Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 38. Amanda tiene cero filtro #2
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38. Amanda tiene cero filtro #2

Ella asiente con tanta vehemencia que se le desprenden varios mechones de cabello rubio del moño, y eso, en cierto modo, solo hace que parezca aún más guapa.

—Ya has sufrido bastante, amiga. Te has pasado tres años con una patata frita humana.

La miro, confusa.

—¿Una patata frita humana?

Vuelve a asentir.

—Sí. De bote: algo insípido, fino, y solo te aporta decepción y arrepentimiento.

Hago un gesto de negación.

—En serio, ¿de dónde te sacas estas cosas?

—Eso da igual. Ahora tengo que vivir a través de ti.

Gimo y me llevo el borde frío de la copa a la sien para tratar de calmar el sonrojo que me acalora la piel.

—Eres terrible.

—Soy sincera. Es distinto.

Pongo cara de desesperación, pero no puedo evitar que una sonrisilla me curve los labios. Amanda es así: no tiene filtro y carece de límites, pero su lealtad es infinita y desea mi felicidad con todas sus fuerzas.

—Vale, bueno… —Me quedo callada mientras me planteo cuánto contarle, cuánto quiero compartir incluso con mi mejor amiga.

Algunas cosas me resultan muy nuevas, demasiado valiosas como para exponerlas al escrutinio público—.

Tuve el orgasmo más alucinante de mi vida, si es eso lo que me estás preguntando.

Amanda grita como si acabara de ganar la lotería y se lleva las manos al pecho de forma teatral.

—Qué zorra.

Me río y sacudo la cabeza ante su reacción.

—No, en serio. Qué pedazo de zorra. —Coge un cojín con su inicial y me pega con él, no con tanta fuerza como para hacerme daño, pero sí hasta el punto de echarme hacia atrás—. ¡Me parece increíble que me lo hayas ocultado!

Le lanzo una manotada y me agacho para esquivar otro ataque con el cojín.

—¿Por qué me pegas? ¡Creía que te alegrarías por mí!

—¡Me alegro por ti! Pero también me das mucha envidia y necesito más información ya. —Resopla y suelta el cojín. Luego me clava una mirada intensísima—. ¿Cómo folla? ¿Es dominante? Lo parece. Dime que es dominante.

Suelto una risa ahogada y me escondo detrás de la copa de vino, como si eso fuera a protegerme de esta conversación.

Ella entorna los ojos y se inclina hacia mí.

—Izzy.

Sé que resistirse es inútil. Cuando Amanda tiene una misión, es como un tsunami: imparable, implacable e imposible de desviar.

—Nos lo estamos tomando con calma —reconozco al final mientras giro el vino que me queda en la copa y observo el pequeño remolino que crea el líquido oscuro.

Amanda retrocede como si acabara de decirle que voy a adoptar un estilo de vida estrictamente célibe y a mudarme a un convento en las montañas. La cara se le desfigura en una expresión de incredulidad tan profunda que, de no haber estado dirigida a mí, habría sido graciosa.

—¿Perdona?

Me encojo de hombros y lucho contra la sonrisa que me provoca su reacción, la genuina perplejidad que expresa su rostro.

—¿Que os lo estáis tomando… con calma? —Repite las palabras como si estuvieran en un idioma extranjero que le cuesta traducir—. ¿La encarnación andante de la perfección masculina y tú… os lo estáis tomando con calma?

Hago un gesto de indiferencia.

—¿Por qué cojones querrías tomártelo con calma con un hombre así? ¡Es como si te dieran las llaves de un Ferrari y decidieras conducirlo solo por aparcamientos!

Dejo la copa en la mesita de centro y me siento sobre los pies para estar más cómoda.

—En realidad no lo he decidido yo —admito con una sonrisa asomando a la comisura de los labios—. Me ha dicho que quiere experimentar nuestras primeras veces despacio. Saborearlas.

Amanda hace como que se derrite en el sofá, se desliza hasta quedar casi en posición horizontal y se lleva una mano a la frente con un ademán dramático.

—Hostia puta.

Su actitud es tan teatral que no puedo contener la risa.

—Y que lo digas.

Se abanica con la mano, como si el mero hecho de pensar en el autocontrol de Cal le estuviera provocando un sofoco.

—Vale, pero, hablando en serio, por algún motivo eso es más excitante que si te hubiera follado duro contra una pared. En plan, la disciplina, el control, la paciencia… Esa mierda es otro nivel.

Suelto una carcajada ante su comentario y niego con la cabeza.

—Estás como una cabra. Verdadera y clínicamente trastornada.

—No, tengo razón. Tengo razón y lo sabes.

—Se acerca a mí y me mira con un destello de picardía aún danzándole en los ojos—.

Entonces…, ¿cuánto tiempo vas a dejar que te saboree antes de exigirle que esa enorme polla empiece a cumplir su función?

Porque la paciencia es una virtud, pero, tía, también existe una cosa llamada castigo cruel e inusual.

—Es que de verdad que no tienes vergüenza, ¿eh?

Se encoge de hombros, un gesto despreocupado e impenitente.

—Ninguna. Cero. Nada de nada. La vergüenza es para las personas que no disfrutan la vida al máximo, y yo me niego a ser una de ellas.

—Si te soy sincera, no tengo ni idea —respondo con honestidad.

Porque la verdad es que no sé cuánto tiempo podré soportar la dulce tortura de su contención, cuánto tiempo quiero vivir con esta deliciosa expectación antes de que se vuelva intolerable.

Una parte de mí quiere saborearlo, disfrutar de la excitación que va acumulándose, de la tensión, del hecho de que cada roce nos parezca más importante porque nos estamos negando el placer definitivo.

Otra parte de mí solo lo desea, a todo él, ahora, ya, sin esperar más.

Pero la espera también es bonita. Las caricias son más íntimas, más significativas, más intensas.

En algún momento alrededor de la cuarta copa de vino, cuando nuestra comida llega en una avalancha de recipientes humeantes y bolsas de plástico, y yo me doy cuenta de que he perdido toda sensibilidad en los labios —una señal inequívoca de que he pasado de la agradable sensación de estar achispada a estar borracha del todo—, a Amanda se le ocurre una idea terrible.

La veo formarse en tiempo real, me percato de que la maldad le ilumina los ojos, de que los labios se le curvan en una sonrisa que solo puede describirse como taimada.

—Deberías presentárselo a tu familia.

Me la quedo mirando como si acabara de sugerir que me fuera a dar un paseo por un volcán activo con la ropa empapada en gasolina. La idea es tan absurda, tan descabellada, que pienso que a lo mejor no la he oído bien.

—¿Por qué coño iba a hacer eso? —Las palabras me salen con más brusquedad de la que pretendo, teñidas de auténtica alarma—. Has estado en las cenas obligatorias de los domingos. ¿Intentas sabotearme?

Amanda agita una mano con violencia y está a punto de tirar la botella de vino que descansa peligrosamente cerca del borde de la mesita de centro.

—¿Y por qué no? Es algo importante. Una cosa importante para la pareja. Tienes que ver si supera la prueba de los hermanos. Es como… el bautismo de fuego de una relación.

Gruño, apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá y miro al techo, como si eso fuera a ofrecerme alguna forma de escapar de esta conversación.

La idea de que Cal conozca a mi familia —a mis hermanos, con su afán sobreprotector; a mis padres, con su vena tradicional; a todo el clan Russo, con sus opiniones, juicios y preguntas— me provoca un pico de ansiedad en el cerebro empapado de vino.

—Me gustaría que esta relación siguiera viva. Y que este hombre siguiera vivo. Que mis hermanos lo conozcan es una amenaza directa a esas dos cosas.

Amanda se ríe entre dientes, bebe otro trago de vino y su pintalabios deja una huella perfecta en el borde de cristal de la copa.

—No sé. Es un tipo grande. Me parece que podría con ellos.

Se me escapa la risa por la nariz y la imagen mental de Cal cuadrándose ante mis hermanos me obliga a negar con la cabeza.

—Físicamente, es probable. Pero los ataques de mi familia no son físicos, Amanda. Son psicológicos.

Entorna los ojos y frunce el ceño mientras intenta procesar la información a través de la neblina inducida por el vino.

—Son como… la mafia, pero con culpa en lugar de con armas —aclaro—. No rompen rótulas, rompen almas. No te disparan, pero deseas que lo hubieran hecho.

Me señala con un dedo algo inestable.

—Eso es lo más católico que he oído en mi vida.

Me río y adopto una expresión de resignación.

—No vas mal encaminada.

Y sin embargo…

A pesar de que sé que meter a Cal en la boca del lobo es, en el mejor de los casos, una decisión cuestionable, una pequeña parte de mí se pregunta si Amanda no estará en lo cierto.

Mis hermanos son mi familia.

Aun con todos sus defectos, su sobreprotección y sus juicios, son míos. Y su opinión me importa aunque finja que no, aunque ponga los ojos en blanco y actúe como si me diera igual lo que piensan.

Y mañana es domingo de Pascua.

Sería… bonito tener a alguien allí conmigo, alguien que esté de mi lado, que entienda por qué me pongo tensa con ellos aunque los quiera, que me vea de un modo distinto a como me ven ellos.

Si no quiere venir a misa al amanecer —lo cual, con total sinceridad, es algo que no le desearía ni a mi peor enemigo, y mucho menos a una persona que me gusta de verdad—, podría venir a cenar. Podría conocerlos, formar parte de ese aspecto de mi vida.

—¿Vendrás a cenar mañana?

De vez en cuando, Amanda se autoinvita a la cena del domingo.

Asegura que es porque pasar un rato sumida en el caos que es mi familia la hace sentir mejor con respecto a su propio nivel de locura.

Pero, en realidad, sé que le encanta estar rodeada de una familia grande y excesiva.

Y la mía, a pesar de estar chiflada, siempre tiene amor más que de sobra para repartir.

Muchas veces llaman a Amanda su hija extra.

—Ni de broma —replica al instante—. El miércoles me toca mi propia cena mensual, así que sería demasiada tralla para una sola semana.

—Tus cenas familiares no pueden ser tan horribles —le digo—. Tus padres parecen personas completamente normales.

Amanda suelta una carcajada.