Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 38. Amanda tiene cero filtro #3
73%

38. Amanda tiene cero filtro #3

—¿Normales? Cariño, no podrían ser más estirados.

Nos sentamos a la mesa como si estuviéramos en una sesión de espiritismo victoriana.

Nadie habla más que en susurros. El vino siempre está a temperatura ambiente, lo cual es un crimen, y es inevitable que alguien se ponga a hablar de acciones bursátiles.

—Se estremece—. Entretanto, tu familia intenta matarme a base de comida y Nico me ofrece darme en paseo en su Vespa como si fuera el octavo pecado capital.

Sonrío con aire burlón.

—Solo estás enfadada porque le gustas.

—Lo niego.

—No sé —insisto—. Tuvisteis una cita.

—Fue solo una y por lástima, y fui porque estaba aburrida y había pasta gratis.

El tío sigue enviándome memes, como si fuera a enamorarme de él porque ha encontrado el mejor GIF de Bob Esponja.

A pesar de lo mucho que me gustaría estar emparentada contigo legalmente, no solo en lo espiritual, eso no va a suceder jamás.

Además, Raven se muda mañana al otro lado de la ciudad.

Le prometí que la ayudaría a instalarse.

—¿Tu hermana?

—La misma.

Solo he visto a la hermana de mi amiga una vez en la vida.

Los gustos estéticos de la una son el polo opuesto de los de la otra.

Mientras que todo lo que Amanda posee es rosa y estridente, Raven viste casi siempre de negro y tiene una actitud capaz de congelar el tiempo, el espacio y las ganas de vivir.

—Se me hace raro que seáis de la misma familia.

—Una de las dos debe de ser adoptada.

Me río y me recuesto contra el respaldo del sofá mientras considero la posibilidad de que Cal vaya a conocer a mi familia.

Amanda entrecierra los ojos y me estudia el rostro con una concentración sorprendente para alguien que ha bebido tanto vino como ella.

—Estás dándole vueltas a algo. Te estás planteando invitarlo de verdad.

Suelto un bufido que espero que parezca desdeñoso.

—No sé. Es una tontería.

—No es ninguna tontería. —Me da un empujón con el pie. Lleva las uñas pintadas de rosa chillón, que es el único color del que se las he visto desde que la conozco—. Es buena idea. Vas en serio con él, Izz. Tiene sentido que intentes ver cómo encaja en tu mundo.

Me muerdo el labio y sigo dándole vueltas al tema en la cabeza.

Sí.

Eso es precisamente lo que me aterra.

Que voy en serio con él. Hacía mucho tiempo que no iba tan en serio con nadie. De hecho, puede que sea el primero con el que me pasa. Y eso da miedo, porque significa que tiene la capacidad de hacerme daño, de decepcionarme, de marcharse.

Pero también significa que tiene la capacidad de sorprenderme, de apoyarme, de ser justo lo que necesito cuando lo necesito.

Sin darme tiempo a convencerme de lo contrario, antes de que la parte racional y sobria de mi cerebro intervenga y me recuerde los miles de formas en las que esto podría salir mal, agarro el móvil y empiezo a escribirle un mensaje a Cal.

Muevo los dedos por la pantalla con la ligera torpeza de una persona que ha bebido demasiado, pero que está resuelta a completar una tarea.

Hola, sé que es muy precipitado, pero… ¿te apetecería acompañarme mañana a la cena de Pascua?

Yo tengo que ir a misa a primera hora de la mañana.

Jamás intentaría someterte a algo así, pero podríamos quedar en casa de mis padres a la hora de la cena, que en este caso empieza a la una de la tarde y se alarga horas Quizá sea una mala idea. He bebido un poco…

Pulso «Enviar» antes de poder contenerme. Acerco el pulgar al botón «Cancelar envío», tentada de borrar la prueba de este momento de vulnerabilidad, de esperanza.

Pero entonces me llega un mensaje y el teléfono vibra.

CAL

Por supuesto. Será un honor conocer a tu familia. Y te acompañaré a misa. Pasaré por casa de Amanda a primera hora de la mañana para recogerte

Su respuesta es inmediata.

Y no solo eso, sino también entusiasta. Sin reticencias, sin vacilaciones, sin condiciones ni reservas. Es solo una aceptación sencilla y directa que hace que me dé un vuelco el corazón.

Tan inmediata y perfecta que sonrío mirando el móvil con cara de gilipollas enamorada.

Amanda se acerca y se asoma a mi pantalla con la sutileza que un niño pequeño intentando robar galletas.

—Ay, mi madre, ¿de verdad ha dicho que sí?

Me río, dejo el teléfono sobre la mesita de centro y siento que la calidez del pecho se expande y me impregna hasta la médula de los huesos.

—Sí. Ha dicho que sí. Incluso a la misa.

Amanda levanta el puño en el aire como si acabara de ganar una competición deportiva y, de nuevo, vuelve a estar a punto de derramar el vino.

—¡Allá vamos, cena de la puñetera culpa católica! Esto va a ser increíble. Necesito una actualización cada hora. Mensajes detallados. Con fotos, si es posible.

Y, por primera vez en mi vida, no me pongo nerviosa ante la perspectiva de llevar a alguien a casa.

No porque me parezca que todo va a salir a la perfección ni porque piense que mi familia va a adorarlo nada más verlo. Tampoco porque sea tan ingenua como para creer que no van a interrogarlo como si fuera sospechoso de haber cometido un delito.

Sino porque, por una vez, voy a llevar a casa a alguien con quien estoy orgullosa de estar. Alguien que siento que es una elección que he hecho por mí misma, no un arreglo pasajero ni una persona con la que me he conformado o con quien estoy porque considero que no puedo aspirar a nada mejor.

Es alguien que me hace sentir yo misma, solo que mejor, más fuerte y capaz.

De repente, Amanda se lleva las manos al pecho y se desploma teatralmente sobre el reposabrazos como si hubiera recibido una herida mortal, como si estuviera haciendo una audición para una producción amateur de Romeo y Julieta .

El pelo se le suelta del moño y le cae en cascada alrededor de la cara como un telón dorado que no hace más que contribuir al dramatismo del momento.

—Es que no lo entiendo. —Suspira al mismo tiempo que sacude la cabeza con una tristeza exagerada—. ¿Por qué estás aquí, bebiendo vino malo conmigo, cuando podrías pasarte la noche entera montando a Cal? ¿Qué se ha torcido en tu vida para desembocar en este momento?

Me atraganto con la bebida —otra vez—, y el vino se me sale por la nariz y casi me decora la camisa.

—Madre mía, Amanda.

Se yergue y me lanza una mirada traviesa. Se le ha corrido el pintalabios, lo cual le confiere una apariencia ligeramente desaliñada que, de alguna manera, solo realza su carisma natural.

—Lo digo en serio. Ese hombre es sexo con patas.

Sexo con ese mayúscula. Sexo que camina, habla y te mira como si fueras la respuesta a todas las preguntas que se ha hecho alguna vez en la vida.

—Me señala con un ademán exagerado y, esta vez, el vino al fin sobrepasa el borde de la copa y salpica el sofá de terciopelo.

Ninguna de las dos nos movemos para limpiarlo—.

Y tú… —prosigue; el gesto se vuelve más enfático, más acusatorio— estás eligiendo de manera voluntaria estar aquí sentada conmigo en lugar de encaramándote a él como si fuera un árbol. Explícate.

Pongo los ojos en blanco y dejo la copa en la mesita de centro antes de derramarlo yo también.

—Porque eres mi amiga. Y se supone que tiene que apetecerme pasar tiempo de calidad contigo. Se llama ser una buena persona, Amanda. Búscalo.

Ella resopla y agita la mano con desprecio, como si estuviera espantando una mosca molesta.

—Sí, sí, amistad, vínculos, bla, bla, bla, pero, oye… —Se echa hacia delante, me mira con seriedad y baja la voz hasta convertirla en un susurro intenso, como si estuviera a punto de compartir secretos de Estado—. Si me dejaras tirada por eso, ni siquiera me enfadaría.

Me quedo mirándola a la espera del remate del chiste, de un «es broma» que nunca llega.

Amanda levanta un solo hombro en señal de indiferencia, con una expresión del todo sincera en la cara a pesar del alcohol que le enrojece las mejillas.

—De hecho, estaría orgullosa. En plan: «Guau, el tío más bueno del mundo está matando a polvos a mi mejor amiga. Me alegro por ella. Está disfrutando al máximo de la vida. Diez sobre diez, sin objeciones».

Entierro la cara en las manos y noto que, a pesar de mis esfuerzos por mantener la compostura, me suben los colores a las mejillas.

—¿Qué? —No hay ni un dejo de arrepentimiento en su voz—. Solo digo…

—Por favor, deja de hablar. —Me asomo entre dos dedos y la fulmino con una mirada que carece de indignación verdadera—. Ya. En este mismo instante. No digas ni una palabra más.

Se echa a reír y reparte lo que queda de vino entre su copa y la mía. La botella emite un gorgoteo al vaciarse.

—Vale, ya me callo. Pero, cuando al fin te lo tires… —dice, levantando un dedo y señalándome con severidad fingida—, espero un informe completo. No hace falta que lleve diagramas, pero no diría que no a unos cuantos apoyos visuales.

Gruño, cojo un dumpling del recipiente para llevar y me lo meto en la boca para evitar tener que responder. La comida se ha quedado tibia, pero estoy tan borracha que sigue sabiéndome a gloria.

—Eso no va a pasar.

Amanda bebe un sorbo de vino y pone cara de no creerme.

—Ya veremos.

A estas alturas, las dos estamos abotagadas por el vino.

Hemos alcanzado ese nivel perfecto, cálido y divertido de borrachera en el que, literalmente, nada tiene sentido, pero todo es lo más gracioso que hemos oído en la vida.

Las conversaciones dan vueltas y revueltas y luego se desvían; el tiempo parece estirarse y comprimirse de formas extrañas, e incluso las observaciones más mundanas parecen profundas.

Amanda está hurgando en su bolso en busca de algo; ni siquiera sé qué, supongo que su brillo de labios, porque está obsesionada con aplicárselo incluso cuando está sola en su apartamento. De pronto empieza a rebuscar en el mío.

—Amanda, ese es mi bolso. —Las palabras me salen un poco trabadas, pues mi cerebro llega tarde a lo que ven mis ojos.