ellos antes de que empiecen a someterlo a un interrogatorio en toda regla—. Estaría bien no freír a este pobre hombre a preguntas a los cinco segundos de entrar por la puerta.
—Uy, pero si no hemos hecho más que empezar, Izzy —replica Luca, que me pasa un brazo por los hombros antes de volverse hacia Cal con una sonrisa ladina.
Conozco esa mirada. Es la mirada de un hombre que tiene un plan. Y eso significa que tengo que llevarme a Cal de aquí cuanto antes.
—¡Mamá necesita ayuda en la cocina! —exclamo al mismo tiempo que me quito el brazo de Luca de encima—. Así que Cal y yo vamos a…
Matteo me interrumpe con gran habilidad.
—Perfecto, Izz. ¿Por qué no vas a echarle una mano a mamá? La pobre mujer necesita toda la ayuda posible estos días.
—Espera, ¿qué?