26. Pasta con miedo existencial
PASTA CON MIEDO EXISTENCIAL
Izzy
A la cabecera de la mesa, mi padre está recostado contra el respaldo de la silla.
Tiene los brazos cruzados, la mirada cargada de diversión y el pelo canoso algo revuelto, como si hoy se hubiera pasado las manos demasiadas veces por él.
Luce sus consabidas mejores galas de los domingos: una camisa azul marino impecable con las mangas remangadas y su anillo de casado, que refleja la luz de la lámpara de araña.
La calma en la tormenta. Excepto cuando se dedica a alimentar la tormenta con esa sonrisa burlona apenas disimulada.
A sus pies, Tony Soprano y Lady Gaga, sus queridísimos pomeranias, dan vueltas sin parar —con las pezuñas repiqueteando sobre las baldosas de terracota—, sabedores de que mi padre les dará unos trocitos de prosciutto en cuanto mi madre se dé la vuelta.
A su derecha, Nonna está sentada como una emperatriz, con los ojos oscuros y penetrantes —rodeados de las arrugas que provocan las décadas de sabiduría y la voluntad de hierro— enmarcados por sus omnipresentes pendientes de aro de oro y la espesa melena plateada recogida en un moño.
Lleva un vestido negro con ribetes de encaje y un collar de perlas que lanza destellos cada vez que respira, y tiene las manos cruzadas sobre la mesa como si estuviera preparada para regañarnos a todos en cualquier momento.
Las cuentas de un rosario le asoman por el bolsillo; según ella, perteneció a su abuela, quien juraba que había sido bendecido por un papa.
Frente a mí se sienta Matteo, el responsable.
Treinta y cinco años, constitución de tanque, el pelo oscuro bien cortado, la barba cuidada y vestido con un jersey azul marino que, por alguna razón, le confiere aún más aspecto de padre reprobador, a pesar de tener solo una niña.
Su esposa, Sophia, está sentada a su lado, preciosa con su vestido de color esmeralda, estilosa sin esfuerzo.
Su hija, mi sobrinita, está sentada en una trona con el babero ya manchado de salsa de tomate, felizmente ajena a que basta un comentario fuera de lugar para que se desate el caos absoluto en la familia.
A la izquierda de Matteo está sentado Luca, el impulsivo.
Treinta y dos años, esbelto pero musculoso, con una expresión permanente de suspicacia o irritación en el rostro, dependiendo del tema.
Ahora mismo tiene la mirada clavada en Nico y es evidente que se está preparando para una pelea incluso antes de que empiece la cena.
Luca lleva una camiseta negra de cuello panadero con las mangas remangadas hasta los codos y tensa los músculos de los brazos cuando se inclina hacia delante como si estuviera a punto de abalanzarse sobre alguien.
La cicatriz blanca que tiene en el antebrazo derecho, resultado de un accidente de bici cuando era pequeño, destaca contra el tono aceitunado del resto de su piel.
Y luego está Nico, el seductor. Tiene treinta años; es absurdamente guapo y lo sabe.
Lleva el cabello castaño oscuro alborotado con gran esmero, la camisa con varios botones desabrochados —como si acabara de salir de un anuncio de revista— y la sonrisa burlona siempre fija en modo «problemas».
Exhibe una postura demasiado relajada: repantingado, con un brazo apoyado en la silla vacía que tiene al lado mientras sujeta su copa de vino, como si fuera un día más de su vida de evitar el compromiso y cabrear a Luca por diversión.
—Oye —dice este, que levanta las manos ya a la defensiva—, solo te estoy diciendo que no es tan raro.
Nico resopla y se mete un grisín en la boca.
—No, sí que es raro. Muy raro —dice sin dejar de masticar.
Arqueo una ceja.
—Vale, ¿qué es raro?
Luca señala a Nico.
—Cree que tomar sopa para desayunar es de psicóticos. —Luego frunce el ceño—. Y no comas antes de que bendigamos la mesa. El pan todavía no está bendito.
Nico pone los ojos en blanco.
—No estamos comulgando. No voy a ir al infierno por comerme un grisín sin bendecir.
Nonna se santigua en su silla y sus aros de oro reflejan la luz.
Matteo, siempre tan sensato, suspira.
—Perdona, ¿qué?
Luca resopla.
—En Japón siempre comen sopa por la mañana.
Nico pone cara de asco.
—Sí, vale, pero tú eres de New Jersey y zampas minestrone a las putas siete de la mañana.
Luca se encoge de hombros.
—Me gusta la sopa.
Matteo niega con la cabeza.
—Necesitas terapia.
—Gran consejo, viniendo de un tío que siempre tiene el mueble bar lleno, pero que ni siquiera se ha comprado un microondas.
Nico se ríe.
—Eso es verdad.
Matteo frunce el ceño.
—No me gusta cómo sabe la comida calentada en el microondas, ¿vale?
—Por favor —lo interrumpe Nico—. Lo dice el hombre que una vez se comió una empanada congelada porque no tuvo paciencia para calentarla.
—¡Fue solo una vez! —protesta Matteo, y su voz resuena en el comedor.
Se cae una olla en la cocina y, después del estruendo metálico, nos llega un suspiro exasperado de mi madre. Tony Soprano empieza a ladrar a causa del ruido, lo cual hace que Lady Gaga rompa a aullar, y los gañidos agudos de ambos llenan el aire.
—¡Lorenzo! —grita mi madre—. ¡Controla a tus perros si no quieres que los mande a vivir a Butler con tu hermana!
Mi padre se limita a reírse mientras se agacha para darle un trozo de prosciutto a cada uno. El aroma salado se eleva cuando se lo arrebatan de los dedos, lo cual los hace callar de inmediato.
—No es nada, Maria —responde—. Es que están emocionados.
Mi madre sale de la cocina haciendo equilibrios con las últimas fuentes.
El intenso aroma del ajo, la albahaca y la salsa de tomate se extiende por la habitación.
Se mueve con una precisión natural a pesar de llevar un modesto vestido de flores, las zapatillas de estar en casa y el cabello oscuro recogido con pulcritud.
Recorre la mesa con sus suaves ojos marrones para hacer inventario.
Cuando deja la fuente y se endereza, la cruz que lleva al cuello refleja la luz. Tiene harina en el delantal y una mancha pequeña en la muñeca, pero no se da cuenta, nunca se da cuenta.
Lleva mucho tiempo haciendo esto, asegurándose de que todos nos reunimos, comemos bien y seguimos unidos. Mamá es el pegamento. La columna vertebral. La fuerza silenciosa que mantiene a la familia Russo en marcha.
Y, sin embargo, cuando nos mira, siempre lo hace con un atisbo de preocupación en los ojos, como si estuviera calculando hasta qué punto nos hemos alejado, si alguna vez sentaremos la cabeza, si ha hecho lo suficiente para que no se rompan nuestros lazos.
—Lo que necesitáis todos es a Jesús —farfulla, y el aroma de su perfume de rosas impregna el aire cuando se sienta.
Me muerdo el labio para no reírme.
Mi padre, sentado frente a mí, se recuesta en la silla y espera a que el caos estalle, como si estuviera viendo su serie favorita.
Y la verdad…
Seguramente lo sea.
—Nonna, ¿tienes algún rosario de sobra? Ya sabes, para que me ofrezca… orientación espiritual.
A ella se le iluminan los ojos. Se lleva la mano al bolsillo y saca no uno, sino tres rosarios, cada uno más recargado que el anterior. Las cuentas tintinean como campanillas.
—Per te, Isabella —dice mientras me mete un brillante rosario de cuentas de cristal azul en la mano—. Così troverai un buon marito.
Al aceptarlo, finjo que no oigo ni la risita de Nico ni su utilísimo murmullo a mis espaldas.
—Dice que te ayudará a encontrar marido. Con un poco de suerte, tendrá trabajo. Y sangre en las venas.
—Gracias, Nonna —le digo con dulzura, y me lo guardo en el bolso antes de que intente bendecirme con los otros dos.
Me da unas palmaditas en la mano y después se acerca para susurrarme algo en un italiano rapidísimo.
Nico, por supuesto, se apresura a traducir desde el otro lado de la mesa.
—Dice que Evan es gentuza.
Lo miro con una ceja arqueada.
—No sé por qué me da que tienes el italiano un poco oxidado.
Nonna sonríe de oreja a oreja, tan tranquila.
Mi madre da una palmada antes de que Nico responda.
—Muy bien —dice con firmeza—. Vamos a bendecir la mesa.
Todos agachamos la cabeza.
Mamá comienza a hablar en un tono suave y reverente.
—Señor, gracias por reunir hoy a nuestra familia. Gracias por los alimentos que estamos a punto de recibir, por las bendiciones que nos has otorgado.
De momento, todo bien.
—Y gracias por darme una nieta.
Gimo por dentro.
Allá vamos.
Mi madre continúa:
—Gracias por permitir que uno de mis hijos haya formado un matrimonio hermoso y sagrado.
Matteo, el único casado, asiente con aire de suficiencia.
—Y, Señor, rezo por mis otros tres hijos —dice mamá en tono dramático.
Luca me mira desde el otro lado de la mesa. Las llamas de las velas se le reflejan en los ojos y le brillan con picardía.
—Que pronto encuentren su camino.
Sophia tose tapándose la boca con la servilleta, aunque la tela bordada apenas disimula su sonrisa.
Mi padre esconde una risita llevándose la copa de vino a los labios y el líquido de color rojo intenso se agita.
—Y, Señor, te pedimos que los guíes hacia el matrimonio y la familia —concluye—. Antes de que su pobre madre muera esperando.
A Nico se le escapa la risa por la nariz.
Luca sonríe sin poder evitarlo.
Yo contemplo la posibilidad de clavarme un grisín sin bendecir en el ojo.
—Y, si es tu voluntad —añade mamá, que sorprende a todo el mundo al continuar—, deja que las señales que he visto últimamente sean ciertas.
Me lanza una mirada de lo más elocuente.
—¡Mamá! —gruño, muerta de vergüenza y notando que el calor me sube a las mejillas.
—Amén —dice Nonna, y las pulseras de oro que lleva en la muñeca tintinean con suavidad cuando se santigua.
Mi madre da otra palmada con una expresión radiante en la cara.
—¡Muy bien! ¡A comer!
Como si no acabara de avergonzar en público a la mayoría de sus hijos y anunciado una intervención divina en mi vida amorosa.