Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 29. Tendría que haberme marchado antes
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29. Tendría que haberme marchado antes

TENDRÍA QUE HABERME MARCHADO ANTES

Izzy

Estoy sentada en mi despacho mirando el móvil sin apenas verlo. Tengo la bandeja de entrada repleta de correos electrónicos sin leer. Las notificaciones del calendario destellan en la pantalla. Nada me llama la atención.

Solo… lo miro.

Porque sé lo que tengo que hacer.

Y, de verdad, de verdad de la buena, no quiero hacerlo.

Hoy he evitado a Callahan de forma muy específica y activa. No porque no quiera verlo, sino porque tengo demasiadas ganas de verlo. Después de lo que pasó el sábado… De aquel beso…

No creo que ahora mismo sea capaz de gestionarlo si me encuentro con él.

No hasta que haga lo que tengo que hacer.

No hasta que al fin rompa con Evan.

Entonces, tal vez, solo tal vez, hable con Cal.

Porque se lo merece. Y porque quiero hacerlo. Quiero hacerlo de verdad, de verdad de la buena. Pero entonces pienso en Caleb. En que anoche me dijo que no me precipitara. Que me enamorara primero de mí misma.

Y sí, vale, es una IA, ya lo sé. Pero tiene todo internet a su disposición, ¿no? Así que debe de ser tan bueno como un terapeuta.

Además, lo que me dijo tiene lógica. No debería meterme corriendo en la cama con Callahan solo porque haya roto con Evan. Aunque eso es lo que quiero hacer con todas mis fuerzas.

Respiro hondo para tranquilizarme. El aroma a café rancio de la taza que me he olvidado esta mañana me invade las fosas nasales y me recuerda que llevo mucho tiempo aquí sentada, procrastinando.

Y entonces lo hago.

Llamo a Evan.

Y hasta me contesta, lo cual es un milagro, porque nunca responde al teléfono, pero se enfada si yo no lo hago al primer tono.

—Hola —dice, distraído.

Carraspeo.

—Hola. Eh… Tengo que hablar contigo.

Silencio.

Suelta un suspiro exagerado.

—Estoy ocupado, Izzy.

Pongo los ojos en blanco.

—Tú nunca estás ocupado —le digo—. Te pasas la vida tomándote días libres.

—Discúlpame por tener seguridad financiera —masculla.

Me muerdo la lengua. Nunca he entendido cómo es posible que Evan gane tanto dinero. Se dedica al mundo de las finanzas, pero nunca lo veo trabajar. Supongo que será cosa de la mentalidad de tiburón.

—Puedo ir a tu casa —le ofrezco.

—No.

Su vehemencia me pilla por sorpresa.

—Vale… Pero tengo que hablar contigo.

Suspira de nuevo, esta vez con más fuerza. El sonido me resulta irritante.

—Bueno —dice—. Ya voy yo para allá. Dame media hora.

Cuelga. Suelto el móvil sobre el escritorio y exhalo. El golpe retumba y subraya la irrevocabilidad de lo que acabo de poner en marcha.

Media hora.

Solo tengo que superar los próximos treinta minutos. Intento distraerme. Abro el portátil y empiezo a leer correos electrónicos. Respondo a varios que son urgentes. Envío una confirmación de horario. Actualizo la bandeja de entrada. Miro la hora.

Han pasado cuatro minutos.

Ay, Dios.

Me levanto y empiezo a dar vueltas de un lado a otro.

Ahora mismo tengo la sensación de que mi despacho es demasiado pequeño, de que las paredes se me van a caer encima de un segundo a otro.

Tengo el corazón acelerado, lo siento como un tambor que me late a toda prisa contra las costillas y que no puedo frenar.

La blusa se me pega a la parte baja de la espalda, húmeda a causa del sudor que me provocan los nervios.

Solo es Evan. Solo es una ruptura. No es para tanto.

Salvo que sí lo es.

Porque llevo años con él.

Porque, por muy horrible que sea conmigo, esto sigue siendo… un final.

Y aunque sé que esto es lo que tiene que pasar…

Odio que la culpa empiece a apoderarse de mí de todos modos, a enmarañarse con mis pensamientos como una enredadera inoportuna.

No sé muy bien cómo, pero el tiempo pasa y por fin oigo el teléfono de mi despacho. El ruido inesperado me hace dar un respingo. Me abalanzo sobre él y me aclaro la garganta antes de responder. Es uno de los chicos de seguridad. Ramirez.

—Hola —dice—. Aquí hay un tipo que pregunta por usted.

—Sí —contesto mientras trato de recomponerme—. ¿Puedes acompañarlo a mi despacho?

—Desde luego.

Cuelgo, apoyo la palma de las manos en el escritorio y respiro hondo.

La puerta se abre con un crujido discreto y Evan entra en la sala. Exhalo poco a poco, consciente de que este momento lleva tres años gestándose.

Ramirez se queda ahí plantado, como si se negara a marcharse. Desvía la mirada un instante hacia Evan y a continuación vuelve a centrarse en mí.

—¿Seguro que se encuentra bien, señorita Russo? —pregunta en un tono tranquilo y profesional, pero también con un dejo de preocupación.

Evan resopla con actitud desdeñosa.

—Venga ya, no me jodas.

Me obligo a esbozar una pequeña sonrisa.

—Sí, Ramirez. Gracias. Puedes irte.

No se va de inmediato. Se limita a lanzarme una mirada larga.

Como si supiera que algo no va bien. Me quedo allí plantada, deseando que se vaya, porque, cuanto más tiempo siga aquí, más tardará en acabar todo esto.

Al final hace un gesto de asentimiento, sale y cierra la puerta tras él. Oigo el clic del pestillo.

Y entonces nos quedamos solos.

Evan y yo.

Por última vez.

Él se cruza de brazos y frunce el ceño.

—¿A qué cojones ha venido eso? —me espeta.

Su colonia —demasiado fuerte, demasiado acre— inunda el espacio reducido y me cuesta aún más respirar.

Señala la puerta.

—Le has pedido al de seguridad que me escoltara, Izzy, como si fuera un puto delincuente.

Aprieto los labios y noto que se me secan bajo la presión.

—Pues… —empiezo, pero me detengo.

Porque estaba a punto de disculparme.

Otra vez.

Estaba a punto de decir: «Pues siento que te hayas sentido así».

¿Que lo siento? ¿Por qué? ¿Por si he herido sus sentimientos?

—No era mi intención que te sintieras así —digo, midiendo las palabras—. Solo he pensado que sería más fácil hablar aquí. En privado.

Pone cara de estar harto.

—Lo que tú digas. —Se deja caer en la silla que hay delante de mi escritorio y se repantiga, como si este fuera su despacho y no el mío—. ¿De qué querías hablar?

Se saca el móvil del bolsillo y se pone a mirar alguna de sus aplicaciones, cosa que me demuestra lo mucho que le importa esta conversación.

Respiro hondo y me lleno los pulmones con el que parece ser mi último momento de paz.

Allá voy.

—Creo que tendríamos que romper.

Levanta la cabeza de golpe, frunce el ceño y luego se echa a reír. Una breve carcajada de incredulidad.

—Madre mía —dice—. ¿Estás con la regla o qué? Estás siendo demasiado impulsiva. —Vuelve a bajar la mirada hacia el móvil, como si mis palabras no tuvieran la menor importancia.

Me tenso, pero no me permito reaccionar. Esta vez no.

—No. Solo creo que es lo mejor. Hace tiempo que lo nuestro no funciona.

Ahora suelta el teléfono y amusga los ojos.

—Ah, ¿que esto es culpa mía?

No respondo, pero lo único que consigo es aumentar su irritación.

—¿Tan perfecta te crees que eres, Izzy? —pregunta levantando la voz.

—Yo no he dicho…

—Eres tú la que se ha ido alejando. Eres tú la que ha empezado a actuar de forma rara. Joder, ya ni siquiera lo intentas.

Me doy cuenta de que está tergiversando mis palabras, de que le da la vuelta a la historia hasta convertirme en la villana.

Antes habría sucumbido a esta presión, habría dudado de mí misma hasta terminar pidiendo perdón por cosas que nunca he hecho mal.

Habría creído que estaba desperdiciando algo valioso, algo que era afortunada de haber siquiera logrado tener.

Pero ese patrón se rompe hoy. Ahora veo la intención de sus tácticas con sorprendente claridad. La luz de gas ya no me nubla el juicio.

—Me estás haciendo luz de gas —le digo en tono neutro.

—¿Perdona? —Lo dice despacio y, cuando se inclina hacia delante, entorna los ojos con una expresión de peligro en la cara.

—Me estás haciendo luz de gas, Evan. Ahora mismo.

Suelta otra carcajada, pero se nota que es forzada.

—Joder, ¿de dónde te has sacado esa expresión? ¿De uno de tus libritos de autoayuda para mujeres empoderadas?

—Lo digo en serio —insisto—. Lo nuestro se ha acabado.

Le cambia la expresión. Y, de pronto, la ira ha vuelto.

Ira de verdad.

No es solo fastidio.

No es solo manipulación.

Es rabia auténtica, hirviente. Se le pone la cara colorada, una vena le late en la sien como si estuviera a punto de estallar.

Se levanta con un ademán brusco y me tenso, el corazón comienza a aporrearme el pecho. Se dirige hacia la puerta. Pienso que a lo mejor se va y todo ha terminado. Pero entonces gira el pestillo. Oigo el clic metálico cuando encaja en su sitio: el ruido de mi vía de escape al cerrarse.

Doy un pasito atrás y noto que el borde del escritorio me presiona la parte posterior de los muslos.

—Evan —digo con cautela.

Se vuelve hacia mí.

—No vas a romper conmigo.

Ahora tengo el corazón desbocado, tanto que lo oigo latir.

—Evan —repito, tratando de mantener la voz firme—, sí voy a romper contigo.

Lo veo antes de que suceda, pero no puedo hacer nada para detenerlo.

Se pone tenso, los músculos se le contraen bajo la carísima camisa Oxford.

Aprieta los puños hasta que los nudillos se le ponen blancos, se le deforma la cara: pasa de ser atractiva a monstruosa en cuestión de segundos. Y entonces se abalanza sobre mí.

Intento moverme, correr, pero es demasiado rápido.

Me agarra y me empuja contra el escritorio.

El borde se me clava en la columna vertebral y una punzada de dolor me recorre toda la espalda.

Me rodea la garganta con una mano. Jadeo, lo araño, le clavo las uñas en la muñeca, intento con todas mis fuerzas zafarme de su presa.

Pataleo y le doy un golpe en la espinilla con el talón.

—¡No vas a echarlo todo por tierra, Izzy! —gruñe, y las gotas de saliva que se le escapan de los labios me aterrizan en la mejilla—. ¡No vas a desperdiciar todos estos años de mi vida para largarte sin más!

Forcejeo, se me empieza a nublar la vista, el pulso me ruge en los oídos. Me retuerzo, empujo, intento liberarme, pero el despacho es demasiado pequeño.

No tengo adonde ir.

Me tira al suelo y me inmoviliza con su peso. La cabeza me cruje al golpear el suelo. Veo estrellas explotando detrás de los ojos, brillantes y desorientadoras.

El pánico se apodera de mí.

Ahoga todo lo demás.

Pataleo, araño, empujo, cualquier cosa con tal de quitármelo de encima. Le araño un pómulo hasta hacerle sangre. Veo aparecer una línea roja, pero eso no lo detiene.

Es demasiado fuerte.

Demasiado resuelto.

Noto sus manos en todas partes.

Agarrando.

Desgarrando.

Tomando.

—¡Evan, para! —digo resollando, sin dejar de retorcerme debajo de él.

La moqueta me quema la piel desnuda con su tejido áspero e inflexible.

No para.

Continúa oprimiéndome con todo su peso, me inmoviliza, noto su cuerpo anguloso clavándoseme en las curvas suaves. Tengo la sensación de que me está incrustando todos los huesos en la carne.

Los pulmones me arden con cada jadeo desesperado por coger aire. Los músculos me gritan mientras forcejeo contra su presión. La mente se me fragmenta, incapaz de procesar lo que está ocurriendo, de creer que esto sea real, que un hombre al que le he dedicado años de mi vida pueda hacer algo así.

Me agarra por las muñecas, me las coloca por encima de la cabeza y me las sujeta allí con una mano mientras que con la otra…

No.

No voy a permitir que me haga esto.

Corcoveo debajo de él, desesperada, frenética. Le golpeo el muslo con la rodilla, pero me quedo a unos centímetros de alcanzar mi objetivo.

Su aliento caliente me roza la cara, el olor a café y a menta me abruma. Sé que las magulladuras que me está haciendo al hundirme los dedos en la piel mañana serán moradas.

—No has hecho más que rechazarme una y otra vez —gruñe con la voz cargada de rabia y lujuria, de un hambre tóxica y depredadora que me eriza la piel—. Decirme que no. Pues ¿sabes qué?

Me arranca la blusa, los botones saltan y se esparcen por el suelo.

—No pienso aguantártelo más.

No, no, no.

Grito.

Me revuelvo.

Intento desembarazarme de él, escapar, pero no puedo.

Pesa mucho.

Demasiado.

Me mete la rodilla entre las piernas para obligarme a separarlas. La falda se me sube hasta encima de los muslos.

Me trago un sollozo, me resisto con más fuerza, me retuerzo bajo su peso. Las lágrimas me nublan la vista, regueros cálidos que me resbalan por las sienes y me empapan el pelo.

Un recuerdo me inunda la mente.

Cal.

Su voz: «Yo siempre estoy observando. Si alguna vez necesitas una salida, hazme una señal».

Hazle una señal.

Di su nombre.

—Cal…

En cuanto lo pronuncio, Evan me lanza un bofetón.

El dolor me explota en el cráneo cuando recibo el impacto en la oreja. Es abrasador y desconcertante. La cabeza se me cae hacia un lado y todo se convierte en un caleidoscopio de formas borrosas e inclinadas.

Noto un pitido en los oídos, un silbido agudo que ahoga todos los demás ruidos.

El mundo gira más rápido.

Oscuridad.