Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 26. Pasta con miedo existencial #2
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26. Pasta con miedo existencial #2

Los platos comienzan a llenarse, el roce de los cucharones contra la cerámica se mezcla con el rumor de las conversaciones y con el gluglú de las botellas mientras nos servimos vino con generosidad.

Y entonces, justo en el momento oportuno…

—Bueno —dice Luca sonriendo como si estuviera a punto de empezar algo—. Izzy.

Me quedo parada con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Qué?

Sube y baja las cejas con gesto burlón.

—Ese chico con el que sales…

Nico se echa hacia delante con los ojos relucientes.

—¿Cómo está Zapatos Náuticos McProteína en Polvo?

Amusgo los ojos.

—No sé de qué estás hablando.

Luca se ríe.

—Por favor. Mamá ni siquiera ha rezado por ti diciendo tu nombre. Simplemente te ha metido en la categoría de grandes pérdidas.

—No soy la única soltera que hay por aquí —le espeto—. ¿Por qué no hablamos de la vida amorosa de Nico?

Este se encoge de hombros con arrogancia.

—Porque mi vida amorosa es interesante.

—¿Podemos no hablar de Evan, por favor? —digo.

Ambos ponen la misma cara de asco que si hubiera dicho «rata de alcantarilla».

—Uf —dice Luca—, es que suena a tío que tiene varios chalecos de la marca Patagonia y se refiere a las mujeres como «titis».

Nico asiente.

—O a uno de esos que se ponen «emprendedor» en la biografía, pero viven de la tarjeta American Express de sus padres.

Matteo, siempre conciliador, suspira y dice:

—Ni siquiera lo conocéis.

—No hace falta —replica Luca—. Izzy está saliendo con él. Con eso basta. Tiene un gusto horrible.

—Yo podría con él —anuncia Nico, que contrae los músculos de forma exagerada—. Un puñetazo y al suelo con Evan.

—Por Dios —protesto mientras me froto las sienes—. Nadie va a pegar a Evan.

—No tomes el nombre de nuestro Señor en vano —dice Luca casi a gritos, a todas luces tratando de captar la atención de nuestra madre.

Nico se recuesta en la silla y bebe un sorbo de vino con aire de despreocupación.

—Estoy de acuerdo, Izzy. Tomar el nombre de nuestro Señor en vano va en contra de los diez mandamientos.

Pero tirar a Evan al suelo de un puñetazo…

está totalmente permitido. —Se encoge de hombros—.

Aun así, yo había pensado en algo un poco más refinado: intimidación moderada, unas cuantas amenazas bien distribuidas y quizá un toque de guerra psicológica.

Luca asiente.

—O le rayamos el coche.

Ahogo una exclamación.

—¡Nadie va a rayar nada!

Nonna, que ha estado observándonos en silencio con ojos de halcón, se inclina de repente hacia delante.

—Isabella —comienza a decir con voz enfática—, perché stai ancora con quel ragazzo? Non ti ha ancora chiesto di sposarlo?

Protesto para mis adentros.

Clavo el tenedor en la pasta y los dientes rechinan contra el plato de cerámica.

—Nonna, es complicado. Y no, no me ha pedido que me case con él.

Agita una mano como si estuviera espantando una mosca.

—Complicato? Sciocchezze. Gli uomini sono semplici.

—Dice que los hombres son simples.

—Sé lo que ha dicho, Luca.

Nonna continúa, imperturbable, y se vuelve hacia mi madre y suelta una rápida retahíla en italiano. Capto lo justo para entender que le está preguntando por qué me deja perder el tiempo con quel idiota .

Ella suspira y responde dándole la razón; dice algo como que soy demasiado mayor para perder el tiempo con un hombre.

Me paso el vaso de agua por los labios para tratar de refrescarme la cara.

—Mamá, no estoy perdiendo el tiempo. Y, Nonna, tú ni siquiera lo conoces.

Esta resuella.

—Non ho bisogno di conoscerlo.

Nico se echa hacia delante fingiendo que solo quiere ayudar.

—Dice que ha visto lo suficiente como para saber que seguro que se mete los polos por dentro del pantalón y aplaude cuando aterriza el avión.

—Deja de inventarte las traducciones —le espeto.

—Tampoco es que no haya dicho eso —murmura, y se encoge de hombros.

Nonna me señala con un dedo de manicura perfecta y levanta la voz con convicción.

—E ti tratta bene? Ti porta i fiori? Ti apre le porte? Ti guarda come se fossi la cosa più bella del mondo?

Cierro los ojos un instante. Sus preguntas son tan afiladas como cuchillos y se clavan justo en los puntos más débiles.

—Nonna…

—Rispondimi, Isabella!

Dejo escapar un suspiro.

—Evan es… majo.

Luca se ríe.

—Majo. Guau. Sin duda, eso es lo que todas las chicas sueñan con decir de su novio.

Nico se ríe entre dientes.

—Creo que he oído a Izzy hablar de una lasaña con más pasión.

Justo en ese momento, Lady Gaga se mete corriendo debajo de la mesa y me roza las piernas desnudas con el pelaje.

Tony empieza a ladrar, emocionado, y la sigue repiqueteando con las pezuñitas sobre el suelo.

Mi padre silba con suavidad, pero esta vez los perros no le hacen caso, decididos a engendrar el caos.

—¡Lorenzo! —lo regaña mi madre—. ¡Te he dicho que controles a tus perros!

Él se encoge de hombros con aire divertido.

—Toman sus propias decisiones, Maria. Como nuestros hijos.

Matteo, que intenta ser la voz de la razón, suspira y dice:

—¿No podemos comer sin más?

Pero Nonna sigue mirándome.

Esperando.

Aguardando algo más.

Aprieto los labios; el corazón me late con fuerza.

Porque, por primera vez, me permito reflexionar de verdad sobre lo que me ha preguntado.

«¿Evan me regala flores?».

No.

«¿Me abre las puertas?».

No, la verdad.

«¿Me mira como si fuera la cosa más bonita del mundo?».

No. De hecho, lo único que hace es sugerirme que vuelva a «estar en forma», un recordatorio poco sutil de cómo ha cambiado mi cuerpo desde que nos conocimos.

Clavo la mirada en mi plato.

Y me doy cuenta con horror de que el último hombre que me miró así…

No fue ni mucho menos mi novio.

Fue Cal.

La comida continúa sumida en un ambiente de caos.

Nico reta a Luca a echar un pulso allí mismo, en la mesa, y están a punto de tirar una botella del preciado vino tinto de mi madre.

Ella grita, mi padre se ríe y Nonna se santigua mientras murmura lo que estoy segura de que es una oración por nuestra alma.

Los aromas del pan de ajo, la salsa de la pasta y el vino se mezclan en el aire, entreverados con el olor de las velas, que se consumen hasta la base.

Todo termina con el habitual nivel de alboroto.

Nonna se empeña en que todo el mundo se lleve a casa una parte de las sobras, aunque todos vivimos en un radio de quince kilómetros y podemos venir a comer cuando queramos. Los recipientes de plástico traquetean mientras los apila moviendo las manos con agilidad a pesar de la edad.

Nico y Luca siguen discutiendo por algo ridículo y las voces de ambos resuenan por toda la casa mientras mamá les dice que se lleven sus peleas «a la calle o al confesionario».

Y yo…

Yo me escabullo hacia la cocina y cojo un paño como si fuera lo más natural del mundo. Noto el algodón suave y gastado entre las manos, el ligero olor a jabón de limón.

De pequeños, Matteo y yo siempre lavábamos los platos juntos.

Era algo solo nuestro.

Yo seco. Él lo guarda todo.

Empezamos cuando éramos unos críos y nuestra madre no nos dejaba marcharnos hasta que todo estuviera impecable. A lo largo de los años terminó convirtiéndose en nuestra pequeña tradición.

Y esta noche…

Lo agradezco.

Porque, cuando Matteo entra en la cocina arremangándose, ya sé qué va a pasar. Las mangas del jersey emiten un suave frufrú cuando se las sube hasta los codos. No me mira enseguida, lo cual quiere decir que se está preparando para algo.

Niego con la cabeza.

—Si es sobre Evan…

—Sí, es sobre él —me interrumpe con tacto.

Le paso el plato.

Aprieto los labios e intento hacer acopio de fuerzas para lo que me espera.

—Izzy —continúa con una voz tranquila y equilibrada: Matteo en su más pura esencia—, sé que todo el mundo te mete caña con él. Las burlas, las bromas… Sobre todo Luca y Nico.

Suelto una risa irónica.

—El eufemismo del año.

Esboza un atisbo de sonrisa y apila el plato sobre los demás en la alacena. La cerámica tintinea.

—Te ponen a parir, sí, pero la verdad es que solo estamos preocupados por ti.

Acaricio con el pulgar los motivos florales del plato que tengo en la mano.

—A ver, somos tus hermanos —dice al mismo tiempo que me da un ligero codazo—. Es nuestro trabajo, ¿no?

Le dedico una sonrisa débil pero sincera.

Porque sí.

Es lo que hacen.

Es lo que siempre han hecho.

—Además —continúa Matteo, que lanza una mirada hacia el comedor—, no somos los únicos. Mamá hace como que no existe y Nonna…, bueno.

—Creo que preferiría emparejarme con un desconocido de la iglesia antes que dejarme casarme con Evan —murmuro.

Matteo sonríe con ganas.

—¿Ves? Lo entiendes.

Niego con la cabeza y me río con suavidad, pero la conversación no ha terminado. Y, a lo mejor es por el vino o porque es verdad que necesito hablar de esto, pero no me contengo y le pregunto:

—¿Cómo lo supiste?

Matteo me mira.

—¿Cómo supe qué?

—Que Sophia era la indicada.

Los ojos se le suavizan al instante cuando se vuelve hacia su mujer, que sigue sentada a la mesa con su hija en el regazo. Está riéndose, con la cabeza echada hacia atrás, y su actitud es relajada y despreocupada. Los rizos oscuros se le balancean con cada movimiento.

Matteo sonríe al verla.

Y es entonces cuando me doy cuenta: es un tipo de sonrisa que solo le dedica a ella.

Una sonrisa que no se puede fingir.

Que significa «hogar».

—Salí con otras chicas antes que con ella —dice al final mi hermano, y se apoya en la encimera—. Con algunas duré un par de meses. Con otras, años.

Permanezco callada, escuchando. El tintineo de los vasos en el comedor enfatiza el silencio.

—Y siempre —continúa mientras se frota la nuca— había algo que no funcionaba. A veces era obvio. Discutíamos a todas horas. Todo era una batalla, un desacuerdo. —Niega con la cabeza y exhala—. Otras veces tardaba un tiempo en darme cuenta.

Me muerdo el labio.

—¿Y eso?

Matteo se encoge de hombros.

—Porque intentaba que funcionara algo que no estaba destinado a funcionar. Disculpaba las peleas. Me convencía de que el amor tenía que ser difícil. —Se vuelve hacia mí, ahora con una expresión más suave en la cara—. Y entonces conocí a Sophia —dice sin más.

Vuelvo a mirar a mi cuñada.

Ahora le está haciendo carantoñas a su niña, que se ríe como una loca y tiene la barbilla resplandeciente de babas.

—Y todo fue… fácil —dice Matteo—. Sentí que todo encajaba.

Exhalo en silencio.

—Discutimos de vez en cuando, por supuesto —reconoce—, como todo el mundo. Pero no es como antes. No de una forma que me haga sentir la necesidad de ganar. No nos gritamos. Nos respetamos.

Ahora me mira a los ojos y me dice con voz firme:

—Sophia me hace sentir especial —dice—. Y quiero cuidar de ella.

Se me forma un nudo en la garganta. Paso los dedos por el borde de un vaso y siento el cristal frío y liso.

Y entonces mi hermano hace el comentario que termina por destrozarme:

—Si tienes que cuestionarte si Evan es el chico adecuado —dice—, no es él. Cuando lo conozcas, no podrás contenerte. Simplemente sabrás que es él.

Y ese es el problema.

Porque, cuando Matteo lo dice, cuando describe cómo se supone que debe hacerte sentir todo esto…

La primera cara que me viene a la cabeza no es la de Evan ni por asomo.

Es otra vez la de Cal.