Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 36. Lo lamí, y cero remordimientos #2
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36. Lo lamí, y cero remordimientos #2

Cal se queda callado, pero, cuando al fin responde, lo hace en voz baja, con complicidad, como si él también hubiera pasado por lo mismo.

—Sí. Sé a qué te refieres.

Bebo un sorbo de vino y lo miro por el rabillo del ojo. Parece tan tranquilo recostado contra el cabecero de mi cama, con los hombros anchos relajados, girando distraídamente el tenedor entre los dedos mientras mastica y actúa como si nunca hubiera existido una época anterior a él.

Tamborileo la copa con los dedos y el repiquetear suave de mis uñas sobre el cristal crea un ritmo nervioso. Dudo antes de aventurarme a formular con cautela algo que lleva toda la noche rondándome la cabeza.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —Levanta la vista hacia mí y deja de masticar a la vez que yo me reacomodo y trago saliva—. ¿Cuánto tiempo tardaste en superar a tu ex?

Le cambia la cara; es muy sutil, pero suficiente. Puedo percibir la vacilación, la distancia a la que mira de repente, como si se enfrentara a algo para lo que no estaba preparado para recordar de nuevo.

No responde de inmediato y me arrepiento al instante de habérselo preguntado. Puede que me haya pasado de la raya. Quizá habría sido mejor mantener el pico cerrado.

—Creo —dice al final con voz tranquila y serena mientras deja el tenedor— que tardé muy poco tiempo… y a la vez muchísimo.

Frunzo el ceño y parpadeo.

—No lo entiendo.

Exhala, estira un brazo a lo largo del cabecero y se gira un poco para mirarme.

—Lo acepté en cuanto ocurrió —explica—. No lloré.

No me dolía pensar en ello. —Guarda silencio unos segundos antes de añadir—: Pero tampoco he vuelto a estar con ninguna mujer desde entonces.

No de forma seria. Así que, aunque pasara página pronto, he tardado mucho en estar preparado para volver a confiar en otra persona.

—¿Y por qué yo?

Contengo la respiración.

Y entonces, en voz baja pero sin dejar lugar a duda, contesta:

—Porque tú me ves. Y yo te veo a ti.

Solo eso. Como si fuera la respuesta más obvia del mundo, como si esas palabras fueran suficiente explicación por sí mismas, como si no pudiera haber sido ninguna otra persona.

Sonrío; no porque entienda del todo lo que dice, sino porque quiero hacerlo, porque quiero creer que soy una mujer digna de ser elegida.

Cal termina de cenar antes que yo y aparta la bandeja con un movimiento fácil, sin esfuerzo.

Los músculos tatuados se mueven cuando se coloca un brazo detrás de la cabeza.

Coge el mando a distancia y enciende la televisión, como si lo hubiera hecho mil veces, como si conociera mis plataformas de streaming tan bien como yo. La pantalla cobra vida con un destello.

—Elige una serie —dice al tiempo que se desplaza por las opciones con aire despreocupado.

—¿En serio?

—Una que siempre hayas querido ver. —Vuelve la cabeza y me mira con una ceja arqueada, como si ya supiera que no voy a discutir, que me apetece tanto como a él—.

Vamos a verla juntos —continúa en un tono relajado pero firme, como si ya estuviera decidido—.

Capítulo a capítulo. Durante la cena. En la cama.

Suelto una risita mientras niego con la cabeza y luego me recuesto sobre las almohadas. Alargo la mano para coger el mando y le rozo los dedos al quitárselo. El breve contacto provoca una chispa que me recorre el brazo entero.

—Más te vale no quedarte dormido a medio capítulo, Callahan.

Se le curvan los labios y el gesto de diversión se transforma en algo más oscuro.

—Supongo que tendrás que mantenerme entretenido.

Termino de cenar y vemos un episodio de Bridgerton , porque, si iba a obligarlo a ver una serie, tenía que ser una exagerada, ridícula y puramente romántica.

Y ahora estoy llena, calentita y más que satisfecha.

El vino ha cumplido con su cometido y me siento ingrávida, con un agradable zumbido que me vibra justo debajo de la piel.

Cal ha insistido en recoger mientras yo me terminaba la copa, de modo que se ha llevado los platos apilados en la bandeja y ahora se mueve por la cocina como si llevara aquí años en lugar de días.

Y yo se lo permito, porque me sienta bien que cuiden de mí.

Cuando vuelve, se queda de pie al borde de la cama, mirándome. Las sombras le bailan en la cara y le resaltan los ángulos de los pómulos. Y entonces hace lo inesperado: se agacha, me da un beso tierno en la frente y murmura:

—Buenas noches, preciosa.

Luego se endereza y se dirige a la puerta.

No. No, esto no está bien.

Estiro una mano a toda velocidad, lo agarro de la muñeca y lo sujeto con firmeza.

—¡No!

Se detiene al instante y se da la vuelta con el ceño fruncido y una expresión cautelosa en el rostro. Aprieto aún más los dedos y después me obligo a decirlo.

—Te quiero aquí.

Los ojos se le oscurecen, pero continúa mostrando una expresión esmeradamente indescifrable. Las dudas se apoderan de mí. ¿Habré interpretado mal todo esto? ¿Por qué no quiere dormir conmigo?

—Izzy… —dice con voz prudente—, no es que no quiera.

Se sienta de nuevo a mi lado y el colchón se hunde bajo su peso; su presencia resulta abrumadora. Y entonces me cuenta que no suele dormir nada bien. Que a veces —no siempre, pero a veces— tiene terrores nocturnos debidos a la guerra, a las atrocidades que ha visto. Y que no quiere molestarme.

—Además, hace una década que no duermo en nada que sea más grande que una cama individual.

—No me importa. —Me mira mientras trago saliva y le estrecho la mano con más fuerza—. Si quieres, me quedo despierta contigo.

Él niega con la cabeza al instante.

—No, tienes que dormir.

Aprieto los labios antes de decir en voz baja:

—Por favor. Quiero que te quedes. Déjame cuidar de ti por una vez.

Me aprieta los dedos y abre los labios como si fuera a protestar, pero no lo hace.

Más bien se agacha y me da un beso profundo, pleno, como si se estuviera olvidando de sí mismo, del resto del puñetero mundo.

Se acerca, se pega a mí y me empuja hacia las almohadas.

El colchón blando me acuna las curvas cuando Cal posa su peso sobre el mío.

Y, cuando se aleja, ya vuelvo a estar excitada.

Y él… Él está en mi cama. No hay duda: Callahan Knight está en mi cama.

Se acomoda a mi lado y permanecemos tumbados en silencio un rato.

Uno de sus brazos descansa sobre mi pecho y me ancla en esta posición.

Sé que está despierto: respira de forma irregular y todavía tiene los músculos tensos.

Pero se siente lo bastante cómodo como para mantenerme cerca de él y abrazarme, como si fuera suya incluso en esta calma.

Y me gusta. Me gusta la presión de su peso, la fuerza de su cuerpo, la forma en la que me envuelve con el antebrazo.

Le deslizo los dedos por la piel, trazo las líneas de tinta que le recorren los músculos.

Noto la ligera elevación de los tatuajes con la yema de los dedos, una textura distinta a la suavidad del resto.

Siento la reacción de su cuerpo, los minúsculos escalofríos que lo recorren de arriba abajo.

Se estremece, se relaja, así que no paro.

Al contrario, recorro cada línea, cada ángulo y diseño intrincado, y me pregunto qué significa cada uno de ellos.

Mientras lo exploro con los dedos, rozo algo frío y metálico que lleva a la altura de la garganta: las chapas de identificación. Me detengo con la yema sobre ellas y, de repente, me doy cuenta de que estoy tocando una parte de su identidad.

—Perdón —murmuro al mismo tiempo que aparto la mano.

Cal me agarra la muñeca con delicadeza y vuelve a colocarme los dedos sobre las chapas.

—No te disculpes.

—¿Me cuentas algo sobre ellos?

Un sonido grave le retumba en el pecho, como si no se esperara la pregunta.

—¿Mmm?

—Los tatuajes —aclaro mientras vuelvo a acariciar la tinta—. ¿Me dices qué son los dibujos? ¿Qué significan para ti? —Titubeo—. Si no es demasiado personal.

Se gira un poco y me mira. Y entonces pronuncia unas palabras que me encogen el corazón.

—Contigo nada es demasiado personal, Izzy.

Me cuesta tragar, dejo de mover los dedos por su piel.

—Nunca te ocultaré nada —continúa, y flexiona ligeramente la mano que tiene posada sobre mí—. Si quieres saber algo, solo tienes que preguntar.

Asiento, apoyo la cabeza sobre su hombro y reanudo el recorrido con los dedos. Él levanta el brazo y lo inclina para que lo vea, para que pueda cartografiar los diseños con la vista además de con el tacto.

—Este —comienza mientras se da unos golpecitos en un tatuaje que le ocupa desde la muñeca hasta el codo— es por mi unidad.

La insignia, las coordenadas de donde estuvimos destinados.

Un par de chicos se lo hicieron antes del despliegue, otro par después.

Algunos nunca llegaron a tener la oportunidad.

La voz se le agrava un poco al llegar a esta última parte y no lo presiono.

Más bien desplazo los dedos hacia arriba y acaricio otro diseño.

—¿Y este?

Exhala y relaja el pecho cuando se concentra en mi tacto.

—Ese es por mi madre. —Me cubre la mano con la suya y la estiro sobre la tinta—.

Me tarareaba esta canción de pequeño, cuando estaba enfermo o no podía dormir.

No me acuerdo de la letra, pero sí de la melodía.

—Ladea el bíceps hacia mí—. Las notas están aquí.

Pedí que me las tradujeran a un pentagrama.

No es perfecta, pero se acerca bastante.

Intento contener las lágrimas que se me acumulan en los ojos. Es… Dios, es un homenaje precioso. Deslizo los dedos por la tinta y poso la palma sobre el tatuaje igual que si estuviera sosteniendo un recuerdo sagrado.

Vuelvo a las chapas de identificación y acaricio con suavidad las letras grabadas en relieve. El tacto del metal es frío y terso.

—¿Las llevas siempre puestas?

Cal se queda callado un rato largo. El pecho se le mueve al ritmo de la respiración bajo mi palma y noto que el corazón se le acelera un poco.

—Desde el día en el que me alisté. No me las he quitado nunca.

Noto que le cambia la expresión, que acaba de tomar una decisión. Se incorpora un poco y se lleva la mano a la nuca con un movimiento lento. La cadena emite un leve sonido metálico cuando se la desabrocha.

—Hasta ahora.

Me quedo sin aliento cuando me coge la mano, me las deposita en la palma y me cierra los dedos. Las chapas conservan el calor de su cuerpo; el metal está desgastado tras años de contacto directo y constante con su piel.

—Cal… —empiezo, sin saber muy bien cómo seguir ni qué significa esto.

—Las he llevado conmigo durante una década —dice sin dejar de mirarme a los ojos en ningún momento—.

Y, con ellas, quién era, lo que he hecho, lo que he visto.

—Me acaricia la mejilla con una ternura que me duele el pecho—.

Estas chapas eran un recordatorio de que no podía pasar página porque no podía dejar el pasado atrás.

—Traga con dificultad—. Pero ya no necesito dejarlo atrás.

Solo necesito guardarlo en un lugar seguro.

—Me aprieta los dedos con dulzura—. A cargo de alguien en quien confío.

Lo observo con atención y me fijo en la forma en la que me sostiene la mirada, como si lo dijera completamente en serio; en la franqueza tranquila que refleja su rostro.

—¿Estás seguro? —susurro, pues comprendo la enormidad de lo que me está ofreciendo.

Se le dibuja una pequeña sonrisa en los labios que irradia certeza.

—Segurísimo. No estoy tan seguro de algo desde hace mucho tiempo. —Agacha la cabeza y apoya la frente en la mía—. Cuídalas por mí, preciosa.

Con las manos temblorosas, me paso la cadena por la cabeza y siento las chapas posándose en el pecho.

Pesan más de lo que esperaba, tanto a nivel físico como por lo que representan.

Cierro los dedos en torno a ellas y noto la impresión de su nombre, de su grupo sanguíneo, su identidad grabada en metal.

—Lo haré —prometo, consciente de que me estoy comprometiendo a mucho más que el mero hecho de custodiar un par de piezas de metal.

Se le oscurecen los ojos cuando me mira, cuando mira las placas, que ahora me rozan la piel. Una expresión de ternura se mezcla con una especie de ansia de posesión.

—De todos modos, te quedan mejor a ti —murmura.

Con aire distraído, empiezo a recorrerle otro tatuaje con los dedos y él se echa a reír.

—Tengo muchísimos, Izzy. —Esboza una sonrisa burlona—. Tardaremos un tiempecito en repasarlos todos.

Sonrío de oreja a oreja, con la idea temeraria ya bulléndome en las venas: me acerco su antebrazo a la boca y lo lamo.

Se pone rígido: los ojos como platos, los músculos tensos, la respiración atascada en el pecho.

Me encojo de hombros, fingiendo inocencia.

—Lo dije en serio.

Bajo los dedos poco a poco y se los paso por el estómago mientras trazo otra zona cargada de tinta.

—Aunque parece que tengo mucho más por explorar de lo que creía en un principio.

Noto sus dedos tensos contra el costado y empiezo a preguntarme si no lo habré dejado roto.

Entonces exhala, niega con la cabeza, me agarra con fuerza y me pone de lado.

Me acurruca contra él, me estrecha entre sus brazos y me posa los labios en la sien.

Me envuelve con su cuerpo, me rodea las curvas suaves con su enorme complexión y crea un capullo de calidez y seguridad.

Y en ese momento murmura:

—Duérmete antes de que pierda el control y te folle hasta que te quedes frita porque no puedes más.

Sonrío, pegada a su pecho. Y me duermo sintiéndome segura.