35. Ella lo lamió, yo vi a dios #2
Me inclino hacia ella, le rozo la mejilla con los labios y le susurro al oído:
—Tú primero.
Exhala, temblorosa, insegura.
—¿Qué?
Le levanto la barbilla para que me mire y me aseguro de que vea la verdad que se me refleja en toda la cara.
—Es lo que estoy esperando… —le digo con la voz espesa a causa de la contención.
Se estremece.
Le paso los labios por el contorno de la oreja, le agarro las caderas, la acerco más a mí y la coloco justo donde quiero que esté.
—Desde el día en que te vi en aquel restaurante.
Se queda paralizada.
Se le corta la respiración.
—¿Qué?
Le aprieto la cintura.
—Aquella noche fue la primera vez que te vi. Te observé mientras un imbécil te decía palabras que te entristecían. Y supe… —Le deslizo la nariz por la mandíbula, inhalo su aroma, siento su suavidad pegada a mí—. Supe que serías mía.
—¿Lo supiste entonces?
Abre los ojos como platos.
Asiento.
—Aún no te conocía. Solo sabía que lo haría.
Me mira con intensidad y la expresión le cambia cuando lo entiende.
Me toma las manos entre las suyas, las levanta y las guía.
Luego, despacio, las empuja hacia abajo, hacia la cinturilla de los pantalones de chándal.
Engancho los pulgares en las bragas y ella sigue presionando hacia abajo.
Empiezo a tirar de las prendas, a deslizárselas por los muslos, por las piernas, hasta que queda completamente desnuda debajo de mí.
Me aparto unos centímetros para verla.
Es una puta fantasía. Toda piel suave y curvas suplicando que las marquen; toda calor que emana de ella de una forma que me desafía a poseerla. Está hecha para esto, para mí.
Pero ella no lo ve.
Todavía no.
En lugar de aceptar el momento, de aceptar su belleza, el hecho de que no puedo dejar de comérmela con los ojos, duda. Se tensa, encoge los hombros hacia dentro, aprieta un poco los muslos, como si estuviera esperando.
Un juicio.
Un rechazo.
Como si no se diera cuenta de que me pondría de rodillas y veneraría hasta el último centímetro de su cuerpo si me dejara.
Noto una opresión en el pecho, una actitud posesiva que me comprime por dentro.
Debería saberlo.
Joder que si debería saberlo.
Separo los labios, dispuesto a explicárselo con pelos y señales, dispuesto a decirle que es la mujer más sexy que he visto en mi puta vida, que no tiene ni idea de lo mucho que la deseo, de las ganas que tengo de devorarla.
Pero entonces se le escapa un ruidito. Un gemido diminuto y suave, y mi autocontrol salta por los aires.
Me muevo sin pensar. Le paso las manos por los muslos, se los agarro con firmeza, siento el calor de su piel en los dedos. Se los separo bien y observo su reacción: el jadeo, el temblor del labio inferior, el estremecimiento que le recorre el cuerpo.
Está preciosa así.
Abierta de par en par.
Expuesta.
Mía.
Levanta la mirada hacia mí. Tiene las pupilas dilatadas, el pecho le sube y le baja a toda velocidad, se aferra a los cojines del sofá. Exhalo despacio, le clavo los dedos en los muslos para mantenerla quieta.
—Túmbate para mí, preciosa.
Se queda sin aliento, pero obedece. Me deja moverla, guiarla, colocarla justo como quiero.
Me sumerjo en ella. Cuando le paso la lengua por el calor húmedo por primera vez, levanta las caderas de golpe, los muslos le tiemblan bajo mi presa.
La respiración se le entrecorta y siento que la trepidación le recorre el cuerpo entero.
Gruño contra su piel, le aprieto los muslos suaves y curvilíneos.
Se retuerce debajo de mí y yo voy a darle justo lo que quiere.
Es mía y voy a devorarla.
Y, joder, sabe a gloria.
La lamo como si estuviera sediento de ella, porque lo estoy.
Su clítoris me palpita en la lengua, caliente e hinchado, y lo rodeo con los labios, lo succiono lo justo para sentir cómo se estremece. Grita, me agarra del pelo, me tira de él. Está tratando de anclarse, de acercarme aún más con sus gemidos exigentes y desesperados.
Gruño, absorbo cada gota, bebo de cada ruido, de cada pequeño resuello y gimoteo que se le escapa de los labios.
Qué sensible es, con qué puta facilidad reacciona.
Con cada roce de mi lengua, con cada movimiento lento y deliberado, se tensa, aprieta, se desmorona poco a poco.
Le arrastro la lengua por los pliegues, con lentitud, provocándola, saboreándola.
Porque esto…
Esto es lo que he estado esperando.
Su sabor, sus ruidos, su forma de retorcerse debajo de mí, desesperada, indefensa, desatada.
Es todo aquello con lo que he fantaseado.
La agarro por la cadera con una mano para mantenerla inmovilizada mientras le introduzco dos dedos hasta el fondo y los curvo.
Qué apretado lo tiene.
Joder, es perfecto.
Me los oprime y siento cómo reacciona su cuerpo: como si supiera exactamente quién es su dueño. Contrae los muslos contra mis hombros, se estremece de arriba abajo.
—Cal… —dice jadeando, con la voz quebrada, como si ya no pudiera seguir conteniéndose.
Oírla pronunciar mi nombre de ese modo me afecta. Me clava los dedos en el cuero cabelludo, tira con fuerza, como si necesitara algo sólido —alguien— que le impida desarmarse. Echa la cabeza hacia atrás contra el sofá, cierra los ojos con fuerza, tiembla.
Y la siento: la necesidad intensa y posesiva que se me retuerce en las entrañas, el deseo puro e insaciable de oírla pronunciar mi nombre así una y otra vez.
Quiero arrancárselo de los labios de todas las formas posibles.
Hacer que mi nombre sea el único en el que piense cuando se corra.
Gruño contra ella, la lamo, me la follo con los dedos, la llevo cada vez más arriba, la veo derrumbarse solo para mí.
Porque eso es ahora.
Mía.
Qué poco le falta.
Muevo la lengua deprisa, sin parar, la acerco aún más, la llevo al límite, hago que no sienta nada que no sea esto.
Sus gemidos se tornan ahogados, más agudos, frenéticos.
Sacude las caderas, deja de respirar y yo no paro.
No cedo.
—Córrete para mí, Izzy.
Se pone rígida y luego estalla.
Arquea la espalda, respira de forma errática y colapsa, jadeando mi nombre.
Gimo sin apartarme de ella, sigo lamiéndola hasta el final, lo prolongo, me aseguro de que sienta hasta el último segundo de su clímax.
Tiembla, se retuerce, los muslos le rebotan contra mí cuando las réplicas la recorren de arriba abajo.
No paro hasta que comienza a gimotear, demasiado sensible, demasiado abrumada.
Cuando me aparto, le doy un beso lento en la parte interior del muslo.
Tiene la respiración agitada, la piel enrojecida incluso en los perfectos pechos desnudos, el cuerpo relajado y agotado.
La observo, aún sujetándole los muslos, sin permitir que se mueva de donde está.
Entonces, con un murmullo grave y áspero, le digo:
—Esa es mi chica buena.
Cuando abre los ojos, tiene la mirada aturdida, desenfocada, todavía flotando en el éxtasis que acabo de proporcionarle.
Y entonces me mira.
No solo me mira.
Me clava los ojos.
Como si yo fuera lo único que le importara en el mundo.
—Por favor, Cal, necesito…
Ya lo sé. No hace falta que diga una puta palabra más.
Quiere mi polla.
Quiere que me sumerja dentro de ella, que la abra, que me la folle tan hasta el fondo y tan fuerte que se olvide de todo menos de mi nombre.
Yo también quiero eso.
Tanto que no puedo expresarlo con palabras.
Pero todavía no.
Le doy un último beso en la parte interna del muslo y la siento temblar.
—Esta noche no.
Gime, frustrada, insistente.
—¿Por qué no?
Vuelvo a trepar por su cuerpo, me tumbo a su lado, le doy un beso en los labios y me trago el gemido que se le escapa cuando me nota todavía duro.
—Porque quiero saborear esto, Izzy. —Le pongo una mano en la mejilla, le acaricio la mandíbula sonrojada con el pulgar, le levanto la barbilla para que me mire—. Quiero alargarlo, mantenerte al límite, que te desesperes por conseguirlo.
Los labios se le separan al respirar, los ojos se le oscurecen de deseo.
—Tenemos tiempo, preciosa. —Bajo la cabeza, arrastro los dientes por el labio inferior, la siento estremecerse—. Y, cuando por fin te posea, será nuestro fin.
Gime.
Suave, ansiosa, ya haciéndose pedazos. Se lame los labios, baja la mirada con una especie de hambre vacilante…
Y entonces me sorprende.
—En ese caso, ¿puedo al menos encargarme de ti?
Joder.
Gruño, aprieto los puños contra los cojines del sofá para tratar de mantener el control.
—Izzy…
No me da oportunidad de protestar. Estira el brazo, me rodea el grueso contorno de la polla con los dedos a través de los pantalones y suelto un taco cuando su contacto me obliga a levantar las caderas.
Joder, qué ansiosa está.
Toda dispuesta.
Como si quisiera compensar todas las veces que le han negado esto.
Como si quisiera adorarme de la misma forma que yo acabo de adorarla a ella.
Gruño y echo la cabeza hacia atrás, pero no se detiene.
Aprieta más, me acaricia a través de la tela, me mira como si estuviera memorizando todas las reacciones, todos los minúsculos espasmos de mi cuerpo.
—Por favor… —susurra con la voz ahogada, provocadora y pícara.
Joder.
Asiento, porque es del todo imposible que pueda decirle que no en este momento.
—Sí, pero estoy a punto. Unos cuantos roces más y termino.
Le destellan los ojos.
Y me sorprende de nuevo.
—Quiero saborearte.
Inhalo de golpe.
Dios mío, va a acabar conmigo.
La sujeto por la muñeca para impedir que me baje los pantalones.
—Pronto. —La palabra suena áspera, tensa, como colgando de un hilo—. Pero ahora no. Ahora no puedo disfrutarlo como es debido.
Hace un puchero, pero me encanta cómo le queda esa expresión.
Me hace perder la puta cabeza.
—Ven aquí.
Cambia de postura y se arrodilla delante de mí.
Apenas me da tiempo a prepararme antes de que me saque la polla y me la agarre, despacio, provocándome, pura perfección. Siseo con los dientes apretados y la miro, observo cómo me la envuelve con los dedos, hermosos y delicados.
Es demasiado.
Sigue teniendo la piel sonrojada por cómo la he devorado.
El sabor de su orgasmo todavía me perdura en la lengua, caliente, dulce y adictivo.
Y ahora está de rodillas, desnuda y deslumbrante, con los ojos oscurecidos a causa del calor, con la boca suave y expectante y mi polla en la mano, acariciándome despacio.
¿Cómo cojones se supone que voy a durar así?
Dos pasadas.
Quizá tres.
Y se acabó.
Gimo, echo la cabeza hacia atrás, le agarro el pelo, me tenso entero cuando me inunda una oleada de placer.
Izzy no para.
Sigue acariciándome como si estuviera memorizando la sensación que le produzco en la palma de la mano. La polla se me crispa entre sus dedos, me derramo sobre sus tetas perfectas, le pinto la piel con los chorros gruesos y calientes de mi clímax.
Pensé que con eso bastaría.
Pensé que eso sería lo que terminaría por destrozarme y dejarme sin aliento, agotado e incapaz de pensar con claridad.
Me equivocaba.
Porque entonces…
Izzy lo hace.
Se pasa los dedos por el pecho.
Despacio. Tan tranquila.
Como si fuera algo natural.
Como si estuviera destinada a estar embadurnada de mí.
Se lleva los dedos a los labios y me saborea. Aprieto la mandíbula, el pecho se me contrae, estoy tan rígido que podría partirme por la mitad. La habitación se encoge, el tiempo se ralentiza, mi visión se centra solo en ella.
Desnuda.
Arrodillada ante mí.
Mía.
Abre un poco los labios, saca la punta de la lengua y se lame la yema del dedo. Tiene los ojos muy abiertos, la respiración irregular, la boca rosada e hinchada de besarme, las tetas pegajosas de semen.
Esboza una sonrisa de satisfacción.
Una puñetera sonrisa de satisfacción.
Un gesto minúsculo, arrogante, malicioso. Me mira con los ojos brillantes, muy consciente del efecto que tiene sobre mí.
¿Sabe lo posesivo que me siento en este momento?
¿Entiende que, al aceptar mi marca en su piel, acaba de otorgarme un derecho primitivo sobre ella?
¿Se da cuenta de que mi autocontrol pende de un hilo, de que, si no me hubiera comprometido a ir despacio, la tendría abierta debajo de mí otra vez y le estaría lamiendo el semen de la piel, besándola para metérselo en la boca y obligándola a tomarme hasta el fondo y con desesperación?
Exhalo con los dientes apretados, le recorro el cuerpo con la mirada y obligo a mi polla a dejar de temblar ante tal espectáculo.
No parpadeo.
No aparto la mirada.
Me la como con los ojos.
Estoy absolutamente hecho polvo cuando digo:
—Joder, Izzy.
Trago saliva con dificultad, con el cuerpo aún palpitando, los músculos tensos. Ladea la cabeza, todavía acariciándose los labios con los dedos.
Como si estuviera esperando a que me derrumbe.
Estoy a punto de hacerlo.
Sin embargo, entornos los ojos y la observo. Y entonces, con la voz áspera y jodido del todo para siempre, le pregunto:
—¿Qué estás intentando hacerme?