30. Él se desabrochó los pantalones, así que yo le desencajé la mandíbula
ÉL SE DESAbrOCHÓ LOS PANTALONES, ASÍ QUE YO LE DESENCAJÉ LA MANDÍBULA
Cal
Izzy lleva toda la mañana evitándome.
Cree que no me he dado cuenta.
Pero se equivoca.
Ha estado esquivándome, moviéndose por la tienda como si llevara anteojeras, con la cabeza gacha, evadiendo el contacto visual. Se mueve deprisa de un departamento a otro, centrada en el trabajo, totalmente absorta, pero ahora la conozco lo bastante bien como para saber que es todo forzado.
Ha puesto fin a nuestro ritmo habitual: a las bromas, a las miradas cómplices desde el otro lado de la tienda, a la leve sonrisa que le curva los labios cuando se cruza con mi mirada. En lugar de eso, ahora hay una distancia deliberada, una cuidadosa coreografía para mantenerse fuera de mi órbita.
Y se lo permito.
Le doy espacio y respeto el límite invisible que ha trazado. No le tiendo emboscadas en los pasillos ni me invento razones para estar con ella, porque entiendo lo que necesita ahora mismo: tiempo para procesar, para ordenar la maraña de emociones tras nuestro beso.
Volverá a mí cuando esté lista, así que le concedo espacio. Pero eso no significa que no esté observando.
Cuando el ritmo de la tienda empieza a bajar hacia el final de la jornada, vuelvo a la sala de seguridad, me recuesto en la silla y clavo la mirada en un monitor.
Izzy está sentada en su despacho. Tiene el teléfono en la mano, pero permanece inmóvil: no lee mensajes, no escribe correos electrónicos, no hace ningún tipo de movimiento productivo. Solo lo mira mientras el pecho le sube y le baja como si le costara respirar.
Sé muy bien lo que está haciendo.
Reunir valor.
Contrae los dedos alrededor del teléfono, los afloja y los aprieta. Una inspiración profunda, después suelta el aire.
Lo llama.
La observo con atención, me fijo en cada microexpresión, en cada pequeño cambio que le altera las facciones. En cuanto le contesta, veo que una oleada de alivio le inunda el rostro.
Y, luego, de irritación.
No me hace falta más: Evan se está comportando como un capullo. Izzy intenta quedar y él se lo está poniendo difícil, pero ella no se rinde. Está decidida a hacerlo de todos modos. E, incluso desde aquí, veo que se mantiene firme.
Pasa otra media hora. Miro el reloj, espero, estoy preparado.
—Callahan.
Me llevo un dedo al auricular. Noto el plástico frío en la piel.
—Sí.
—Hay un tipo preguntando por Russo.
Es Ramirez, que llama desde la entrada de la tienda.
Sabía que esto iba a pasar.
Con los dientes apretados, me fuerzo a respirar despacio antes de hablar, porque este momento es de Izzy. Tiene que hacerlo sola, aunque todos mis instintos me estén pidiendo a gritos que intervenga.
—Llámala. Avísala de que tiene visita. Luego acompáñalo.
Ramirez confirma que ha recibido el mensaje y yo vuelvo a mi puesto de observación.
Las cámaras de seguridad me muestran a Evan cruzando la puerta principal con la barbilla levantada y su arrogancia habitual.
Ramirez lo acompaña hasta el otro lado de la tienda.
Cuando llegan a la puerta del despacho, mi hombre duda y se queda mirando a Izzy sin decir nada, con aire inquisitivo.
Ella responde con un minúsculo gesto de asentimiento y una sonrisa forzada.
A Ramirez le cuesta marcharse, pero al final los deja solos. Activo el audio y el suave clic del interruptor resuena en la habitación silenciosa. Escucho.
Izzy le dice que se ha acabado. No da su brazo a torcer, no se disculpa ni cede. Se niega a que la manipule con sus tácticas.
Joder, qué orgulloso estoy de ella, porque Evan no se rinde. Está haciendo lo que siempre hacen los hombres como él: tergiversar las palabras, darles la vuelta a las cosas, hacerse la víctima, aferrarse a cualquier resquicio de control que aún conserve. Pero ella no cae en la trampa.
Ahora ve su manipulación con absoluta nitidez. La niebla se ha disipado y reconoce los patrones tóxicos que antes la aprisionaban. Ser testigo de la fuerza que está demostrando —de esa resistencia tranquila y resuelta— me parece precioso.
Pero entonces el ambiente se transforma.
Me doy cuenta antes que Izzy. Antes incluso de que ella se imagine lo que está a punto de ocurrir.
Empieza con pequeños gestos. Evan se pone rígido, flexiona las manos, se le contrae todo el cuerpo: se tensa como un resorte a punto de saltar.
Irradia una energía peligrosa: la postura erguida, la respiración superficial, los ojos entornados.
Lo reconozco al instante porque ya lo he visto otras veces.
Demasiadas. Lo vi cuando estuve destinado en el extranjero.
Lo vi en soldados que se sentían atrapados, en hombres en los que el instinto primario había sustituido a la racionalidad.
En combatientes que creían que la violencia era la única opción que les quedaba.
En agresores cuya rabia los consumía tan por completo que controlaba sus acciones y anulaba hasta el último atisbo de razón y moderación.
Las señales de alerta son inconfundibles.
Predigo lo que viene a continuación con una claridad aterradora.
Adivino la intención en todas y cada una de las líneas del cuerpo de Evan antes de que a Izzy le dé siquiera tiempo a reaccionar.
La lleva escrita en la cara: la ira pura y sin filtrar de un hombre que está a punto de perder el control.
Se me tensa el cuerpo entero, el pulso se me dispara al instante.
Tengo que ir a por ella.
Tengo que moverme.
Pero ya lo sé…
Sé que no voy a llegar a tiempo.
Corro. No pienso. No dudo. Salgo volando de la sala de seguridad, las piernas se me mueven antes de que el cerebro termine de asumir la situación, me abro paso por el pasillo esquivando a empleados y clientes por igual.
El sonido de fondo de la tienda —las conversaciones, la música, los pasos— se transforma en un ruido blanco cuando concentro la atención en un único punto.
Sé el tiempo exacto que se tarda en llegar al despacho de Izzy.
Soy capaz de contar cada zancada que me separa de allí.
Soy capaz de calcular los segundos que pasan mientras corro, acercándola cada vez más al peligro.
Y me faltan.
Está sola.
Con él.
Y ese es el lugar más peligroso en el que podría estar. Me saco el móvil del bolsillo sin dejar de correr, abro las imágenes de las cámaras de seguridad. Respiro con pesadez, el pulso me retumba en los oídos. La pantalla me muestra una pesadilla que se está desarrollando en directo.
Izzy está en el suelo.
Inmovilizada debajo de él.
Evan está encima de ella, oprimiéndola, abriéndole las piernas con las rodillas, con una mano enredada en la tela rasgada de la blusa de Izzy. Tiene la otra…
Lo veo.
Está bajándola. Está a punto de quitarle las bragas. Se está desabrochando el cinturón. El tintineo metálico apenas se oye.
Y yo…
Me enciendo de rabia.
De una rabia pura y roja.
Paso con brusquedad entre un grupo de clientes al tiempo que grito órdenes a través del auricular.
—Todo el personal de seguridad disponible, al despacho de Isabella Russo YA.
Me da igual no ser el primero en llegar. Eso no importa. Lo que importa es que esté a salvo.
Lo que importa es detenerlo antes de que…
Aparto un carro reponedor de mi camino con tal ímpetu que choca contra un expositor. El cristal se rompe, los frascos de perfume explotan a causa del impacto y su aroma exageradamente empalagoso impregna el aire. Desde algún lugar lejano me llega un grito.
Da igual.
No me detengo.
Llego a su despacho.
El pestillo de la puerta está echado.
No hay problema.
Le pego una patada.
La madera se astilla bajo mi bota, el pomo cruje cuando la puerta se abre de golpe y choca contra la pared. Varios trozos de madera se esparcen por la moqueta.
Y dentro…
Izzy no se mueve. Evan está encima de ella.
Tiene la cremallera bajada.
Y una mano en el muslo de ella.
Levanta la cabeza al instante, sobresaltado.
Y ahí es cuando pierdo los putos estribos.
Lo agarro por el cuello de la mierda de camisa Oxford y lo aparto de Izzy con tanta fuerza que casi le disloco el hombro. Emite un sonido ahogado, tropieza, intenta mantener el equilibrio agitando las manos. La tela de la camisa de diseño se rasga.
No le doy tiempo a reaccionar. No le doy tiempo a suplicar ni a correr ni a coger una puta bocanada de aire.
Lanzo un puñetazo.
Le acierto en la cara, fuerte y rápido, y un repugnante crujido de cartílagos y huesos se propaga por el aire. El impacto me repercute en todo el brazo.
Se le cae la cabeza hacia atrás de golpe.
Se desploma contra el suelo, inerte. Un diente rueda por la moqueta.
Está inconsciente.
Un puñetazo.
Con eso basta. Porque sé lo que estoy haciendo. Podría haberlo matado. La idea se me pasa por la cabeza como una tentación oscura. El mundo sería un lugar mejor sin hombres como él. Izzy jamás tendría que volver a tenerle miedo.
Pero sé, sé con absoluta certeza, que, si lo hago, se echará la culpa.
Aunque no lo exprese en voz alta. Aunque no lo reconozca nunca. Su mente tergiversará las cosas, distorsionará la verdad, encontrará la manera de convencerla de que tomó parte en la muerte de Evan. De que fue culpa suya. Y entonces nunca se librará de él. No del todo.
Así que no.
No lo mato.
Solo me aseguro de que, cuando se despierte, le falten dos dientes frontales. Los implantes le dolerán y, además, le costarán una fortuna. Se lo tiene bien merecido.
Inhalo despacio, con el pulso aún acelerado. Noto el sabor metálico de la adrenalina en la lengua.
Y entonces me vuelvo hacia Izzy.
Sigue inconsciente, tumbada en el suelo con el cuerpo laxo y el pelo alborotado alrededor, como si se hubiera tumbado a echarse una siesta en lugar de haber sufrido una puta agresión. Estoy de rodillas a su lado incluso antes de darme cuenta de que me he movido; la recorro con las manos, busco.
Busco heridas.
Busco… cosas peores.
Tiene la blusa rasgada por delante, de manera que le deja al descubierto la curva suave del hombro.
Están empezando a formársele moratones a lo largo de la clavícula y en un lado de la garganta.
La huella de los dedos de Evan no se desvanece.
Las marcas moradas permanecen grabadas como flores violentas.
Aprieto los puños con tanta fuerza que me crujen los nudillos.
Lucho por devolver mi rabia a la jaula en la que la guardo, por obligarme a mantener la compostura. Izzy me necesita con la cabeza fría, no consumido por ideas de venganza.
Le bajo la tela de la falda. Las bragas… Gracias a Dios, sigue llevándolas puestas. Evan no había ido tan lejos.
Si hubiera llegado un solo segundo más tarde…
Rechazo ese pensamiento, lo entierro bajo la lógica fría y metódica que me hace falta ahora mismo.
Izzy respira. Eso es lo importante.
Está aquí.
Y Evan no ha conseguido arrebatarle eso. Aun así, deberían sacarle muestras, porque, si se ha acercado lo más mínimo con esa polla rancia, quiero que lo metan entre rejas de por vida. Utilizaré mis contactos para que sepa lo que se siente cuando alguien te fuerza.
Y no será solo una vez.
Vaciaré mi cuenta bancaria para asegurarme de que le pase un día sí y otro también. Durante el resto de su patética vida.
Los demás chicos entran corriendo. Ramirez es el primero. Recorre la escena con la mirada: la posa en Evan, despatarrado e inconsciente en el suelo; luego la dirige hacia mí; y, por último, la clava en Izzy.
—Joder —suspira.
—Russo está bien —digo, y mi voz transmite más control del que realmente siento—. Ponedle las esposas a ese pedazo de mierda y llamad a la policía.
Ramirez y otro tipo se acercan a Evan, inconsciente, para inmovilizarlo: le atan las muñecas a la espalda sirviéndose de unas bridas de plástico.
—¿Alguien tiene sales aromáticas? —Mis palabras no delatan la rabia que siento por dentro.
Uno de los chicos se saca un frasquito del bolsillo del chaleco y me lo lanza. Lo atrapo al vuelo y me lo guardo en el mío.
Luego levanto a Izzy en brazos y me pongo de pie. Apenas se mueve, continúa inerte cuando me la apoyo en el pecho. Su peso es notable, pero me resulta reconfortante: es un recordatorio de que está aquí, de que es real, de que ahora está a salvo.
—Es mejor que no vea nada de esto —murmuro—. Me la llevo al despacho de Amanda. Encargaos del resto.
Asienten mientras salgo con Izzy pegada a mí.
Amanda ya está hablando cuando abre la puerta antes de que me dé tiempo siquiera a llamar.
—Vaya, vaya, pero si es…
Baja la mirada hacia Izzy, que reposa en mis brazos, y la preocupación le deforma las facciones.
—¿Qué cojones ha pasado? —exige saber al mismo tiempo que da un paso al frente, dispuesta a arañarme—. ¿Qué coño le has hecho a mi mejor amiga?
—Para, Amanda —le espeto mientras la esquivo—. No he sido yo.
Se le encienden los ojos de rabia y abre la boca para protestar. Y entonces lo suelto:
—Nunca haría daño a una mujer. Y mucho menos a la mía.
Se me escapa sin darme cuenta.
Ella se queda paralizada.
Cierra la boca de golpe.
Hago caso omiso de lo que acaba de ocurrir y me concentro en lo que importa de verdad.
—Ha sido Evan —afirmo con la voz tensa debido al esfuerzo que me supone contenerme—. Le ha dicho que quería romper con él y la ha agredido. Lo están arrestando en su despacho. La he traído porque no quería que se despertara y viera eso.
Amanda me mira de hito en hito durante un segundo largo; luego exhala y aprieta los labios.
—Hay que llamar a un médico —dice, ya con la voz más tranquila.
—Sí —convengo—. Pero, mientras tanto, tengo el título de auxiliar.
Amanda duda, pero, al cabo de un segundo, asiente con la cabeza.
—Vale —murmura—. Os dejo solos, pero, si ves algo raro…
—Te llamo —termino por ella.
Vuelve a asentir, remisa pero confiada. Después se marcha de la habitación y cierra la puerta a su espalda.
Me acerco al sofá con Izzy y la tiendo con mucho cuidado, como si estuviera hecha de cristal. Saco las sales aromáticas, las abro y se las acerco con cautela a la nariz. El olor a amoniaco invade el ambiente.
—Vuelve conmigo, preciosa —susurro.
Ella aletea los párpados.