Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 40. Su orgasmo, mi obsesión #2
78%

40. Su orgasmo, mi obsesión #2

Se introduce el juguete centímetro a centímetro mientras echa la cabeza hacia atrás contra la almohada.

Joder.

Se arquea, emite jadeos breves y temblorosos, los muslos le tiemblan mientras se adapta a la sensación.

Sigo sin encenderlo. La hago esperar. Dejo que lo sienta, que se acostumbre, que la expectación crezca. Hasta que veo la desesperación.

Se muerde el labio, se revuelve, se reacomoda, se impacienta.

—Caleb —gime.

—Buena chica.

Respiro hondo, me recoloco el mando a distancia en la mano y acerco el dedo al botón de encendido.

—Relájate, preciosa —le susurro—. Esto va de ti.

Exhala una risita, resollando, y se agita contra las almohadas.

—No sé cómo voy a relajarme si me hablas así.

—¿Cómo?

—Como si fuera… —Se le apaga la voz y desvía la mirada para evitar la mía.

—¿Como si fueras qué? —pregunto, presionando con delicadeza.

—Como si fuera… —Traga saliva y por fin vuelve a mirarme a los ojos. Tiene las mejillas ardiendo—. Como si fuera digna de adoración.

Tenso los dedos alrededor del mando a distancia.

—Lo eres —digo sin más.

Exhala.

—Tócate.

Duda.

—Estoy nerviosa.

—¿Por qué?

Enciendo el juguete.

Jadea. Se le tensan los muslos.

Joder, qué sensible está ya. Perfecto.

—¿Por qué estás nerviosa, preciosa? —A estas alturas, mi voz sonaría grave incluso sin el modulador.

Contrae los dedos a los lados y suelta un pequeño suspiro.

—Porque me estás mirando.

Me paso los dedos por el muslo; mi propia excitación es ya insoportable.

—Exacto —digo—. Y voy a seguir mirándote hasta que empieces a hacer lo que te digo.

Suelta una bocanada temblorosa de aire y al fin vuelve a mover los dedos. Se acaricia el vientre, las caderas y las curvas de los muslos con suavidad.

Se muerde el labio, todavía insegura.

Apago el juguete. Gimotea.

—Dime qué te gusta de tu cuerpo.

Mis palabras la pillan por sorpresa.

—¿Qué?

—Ya me has oído, preciosa. —Me recuesto. Tengo un brazo encima del muslo y, con el otro, sostengo el mando a distancia con gesto perezoso—. Dime algo que te guste de tu cuerpo.

Gruñe.

—Uf, hablas como un terapeuta.

Me río entre dientes.

—Dame ese gusto —le digo con sutileza—. Dime algo que te guste.

Guarda silencio mientras piensa.

—Eh… Me gustan mis labios.

—Bien.

Vuelvo a encender el juguete. Despacio, provocándola.

Coge aire de golpe, le tiemblan los muslos.

—Sigue —le ordeno.

Gime.

—Me gustan mis… —Le falla la voz—. Me gustan mis ojos, supongo.

—¿Supones?

Resopla, se retuerce.

—Me gustan mis ojos.

Sonrío.

—Muy bien, preciosa. Ahora sigue tocándote.

Baja más las manos. Aumento las vibraciones. Se queda sin aliento.

Joder, qué guapa está así, contorsionándose, jadeando, absolutamente vulnerable…, pero en el mal sentido. No como antes. Esto es distinto. Esto es control.

Subo el nivel de las vibraciones. Se arquea.

—Caleb…

—Dime qué más adoras de ti, preciosa.

Respira deprisa, de forma irregular.

—Los… —Traga saliva—. Los… los muslos.

—¿De verdad?

Titubea.

—A veces…

Apago el juguete.

Gruñe.

—Eres muy cruel.

Me río casi para mis adentros.

—Volveré a encenderlo cuando lo digas con convicción.

Hace un puchero y yo lo noto.

La polla me palpita al verla así, tan desesperada, tan a punto de perder ya el puto control.

Espero. Inspira, espira y, al fin…

—Me encantan mis muslos.

Activo el juguete con la potencia al máximo.

Grita, arquea la espalda, estruja las sábanas.

—Esa es mi chica buena —murmuro.

Podría pasarme toda la noche mirándola. Se retuerce. Gime, jadea, está perdida por completo en las sensaciones que la recorren.

Y yo la observo. Joder, ni siquiera parpadeo.

Su cuerpo responde a la perfección: le tiemblan los muslos, se le tensa el vientre, aferra las sábanas. Se mueve como si estuviera desesperada por más, como si ansiara mayor contacto, como si me necesitase.

Me recoloco el mando a distancia en la mano mientras me aprieto el muslo con la otra para intentar mantenerme quieto. Para evitar que el anhelo que siento en la polla se apodere por completo de mi cerebro.

Está guapísima así. Y ella sigue sin verlo.

La provoco más. Aumento la intensidad de las vibraciones.

Se arquea, la respiración se le queda atrapada en la garganta y balancea las caderas.

Y, joder, yo también lo siento. La polla me late, me palpita, atrapada en los pantalones de chándal; estoy deseando introducírsela, poseer lo que es mío.

Pero todavía no. Aún no.

Me muevo, me inclino hacia delante lo justo para ver cómo le brilla la humedad entre los muslos, lo hinchada y mojada que está por mí.

Sus gemidos se tornan desesperados.

—Eres la hostia de guapa, Izzy.

Gime, se retuerce, jadea.

—Caleb…

—Pellízcate los pezones.

Se queda sin aire.

Me doy cuenta de que duda, de que se le enrojecen aún más las mejillas y aprieta los muslos por instinto.

Es tímida, pero, no me jodas, se muere de ganas. Quiere complacerme, ser mi chica buena, pero todavía no sabe dejarse llevar por completo.

—Hazlo, Izzy —le ordeno con suavidad—. Siente tu cuerpo. Disfrútalo. Todo esto es para ti.

Separa los labios, suelta el aliento en bocanadas rápidas y superficiales.

Por fin empieza a moverse.

Se acaricia el vientre con las manos, se recorre las costillas con la yema de los dedos, cada vez más arriba, hasta llegar a los pechos.

Dejo escapar una exhalación lenta y controlada sin dejar de mirarla.

Se los rodea con la mano, se los aprieta con delicadeza, se roza los picos tensos y rosados con los dedos.

Intensifico las vibraciones del juguete.

Resuella, gime, se arquea hacia sus propias caricias levantando la espalda de las almohadas.

La puta imagen de la perfección.

Aprieto el mando a distancia sin dejar de contemplarla mientras se acaricia, mientras se traza círculos alrededor de los pezones y se permite sentir, hundirse cada vez más en el placer.

—Eso es, preciosa —murmuro con la voz tan áspera como la grava.

Le tiembla la respiración, contrae los muslos, tensa los dedos.

Es increíblemente sensible. Es perfecta cuando está a punto de reventar. Es mía.

Gime, balancea las caderas para perseguir las sensaciones con el cuerpo.

Aumento la potencia con el mando a distancia. Jadea.

—Cal…

Mi nombre —mi verdadero nombre— le brota de los labios.

Es casi mi perdición.

—Buena chica —digo alabándola, y me aprieto el muslo con tanta fuerza que se me ponen los nudillos blancos.

Izzy tiembla, contiene la respiración y luego la expulsa en un jadeo entrecortado mientras oprime con fuerza el juguete. Está enterrado en lo más hondo, latiendo en oleadas constantes. Verla desmoronarse así… es un puto pecado.

La inminencia de su orgasmo es evidente: se le tensa el estómago, se le acelera la respiración, le tiemblan los muslos. Está al límite.

Aumento las vibraciones al máximo. Grita, se arquea, se aferra a las sábanas. Tiene los ojos cerrados, el pecho agitado, está abierta por completo, expuesta ante mí.

—Mírate —gruño al mismo tiempo que le clavo la mirada en el rostro—. Ni siquiera lo aguantas, ¿verdad? Pero tendrás que hacerlo. Vas a darme hasta la última puñetera contracción.

Izzy no tiene ni puta idea de que soy yo quien controla su placer. De que soy yo quien la está llevando al límite. Soy yo quien la está machacando.

Gime mi nombre y pierdo el control.

Me llevo la otra mano a la polla: la meto por debajo de la cinturilla de los pantalones y me la agarro con fuerza. Me acaricio despacio observando a Izzy, sintiéndola. Ya estoy muy cerca.

—Córrete para mí —digo con la voz espesa, gimiendo.

Y lo hace: espalda arqueada, ojos muy abiertos y vidriosos, labios abiertos en un grito silencioso y perfecto mientras otra oleada la recorre de arriba abajo. Y yo solo la miro, feroz y hambriento, porque no hay nada más dulce que destrozarla de esta manera.

Joder, es demasiado.

Me aprieto la polla, sacudo las caderas tanto como ella mientras aumento la fricción y la veo reventar por mí.

—Izzy —digo con voz ronca.

—Cal… —responde gimiendo.

Ya está. Se acabó.

Gruño, echo la cabeza hacia atrás y me corro con fuerza sobre la mano; me pongo todo rígido mientras el clímax me atraviesa.

Joder, estoy hecho pedazos. Vencido por completo.

Me cuesta respirar al mirarla, tengo los músculos aún tensos y el pulso todavía acelerado.

Me río aunque me falte el aliento y me paso una mano por la cara al mismo tiempo que voy bajando poco a poco la intensidad del juguete.

Izzy parpadea con languidez, con el cuerpo aún temblando y los ojos nublados y suaves.

—Guau —suspira.

Me río en voz baja y niego con la cabeza. Sigo teniendo el pecho agitado.

—Sí —murmuro—. Guau.

Cambia de postura, deja escapar un suspiro de felicidad y se hunde en las almohadas.

Espiro despacio, me paso una mano por el pelo y la observo.

Desnuda. Satisfecha. Radiante.

Y completamente ajena al hecho de que me pertenece.

Pronto, preciosa. Pronto lo sabrás.