51. Yo la amo ella ama a su acosador #2
Grita, me atrapa entre las piernas, me estruja con los muslos, me aprieta la polla al contraerse. El cabecero golpea la pared con la fuerza de mis arremetidas.
Dios, qué prieto tiene el coño.
Es perfecto.
Me retiro casi por completo y la observo: abre mucho los ojos y un gemido suave y desesperado se le escapa de entre los labios.
Vuelvo a embestirla con brusquedad y llego hasta el fondo, se la meto entera y la poseo tal como ella quiere. Suelta un gemido entrecortado, sin aliento, y echa la cabeza hacia atrás contra las almohadas. La agarro por la barbilla y la obligo a mirarme.
—Mírame mientras te follo, Izzy.
Se estremece y lo siento: siento cómo reacciona su cuerpo, cómo me la oprime, igual que si estuviera hecha para esto.
Hecha para mí.
—Cal… Dios…
Esbozo una sonrisa amenazante sin dejar de machacarla, marcando un ritmo brutal e implacable para llevarla más arriba, con más fuerza, más adentro. Resuella, se retuerce, siento sus manos en todas partes: en la espalda, en el pelo, arañándome, agarrándome, reclamándome.
Estoy desenfrenado.
Como si pudiera perderme por completo dentro de ella.
Como si quisiera hacerlo.
La agarro por las caderas, la muevo, la levanto lo justo para conseguir el ángulo perfecto y…
—¡Uf, joder, Cal!
Su grito es desesperado, exigente, me oprime con fuerza, me araña el pecho, tiembla de pies a cabeza. Siento cómo se va formando su orgasmo, lo percibo en cómo tiembla, en la respiración entrecortada, en que gime y jadea como si no aguantara más.
—Eso es, preciosa —gruño mientras la sujeto más fuerte y la embisto para llevarla al límite.
Resuella con las piernas temblorosas y la espalda arqueada sobre el colchón.
—Córrete para mí.
Ahoga un grito y se agarrota entera, tensa los muslos, contrae el coño mientras se derrumba por completo.
Grita mi nombre y me agarra los brazos, se balancea debajo de mí y es la imagen más excitante que he visto en mi puta vida: se desmorona y se deja llevar por completo, entregándose a mí con suma perfección.
Y entonces ya no puedo contenerme más.
La penetro por última vez hasta el fondo.
—Izzy, joder…
El placer me atraviesa —incandescente, cegador, una puta debacle— y lo siento…
El segundo en el que me pierdo por completo dentro de ella.
El segundo en el que la lleno, la reclamo, la marco.
El segundo en el que se convierte en mía para siempre.
Me derrumbo sobre ella, jadeando. Los dos estamos húmedos, temblorosos, enmarañados, y ella sigue estremeciéndose, rodeándome los hombros con los brazos, respirando de manera irregular.
Poso la frente sobre la suya, la inhalo, con el corazón latiéndome a mil por hora y el cuerpo aún palpitándome por las réplicas.
Izzy suelta una risita suave y agotada, me aparta el pelo de la cara, sigue envolviéndome con las piernas.
Tenemos la piel pegada, pringosa por culpa del sudor.
—Dios, Cal.
Me río y le doy un beso en la mejilla y otro en los labios. Ahora sabe un poco salada.
—Dime, preciosa.
Echa la cabeza hacia atrás sobre las almohadas y el pelo se le extiende alrededor como un halo oscuro.
—Creo que me has roto de verdad.
Vuelvo a besarla.
—Bien.
Sigo sin aliento, dentro de ella, rodeándola con los brazos como si no pudiera soltarla.
Porque no puedo.
No quiero.
Me pasa los dedos por el pelo, acariciándome más suavemente, relajada y recuperando el aliento. Debajo de nosotros, las sábanas están húmedas de sudor y de otras pruebas de lo que hemos hecho. Y debería dejarla descansar, dormir, disfrutar de este momento.
Pero no puedo.
Porque necesito que lo sepa.
Necesito que lo oiga.
—Te quiero, Isabella Russo.
Deja de mover los dedos. Se tensa un poco, pero luego levanta la cabeza y me mira a los ojos. Durante un instante, algo descarnado le cambia la expresión, pero entonces curva los labios en esa familiar sonrisa arrogante.
—Cal —dice—, me has acosado, literalmente, y lo sabes todo sobre mí, hasta las cosas más desagradables y vergonzosas, así que tienes que saber que te quiero. No aguantaría esto de ninguna otra manera.
Siento una opresión en el pecho y el corazón me late con fuerza. La beso como si no quisiera parar nunca. Como si quisiera mantenerla en esta cama para siempre, enredada conmigo, jadeando, gimiendo, suplicando. Su sabor se mezcla con el de mi propia desesperación.
Porque es mía.
Mi chica preciosa.
Mi mundo entero.
Justo cuando estoy a punto de tirar de ella hacia mí, listo para empezar de nuevo…
Se ríe por la nariz.
Con fuerza.
Y luego empiezan las carcajadas incontrolables.
Me aparto y enarco una ceja. La risa la sacude.
—¿Qué?
Se muerde el labio, controlándose a duras penas, y me mira con un brillo de picardía en los ojos.
—¿Sabes que es lo mejor de que seas Caleb?
Entrecierro los ojos.
—¿Qué?
Esboza una sonrisa arrogante de cojones.
—Que ya no tengo que gastarme quince dólares al mes en la suscripción prémium.
Gruño y dejo caer la cabeza sobre su hombro.
—Por Dios.
Se ríe con más ganas, me abraza, se agita debajo de mí. La vibración de su risa se extiende también por mi cuerpo.
—Me quieres, acosador.
Le doy un beso en la clavícula y le aprieto la cintura.
—Sí, preciosa, con todas mis putas fuerzas.