Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 32. Si hace falta poner cámaras en todas las esquinas, que así sea #2
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32. Si hace falta poner cámaras en todas las esquinas, que así sea #2

—Mira, tío —dice al final el de la izquierda—, todo esto es un malentendido. Solo intentábamos sacar algo de pasta. Ya sabes, llevarnos alguna cosa, revenderla por…

Levanto una mano y deja de hablar al instante.

Ladeo la cabeza.

—¿Te crees que soy tonto?

El chico traga saliva.

—No, tío, yo…

—¿Crees que no sé lo que estáis haciendo?

—Me echo hacia delante y bajo el tono de voz a propósito—.

No estáis aquí para llevaros un par de bolsos y revenderlos por internet.

Esto está organizado. No os movéis a menos que os digan que os mováis.

No robáis a menos que os ordenen que robéis.

Y no estudiáis una tienda a menos que os digan qué debéis buscar.

El tipo cambia de postura y su confianza comienza a resquebrajarse. El cuero barato de su chaqueta cruje cuando se mueve. Su amigo carraspea.

—Nosotros no sabemos nada. No somos más que, bueno, ya sabes, los pringaos…

Resoplo.

—Mentira.

Endurezco la expresión.

Impongo mi presencia sobre ellos.

—Estáis jodidos —digo sin más—. Lo sabéis, ¿verdad?

Se quedan paralizados.

Me echo un poco hacia atrás para darles tiempo a asimilar lo que acabo de decir.

—Tengo contactos en la comisaría —continúo—. Puedo hacer una llamada ahora mismo y darles todo lo que necesitan para acusaros de hurto mayor.

Uno de ellos se ríe, pero sin convicción.

—Venga ya, tío. No hemos robado nada.

Sonrío con aire burlón.

Acaban de caer en mi trampa favorita.

—¿Habéis abierto alguna vez un libro sobre leyes?

Silencio.

Me río entre dientes al mismo tiempo que niego con la cabeza.

—La tentativa y el delito consumado tienen las mismas consecuencias. A la ley le importa tres cojones que no sepáis hacer bien vuestro trabajo.

El tipo de la derecha se remueve, incómodo.

—Nosotros no…

—Ahórratelo —lo interrumpo con brusquedad—. Los dos sabemos que trabajas para alguien. Y los dos sabemos que no eres tan gilipollas como para intentar marcarte esta jugada sin órdenes. Así que las cosas van así: o empezáis a hablar u os la jugáis con la fiscalía.

Se miran entre sí.

Veo las dudas.

Y por fin:

—No sabemos gran cosa —reconoce el primero—. Solo… recibimos órdenes. Vamos a las tiendas, recopilamos información. Nada más.

—¿De quién?

Niega con la cabeza.

—Siempre es anónimo. Nos dan una hora, un lugar, una ubicación. A veces nos mandan robar mercancía; otras, solo nos piden que evaluemos la seguridad.

Tomo buena nota de ello: el cerebro invisible de una operación criminal está poniendo a prueba nuestras debilidades. Están planeando un golpe importante. Y cada vez están más cerca, porque estos tíos han conseguido entrar en una zona restringida, y eso es culpa mía y de mi equipo.

Me levanto de la silla.

—Llama a la comisaría.

Uno de mis hombres asiente y se lleva la mano a un botón de los auriculares.

Los dos ladrones levantan la cabeza de golpe.

—Espera, ¿qué?

El de la izquierda parece aterrado.

—Pero has dicho…

—No os he prometido nada.

Se les descompone la cara.

—Solo os he dicho que, si no hablabais, os iría mal. —Me encojo de hombros y me aliso las mangas—. En ningún momento os he dicho que os iría bien si lo hacíais.

Salgo en tromba de la celda de detención girando los hombros hacia atrás y librándome de los últimos restos de adrenalina que me corren por las venas.

Oigo a los dos tipos de dentro farfullando maldiciones entre dientes, imagino que todavía tratando de convencerse a sí mismos de que no están jodidos.

Lo están.

Vuelvo a la sala de seguridad, donde Ramirez y el resto del equipo están viendo las imágenes de la celda de detención. Paro nada más franquear la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Tenemos que corregir nuestras debilidades —les digo con voz firme—. Mañana por la mañana, treinta minutos antes. Sin excepciones.

Algunos intercambian miradas, pero nadie discute.

Ramirez asiente.

—Hecho.

—Bien —digo—. Hoy todos habéis hecho vuestro trabajo, pero ya no vamos a seguir jugando a la defensiva. —Exhalo mientras me doy golpecitos con los dedos sobre los bíceps—. Vamos a adelantarnos a ellos.

La sala continúa sumida en el silencio; luego, Ramirez asiente de nuevo.

—Entendido.

No necesito decir nada más.

Me doy la vuelta, cojo las llaves y me encamino hacia mi moto.

En cuanto me subo a ella, llamo a dirección.

Las malas noticias no envejecen bien. Es mejor atajarlas cuanto antes.

Solo oigo dos tonos antes de que descuelguen.

Me propongo que la llamada sea breve, eficaz.

Les cuento exactamente lo que ha pasado: dos hombres que estaban estudiando la tienda han conseguido entrar en la parte de atrás; el equipo de seguridad los ha detenido antes de que llegaran más lejos; no ha habido pérdidas, ni daños materiales ni personales.

Me limito a recordarles que nos enfrentamos a algo más grande.

La dirección se muestra receptiva. Confían en que lo tengo bajo control.

Y hacen bien.

Porque así es.

Finalizo la llamada y exhalo mientras agarro el manillar.

Preparado para dejar atrás este día.

Preparado para ir a verla.

Estoy a punto de guardarme el teléfono…

Y entonces aparece un mensaje.

De Izzy.

Para Caleb.

Lleva una semana sin hablar con él.

Y eso significa que ni de broma voy a permitir que la IA se encargue de esto.