Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 36. Lo lamí, y cero remordimientos
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36. Lo lamí, y cero remordimientos

LO LAMÍ, Y CERO REMORDIMIENTOS

Izzy

Cal sigue teniendo los ojos clavados en mí, me mira con la misma intensidad que si acabara de cometer un sacrilegio. Su mirada transmite un hambre pura, tan palpable que casi oigo la batalla que se está librando en su cabeza: no sabe si arrodillarse y venerarme o darme la vuelta y devorarme entera.

El pecho le sube y le baja de forma constante, controlada, amplio, sólido y cubierto de tinta.

Paseo la mirada por todos sus músculos, por hasta el último valle que he querido lamerle desde el momento en el que le vi los tatuajes asomando por debajo de la camisa.

Sigue manteniendo el vientre firme, no hay ni un solo centímetro de su cuerpo que no esté tenso.

Lo siento: el calor que se me arrastra por la piel, que se me instala en lo más profundo, que me inunda las venas hasta que tiemblo de deseo. Tengo todos los nervios alerta, todo mi cuerpo ansía lo que está por venir.

Entonces él se mueve. Rápido.

Ni siquiera puedo procesar lo que está ocurriendo antes de que se me eche encima, de que me agarre la parte posterior de los muslos con las manos y me levante del suelo como si no pesara nada.

Se me escapa un chillido de sorpresa ante la repentina sensación de estar en el aire.

Obedeciendo a un instinto, le rodeo el cuello con los brazos, me aferro a él mientras me lleva como si le perteneciera.

Como siempre ha sido. Como siempre será.

Casi sin darme tiempo a respirar, me pregunta con la voz cargada de diversión:

—¿Estás bien?

Frunzo el ceño pegada a su hombro mientras intento hacer caso omiso del calor que irradia su cuerpo, de la sensación de estar envuelta en sus brazos, fuertes y seguros.

—Podrías avisar antes de hacer mierdas así.

Una risa le retumba en el pecho y las vibraciones me reverberan en la piel.

—Tomo nota.

No le digo que me gusta la facilidad, el control y la tremenda fuerza con los que lo hace.

No le menciono lo mucho que disfruto de la firmeza de sus manos sobre mí cuando me agarra, como si por nada del mundo fuera a dejarme caer.

Tampoco le digo que me encanta cómo se mueve, seguro y despreocupado, como si fuera capaz de cargar conmigo por toda la ciudad sin sudar ni una gota.

Pero sí dejo que me lleve. Que me cuide. Que haga lo que todavía estoy aprendiendo a aceptar.

Me lleva al cuarto de baño y me deja en el suelo con suavidad.

Cuando toco las baldosas frías con los pies, la sensación me obliga a agitar los dedos mientras él abre el grifo de la ducha.

Las tuberías de mi viejo edificio cobran vida con un gruñido.

Niego con la cabeza sin dejar de observarlo.

Es tan desmesuradamente grande que ocupa todo el espacio de tal forma que mi cuarto de baño de tamaño normal parece una miniatura.

Cuando me guía hacia la bañera, el primer chorro de agua caliente me cae en cascada por la espalda y me relaja músculos que ni siquiera sabía que estaban tensos.

La presión es perfecta, las agujas de calor me alivian la tensión del día.

Se forman nubes de vapor, espesas y suaves, que nos envuelven, empañan el espejo y aíslan el mundo exterior.

Y entonces Cal entra detrás de mí. Su presencia es inmediata, abrumadora, sofocante en el mejor sentido posible.

Su pecho está a escasos centímetros de mi espalda, tan cerca que siento su cuerpo, pero no me toca.

Todavía no. Deja que el agua haga su trabajo, que nos caliente a ambos, que limpie lo que hemos ensuciado juntos.

Luego, sus manos me encuentran, lentas y cuidadosas. Me desliza los dedos por la piel, reverentes, concentrados; me extiende el gel de baño por los brazos, el vientre, los muslos. El jabón crea un camino resbaladizo, me forma burbujas sobre la piel mojada.

No es sexual, pero me parece más íntimo que cualquier otra cosa que haya hecho en la vida.

Es minucioso, metódico, me acaricia con firmeza y con suavidad al mismo tiempo, como si se estuviera grabando en la memoria cada centímetro de mí, cartografiándome, absorbiéndome.

Cierro los ojos, me concentro en la sensación de sus movimientos sobre mí, de sus palmas recorriéndome la espalda, de sus dedos amasándome los hombros antes de deslizarlos columna abajo.

El agua tamborilea sobre nosotros y crea un ritmo que coincide con los latidos de mi corazón.

Siento su aliento en la nuca y el ligero roce de su barba incipiente en la piel húmeda.

Entonces me levanta la barbilla hacia él y me obliga a mirarlo.

Tiene pinta de estar destrozado. Los párpados le pesan y el deseo le afloja la boca.

El cabello oscuro se le riza un poco en las puntas y tiene gotitas de agua adheridas a las pestañas.

Una de ellas se desliza por el ángulo marcado de la mandíbula, baja la garganta y desaparece por el valle del pecho. Observo su recorrido, hipnotizada.

Me roza el labio inferior con un movimiento suave del pulgar, lento y provocador. Cuando habla, lo hace con una voz cálida.

—Has estado increíble.

No sé cómo aceptar los cumplidos cuando son sinceros y provienen de un hombre que los siente de verdad. Así que agacho la cabeza, dejo que termine de limpiarme y no discuto. Cosa que, siendo sincera, puede que sea la primera vez que me ocurre en la vida.

Cuando salimos del baño, sigo teniendo la piel caliente y el cabello húmedo pegado a los hombros.

El algodón suave de mi camiseta sin mangas me refresca la piel recién duchada.

La tela se estira sobre mis curvas más pronunciadas, pero parece que ahora no me molesta.

Me siento relajada, limpia, más ligera que desde hace días.

En ese momento me vuelvo y me olvido de ser una persona funcional, porque Cal está ahí plantado, cubierto solo por unos calzoncillos tipo bóxer.

Por alguna razón, esto es más injusto que cuando estaba desnudo del todo, porque ahora oculta solo lo mínimo para atormentarme, para tentarme y provocarme, y el cerebro me cortocircuita mientras lo devoro con la mirada, todo músculos anchos y bien definidos.

Flexiona los muslos gruesos ligeramente cuando se mueve; la profunda uve de las caderas desaparece bajo la tela negra y tiene el estómago tan esculpido que es casi una puta indecencia.

Y lo sabe. Sé que lo sabe más que de sobra. Porque los labios se le curvan de forma casi imperceptible cuando da un paso adelante y me tumba en la cama. Lo hace con delicadeza, como si yo fuera algo muy valioso, algo que pretende conservar.

A continuación se agacha y me da un beso prolongado en la frente. El calor florece en el punto exacto en el que me posa los labios tiernos.

—No te muevas. Vuelvo ahora mismo —murmura.

Asiento sin prestar mucha atención a sus palabras, todavía demasiado distraída por el hecho de que veo cómo se le mueven todos y cada uno de los músculos al darse la vuelta. Los tatuajes que le cubren la espalda ondulan con cada gesto. Lo observo mientras se dirige hacia la puerta.

Y, de pronto, no está, la cruza y desaparece. Tengo alrededor de treinta segundos para recuperar la compostura. No lo consigo.

Cuando vuelve, trae una bandeja en las manos.

Una puta bandeja con asas. Entorno los ojos de inmediato.

—¿De dónde coño has sacado eso?

Parece muy orgulloso de sí mismo cuando me la coloca sobre el regazo como si aquí no pasara nada. El calor me llega hasta los muslos a través de la manta.

—La he traído de contrabando mientras dormías.

Lo miro boquiabierta.

—¿Has traído utensilios de cocina a escondidas?

Se encoge de hombros y me pasa una copa de vino, como si esta fuera la noche más normal del mundo. El burdeos oscuro del líquido refleja la luz suave de mi lámpara de noche.

—Solo me estaba adelantando a los acontecimientos.

Se me escapa una risa entrecortada al mismo tiempo que niego con la cabeza. Increíble. Ha estado invadiendo mi vida, mi espacio, mi apartamento…, y yo ni siquiera me había dado cuenta. O quizá sí. Quizá es que nunca me ha apetecido impedírselo.

Bebo un sorbo de vino y, en tanto que el sabor intenso me llena la boca, Cal se acomoda a mi lado.

El colchón se hunde con su peso y me acerca automáticamente a él.

Coge su plato y empieza a comer como si esta fuera nuestra rutina, como si lo hiciéramos a diario y este fuera su sitio.

Quizá sea así. Quizá este sea el aspecto que tiene mi vida ahora.

Pruebo un bocado y exhalo un suspiro que no sabía que estaba conteniendo… Y entonces ocurre sin más.

Un sollozo caliente, imparable y feo. Y ni siquiera sé a qué viene.

Cal se queda paralizado con el tenedor a medio camino de la boca y abre mucho los ojos.

—Joder, ¿me ha quedado seco o qué?

Me sorbo la nariz, suelto una risa ahogada y me seco la cara con el dorso de la mano.

—No. Por Dios, no.

Sigue mirándome como si fuera una extraterrestre mientras sacudo la cabeza y me río entre las lágrimas. Con la voz temblorosa, le digo:

—Todo es… perfecto. Y supongo que lloro por eso.

Frunce el ceño.

—¿Lloras porque todo es perfecto?

Me río más fuerte, pero también lloro más fuerte, y él sigue ahí sentado, mirándome como si hubiera perdido la puñetera cabeza.

—Deja de meterte conmigo, capullo.

La expresión se le suaviza, se le curvan los labios, y luego se acerca y me da un beso suave en la sien.

—Lo entiendo —dice en un tono de sinceridad absoluta—. No tienes por qué explicarlo si no quieres.

Exhalo, temblorosa, e intento recomponerme con otro sorbo de vino y una respiración profunda. Y entonces lo digo, porque necesito soltarlo, porque nunca lo había dicho en voz alta.

—Todo iba fatal con Evan. —No levanto la mirada del plato y empujo la comida de un lado a otro con el tenedor.

Los dientes arañan la cerámica con suavidad—.

Y yo… ni siquiera lo sabía. —Dejo escapar una carcajada suave, triste y autocrítica—.

Estaba en un túnel, ¿sabes? No sabía que había todo un mundo fuera de él, lleno de árboles y luz solar.