35. Ella lo lamió, yo vi a dios
ELLA LO LAMIÓ, YO VI A DIOS
Cal
Lo dice.
Las dudas le brotan de los labios como el agua que rompe una presa: todas sus preocupaciones, todos sus miedos, todas sus vacilaciones quedan al descubierto delante de mí.
Confiesa lo que la ha estado atormentando por dentro. Cuánto me desea. Cuánto le asusta lo que eso significa.
Y yo…
Yo estoy la hostia de orgulloso de ella.
Porque sé lo difícil que le ha resultado.
Se enfrentó a Evan, se mantuvo firme ante su manipulación. Ahora está confiando en su intuición respecto a nosotros. Ha decidido confiar en mí a pesar de todo lo que ha pasado.
Ha elegido desearme.
Y quiero recompensarla por ello.
Quiero hacerla mía.
Aquí mismo. Ahora mismo.
Donde sea: en el sofá que tenemos debajo, en el suelo, inmovilizada contra la pared con las piernas rodeándome la cintura.
Donde me lo permita.
Pero también sé que no puedo hacerlo.
Todavía no.
No es el momento. Todavía está procesando el trauma que ha sufrido y no pienso aprovecharme de eso. Y, en algún momento —aunque no esta noche, cuando todo es nuevo y los sentimientos están a flor de piel—, tendré que contarle la verdad sobre Caleb.
Sí, a partir de este momento es mía, pero me niego a construir una relación con ella basada en el engaño.
Me obligo a dar un paso atrás. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para controlarme y quitarle las manos de encima, para poner distancia entre nosotros, para evitar tumbarla debajo de mí y dejarle claro dónde acaba de meterse. Aun así murmuro la única excusa práctica que se me ocurre.
«Espera, que tengo que apagar los puñeteros fogones».
Porque, si no lo hago, es muy posible que me olvide de que están encendidos, que se active el detector de humos de su apartamento y que se nos pasen las ganas. Al menos a ella. A mí no habría nada que pudiera quitarme las ganas en este momento.
Porque ya la tengo tan dura como una puta piedra por ella.
Porque la cabeza me va a mil por hora imaginando todas las formas en las que podría acabar con su dolor. Quiero sustituir cada experiencia negativa, cada palabra cruel, cada momento de falta de confianza en sí misma con un placer tan intenso que se olvide de todo menos de mi nombre.
Pero esta noche voy a ir despacio.
Voy a saborearla. A aprenderme de memoria todas sus curvas, todos sus puntos sensibles, todas sus pequeñas reacciones a mis caricias.
Apago los fogones sin apenas darme cuenta de lo que estoy haciendo y me vuelvo hacia ella.
Sigue sentada en el sofá, mirándome, con la respiración acelerada, esperando. El rubor de las mejillas se le extiende por el cuello y le desaparece bajo la camiseta.
Mi control se evapora.
Mis instintos se apoderan de mí.
Sin dudarlo, me acerco a ella y me adueño de su boca.
Al principio, lo hago con suavidad. Con moderación. Un leve roce con los labios. Una pregunta, no una orden. Pero, en cuanto la siento derretirse, suspirarme en la boca, lo intensifico.
Tomo más.
Exploro más.
Le rozo la lengua con la mía, seduciendo, aprendiendo. Y, joder, qué bien sabe, a miel y calor, como si llevara esperando esto tanto tiempo como yo.
Podría pasarme la vida besándola.
Podría pasarme toda la noche aprendiéndomela, saboreándola, extrayéndole de los labios hasta el último ruidito de los que sé que es capaz de hacer.
En algún momento me obligo a apartarme. No quiero hacerlo, pero debo decírselo. Tiene que entender que esta noche manda ella.
Los dos tenemos la respiración agitada. Debido a mis atenciones, tiene los preciosos labios más carnosos que nunca. Tengo que contenerme para no atraparle el inferior entre los dientes. Me doy cuenta de que me mira las manos, inmóviles, una a cada lado de mí, sin tocarla donde necesito hacerlo.
Levanta la mirada, vacilante y expectante, en busca de la mía, como si se estuviera preparando para lo que sea que vaya a decirle a continuación.
Expulso el aire que estaba conteniendo, alzo los dedos para acariciarle una mejilla y le levanto la cara.
—Esta noche —murmuro, y la contención hace que las palabras suenen forzadas— mis manos son tuyas.
Se queda sin respiración.
—Tú eliges dónde van. Pero, cuando estés preparada, me apoderaré de cada migaja de control que quieras entregarme.
Le deslizo el pulgar a lo largo del pómulo y me fijo en que entreabre los labios.
—Pero, esta noche… —susurro, y agacho la cabeza para rozarle los labios con los míos—, tú decides.
Se estremece, pero asiente con la cabeza. Vuelvo a besarla.
Un beso profundo. Lento. Posesivo.
Al cabo de un instante, Izzy me agarra una mano y la levanta para llevársela al cuerpo.
Al principio, la posa sobre la ropa.
Me da igual.
La siento incluso a través de las capas de tela suave.
Noto el calor de su piel, su embriagadora suavidad.
Sus curvas ceden a mi roce, perfectas y femeninas.
Le recorro la cintura con los dedos, acaricio el valle donde su cuerpo se estrecha antes de dilatarse hacia el mullido contorno de las caderas.
Exhalo con fuerza y mi aliento se mezcla con el suyo, caliente e irregular.
Tiene el vientre suave, liso, y se lo acaricio con la palma hasta que siento que un temblor ligero le agita los músculos, que la respiración se le acelera cuando me empuja las manos hacia abajo.
Las deslizo por las caderas, se las agarro, disfruto de su forma plena y deliciosa, del cuerpo que ella no para de intentar encoger, minimizar.
No tiene ni puta idea de lo perfecta que es.
Gruño en su boca, un rumor profundo y áspero, mientras me permito tocar, explorar, y, cuando ella gime contra mis labios, cuando me enreda los dedos en el pelo y me atrae hacia sí como si me necesitara tanto como yo a ella, sé que no voy a dejarla marchar jamás.
En ese momento, Izzy hace algo que me desarma por completo.
Se quita la camiseta.
Así, sin más.
Y… ¡joder!
No lleva sujetador. Libera sus pechos generosos, perfectos y exuberantes, redondos y suaves. Me agarra las dos manos y se las pone allí.
Jo-der.
Podría correrme ahora mismo.
Pero me contengo.
No interrumpo el beso.
No puedo.
Tiene una boca adictiva. Me besa como si lo necesitara, como si estuviera ávida de ello… Y yo la beso como si no fuera a soltarla nunca. Enreda la lengua con la mía y me hago con el control: la beso con más ímpetu, exijo más.
La memorizo.
La dulzura de su aliento, sus labios perfectamente abiertos para mí, como si estuviera hecha para que la besaran así.
Y, mientras tanto, tengo las manos llenas de ella. Sus tetas, sonrosadas y anhelantes, me colman las palmas; los pezones se le endurecen en cuanto se los pellizco y los acaricio solo para oírla gemir. Se arquea hacia mí, desesperada: es mía y puedo tocarla, es mía y puedo destrozarla.
Gimotea, echa la cabeza hacia atrás, se me ofrece.
Y yo la tomo.
Le paso los pulgares por los pezones y me trago su respiración entrecortada, los gemidos que me suelta en la boca, como si estuviera a punto de deshacerse solo con esto.
Joder, qué sensible es.
Qué receptiva.
La forma en que su cuerpo reacciona a cada caricia, a cada roce, a cada apretón está acabando con mi autocontrol.
Y, cuando comienza a recorrerme con las manos, cuando me pasa los dedos por los abdominales, buscándome, pierdo la cabeza por completo.
Las desliza por el pecho, juega con el dobladillo de mi camiseta.
Se aparta un poco, jadeando, y tira de la tela.
—¿Te parece bien? —susurra.
Asiento con la cabeza.
Me la quita. Me repasa los tatuajes con los dedos, como si estuviera trazando un mapa. Sus caricias me provocan un incendio en las venas, la delicadeza de sus dedos me prende todas las terminaciones nerviosas.
Traga saliva.
—Siempre he querido… lamértelos.
Apoyo la frente en la curva de su cuello y gimo:
—Joder, Izzy. —Hablo con la voz tensa, irregular—. Si me dices mierdas así, vas a hacer que me corra.
Se separa lo justo para mirarme con un brillo de diversión en los ojos.
—¿Y si quiero hacer que te corras? —pregunta en tono provocador.
Aprieto los dientes. Podría destrozarla ahora mismo. Podría ponerla a cuatro patas, abrirla, poseerla como sé que ansía que lo haga. Sin embargo, arrastro la boca seca por la curva de la mandíbula y contengo otro gemido.
—Sí —murmuro—. No me cabe ninguna duda.
Me callo que ya ha hecho que me corra muchísimas veces. Pensando en ella, escuchando sus gemidos por teléfono.
Levanto la cabeza y le echo la barbilla hacia atrás para que me mire directamente a los ojos.
—Pero todavía no he terminado de explorar hasta el último centímetro de tu cuerpo.
Se le escapa un resuello suave, el pecho se le eleva con rapidez y los ojos le centellean de deseo.
—Bueno, hay… muchos centímetros que explorar.
Una bromita autocrítica.
No va a pasar. Ni de puta coña.
Le aprieto las mejillas. No le hago daño, pero la obligo a sostenerme la mirada.
—Ahora eres mía. Y no pienso permitir que te menosprecies así. —La suelto y le acaricio el labio inferior con el pulgar; observo cómo se estremece—. Voy a recordarte una y otra vez lo preciosa que eres, Izzy. Todos los días, durante el tiempo que sea necesario.
Suelta una bocanada de aire temblorosa y vuelvo a sumergirme en ella: le devoro la boca, le amaso los pechos, me pierdo por completo en ella.
Baja una mano y me envuelve la polla, me la frota a través de los pantalones. Un gruñido gutural me brota de lo más profundo del pecho, las caderas se me crispan ligeramente bajo su tacto.
Dios, qué ansiosa está.
Su confianza aumenta, desliza la mano hacia arriba, me recorre la cinturilla de los pantalones, me provoca metiéndola por dentro.
Está a punto de ir más allá y me veo obligado a recurrir incluso a mi último atisbo de fuerza de voluntad para detenerla.
Bajo la mano y le agarro la muñeca con suavidad pero con firmeza.
Frunce el ceño y entreabre los labios. Levanta la vista hacia mí y enseguida sé lo que está pensando.
Piensa que ha hecho algo mal, que no quiero esto.
No podría estar más equivocada.