34. Hazme la cena o haz que me corra
HAZME LA CENA O HAZ QUE ME CORRA
Izzy
Es viernes y esta mañana me he despertado sintiéndome más yo misma que en toda la semana, como si la pesadez de los últimos acontecimientos por fin empezara a aligerarse.
Pero mi cuerpo todavía no está del todo bien y he acabado durmiéndome otra vez, para recuperar el descanso que tanto necesito.
Cuando por fin salgo de la cama, está empezando a anochecer.
Estiro los brazos por encima de la cabeza y después me dirijo hacia el baño arrastrando los pies.
Las articulaciones me protestan cada vez que me muevo y el cuerpo me pesa más que de costumbre.
Una ducha caliente es justo lo que necesito.
El vapor empaña el espejo mientras dejo que el agua ardiendo me relaje los músculos y disipe los últimos restos de sueño.
Sigue doliéndome todo, pero las pruebas físicas comienzan a desvanecerse.
Lo cual es bueno.
Significa que me estoy curando.
Que lo estoy superando.
¿No?
Me seco con la toalla, me recojo el pelo y me pongo un pantalón de chándal limpio y una camiseta sin mangas que se ajusta un poco más de lo que me gustaría a mis curvas. Cuando salgo de mi dormitorio, todavía frotándome el pelo húmedo, lo huelo.
Comida.
Y no una cualquiera.
Comida de la de chuparse los putos dedos.
Ladeo la cabeza hacia la cocina.
Y ahí está.
Callahan.
De pie junto a mis fogones, como si viviera aquí. A estas alturas, quizá sea así. No recuerdo haberle dado una llave, pero está claro que entra y sale cuando le apetece. Y me parece más que estupendo.
En cuanto entro, deja lo que está haciendo. Los músculos de la espalda se le flexionan al moverse y volverse hacia mí. Y se me olvida respirar. Me resulta muy natural verlo aquí, de pie en mi cocina, como si este fuera su sitio. Como si siempre lo hubiera sido.
Se ha subido las mangas hasta los codos y, por supuesto, no le estoy mirando los antebrazos, fuertes y tatuados. La anchura de los hombros de Cal es tal que llena el espacio, como si estuviera hecho para estar justo donde está. El algodón suave de la camiseta se le tensa sobre el pecho.
El olor de lo que sea que esté cocinando impregna el aire, pero hay otro que lo supera en intensidad.
El de él.
La fragancia de Cal.
Ese aroma a limpio, a cedro y especias, tan inequívocamente Callahan y seguro.
Y entonces me mira, me escanea de arriba abajo, vuelca toda su atención en mí en un instante.
Me escudriña como si estuviera evaluando los daños y catalogando cada cardenal y cada señal de agotamiento que tengo en el cuerpo.
Me recorre con la mirada el rostro, los brazos y las sombras de las magulladuras de la garganta, que comienzan a atenuarse.
Y así, de pronto, ya no estoy pensando en la comida. No estoy pensando en mi cocina. Solo estoy pensando en él.
Apenas logro articular palabra antes de que se acerque a mí.
—¿Cómo te encuentras?
Abro la boca, pero, antes de que me dé tiempo a responder, ya me está tocando.
Me acaricia el brazo despacio con los dedos, me roza el hombro con la ligereza del aire. Me levanta un poco la barbilla y me pasa el pulgar por la mandíbula mientras me sostiene la cara para examinarme los moratones del cuello. Noto el calor de su piel, callosa pero delicada.
Me toca con muchísimo cuidado, con precisión y con una suavidad exasperante.
Como si temiera romperme. Como si estuviera dispuesto a cargar con mi dolor si pudiera.
—Se están curando —digo en voz baja y observando su expresión.
Continúa acariciándome con el pulgar, moviéndolo despacio hacia delante y hacia atrás. Después, sin decir nada más, me guía hacia el sofá apoyándome la palma de la mano con firmeza en la parte baja de la espalda.
El contacto es sencillo, natural. Y, sin embargo, lo noto por todas partes. Se sienta a mi lado y se hunde en el cojín; a continuación saca un botecito de bálsamo. El recipiente abierto desprende un aroma a eucalipto y menta.
Observo a Cal en silencio mientras afloja la tapa con las enormes manos y hunde los dedos en el interior del bote. Saca solo la cantidad de bálsamo necesaria para aplicármela sobre la piel.
El alivio fresco de la sustancia penetra y me calma, pero es el tacto de Cal lo que me hace estremecer.
—No tienes por qué seguir haciendo esto —murmuro en un tono de voz que apenas es un susurro—. Estoy bien.
—No haces más que decir eso —responde también en un murmullo, aún concentrado en su tarea.
Su aliento me acaricia la piel.
—Lo digo en serio.
Y entonces, sin darme tiempo a apartar la mirada, a pensar siquiera en qué decir para quitarle hierro a la situación, levanta una mano, me sujeta la barbilla con delicadeza y me alza la cara.
—Por favor —dice con la voz tranquila pero firme—, deja de decir esas cosas.
Trago con dificultad.
—No eres una carga, Izzy —continúa en un tono seguro, con una certeza espontánea—. Mereces que te cuiden.
Algo cambia dentro de mí.
Empieza siendo pequeño: un aleteo en el pecho, un hormigueo en la base de la columna vertebral. Pero luego crece y se propaga con la lentitud de un incendio hasta abrasarme todas y cada una de las terminaciones nerviosas.
El corazón se me desboca.
Lo oigo, lo siento.
Me golpea las costillas, fuerte, insistente.
Las palabras están justo ahí, las tengo en la punta de la lengua, me suplican que las pronuncie.
Debería decirlas.
Tengo que decirlas.
Pero es la leche de difícil. Porque ¿y si me equivoco? ¿Y si fastidio lo que quiera que sea esto? ¿Y si él no siente lo mismo?
Y, debajo de todo eso, están las preguntas que he estado intentando evitar.
¿Qué dice de mí que, menos de una semana después de la agresión de Evan, esté ávida de las caricias de otro hombre?
¿Que después de sobrevivir a un intento de violación mi cuerpo siga ansiando esta conexión?
¿Que me sienta tan segura con un hombre al que apenas conozco?
Los pensamientos se me agolpan, pero lucho por abrirme paso a través de ellos y me obligo a respirar. Recuerdo lo que le he dicho a Caleb en los mensajes que hemos intercambiado hace un rato: que tenía que ser sincera conmigo misma y con Cal.
Inhalo una bocanada de aire lenta y temblorosa. Y después, por fin, ¡por fin!, me obligo a hablar.
—Cal…
Es solo un susurro, pero me oye, porque, en cuanto pronuncio su nombre, se queda inmóvil por completo.
Y espera. No me presiona ni me mete prisa. Solo espera. Como si supiera a la perfección el enorme esfuerzo que me supone decirlo.
—No sé qué me pasa —reconozco, y me agarro las rodillas para evitar que me tiemblen; arrugo la tela de los pantalones de chándal—. No sé si me siento así por lo que ocurrió, porque estaba vulnerable o porque me salvaste, pero… creo que me da igual.
Continúa totalmente paralizado, pero yo no dejo de hablar.
—Ahora mismo estoy hecha un lío sobre un montón de asuntos.
Mi cuerpo sigue queriendo ciertas cosas después de lo que acaba de sufrir.
¿Cómo es posible que sienta miedo y deseo a la vez?
Tengo una voz en la cabeza que me dice que, en estos momentos, debería darme miedo que me toque cualquier hombre; sin embargo…
Respiro hondo.
—Lo único que sé es que quiero estar contigo. Quiero que me abraces. Quiero que me beses como ya lo hiciste. Y me asusta, porque no quiero convertirte en una especie de relación por despecho ni aprovecharme de lo mucho que me has cuidado, pero tampoco sé cómo dejar de desearte.
Hago acopio de valor y lo miro a los ojos.
—Y la única diferencia que se me ocurre es el consentimiento. A pesar de todo, o quizá precisamente por eso, confío en ti, Cal. Contigo, puedo decidir. Y… decido esto. Te elijo a ti. Si me quieres.
Las palabras me salen a trompicones, frenéticas, desesperadas, sin filtro alguno.
Y, cuando por fin me quedo callada, le cambia la expresión.
Se le suavizan los ojos. Levanta las manos, me coloca una a cada lado de la cara y comienza a acariciarme los pómulos con los pulgares de una manera tan tierna y cuidadosa que me duele el pecho.
Ahora está muy cerca.
Veo cómo le sube y le baja el pecho, cómo se le tensan los hombros, la batalla que se está librando detrás de sus ojos. Noto que el aliento le huele a menta, siento el calor que irradia su cuerpo.
—Quiero besarte. —Habla en voz muy baja, como si estuviera diciendo algo que no debería.
—Sí. —La palabra se me escapa de los labios.
Me sujeta la cara con más fuerza. Aprieta la mandíbula.
—¿Estás segura?
Me está ofreciendo una salida, pero no la necesito.
Porque noto —en la médula de los huesos, en lo más profundo de las entrañas, en el rápido martilleo de mi corazón— que esto no es solo cuestión de deseo.
También es necesidad.
Y no de esa forma indefensa y dependiente que antes confundía con el amor.
Esto es distinto.
Es real.
Es reapropiarme de mi cuerpo, de mis deseos, de mi derecho a elegir quién me toca y cómo.
—Sí —susurro, y me tiembla la respiración al exhalar—. Haz que me olvide de todo lo que ha pasado. Ayúdame a recordar qué se siente cuando deseas y te desean, cuando confías y confían en ti.
Se le oscurecen los ojos, pues el ansia les absorbe el color. Han perdido toda la suavidad: ahora solo contienen deseo. Solo me contienen a mí. Me agarra con fuerza por la cintura. Su aliento me golpea la mejilla, brusco y caliente, como si apenas estuviera siendo capaz de contenerse.
Entonces, con una voz áspera como la grava, profunda y segura, dice:
—Joder que si pienso ayudarte.
Me araña ligeramente la piel con los callos de los dedos cuando me atrae hacia él. Me preparo para el beso, para el calor, para la desesperación, para mi inevitable desmoronamiento.
Pero se aparta y masculla entre dientes.
—Espera, que tengo que apagar los puñeteros fogones.
Y entonces se levanta y se va a la cocina. Sus pasos retumban con pesadez sobre el suelo de madera.
Me quedo sentada donde estoy, con la respiración entrecortada, el pulso agitado y un hormigueo persistente donde hace un instante sentía sus manos. La presión fantasma de su tacto me perdura en la piel.
Y solo puedo esperar.
Esperar lo que está por llegar.
Esperar a que apague los putos fogones.