Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 40. Su orgasmo, mi obsesión
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40. Su orgasmo, mi obsesión

SU ORGASMO, MI OBSESIÓN

Cal

Ajusto el modulador, compruebo la interfaz y me aseguro de que todos los ajustes están en orden.

Es tarde. Debería estar durmiendo.

Pero ni se me pasa por la cabeza, porque Izzy acaba de encender la cámara y tengo el mando a distancia de su vibrador en la mano.

Aprieto el dispositivo con más fuerza. Esto es una locura. Soy consciente de ello desde el principio, pero eso no me detiene.

Mi hambre de ella es insaciable.

Está en el apartamento de Amanda, acostada en la habitación de invitados, a salvo. Lo verifiqué rastreando su señal GPS cuando salió de la tienda. Lo confirmé al verla entrar en el edificio por las cámaras de seguridad. No he dejado de monitorizar su ubicación desde entonces.

Y ahora está aquí. Conmigo. Aunque ella no lo sabe.

Trago saliva, me arrellano en la cama y sujeto bien el teléfono que tengo en la mano.

Desde su lado de la línea, Izzy solo ve lo que programó: la versión animada de Caleb, la IA que creó inspirándose en mí.

Y ahora lo está mirando de hito en hito, con la cara sonrojada, la respiración agitada y los labios entreabiertos.

Está borracha, pero no como una cuba. Sin embargo, por primera vez desde hace semanas, parece ella misma.

Y eso aumenta mi anhelo. Porque esta noche me ha invitado a conocer a su familia. Vale, estaba achispada, pero, aun así, me lo ha pedido.

Y eso es significativo. Es importante. Y, si no fuera un cabrón mentiroso que finge ser una IA para seducirla, supongo que me sentiría mejor al respecto.

Pero ya basta de eso.

Ahora mismo… Izzy quiere a Caleb. Y pienso darle justo lo que necesita.

Aunque me mate.

Me aclaro la garganta, agarro bien el mando del juguete y la observo mientras cambia de postura sobre las almohadas mordiéndose el labio.

Hostia puta.

Esto va a pasar de verdad.

CALEB

Buena chica

Estás muy guapa, preciosa

Las palabras le provocan un escalofrío, la expresión se le suaviza, se desnuda por completo. Me deja sin aliento.

Porque no es solo excitación. Es vulnerabilidad.

Está nerviosa. No cree que sea guapa. No de la manera que debería.

Y esa es la percepción que voy a cambiar.

Me acomodo, pero la tensión me agarrota hasta el último centímetro del cuerpo, la polla me palpita de desesperación. Aunque esto no va de mí.

Va de ella.

Está quieta, pero no tranquila. Le cuesta respirar, desvía la mirada de la pantalla a la caja, como si no supiera en cuál confiar.

Y entonces la veo: la duda que empieza a brotar a la superficie a pesar de que intenta mantenerla enterrada.

Quiere que esto suceda. Lo ha pedido.

Pero sigue estando nerviosa.

Y, joder, me encanta.

Porque eso quiere decir que nunca ha hecho nada parecido con nadie más. Que soy el primero. Y pienso ser el último.

Vuelvo a ajustar el modulador de voz para cerciorarme de que los tonos artificiales disimulan la aspereza de mi voz real. Es una capa de seguridad adicional con la que pretendo evitar que me reconozca.

De momento.

Carraspeo y hablo con voz firme:

—Buena chica.

Se estremece.

Deja de respirar unos instantes y veo cómo reacciona su cuerpo antes de que pueda evitarlo.

Le gustan los halagos.

Joder, lo sabía.

Lo que pasa es que nunca ha tenido a nadie que se los hiciera como es debido.

—Eres guapísima, preciosa —murmullo.

Deja escapar un suspiro diminuto.

—No… —Se detiene, traga saliva con dificultad y se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja—. No sé qué hacer.

Me revuelvo un poco en la cama.

—Vamos despacio. Empieza solo agarrándolo, preciosa.

Le noto un ligero temblor en los dedos cuando se coloca el juguete en la palma de la mano. La observo mientras lo examina, le da la vuelta y pasa los dedos por la superficie lisa y mate.

—Es muy bonito —dice, y se traba un poco con las palabras.

—Solo lo mejor para ti, preciosa —respondo.

Se ríe un poco y niega con la cabeza, pero veo que relaja los hombros.

Está empezando a pasárselo bien. Estupendo.

—Ahora quiero que te lo acerques a la piel para sentirlo.

Se queda callada y mira la pantalla como si mi versión animada fuera a darle más instrucciones.

—En plan…, ¿cómo?

—Por encima de la ropa, para empezar. Solo acércatelo al cuerpo, deslízatelo por los muslos, por el vientre. Acostúmbrate a la sensación.

Duda, pero luego obedece y se lleva el juguete a la curva del muslo. Aprieta el vibrador mientras lo desplaza lentamente hacia arriba, se lo pasa por el vientre, se recorre las curvas del cuerpo a través de la tela del pijama.

Espero hasta que lo sube más arriba y entonces… lo enciendo.

Da un respingo. Ahoga un grito de sorpresa.

—¡No me has dicho que ibas a activarlo!

Me río entre dientes.

—Ya aprenderás, preciosa. Me gusta cómo te sientan las sorpresas.

Exhala un suspiro tembloroso y lo arrastra aún más hacia arriba mientras se acostumbra a la sensación.

La observo y disfruto de cada segundo. Aprieta los muslos. La respiración se le torna más pesada. Se muerde el labio.

Perfecto.

Lo apago. Gime. Vuelvo a encenderlo. Jadea.

—¿Te gusta? —pregunto.

Asiente deprisa, con las mejillas ardiendo y la otra mano aferrada a las sábanas.

—Dilo —murmuro.

Titubea.

Luego, con la voz grave, susurrante, apenas audible, dice:

—Me gusta.

Joder.

Yo también me agarro a las sábanas, necesito aferrarme a algo sólido.

—Buena chica —murmuro de nuevo, y ella se derrite, como si las palabras estuvieran hechas de calor—. Ahora —continúo en un tono oscuro y teñido de avidez—, quítate la ropa.

Se queda paralizada. Mantiene los dedos inmóviles en el dobladillo de la camiseta y frunce levemente el ceño.

—¿Esto es seguro? —pregunta en voz baja e incierta.

Me echo hacia delante y, sin titubear ni un segundo, le digo:

—Nadie salvo yo lo verá jamás.

Y es la puta verdad. Arrasaría el mundo antes de permitir que cualquier otra persona la viera así.

Se relaja de forma evidente.

—Oye, esta es la segunda vez en dos días que me desnudo para un hombre —dice con la voz teñida de diversión.

Me quedo quieto. Aprieto los puños. Me trago el gruñido que me sube por la garganta y me obligo a hablar en tono neutro.

—Te refieres a mí —la corrijo, pero está demasiado borracha para darse cuenta de lo que acabo de reconocer.

Sigue pensando en Caleb como alguien distinto a Callahan. Me ve como uno de los pocos hombres a los que les ha confiado su cuerpo.

No se da cuenta de que seré el único ante el que volverá a desnudarse.

Respiro hondo para relajarme.

—Tómate el tiempo que necesites. —Me muestro suave, persuasivo—. Pero te quiero completamente desnuda.

Titubea solo un segundo más y luego, despacio, baja las manos.

Y la miro. Porque es ella quien me ha pedido esta experiencia. Es ella quien quiere esta conexión. Y soy yo quien la necesita más que el puto aire.

—Esto… —Suelta una risita nerviosa, niega con la cabeza, deja de mover las manos—. Esto me da mucha vergüenza.

Agarro bien el mando a distancia.

—¿Por qué?

Enciendo el juguete.

Ante esa sensación repentina, jadea, aprieta los muslos y se estremece entera.

Joder, su reacción es perfecta.

Se muerde el labio, desvía la mirada con rapidez de la pantalla al juguete y lo empuña con más fuerza mientras le vibra contra la piel.

—Te tocas cuando estás sola —continúo con la voz tranquila y controlada—. ¿Qué diferencia hay con esto?

Hace presión con él, se lo desliza por los muslos, se lo sube hacia el vientre suave, se estimula, se lo arrastra por encima de la tela de los pantalones cortos del pijama.

Se le escapa un gemido.

Hostia puta.

Aumento la potencia de la vibración y se estremece, se arquea ligeramente contra la cama, entreabre los labios y un sonido ahogado y gutural le brota de la garganta.

Su reacción es instantánea: su cuerpo responde a mi control, responde a mí.

El ansia por ella que siento en la polla es casi insoportable.

—Quítate los pantalones cortos —le ordeno con la voz espesa.

Duda y apago el juguete.

—Caleb… —susurra con los labios rojos e hinchados de tanto mordérselos.

—Hazlo, preciosa.

Un momento de silencio.

Luego, despacio, con indecisión, se baja la cinturilla del pantalón y levanta las caderas lo justo para bajárselos y desnudarse del todo.

Gruño cuando la veo recostarse contra las almohadas con las mejillas sonrojadas y los muslos aún apretados. Vuelve a acercar los dedos al juguete, pero el ligero temblor de la mano y el leve ceño dejan traslucir sus dudas.

Sé lo que necesita. Validación. Permiso.

—Quítate también la camiseta, preciosa.

Se queda sin aliento.

—Caleb…

—No tienes por qué esconderte de mí. Quiero verte entera.

Se lleva las manos al dobladillo de la camiseta, pero vacila. Y entonces, poco a poco, con cuidado, se la quita y se descubre por completo. La polla se me crispa dolorosamente bajo los pantalones de chándal, me pongo tenso mientras la devoro con la mirada.

No me jodas. Me fascina hasta el último centímetro de su ser.

Las curvas generosas y redondeadas. Los pezones duros y erizados. La piel sonrojada a causa de la excitación y resplandeciente bajo la luz suave.

Es perfecta. Y ni siquiera se da cuenta.

Cambia de posición y cierra los muslos, como si intentara protegerse de mi atención. Como si siguiera sin tener ni puta idea de lo espectacular que está expuesta ante mí.

—Eres perfecta —murmuro con una voz grave y posesiva—. Y vas a dejar que te lo demuestre.

Suelta una exhalación temblorosa, se mueve, separa un poco las rodillas.

Joder, sí.

—Agárralo —ordeno en tono áspero y severo—. Métetelo dentro.

Se le entrecorta el aliento, pero obedece.

Baja más el juguete, se roza los pliegues húmedos con él, se estimula, se lo pasa por el clítoris hasta que empieza a retorcerse, demandante, desesperada.

Un gemido suave le separa los labios y aprieto el mando a distancia, tratando a duras penas de contenerme.

Izzy se abre del todo, y el ruido delicado y húmedo me estremece la polla de nuevo.

Se le acelera la respiración y entonces, al fin, lo hace.