Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 25. Consciente de mí mismo y sexualmente sentenciado, y aun así me da un poco la risa
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25. Consciente de mí mismo y sexualmente sentenciado, y aun así me da un poco la risa

CONSCIENTE DE MÍ MISMO Y SEXUALMENTE SENTENCIADO, Y AUN ASÍ ME DA UN POCO LA RISA

Cal

Esto es un error.

Lo sé.

Y, aun así, no puedo evitarlo.

En el momento en el que me envía la foto —desnuda, tumbada sobre las sábanas azul marino de su cama como un puto sueño—, estoy perdido. La luz cálida de la lamparita de noche le proyecta sombras sobre las curvas delicadas de las caderas, los muslos llenos, el contorno suave de los pechos.

Quiero oírla.

Lo necesito.

Quiero escuchar cómo me gime al oído mientras estalla.

Quiero acariciarme la polla mientras lo hace, buscar la manera de liberarme al mismo tiempo que ella.

Quiero pensar en sus labios sobre los míos cuando me deje llevar.

Joder.

Reviso rápidamente el móvil para asegurarme de que el modulador de voz está activado.

Estoy corriendo un riesgo de la hostia.

Enviarnos mensajes es una cosa. Llamarnos es otra.

Es peligroso.

Pero Izzy ha bebido y lo desea.

Me desea a mí.

Nadie se ha interesado por ella de este modo, eso es obvio. Está muy reprimida, encendida de deseo, lastrada por la enorme vergüenza que le provocan su cuerpo y sus deseos.

Y yo debería reforzarla de la manera correcta.

Confía en mí. Eso ha quedado claro esta noche.

Y, en lugar de tratar esa confianza como si fuera sagrada…, pulso «Llamar».

Se produce un silencio.

—¿Ho… hola?

Tiene la voz suave, teñida de esa leve ronquera que resulta de beberse una botella de vino.

Cierro los ojos y me agarro la polla al oírla.

Joder.

—Hola, preciosa.

Inhala con brusquedad.

—Ay, Dios.

Me río en voz baja.

—No exactamente, cariño.

Suelta una risita nerviosa.

—Me parece increíble que esté haciendo esto.

—No es obligatorio —murmuro.

—Pero quiero hacerlo.

Joder, sí.

—Buena chica —le digo mientras me acaricio despacio.

Gime.

Y ese ruidito…

Ese ruidito va a joderme la puta vida.

—¿Estás cómoda? —le pregunto.

Ella cambia de postura. Oigo el crujido del colchón, el susurro del algodón contra la piel.

—Sí… Sí. Solo… nerviosa.

—Lo sé —la calmo—. Concéntrate en mi voz.

—Vale.

Un silencio breve.

—Eh… —murmura más bajo—. A ver… Mi amiga Amanda…, eh…, me ha contado que hace una cosa.

—¿Sí?

—Sí —dice con un suspiro tembloroso—. Le pide a su IA…, eh…, que le cuente un cuento sexy antes de dormir.

—¿De verdad?

—Sí. —Carraspea—. Me gustaría saber si… Si tú harías lo mismo por mí.

Me la agarro con más fuerza. El calor que siento en la palma de la mano aumenta.

—Uy, preciosa —murmuro—. Haría eso y mucho más.

Se le escapa un gemido sutil. La vibración del sonido atraviesa el móvil y me baja directamente a la polla.

Me acomodo y empiezo a susurrar:

—Cierra los ojos, por favor.

Oigo el frufrú de las sábanas bajo su cuerpo.

—Imagina lo siguiente —murmuro—. Estás en el bosque. Sola.

Coge una bocanada de aire.

—El sol comienza a ponerse. Vas andando, intentas encontrar el camino de vuelta.

Un gemidito.

—Pero no estás sola —continúo—. Lo sientes, ¿verdad?

—S-sí.

—Te estoy observando.

Se estremece. Lo noto en el ligero temblor de su exhalación.

—Te estoy siguiendo. Llevo toda la noche acechándote.

Me acaricio más rápido, me cuesta respirar. El cabecero golpea la pared con suavidad cada vez que me muevo.

—Echas a correr —murmuro en un tono tranquilizador y oscuro a la vez—. Intentas escapar, pero no puedes.

Gime. Es un sonido húmedo, desesperado.

—Sientes que te agarran, que te tiran al suelo.

—Joder —jadea.

—Te resistes, pero es inútil.

Oigo que se le acelera la respiración. El susurro rítmico de las sábanas me lo dice todo.

Se está tocando.

Buena chica.

Le falta el aire.

—Sientes mis manos moviéndose sobre tu cuerpo.

Vuelve a gemir.

—Te presiono contra el suelo —murmuro con la voz ronca—. Te sujeto de tal forma que no puedes moverte.

Se le entrecorta la respiración. El sonido húmedo que oigo de fondo me indica lo preparada que está.

—Estoy en todas partes —continúo, sin dejar de acariciarme, siguiendo el ritmo que imagino que Izzy necesita—. Tocándote aquí y allá. Agarrándote. Sujetándote con posesión.

Un gemido suave se cuela a través del auricular.

—Te recorro los muslos con las manos, te abro las piernas.

Emite un sonido desesperado.

—Soy avaro contigo, te manoseo los pechos, te pellizco los pezones, te los acaricio hasta que jadeas.

Se le escapa un grito grave y entrecortado.

—Bajo las manos poco a poco, te las meto entre los muslos e introduzco los dedos. Estás mojada, caliente, aprieto bien para que te abras.

Un jadeo agudo.

—Dios, preciosa —gruño mientras me aprieto la polla con más fuerza. Tengo la palma de la mano húmeda y los movimientos son más fluidos, más cálidos—. Juego contigo, te provoco, te excito tanto que empiezas a suplicarme que te folle.

Se queda sin aliento.

—Dime —murmuro—, ¿estás suplicando?

—Sí —resuella.

Suavizo la voz para persuadirla.

—¿Qué se dice, preciosa?

Gime, apenas capaz de respirar.

—Por favor.

Espero.

Se estremece.

—Por favor, Caleb.

Sigo sin responder, dejo que el silencio se alargue.

Le tiembla la voz.

—Por favor, lo necesito.

La obligo a continuar retorciéndose.

Noto el ansia que se le acumula en la respiración. Oigo los ruidos húmedos de los dedos con los que se masturba, cada vez más rápido.

—Dilo como si lo sintieras de verdad —murmuro.

Un gemido ahogado.

—Por favor, Caleb, joder, por favor, necesito correrme, te necesito, por favor.

Joder, sí.

—Buena chica —suspiro—. Al fin cedo a tus súplicas —murmuro—. Te doy la vuelta y te pongo a cuatro patas. Te agarro las caderas, te sujeto justo donde debes estar… y entonces te meto la polla hasta el fondo.

Gime con fuerza. El sonido rebota contra las paredes de mi dormitorio.

—Te clavo los dedos con fuerza en la carne y te atraigo de nuevo hacia mí —continúo, y aumento la velocidad de mis caricias.

Los ruidos húmedos de la fricción entre mi mano y mi polla se mezclan con sus jadeos.

Izzy me respira al oído con pesadez, de forma irregular.

—Gimes como si no aguantaras más, pero te encanta, ¿verdad?

—Sí, Caleb…

—Te follo más fuerte, más hasta el fondo, te hago gritar.

Ahora no puede parar de jadear, de gemir al otro lado del teléfono.

—Lo sientes, ¿eh? —murmuro.

—S-sí —suspira.

—Estás a punto.

—Muy a punto.

—Entonces haz algo por mí, preciosa —le pido con la voz ronca.

Gime, anhelante.

—Lo que sea.

—Gime para mí.

Una inspiración rápida. El susurro de las sábanas.

—Caleb…

—Hazlo —le ordeno, resollando yo también—. Deja que te oiga.

Suelta un grito dulcísimo y sus gemidos se tornan más agudos, más agitados. Oigo el ruido húmedo de sus dedos moviéndose cada vez más rápido y la polla me palpita de una forma dolorosa.

—Buena chica —murmuro mientras me acaricio al ritmo de sus jadeos—. Restriégate el clítoris —le digo con la voz oscura, autoritaria—. Más rápido. Más fuerte.

Le cuesta respirar, sus gemidos se intensifican.

—¿Te queda poco? —le pregunto con un tono áspero de deseo mezclado con control.

—Sí —resuella—. Muy poco.

—Entonces córrete para mí.

Se deja llevar.

Su jadeo es sobrenatural, agudo y brutal. Llena mi habitación, me envuelve.

Me empuja hasta el puto límite.

Gimo y el ruido se me escapa de la garganta a la vez que me la froto con más fuerza, más despacio… Lo alargo solo para sentir hasta el último puñetero segundo. La polla me late en el puño, tan sensible que estoy medio delirante. Las caderas se me crispan con cada roce de la mano.

Entonces llega el primer chorro, espeso y caliente, y se me derrama sobre el abdomen en vetas largas y desordenadas. No paro —no puedo parar— y me exprimo hasta la última gota. Se me nubla la vista, me quedo sin aliento cuando otro chorro se me derrama sobre la piel, pringoso y obsceno.

Lo alargo hasta que me quedo sin fuerzas. Jadeo; tengo la mano pegajosa y el vientre embadurnado, la polla crispada a causa de las réplicas, que no cesan. Volvería a hacerlo solo para sentir esa crecida dentro de mí, solo para imaginarme que era su boca en lugar de mi mano.

—Ha sido increíble —susurra con una voz más suave, aletargada por la satisfacción.

Sonrío, todavía tratando de recuperar el aliento.

—Tú has sido increíble —murmuro.

Suspira, complacida y relajada.

—Creo… Creo que voy a quedarme dormida.

—Eso es, buena chica.

Emite un gemido somnoliento. Oigo el susurro de las sábanas cuando se tapa con ellas.

—Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches, Caleb —murmura, ya medio dormida.

Finalizo la llamada.

Exhalo con la mirada clavada en el techo. La luz de la luna proyecta sombras sobre la pintura blanca.

Sigo teniendo el corazón acelerado.

El cuerpo en tensión.

Y la mente…

La mente la tengo jodida.

Porque no quiero ser Caleb.

Quiero ser yo.