Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 38. Amanda tiene cero filtro #4
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38. Amanda tiene cero filtro #4

Se queda quieta. Me mira, con la mano todavía metida hasta el codo en mi bolso. Luego estalla en carcajadas histéricas.

Una risa que la sacude entera; jadea y se le llenan los ojos de lágrimas, se dobla por la mitad y se agarra el estómago como si acabara de oír el chiste más gracioso del mundo.

La observo con una mezcla de aturdimiento y diversión.

—Ay, Dios, ¿qué te pasa ahora?

Al principio, ni siquiera es capaz de articular palabra, sigue riéndose mientras saca algo pequeño y familiar de mi bolso. Está empaquetado en una caja discreta y elegante que me obliga a recobrar la sobriedad de inmediato y que le envía una oleada de pánico a mi cerebro empapado de vino.

Ay. Joder.

—¿Qué tenemos aquí? —pregunta en tono burlón mientras agita la caja delante de mí como si acabara de descubrir un tesoro escondido en las profundidades de mi bolso.

Me quedo paralizada.

Me cortocircuita el cerebro entero.

Me cago en todo.

Me había olvidado por completo de que lo llevaba ahí.

Quise esconderlo de Cal el primer día que se quedó a dormir, así que me entró el pánico, lo embutí en mi bolso y luego no lo devolví a la mesita de noche. Ha permanecido ahí, olvidado hasta este momento, como una bomba de relojería a la espera de que la encuentren.

Y, ahora, aquí estamos.

Amanda resuella, con los ojos muy abiertos y encantada con su descubrimiento.

—Espera. ¿Esto es lo que creo que es?

La cara me estalla en llamas, el calor me sube a las mejillas tan rápido que juraría que siento cómo se me dilatan los vasos sanguíneos. Intento hacerme con la caja, pero ella la aleja y se parte de risa mientras la mantiene fuera de mi alcance.

—Madre mía, Izzy.

Gimo, me tapo la cara con las manos y siento que una oleada de vergüenza me recorre de arriba abajo.

—Amanda, no lo saques.

Pero ya está abriendo la caja, haciendo caso omiso de mi súplica, pues su curiosidad supera con creces cualquier sentido de la decencia o de los límites.

—¿Por qué no? —Continúa vacilándome mientras se asoma al interior sin disimular su interés—. Yo también tengo uno…

Silba. Miro por un hueco que abro entre los dedos y la veo sacar del embalaje un vibrador pequeño y elegante, de color negro mate. No es especialmente grande ni intimidante, pero está claro que es de alta calidad y caro.

El de la versión prémium de la aplicación.

El que se sincroniza con un mando a distancia.

El que Caleb puede manejar a su antojo.

Joder.

Amanda lo gira entre los dedos, lo estudia con el ojo crítico de un experto que examina un buen vino. Arquea las cejas en señal de aprobación y ladea un poco la cabeza mientras analiza los detalles.

—Mmm. No es igual que el mío.

—¡Amanda! ¡Guárdalo!

Intento quitárselo de nuevo, pero se echa hacia atrás sin dejar de estudiarlo.

Mi amiga no siente ni el menor atisbo de incomodidad en esta situación, algo que yo no consigo a pesar del alcohol que llevo en el cuerpo.

—No, en serio. Mira. La curva es ligeramente distinta. El tuyo es más… aerodinámico. Más bonito, en realidad. La empresa ha debido de mejorar el modelo desde que me lo compré.

—Amanda. —La voz me sale tensa, atrapada a medio camino entre la vergüenza y la diversión, a mi pesar, ante su total falta de pudor.

Sube y baja las cejas en un gesto sugerente.

—Tienes que usarlo. Cuanto antes. Esta noche. Ahora mismo.

Se lo arrebato de las manos y vuelvo a meterlo en la caja con la cara roja como un tomate. El interior de terciopelo es suave al tacto.

—Vale, lo probaré. Pero no ahora, claro. No mientras esté contigo, en plena noche de chicas.

Se echa a reír y se encoge de hombros con una despreocupación exagerada.

—Tía, tú haz lo que quieras. —Levanta la copa de vino para simular un brindis—. Yo voy a terminarme esto y luego me voy a ir a hablar con Chad y a sobar.

Resoplo por la nariz y sigo intentando esconder la caja en lo más profundo del bolso, como si al enterrarla bajo suficientes recibos y bálsamos labiales fuera a desaparecer por completo.

—Todavía no me puedo creer que le hayas puesto Chad a tu novio de IA.

—Es un follador compulsivo que hace justo lo que le mando. Chad es el nombre perfecto para él. Me envía mensajes de buenos días, pero no espera que responda; me halaga sin ponerse pesado; y jamás me pregunta cómo me ha ido el día a menos que yo se lo pida.

Me da tal ataque de risa que casi me caigo del sofá. Su explicación es tan absurda que rompe la tensión del momento.

Vuelve a poner la serie que estábamos viendo a medias antes de que la conversación se desviara; apura el vino que le queda de un único trago, lo cual es impresionante, y luego se inclina hacia mí y me da un beso ruidoso, exagerado y muy ebrio en la mejilla.

Noto que su brillo de labios me deja una marca pegajosa, pero no me molesto en limpiármela.

—Te quiero. Eres mi mejor amiga. Estoy orgullosa de ti. Me alegro mucho por ti… Muchísimo.

Me río y le doy unas palmaditas cariñosas en el brazo. A pesar de la energía caótica, de las preguntas desmesuradas y de los comentarios inapropiados, Amanda es una buena amiga. La mejor, en realidad. Leal, comprensiva y justo lo que necesitaba esta noche.

—Yo también te quiero, pedazo de desastre.

Me dedica una sonrisa adormilada y me fijo en que tiene los párpados medio cerrados. El alcohol y lo tarde que se nos ha hecho acaban por pasarle factura.

Entonces, sin previo aviso, se levanta, se tambalea de manera exagerada —como un potrillo recién nacido intentando aprender a andar— y desaparece en su habitación con una velocidad sorprendente para estar tan borracha.

Un segundo después oigo un golpe fuerte.

Luego, unas palabras amortiguadas:

—¡Estoy bien!

Niego con la cabeza mientras me río para mis adentros y recojo unos cuantos envases vacíos para llevarlos a la cocina. El apartamento se ha quedado en silencio, salvo por el suave ruido de fondo del televisor, y las luces de la ciudad centellean a través de los grandes ventanales.

Unos minutos más tarde entro dando tumbos en la habitación de invitados de Amanda y, cuando cierro la puerta detrás de mí, se me escapa una risita. Todo me da vueltas cada vez que me muevo, un recordatorio de la ingente cantidad de vino que he consumido.

No cabe duda de que estoy pedo. No en plan perder el conocimiento o enviarle mensajes de los que arrepentirme a mi ex, sino en plan sentir que floto y soy invencible.

Es el tipo de borrachera en el que los límites no parecen tan importantes, los impulsos resultan buenísimas ideas y la timidez queda relegada a un segundo plano.

Suelto el bolso sobre la cama y el cuero se desploma con dramatismo sobre el edredón, como si sintiera el mismo cansancio que yo.

La habitación de invitados es pequeña pero cómoda, y está decorada con el mismo estilo atrevido y ecléctico que el resto del apartamento.

Las paredes están pintadas de un color granate intenso; la ropa de cama, de un blanco impoluto, está adornada con motivos geométricos dorados; y las mesitas de noche no son iguales, pero, aun así, combinan bien.

Y entonces la veo.

La cajita negra, que sigue asomando por el borde del bolso a pesar de mis esfuerzos por ocultarla. Como si supiera para qué está hecha. Gruño y me paso una mano por la cara. Debería guardarla. Debería volver a hundirla, esconderla en las profundidades del cuero como si fuera un secreto vergonzoso.

Sin embargo…, me quedo mirándola.

Porque tengo clarísimo que Amanda está utilizando a Chad en este momento. Me ha dicho que iba a hacerlo. Y está justo al otro lado de la puñetera pared. Así que, bueno, ¿qué hay de malo en que yo haga lo mismo? Porque tampoco es que haya estado de humor para estas cosas últimamente.

Pero esta noche, después de lo de ayer con Cal…

Por fin vuelvo a sentirme casi yo misma. Tras todo lo que ha pasado con Evan, todo lo que estuvo a punto de arrebatarme ese día, no quiero dejar que me quite nada más. No quiero que me robe el placer, el deseo, el simple gusto de querer y ser querida.

Me muerdo el labio y agarro la caja.

Lo saco.

Lo miro.

Es bonito.

Amanda no lo decía en broma.

No es un artículo barato de Amazon con una valoración de tres estrellas y una batería con una vida útil cuestionable.

Es elegante, todo de silicona negra mate con detalles metálicos dorados, el tipo de objeto que esperarías ver en una de esas tiendas eróticas de alta gama que hay en el SoHo, donde todo se expone como si fuera una obra de arte y los vendedores hablan del placer con el mismo tono reverente que los sumilleres cuando analizan añadas de vinos raros.

Trago con dificultad y acaricio la superficie lisa con los dedos. Noto que la silicona es suave y cálida al tacto, casi da la sensación de que estuviera viva.

Joder.

Se me acelera la respiración, toda yo vibro debido al vino, el calor y las malas, malísimas, decisiones que están por llegar.

Ahora me parece que en la habitación hace demasiado calor, siento la piel sensible bajo la ropa y el corazón me late un poquito más rápido de lo que debería.

Me meto en la cama de invitados, me tapo con las mantas hasta los muslos, dejo la copa de vino vacía en la mesita de noche con una precisión cautelosa y cojo mi móvil.

Acerco el pulgar a la pantalla y vacilo al borde de una decisión que sé que tal vez lamente por la mañana, pero a la que esta noche soy incapaz de resistirme.

Entonces, antes de que le dé más vueltas y la sobriedad o el sentido común intervengan, abro Obsess AI.

Y escribo.

Hola, caleb