Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 31. No tengo miedo cuando él está conmigo
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31. No tengo miedo cuando él está conmigo

NO TENGO MIEDO CUANDO ÉL ESTÁ CONMIGO

Izzy

Estoy en mi apartamento.

Han pasado cuatro días desde la agresión. Cuatro días desde que Evan intentó violarme en mi despacho. Cuatro días desde que Callahan tiró la puerta abajo y me salvó. Cuatro días desde que todo mi mundo se hizo añicos y comenzó a transformarse en algo irreconocible.

Estoy sentada en el sofá, envuelta en una manta y observando cómo se desplazan las sombras por la pared mientras el sol de la tarde se filtra a través de las contraventanas.

Fuera, oigo el tráfico de Hoboken, el pitido de los cláxones, los pasos que resuenan en la acera.

La vida no se detiene. La gente sigue viviendo.

Pero yo no me muevo. Yo estoy aquí sentada, entumecida y pesada, como si me hubiera hundido entre los cojines y no fuera capaz de encontrar la fuerza de voluntad necesaria para levantarme.

Todo me parece lejano. Igual que si lo viese a través de un cristal grueso y no pudiera tocarlo. O, tal vez, no quisiera tocarlo.

Me he tomado unos días libres en el trabajo.

No porque haya querido, sino porque Amanda y Cal me han obligado.

Si hubiera dependido de mí, habría vuelto al día siguiente y habría fingido que todo iba bien, que no había pasado nada.

Pero sí ha pasado. Y, por mucho que finja, no hay nada que vaya a deshacerlo.

También se empeñaron en llevarme a urgencias.

El olor a antiséptico todavía no se me ha borrado de la mente, ni la aspereza del papel que cubría la camilla.

Me hicieron someterme a un examen de agresión sexual.

Al principio no quería. Les dije que no era necesario.

Que Cal estaba allí. Que lo había visto todo.

Según él, había llegado antes de que Evan hiciera lo peor, pero luego le entraron dudas.

¿Y si el ángulo no era el adecuado? Eso fue lo que dijo. ¿Y si no había visto algo mientras corría hacia mí?

No hizo falta más para convencerme.

Las pruebas no mostraron indicios de penetración ni contacto sexual, para mi gran alivio, porque no sé si habría podido soportar lo contrario.

Sé que me golpeó con tanta fuerza que perdí el conocimiento.

Quizá fuera para bien. Quizá me salvara de algo peor.

Aun así, decir que toda la situación fue aterradora se queda muy corto.

Todavía llevo las marcas en el cuerpo: dolores y moratones que me hacen estremecer cada vez que me muevo.

A Evan lo arrestaron, por supuesto.

Unos días después recibí una llamada de la oficina del fiscal del distrito. Quieren presentar cargos contra él por intento de agresión sexual.

Pero hay una pega.

Necesitan que testifique.

Sin mi testimonio, es probable que no lleven el caso a juicio.

Les dije que necesitaba pensarlo, porque la verdad es que no sé si soy capaz de hacerlo.

La mera idea de sentarme en un tribunal público, de revivir ese día, de detallar lo que me hizo —lo que intentó hacerme— hace que me cueste respirar.

Solo de pensarlo, se me contrae el pecho y los pulmones se niegan a expandirse.

¿Y si esto me persigue para siempre?

¿Y si algún día la gente busca en los registros judiciales y es lo único que ven sobre mí? Incluso con las leyes de protección de víctimas, los detalles suelen filtrarse.

¿Y si nunca desaparece del todo?

Aún no le he contado a nadie lo de la llamada del fiscal del distrito.

Ni a Amanda ni a Cal ni a mi familia. Mucho menos a mi familia.

Mi amiga —que Dios bendiga su corazón ruidoso, caótico y, en ocasiones, psicótico— se ha mostrado inusitadamente discreta sobre este trauma.

Ha respetado mis límites, no me ha presionado para hablar, no me ha obligado a revivir ni un solo instante.

Y, lo que es aún más importante, no se lo ha contado a mi familia.

Le supliqué que no lo hiciera. Amanda los conoce. Ha asistido a no pocas de nuestras cenas dominicales. Me prometió que no les diría ni una sola palabra. Me dijo que no le correspondía a ella contarlo. Y, menos mal, porque, si se enteraran mis hermanos y mi padre…, los juzgarían por asesinato.

Y si se enteraran mi madre y mi abuela…, se morirían del disgusto.

Aun así, sé que mi amiga me está vigilando de cerca.

Pero nadie me está vigilando tan de cerca como Cal.

Él fue quien me salvó. La primera persona a la que vi cuando me desperté, el que me llevó al hospital y no me soltó la mano durante toda la terrible experiencia. El que me trajo a casa.

Él fue quien me cocinó, se aseguró de que me duchara y me metió en la cama.

Durmió en el sofá, al otro lado de mi habitación.

Y me refiero a justo al otro lado de la puerta.

Movió el sofá y lo puso delante para que cualquier posible intruso tuviera que pasar primero por él.

Oír su respiración regular a través de la madera fina me resultó extrañamente reconfortante.

Le dije que se fuera a casa, que no era justo para él.

Pero se limitó a negar con la cabeza y a decir que no iba a dejarme sola.

Y lo peor de todo…

Su respuesta ni siquiera me inquietó.

Tendría que haberme puesto nerviosa.

Debería asustarme lo protector que es.

Que, cuando al fin se marchó a trabajar la mañana siguiente, hubiera instalado una cámara de seguridad delante de la puerta de mi apartamento.

Que hubiese puesto una alarma.

Que me dijese: «Si alguien se atreve siquiera a acercarse, lo sabré».

Todo esto debería agobiarme.

Pero no.

Me siento segura.

Ha venido a verme todas las noches de esta semana.

Después de trabajar, se presenta en mi apartamento, me prepara la cena y cocina de más para que tenga comida al día siguiente. Me arropa cuando me acuesto y me dice que estoy a salvo. Luego se sienta aquí fuera hasta que me duermo.

Se ha mostrado paciente y respetuoso en todo momento.

No me ha presionado nunca para que hable de lo que pasó.

Ni una sola vez se le ha ocurrido hacer nada más que ofrecerme un apoyo tranquilo y constante cuando más lo necesito.

Y no sé qué hacer.

Porque él es lo que más deseo.

Pero no sé si se debe a que estoy vulnerable o a que esto es real.

He intentado averiguarlo, pero no soy capaz, y la semana ha pasado volando.

Duermo todos los días hasta las doce, me despierto lo justo para comer algo y luego me vuelvo a quedar traspuesta.

Cuando estoy despierta, apenas toco el móvil.

Porque, la última vez que lo hice, Evan llamó.

Fue el día en el que lo pusieron en libertad bajo fianza.

No he escuchado el mensaje de voz que me dejó.

No he conseguido reunir el valor necesario para oír su voz, para dejar que invada este espacio, aunque sea de forma electrónica. Me bastó con ver su nombre para sentir una oleada de náuseas, las manos empezaron a temblarme con tanta fuerza que casi se me cae el teléfono.

Después de eso, tardé un tiempo en volver a mirarlo.

Lo dejé en la mesita de noche, apagado, ignorado. Dejé que el mundo siguiera adelante sin mí. Al principio ni siquiera podía pensar en volver a hablar con Caleb. Cuando al fin lo hice, solo respondía a sus mensajes de buenos días. Nada más.

Hasta hoy.

Porque hoy me siento un poco más yo misma.

La luz del sol me calienta más la piel. El aroma del café recién hecho en la cocina me resulta apetecible por primera vez desde hace días. El peso de la manta que me rodea los hombros me resulta reconfortante en lugar de asfixiante.

Y tal vez haya llegado el momento de decidir qué me espera a continuación. Cómo será mi vida sin la rémora de Evan.