37. Mantenerla a salvo, mantenerla cerca, mantenerla conmigo #2
Suelta una carcajada y echa la cabeza hacia atrás contra la almohada. La observo y me empapo de lo guapísima que está así de relajada. En cuanto se calma un poco, se acurruca aún más entre mis brazos, como si intentara desaparecer.
—No —murmura.
Arqueo una ceja.
—¿No?
Vuelve a cambiar de postura, agacha la cabeza y habla en voz más baja que antes.
—No quiero que Amanda se acerque a ti estando borracha.
Sus palabras me dan que pensar. Ladeo la cabeza, la observo, intento descifrarla. No son celos. No exactamente. Es inseguridad. La vocecita irritante y molesta que tiene en la cabeza le está diciendo que no es suficiente. Que Amanda es más atractiva, el tipo de chica que eligen los hombres.
No me gusta ni un puto pelo.
Bajo la mano, le agarro el muslo y aprieto con la firmeza necesaria para dejarla sin aliento. Luego la subo poco a poco, sintiendo hasta el último centímetro de su cuerpo, y le levanto la barbilla para que me mire.
—Izzy, escúchame. Aunque Amanda se abalanzara sobre mí, no la elegiría a ella antes que a ti.
Se queda callada, escudriñándome los ojos.
—¿Quieres saber por qué?
Asiente y vuelvo a agarrarle el muslo, le clavo un poco los dedos.
—Porque esto es lo que me gusta. Un cuerpo con curvas donde agarrar.
—Deslizo la mano de nuevo hacia arriba, se la paso por la cintura, por las costillas, y al final poso la palma en el rostro—.
Una mente bonita, una persona bonita, a juego con un cuerpo la hostia de bonito. Amanda no es mi tipo. Nunca lo será.
Veo que abre más los ojos, que se le corta la respiración.
Entonces acerco los labios a los suyos. Como si intentara borrarle todos los malos pensamientos de la cabeza a base de besos. Como si estuviera reescribiendo la forma en la que se ve a sí misma cada vez que le devoro la boca.
Cuando me aparto, tiene los ojos vidriosos. Me mira unos segundos, atónita. Luego se me acurruca contra el pecho, se aovilla de nuevo a mi lado.
Su voz es apenas un susurro cuando dice:
—No entiendo qué he hecho para merecerte.
La abrazo con más fuerza. Le doy un beso en la sien y lo alargo un instante, acariciándole la piel con mi aliento.
—No tienes que entenderlo, preciosa. Solo tienes que creértelo.
—Quiero conocerte más —murmura.
Me muevo con suavidad y delicadeza, rozándole la piel.
—¿Qué te falta por saber?
Levanta la cabeza y entorna los ojos.
—Venga ya, Callahan. Un montón de cosas.
Me río entre dientes y sacudo la cabeza.
—¿Como qué?
—Pues, para empezar, es obvio que a estas alturas hemos creado un vínculo basado en el trauma… Al menos yo.
Suelto una carcajada.
—Muy sano.
Se le escapa una risita.
—Sanísimo. Pero, en serio, quiero saber tus tonterías.
Enarco una ceja.
—¿Mis tonterías?
Me mira y asiente.
—Sí. Como tu color favorito, tu primer coche y…, bueno, no sé…, si crees que ganarías a un chimpancé en una pelea.
La miro de hito en hito. Ella me devuelve el gesto. Y entones estallo en carcajadas.
—Vale, en primer lugar, ¿qué clase de pregunta es esa?
Izzy se encoge de hombros con aire inocente.
—Una pregunta válida. Eres enorme y musculoso. Tienes pinta de ser capaz de atravesar una pared de ladrillos de un puñetazo. Así que tengo curiosidad: ¿ganarías a un chimpancé?
Me paso una mano por la cara.
—Izzy, los chimpancés dan un miedo de tres pares de cojones. Sería una sentencia de muerte.
Abre los ojos de forma exagerada.
—¿Me estás diciendo que Callahan Knight, el guarda de seguridad gigantesco y superfuerte, perdería contra un chimpancé?
—Desde luego. Esos cabrones van primero a por la cara. Estaría muerto en cuestión de cinco segundos.
Se echa a reír y acto seguido entierra la cara en mi pecho.
Me encanta el sonido de sus carcajadas, cómo se relaja a mi lado.
—Vale, vale, siguiente pregunta —digo para seguirle el juego.
Levanta la cabeza.
—¿Color favorito?
—El verde, creo.
—¿Como tus ojos?
Sonrío.
—Algo así.
Asiente, satisfecha, y dice:
—El mío es el azul.
Esbozo una mueca burlona.
—¿Como mis bragas favoritas de entre todas las que tienes?
Se queda boquiabierta y ahoga una exclamación escandalizada antes de darme un manotazo en el pecho.
—Qué tonto eres.
Le agarro la muñeca antes de que me golpee de nuevo.
—Te encanta. —Bufa, pero no me lleva la contraria—. Muy bien, me toca. ¿Primer coche?
—Tú primero.
Me encojo de hombros.
—Un Jeep Cherokee del 99 —contesto—. Una mierda, pero funcionaba. A duras penas.
Se ríe.
—Yo tuve un Volkswagen Jetta. Se averiaba cada dos semanas y mi padre se pasaba la vida arreglándolo.
Sonrío.
—Sí, me cuadra.
—¿Te gustan más los gatos o los perros?
Resoplo.
—Los perros, claro. Pero respeto a los gatos que se comportan como perros. ¿Y tú?
—Los dos. Pero, si tuviera que elegir, los gatos. Son más de mi rollo.
Se me crispan los labios.
—¿Porque son tercos y se niegan a admitirlo cuando les gusta alguien?
Grita a la vez que se ríe y me da otro manotazo en el pecho.
—Exacto —dice en tono serio, aunque aún no se le ha desvanecido la sonrisa de la cara.
—Vale. ¿Cuál es tu miedo más raro?
Hace una mueca de dolor.
—Las escaleras mecánicas.
Me quedo mirándola.
Ella asiente con seriedad.
—La idea de que se me enganche el cordón del zapato, me arrastre hacia los engranajes y me convierta en una historia con moraleja me atormenta a diario.
Contengo una carcajada.
—¡Nunca llevas zapatos con cordones!
—¡Mis emociones son válidas! —exclama entre risas.
—Vale, sí, es cierto, pero es el miedo más extrañamente específico que he oído en la vida.
—Sí, pero, a ver, ¿cuál es el tuyo?
Me quedo callado, pensando.
Luego me estremezco.
—Los payasos.
La cara se le ilumina de puro placer.
—No me jodas.
Niego con la cabeza.
—Son antinaturales. Nadie sonríe tanto. Dan un miedo de la leche.
Vuelve a estallar en carcajadas. La rodeo con los brazos, la estrecho contra mí y me dejo envolver por el sonido de su felicidad.
De repente ahoga un grito y se incorpora.
—¡Ostras! ¡Casi se me olvida!
Se inclina hacia la mesita de noche y abre el cajón. La observo con curiosidad mientras rebusca; saca algo que refleja la luz: un rosario con cuentas de cristal azul oscuro.
—Toma. Es para ti.
Me lo tiende y la miro con cara de sorpresa.
—¿Un rosario?
Asiente con la cabeza, sonrojada.
—Le pedí a mi nonna que me diera otro. Para ti.
Lo cojo con cuidado y siento la tersura de las cuentas en los dedos. El azul es intenso, casi del mismo tono que el cielo nocturno.
—Izzy, no puedo llevármelo. Es…
—No te lo estás llevando —me interrumpe—. Te lo estoy regalando.
Paso el pulgar por la cruz, conmovido por el gesto, a pesar de que no soy católico. Qué cojones, ni siquiera soy religioso. Pero el hecho de que haya pensado en mí, de que haya querido que tenga uno parecido al suyo…
—Gracias —digo en voz baja.
Sonríe con ternura.
—¿Lo llevarás contigo? Para protegerte. Sobre todo en la máquina de la muerte.
Asiento con la cabeza y me lo guardo con cuidado en el bolsillo.
—Siempre.
Es en ese momento cuando me doy cuenta de que no solo quiero protegerla. También quiero conocerla, saberlo todo sobre ella. Hasta la última tontería, el último miedo absurdo.
Porque esto… Esto parece nuestro.
Me resulta casi imposible abandonar la calidez de su cuerpo. Sigue trazándome patrones sin sentido en la piel, noto su aliento suave y regular en el pecho.
Llevamos aquí tumbados más tiempo del que puedo permitirme. Más tiempo del que tengo.
Pero que le den al tiempo. Daría cualquier cosa por quedarme aquí.
Un pitido estridente perfora el aire. Es la alarma de mi móvil. Suelto un suspiro lento y me estiro para apagarla. Izzy se aprieta más contra mí. No quiere levantarse.
Ya somos dos.
Le rozo la frente con los labios y, muy a mi pesar, digo:
—Tengo que ir a la tienda.
Protesta con un gemido suave y estira las piernas contra las mías.
—¿Quieres que te acompañe?
Me quedo quieto y bajo la mirada hacia ella.
Levanta la cabeza y parpadea; sigue teniendo los ojos nublados por el sueño, el pelo revuelto y los labios suaves y besables.
Y sé muy bien lo que está haciendo. Sé que hoy no quiere estar sola.
No después de la semana que ha tenido. Y yo tampoco quiero dejarla.
Pero, aun así…
—Preferiría que te quedaras durmiendo.
Niega con la cabeza, tan obstinada como siempre.
—No, me iría bien. Me he tomado toda la semana libre. Tengo que adelantar trabajo antes del lunes.
Frunzo un poco el ceño.
—¿Estás segura?
Asiente.
—Sí. Así ya estaré en el centro para cuando quede con Amanda.
La estudio un momento largo en busca de cualquier signo de vacilación. Al final le levanto la barbilla y le doy un beso lento y prolongado en la frente.
—Vale, cielo.
Siento cómo exhala a mi lado, como si la expresión de cariño le hubiera calado hasta los huesos.
Me aparto, gruño a la vez que me estiro y me paso una mano por el pelo. Ella bosteza y se da la vuelta.
Ninguno de los dos se mueve en el acto. No queremos. Pero sé que, si me quedo más rato en esta cama con ella, no me iré nunca. Así que, tras acariciarle la cadera con parsimonia por última vez, me obligo a levantarme.
Mientras me visto, noto el peso del rosario en el bolsillo y me siento extrañamente reconfortado por él.