Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 32. Si hace falta poner cámaras en todas las esquinas, que así sea
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32. Si hace falta poner cámaras en todas las esquinas, que así sea

SI HACE FALTA PONER CÁMARAS EN TODAS LAS ESQUINAS, QUE ASÍ SEA

Cal

Si fuera por mí, me habría tomado la semana entera libre para estar con Izzy.

Me habría quedado en su apartamento, le habría preparado todas las comidas, me habría asegurado de que bebiese agua, de que no estuviera sola con sus pensamientos demasiado rato.

Me habría quedado todas las noches sentado junto a la puerta de su dormitorio aguzando el oído para captar posibles señales de pesadillas, el susurro inquieto de las sábanas, gemidos suaves que pudieran indicarme que me necesitaba.

Y, aunque me hubiera dicho que ya no me quería allí, si hubiese intentado echarme, no me habría ido.

Habría dormido en la puerta de su casa.

Pero tengo que marcharme todas las mañanas. Cerrar la puerta detrás de mí me resulta brutal y es una sensación de la que no consigo librarme. Pero, con el empeoramiento de los problemas de seguridad en la tienda, no he podido permitirme el lujo de quedarme.

Me contrataron para que me ocupara de una red de crimen organizado que lleva meses inactiva. Pero ahora, de pronto, esta semana, de entre todas las semanas posibles, han decidido empezar a actuar de nuevo. Así que he tenido que estar en la tienda.

Aunque eso no significa que no la haya estado vigilando.

Mientras Izzy dormía, agotada, intentando recuperarse, instalé cámaras en todos los rincones de su apartamento.

Ella solo sabe de las exteriores, pero también veo todos los demás recodos de su casa, y esa es una medida de seguridad de la que no le he hablado de forma explícita.

Más que nada porque no pienso mirar esas imágenes a menos que reciba una alerta de intrusión.

No voy a violar su privacidad hasta ese punto, cosa que supongo que no es mucho decir, teniendo en cuenta las circunstancias.

Pero, si una araña se atreve siquiera a estornudar en ese apartamento, me enteraré.

Y no lo cambiaría ni por todas las demandas por violación de la privacidad del mundo.

Porque lo que me importa más que su posible enfado es su seguridad. Porque sé que Evan aún no ha acabado con ella. Al menos, eso es lo que él cree. Porque, en mi opinión, está más que acabado y, de hecho, tiene suerte de seguir vivo.

La primera medida que tomé, además de garantizar la seguridad de Izzy, fue investigar a fondo los antecedentes de ese tonto de los cojones.

Gracias a mi trabajo, tengo acceso a bases de datos que la mayoría de la gente no puede consultar.

Antecedentes penales, historiales financieros, incluso calificaciones crediticias.

Y, si la información no se encuentra disponible en esos sistemas, tengo muchos contactos que están más que dispuestos a hacerme un favor o dos.

Lo que he descubierto es desconcertante.

En algún momento de su primer año de relación, a Evan lo despidieron de su empleo en el mundo financiero.

Y no ha vuelto a conseguir otro.

Su historial laboral es un espacio en blanco a partir de entonces. No hay solicitudes de empleo ni registros de nuevos ingresos, pero sigue ganando dinero.

Mucho dinero.

Se lo depositan en varias cuentas bancarias a través de una sociedad limitada con base en un paraíso fiscal.

¿De dónde sale?

¿Qué está haciendo para ganarlo?

Y eso ni siquiera es lo peor.

Desde que lo despidieron, su nivel de vida ha mejorado. Un sedán nuevo de la marca BMW, un apartamento carísimo en Manhattan. Vive mucho mejor de lo que debería poder permitirse estando en el paro.

Y luego están las mujeres.

Una rotación constante de mujeres.

Rostros diferentes que entran y salen de su edificio, imágenes de seguridad en las que aparecen llegando a altas horas de la noche y marchándose temprano por la mañana.

De hecho, en el momento en el que Izzy lo llamó para romper con él, ya había otra mujer en su apartamento.

Lo cual significa que no le era fiel.

Entonces ¿por qué coño es tan posesivo?

¿Por qué ha arrastrado a Izzy por el barro durante años si ha estado acostándose con otras? ¿Por qué perder el control de esa manera cuando ella intentó dejarlo?

Su comportamiento no me cuadra.

Y eso significa que tengo que seguir investigando.

Porque esto ya no tiene solo que ver con Izzy. Evan está involucrado en algo ilegal y voy a descubrir el qué.

Por supuesto, he controlado todas las llamadas que Izzy ha recibido desde la agresión.

¿Es una invasión de la privacidad?

Sí.

¿Me importa una puta mierda?

No.

Está demasiado vulnerable, herida, y en este estado es facilísimo manipularla.

Así que, si Evan intenta volver arrastrándose a su vida, me aseguraré de que no suceda.

Y, por supuesto, ya lo ha intentado.

El día en el que salió bajo fianza, la llamó y le dejó un mensaje de voz.

Error mío. Debería haber sido más proactivo y haber bloqueado su número.

Teniendo en cuenta que le han interpuesto una orden de alejamiento, no se me ocurrió que fuera a violarla tan rápidamente.

Sé que Izzy vio la llamada entrante y el mensaje de voz, y que no lo ha escuchado. Pero yo sí.

«Izzy, estás montando un drama innecesario.

Sabes que tu reacción ha sido exagerada.

Solo hemos discutido, nada más. Supongo que ahora mismo estás demasiado sensible, pero te perdono por lo que ha pasado.

Llámame y lo hablamos. No tires por la borda lo que tenemos por culpa de un malentendido.

Tanto tú como yo sabemos que no era mi intención. Te arrepentirás. Llámame».

Luz de gas.

Manipulación.

Hizo que me hirviera la sangre.

Bloqueé su número al instante, pero eso no le impidió probar de nuevo. Como un reloj suizo, sigue llamándola tres veces al día. Insiste en dejarle mensajes de voz. No deja de intentar meterse en la cabeza de Izzy.

Por suerte, ella no se entera de nada.

Y así es como quiero que siga siendo.

Porque lo único más indignante que lo que Evan ya ha hecho es que no ceje en su empeño de volver a colarse en su vida.

La otra llamada que Izzy no contestó era de la oficina del fiscal del distrito. Necesitan que ella testifique. Le dijeron que, sin su testimonio, lo más seguro es que no lleven el caso a juicio.

No les ha devuelto la llamada.

Sé por qué.

Su nivel confianza no está donde debería. Testificar en un tribunal público acerca de un intento de violación no es una experiencia apta para cualquiera. Sería complicado incluso para las personas más fuertes del mundo.

E Izzy —a pesar de lo fuerte que es, de lo mucho que ha avanzado— todavía está sanando.

Es una conversación que, tarde o temprano, tendré que mantener con ella.

Un proceso en el que deberé ayudarla. Porque no pienso permitir ni de puta coña que Evan se vaya de rositas después de lo que ha hecho.

En cualquier caso, la decisión de testificar o no debe tomarla ella.

Una voz crepita a través de mi auricular.

—Callahan, ¿estás ahí? Tenemos un problema abajo.

Exhalo, me aparto del escritorio y me dirijo hacia la salida.

—Voy para allá.

En cuanto me ocupe de lo que sea que esté pasando, volveré con Izzy.

Bajo los escalones de dos en dos, con la mente ya centrada en otro tema. El estruendo de mis botas resuena en la escalera de hormigón. La tienda tiene tres plantas contando con los despachos administrativos, y nunca me han gustado los ascensores. Son demasiado limitantes para mi gusto.

Cuando llego a la zona de detención, Ramirez y otros dos de mis hombres están apostados ante la puerta de la sala cerrada con los brazos cruzados y los ojos clavados en los monitores que muestran a los dos sospechosos del interior.

Tienen justo la pinta que me esperaba: están nerviosos, pero intentan aparentar tranquilidad y fracasan estrepitosamente.

—¿Qué tenemos? —pregunto cuando llego junto a Ramirez.

—Dos idiotas —responde en tono seco—. Pero, no voy a mentirte, han llegado nada menos que hasta el almacén antes de que los pilláramos.

Exhalo por la nariz. Está claro que se trata de un punto débil que tendremos que reforzar antes de que empiece a notarse el ajetreo de las fiestas.

Ramirez me entrega una carpeta.

—Imágenes de las cámaras de seguridad. Antes de actuar, inspeccionaron la zona fingiendo que estaban de compras. Pasaron más tiempo del habitual en la tienda y luego, cuando nadie miraba, se encaminaron hacia la parte de atrás. Los encontramos cerca de las taquillas de los empleados.

Hojeo las fotos, deslizando las páginas brillantes entre los dedos. Ya sé que no se trata de una banda de ladrones de poca monta. Esto tiene todas las características de un delito organizado. Asiento con la cabeza, cierro la carpeta y abro la puerta de un empujón.

Cuando entro, los dos hombres tienen la cabeza gacha, una expresión cuidadosamente impasible en el rostro.

Todavía no me ven.

No pasa nada.

Ya me verán.

Me lo tomo con calma: cojo una silla de la esquina de la habitación, la giro hacia atrás y me siento en ella. Las patas metálicas chirrían contra el suelo. Planto las botas con firmeza en el suelo, apoyo los brazos sobre el respaldo de la silla y me limito a observarlos.

El silencio es un arma poderosa.

La gente lo subestima. Creen que el poder proviene de las palabras, de las amenazas, de levantar la voz e imponer tu autoridad. No se dan cuenta de que el verdadero poder, el verdadero control.

Se halla en el silencio.

La gente lo odia.

Son capaces de hacer cualquier cosa con tal de llenarlo.

Hablan solo para oír el sonido de su propia voz. Sueltan excusas, mentiras, medias verdades, cualquier historia con tal de que la tensión sea menos insoportable.

Pero yo no rompo el silencio.

Dejo que se prolongue.

Me pongo cómodo y los miro de hito en hito, sin pestañear.

El aire se torna más denso.

Me doy cuenta de que empiezan a sudar.

Arrastran los pies, cambian de postura en el asiento, intercambian miradas nerviosas.

Y entonces, justo en el momento oportuno…

Se derrumban.

Al cabo de diez segundos.