Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 38. Amanda tiene cero filtro
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38. Amanda tiene cero filtro

AMANDA TIENE CERO FILTRO

Izzy

El apartamento de Amanda es lo más Amanda del mundo: una manifestación física de su personalidad desperdigada a lo largo de ciento cuarenta metros cuadrados en un piso del centro de la ciudad.

Moderno, a la última y tan ofensivamente excesivo que debería resultar molesto.

Sin embargo, funciona, porque es ella. Las paredes de ladrillo visto están recubiertas de marcos con carteles vintage de películas que nunca ha visto, pero que cuelga porque «es cuestión de estética, Izzy, es estético».

Repartidos por todo el espacio hay al menos tres letreros de neón que no dicen nada que valga la pena: uno con forma de labios, otro que reza «vibes» —en cursiva— y un tercero que no es más que un rayo que proyecta un resplandor azul eléctrico sobre la isla de la cocina.

Todo el piso huele a una combinación de velas caras con nombres como Medianoche en París y Sueños de Cachemira y del perfume de diseño que mi amiga se ha aplicado en exceso por la mañana antes de ir al trabajo.

El sofá es de terciopelo rosa, por supuesto. No es un rosa empolvado sutil, sino un fucsia llamativo y provocador que reclama toda tu atención en cuanto entras por la puerta. Es la pieza central del salón, una declaración que dice más que cualquier currículum sobre la personalidad de Amanda.

Los cojines… Tienen sus iniciales bordadas en hilo dorado, porque no quiera Dios que alguien se olvide de quién es el espacio en el que se encuentra.

La mesita de centro está atestada: hay velas a medio consumir, un ordenador portátil abierto con al menos quince pestañas visibles en el navegador, una colección de revistas de moda desparramadas en lo que ella jura que es un «desorden intencionado» y una pila de posavasos en forma de abdominales de hombres famosos.

Chris Hemsworth ocupa la primera posición, como no podía ser de otra manera.

Es una muestra del hermoso caos que es Amanda Bennett: extravagante, sin complejos e incapaz de tolerar que la ignoren.

Y, ahora mismo, las dos estamos repantigadas en ese odioso sofá rosa bebiendo vino barato en unas copas de cristal absurdamente caras (un regalo que su madre le hizo durante la fiesta de inauguración y que Amanda solo saca cuando quiere fingir que es sofisticada) mientras esperamos a que llegue nuestro exageradísimo pedido de comida china a domicilio.

La mesita de centro ahora carga también con varios menús, nuestros respectivos móviles y la colección de recibos de aplicaciones de reparto a domicilio que Amanda insiste en guardar «por motivos fiscales», aunque estoy bastante segura de que ciertos pedidos de Postmates no se consideran gastos de empresa.

Amanda está en plena narración de una historia, así que gesticula como una loca con la mano libre y su copa de vino se balancea de forma precaria con cada movimiento.

Lleva el cabello rubio recogido en lo alto de la cabeza en lo que ella llama un «moño despeinado», aunque tiene un aspecto demasiado perfecto para acercarse siquiera a ese adjetivo, y tiene las mejillas sonrojadas a causa del alcohol y de la emoción de lo que me está contando.

—Te lo juro por Dios, Izzy, cuando te llevó en brazos hasta mi despacho aquel día… De verdad que creí que Cal iba a cometer un asesinato. En plan que empecé a pensar para mis adentros en qué objetos de mi escritorio podrían servirme de arma llegado el caso.

Me río entre dientes y subo los pies al sofá. Me hundo más en los cojines de terciopelo, que, no sé muy bien cómo, logran ser ridículos y sorprendentemente cómodos a la vez.

—¿Sí?

Amanda asiente, tan exagerada como siempre, con los ojos abiertos como platos para darle énfasis al gesto. Siempre ha sido así, incapaz de contar una historia sin que todo su cuerpo termine viéndose implicado en la interpretación.

—Uy, sí. Parecía que hubiera perdido la cabeza por completo. Pero en plan sexy. Ya sabes, del rollo: «Quemaría el mundo por ti, nena». —Deja escapar un suspiro soñador—. Un hombre que cometería un asesinato y luego se acurrucaría contigo… Una obra maestra de las novelas románticas.

Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar que se me dibuje una pequeña sonrisa en los labios.

—Eso no existe, Amanda.

Ella ahoga una exclamación, escandalizada, y se lleva una mano al pecho.

—¿Perdona? ¿Has leído alguna novela romántica? Es lo único que importa. Esa energía de «destruiré cualquier cosa que te amenace»… es lo máximo. La élite. La cumbre de los gestos románticos.

Me río y bebo un sorbo de vino. El alcohol me produce una sensación cálida y agradable al bajarme por la garganta. Ya he empezado a notar sus efectos en el organismo y todo me parece más blando y suave.

—El caso es —continúa Amanda, que también sube los pies al sofá y se inclina hacia mí con una expresión cómplice— que entra en mi despacho como un huracán, todo taciturno y protector, y al principio me siento como si fuera a arrancarme la cara solo por existir.

Pero después te tumba en el sofá, te arropa con una manta y, de repente, la furia asesina desaparece.

Se le activan los ojos tiernos. Fue como ver a un león convertirse en un gatito en tiempo real.

Sonrío detrás de la copa, con el borde frío pegado a los labios para intentar ocultar mi expresión.

Sí. Suena a algo típico de Cal.

De ese hombre al que supongo capaz de romper un cuello con sus propias manos, pero que me lleva en brazos a la cama cuando me quedo dormida en el sofá; que tiene pinta de dedicarse a partir rodillas en algún callejón, pero que se pasa veinte minutos intentando ganarse la confianza de un gato callejero; que aterroriza a más de un hombre adulto con una sola mirada, pero que me susurra elogios suaves como si fuera algo precioso.

Amanda me mira desde el otro lado del sofá con los ojos entrecerrados y cara de suspicacia.

—¿Qué? —pregunto, fingiendo inocencia y obligando a mis rasgos a expresar lo que espero que sea una indiferencia espontánea.

Amusga aún más los ojos y los clava en mí como si estuviera intentando taladrarme el cráneo con ellos para leerme los pensamientos.

—Has puesto cara rara.

—No, qué va.

—Sí, claro que sí. Has puesto tu cara de «tengo secretos». Te conozco desde hace cinco años, Isabella Russo. Me sé todas tus caras.

Niego con la cabeza y bebo un poco de vino con aire despreocupado mientras intento no mirarla a los ojos.

—Es mi cara de siempre. La única que tengo.

—Mentira. —Se acerca a mí con un brillo de picardía en los ojos, entusiasmada por el posible cotilleo—. Me estás ocultando algo. Suéltalo. Ya. Inmediatamente. Ahora mismo.

—Amanda…

—No, no, no. No me vengas con «Amanda» en ese tonito.

—Me planta un dedo delante de la cara y, mientras lo mueve hacia los lados en señal de negación, me doy cuenta de que está a punto de derramar el vino—.

Sé que me dijiste que Cal te estaba cuidando y que no tenía que preocuparme por ti, pero, tía…

—dice, dándole una palmada al sofá para enfatizar sus palabras, y el cojín de terciopelo emite un ruido sordo al recibir el golpe—, quiero todos los detalles jugosos.

Los más jugosos que se te ocurran. En plan, si esto fuera una fruta, quiero que sea una sandía en un día caluroso de verano.

Gruño y me tapo la cara con una mano cuando siento que un calor que no tiene nada que ver con el alcohol me sube por las mejillas.

No hay suficiente vino en el mundo para esta conversación. Ni en este apartamento ni en esta ciudad ni, posiblemente, en toda la costa este.

Amanda me mira de hito en hito, con los ojos casi resplandecientes de expectación y toda ella vibrando de una emoción apenas contenida. Es como un sabueso que ha captado un rastro interesante y, por experiencia, sé que no lo dejará pasar hasta que consiga lo que quiere.

Dejo escapar un suspiro tenso, roto los hombros hacia delante y hacia atrás, y me preparo para lo inevitable. No hay forma de escapar con Amanda mirándome de esa manera, pues ya ha captado cualesquiera que sean las expresiones faciales que me están delatando.

—Bueno, vale —digo y bebo un trago rápido de vino para armarme de valor. El alcohol me quema un poco al bajar—. Nos enrollamos.

El grito que suelta Amanda es ensordecedor, agudo y prolongado, como si estuviera haciendo una audición para una película de miedo.

Rebota en las paredes de ladrillo, reverbera por todo el apartamento y seguro que aterroriza a sus vecinos, que sin duda se estarán preguntando si están cometiendo un asesinato.

Juro por Dios que grita tan fuerte que me vibran los tímpanos.

—¡LO SABÍA! —chilla mientras me sacude el brazo con una fuerza sorprendente debido a la emoción—. ¡JODER, LO SABÍA!

Doy un respingo al ver que unas gotas de vino tinto me salpican los pantalones cortos.

—Por Dios, Amanda, cálmate de una puñetera vez. Los vecinos van a llamar a la policía.

—¡No me digas que me calme! ¡Este no es un momento de calma! —Tiene las pupilas dilatadas de auténtico placer, una sonrisa casi maniaca—. Quiero detalles. Todos. No te guardes ni uno. ¿Cómo fue? ¿Qué se siente al tocarle los músculos? ¿Es tan fuerte como parece? ¿De qué tamaño tiene la polla?

El vino se me va por el otro lado y me atraganto. Toso, se me llenan los ojos de lágrimas y siento que las mejillas me arden, como si acabara de confesar un delito.

—Madre mía. —Vuelvo a toser y me tapo la cara con las manos para disimular la vergüenza que me recorre de arriba abajo por oleadas—. Lo tuyo es muy grave.

Amanda sonríe de oreja a oreja sin mostrar el menor rubor; ni siquiera se toma la molestia de intentar negar mis palabras. Se desliza por el sofá hasta rozarme las rodillas con las suyas.

—Lo digo en serio, Izzy. Necesito saberlo todo. Tengo un interés personal en esta relación.

—¿Un interés personal? —repito en tono lacónico al mismo tiempo que enarco una ceja con escepticismo.