Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 37. Mantenerla a salvo, mantenerla cerca, mantenerla conmigo
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37. Mantenerla a salvo, mantenerla cerca, mantenerla conmigo

MANTENERLA A SALVO, MANTENERLA CERCA, MANTENERLA CONMIGO

Cal

Izzy está acurrucada contra mí. Respira de forma constante, tranquila…, hasta que se le escapa un ronquidito suave y tengo que contener una carcajada.

Está como un tronco. Es como si hubiera perdido el conocimiento.

Y, joder, cómo me gusta.

Cómo me gusta que confíe tanto en mí como para dormir así. No es solo dormir, es dormir profundamente. Un tipo de sueño del que no ha disfrutado mucho en los últimos días.

Tiene una mejilla apoyada en mi pecho y una mano posada en mi vientre; está tan pegada a mí que no nos separa ni un centímetro.

Y yo…

Me siento el cabrón más afortunado del puto planeta.

Esto es lo que quiero. Que me envuelva, que me confíe su calma, su seguridad, su quietud. Que me deje ser quien la hace sentir que por fin puede respirar.

Podría quedarme aquí tumbado para siempre. Mirándola dormir, sintiendo los latidos constantes de su corazón contra el mío, escuchando los ronquidos suaves y casi adorables que ella negaría con rotundidad ser capaz de emitir.

Se me tensa el pecho, porque, a pesar de todo esto —de este momento perfecto, de esta noche perfecta—, sé que no es perfecto.

Porque no se lo he contado.

Porque le estoy mintiendo.

Porque, cada vez que le envía un mensaje a Caleb, me lo está enviando a mí.

La abrazo con más fuerza, como si de alguna manera eso lo arreglara.

Tengo que ser sincero. Tengo que confesárselo.

Pero este no es el momento, porque ahora mismo lo que necesita es estabilidad.

Ahora mismo me necesita a mí. Y, si he de mantener la mentira una temporada más para que siga estando calmada y se sienta segura, lo haré.

Aunque me carcoma por dentro. Aunque cada vez que me llame Caleb me sienta como un pedazo de cabrón. Aunque sepa que, cuando la verdad salga al fin a la luz, es probable que no se la tome bien.

Porque no va a ser tan fácil: no se lo tomará a risa, no va a encogerse de hombros mientras dice: «Ah, vaya, qué gracioso, resulta que he estado todo este tiempo intercambiando mensajes sexuales con mi novio de la vida real».

Porque Izzy nunca ha estado con nadie que no la manipule.

Y ¿qué coño estoy haciendo yo sino manipularla?

Dejo escapar una bocanada de aire tensa mientras siento su cuerpo pegado a mí, la confianza con la que se ha acurrucado a mi lado.

Confía en mí.

Y, cuando por fin le cuente la verdad, solo me quedará rezar a cualquier posible dios que haya ahí fuera para que siga haciéndolo.

Debería dormir.

Pero estoy tenso. Tenso de cojones. Porque no soy capaz de pensar en nada que no sea ella.

En cómo se ha arrodillado delante de mí, mirándome a los ojos, y me la ha rodeado con la mano.

En cómo se ha pasado los dedos por las marcas de mi culminación antes de llevárselos a los labios y lamerlos hasta dejárselos limpios, como si me estuviera saboreando.

Como si quisiera verme perder el puto control. Como si quisiera que la destrozara.

Y lo he hecho. Pero no lo suficiente. No ha sido suficiente ni de coña. Me muevo con cuidado y cojo mi móvil. Les echo un vistazo a los mensajes nuevos, me desplazo por la pantalla con aire distraído, sin buscar nada y buscándolo todo al mismo tiempo.

Y entonces aparece una notificación.

Un mensaje cifrado. Me incorporo al instante intentando no molestar a Izzy y con el pulso acelerado. Justo a tiempo. Hace unos días llamé a una persona que podía echarme una mano de verdad. Alguien que me debía un favor.

Ryan Mercer. Es un antiguo compañero del ejército que se fue a trabajar para la Agencia de Seguridad Nacional cuando se licenció.

Es una locura lo bien que se le dan los ordenadores.

Se le dan mejor que a mí, que ya es decir.

Además, no es lo que podría describirse como un gran admirador del Gobierno —cosa curiosa, teniendo en cuenta las decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida profesional—.

Por eso siempre ha sido bastante flexible a la hora de cruzar ciertos límites éticos.

Y eso es algo que me viene muy bien en este caso, porque Ryan puede averiguar lo que quiero saber de Evan.

Abro el correo electrónico. En la pantalla emerge una ventana para introducir una contraseña.

Tecleo los cuatro últimos dígitos de mi número de la seguridad social y la pantalla se desbloquea.

Me río en voz baja y niego con la cabeza; jamás le he dicho mi puñetero número de la seguridad social.

Pero, antes de que me dé tiempo a leer todo el contenido, otra alerta reclama mi atención.

Es una notificación, pero no de mi bandeja de entrada, sino del teléfono de Izzy. Una llamada entrante que aparece también en mi pantalla.

Es Evan, que intenta volver a hablar con ella.

La ira se me acumula en lo más profundo de las entrañas mientras lo veo sonar. La llamada se desvía hacia el buzón de voz. Tarda unos instantes, pero, cuando se carga la transcripción y la leo, empiezo a ver negro de la rabia.

«¿Qué coño te crees, que ahora estás a salvo?

¿Crees que puedes dejarme sin más? Te he dedicado años, Izzy.

Me lo debes. Eres mía. Y, si crees que ese puto tío va a protegerte de mí, estás equivocada.

No te estará vigilando en todo momento, cariño.

No estará siempre ahí. Y, cuando él no esté, estaré yo».

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duele. Aferro el teléfono tan fuerte que los nudillos se me ponen blancos.

Es un cabronazo. Un cadáver andante.

Porque en eso se acaba de convertir Evan, aunque él aún no lo sabe.

Me veo obligado a recurrir a todo el autocontrol del que dispongo para no levantarme, coger las llaves del coche y presentarme en su apartamento. Porque los hombres como él solo entienden un idioma: el de la violencia y el dolor. La única manera de que aprendan la lección es enseñársela con sangre.

Y, en circunstancias normales…, sería más comedido. Calculador, estratégico, moderado.

Pero esto… Izzy… Izzy no es normal para mí. Lo es todo. Y, por ella, estoy dispuesto a transformarme en una persona completamente distinta.

Ya he acabado con otras vidas. Cada una de ellas me pesa de una manera diferente. Algunas sigo viéndolas en sueños. Algunas las lamento. Otras no. Pero esta… Esta es la primera vez que estoy seguro.

Si le metiera una bala en la cabeza a Evan, no perdería ni una sola noche de sueño por ello. Pero esa decisión no me corresponde a mí. Todavía no. No puedo hacer algo que la atormentaría para siempre. Porque, si dependiera de mí, ese tío ya se estaría pudriendo.

Inhalo, exhalo. Me obligo a respirar, a mantener la calma.

Bloqueo el teléfono cuando Izzy se mueve. Cambia de postura para acercarse más a mí y noto su aliento cálido en la piel. Abre los ojos y me mira, somnolienta, con el pelo alborotado y la vista nublada.

Sonríe y, joder, daría cualquier cosa por despertarme a su lado el resto de mi vida.

—¿Qué hora es? —murmura con la voz pastosa por el sueño.

Miro el reloj.

—Casi las seis.

Se estira y suspira a mi lado.

—¿Has dormido?

Le acaricio la espalda con los dedos.

—Un poco.

La verdad. Porque, aun con la cabeza dándome vueltas a mil por hora, el cuerpo tenso y la sangre hirviendo por las acciones de Evan, he conseguido dormir un rato. Por ella. Porque está acurrucada junto a mí, justo donde debe estar. Echa la cabeza hacia atrás y me mira con atención.

—¿Qué quieres hacer hoy?

Sé muy bien lo que quiero hacer. Quedarme en la cama con ella. Hacerla correrse hasta que se olvide de cómo se llama. Mantenerla aquí, abrazada a mí, encerrada en esta burbuja en la que el mundo exterior no existe.

Pero, en lugar de decirle eso, suspiro, porque esa opción está descartada.

—Tengo una reunión en la tienda.

Frunce un poco la nariz.

—¿Un sábado?

Asiento.

—Tenemos que arreglar un fallo de seguridad.

Porque, cuando no estoy aquí, cuando no estoy vigilándola, tengo que estar seguro de que el lugar donde pasa la mayor parte del tiempo es una puta fortaleza inexpugnable.

Y, hasta que averigüe a qué puñetas se ha estado dedicando Evan, de dónde proviene su dinero y por qué cojones sigue intentando aferrarse a Izzy cuando es evidente que se acuesta con otras mujeres a escondidas, tengo que estar preparado. Para cualquier cosa.

Izzy asiente y empieza a acariciarme los tatuajes del pecho. Lo hace con movimientos ligeros y distraídos, pero no hace falta más para que me hormiguee la piel.

—Debería ir a ver a Amanda. Está muy preocupada.

La atraigo hacia mí rodeándole la cintura con el brazo y la inmovilizo justo donde quiero que esté unos minutos más.

—Me parece buena idea.

Levanta la cabeza hacia mí, con el ceño fruncido.

—¿Qué? —pregunto, sin entender su expresión.

—Supongo que no estoy acostumbrada a que un chico me anime a salir y pasar tiempo con mis amigas.

Eso es una puta mierda. Le paso la mano por la espalda, un gesto silencioso para tranquilizarla. «Estoy aquí. No soy como ellos. Estás a salvo».

—Acostúmbrate, preciosa —le susurro—, porque me gusta la idea de que tengas amigas. Y, aunque Amanda esté un poco perturbada…

Se le escapa una risa por la nariz, pegada a mi pecho, y dice:

—Loca de atar.

—Una verdadera amenaza para la sociedad.

—La verdad es que sí.

Ambos nos reímos mientras negamos con la cabeza.

Pero luego me pongo serio y le doy un beso suave en la frente.

—Aunque me alegro de que forme parte de tu vida.

Respira hondo. Luego, en voz baja, dice:

—Gracias.

Me doy cuenta de que lo dice con sinceridad. Con la más absoluta sinceridad. Se mueve un poco entre mis brazos, se estira y continúa dibujándome patrones perezosos sobre la piel.

—Por lo general, cuando voy a ver a Amanda, me quedo a dormir en su casa. Bebemos mucho y así es más fácil.

Tiene sentido. Pero, aun así…

—Vale, también puedo ir a dormir delante de la puerta de su casa.