22. Por favor, espere mientras me actualizo #2
—Tengo la sensación de que eso vale para muchas de nuestras conversaciones.
Suelto una carcajada y sacudo la cabeza.
—Dios, es verdad.
—Bueno, ¿qué sueles hacer en Navidad? —pregunta para cambiar de tema.
Me encojo de hombros.
—Lo típico. Reuniones familiares grandes. Mis padres son muy católicos, así que mañana tengo que ir a la misa del Domingo de Ramos.
Enarca las cejas.
—Qué ilusionada te veo.
Gimo.
—Mira, no es que odie la iglesia, pero, cuando te crías con tres hermanos sobreprotectores y una madre que todavía te llama para recordarte que Jesús lo ve todo, es… agotador.
Callahan se ríe.
—¿Y después de la misa?
Adopto una expresión teatral de hartazgo.
—Cena familiar a lo grande. Ruidosa. Caótica. Mi nonna me pregunta cuándo voy a casarme, mi madre critica mi ropa, mis hermanos intentan interrogarme sobre mi vida amorosa y mi padre se limita a mirarnos con cara de sentirse ligeramente decepcionado por todos nosotros.
Callahan hace un gesto de negación.
—Parece divertido.
Lo miro sin dar crédito.
—¿Divertido?
Se encoge de hombros.
—Mejor que pasarlo solo.
Me quedo callada y ladeo la cabeza. El peso de sus palabras da a entender que lo dice por experiencia.
—¿Evan va contigo? —pregunta.
Resoplo.
—No. Mi familia y él no se llevan bien.
Callahan esboza una media sonrisa irónica.
—Vaya, no entiendo por qué.
Vuelvo a poner los ojos en blanco, pero no discuto. Porque tiene razón. Mi familia odia a Evan. Y, la verdad, no me extraña. Mis hermanos lo calaron desde el primer día, un hecho que llevo demasiado tiempo ignorando.
Intento no pensar en ello y cambio de tema.
—¿Y tú qué haces los días de fiesta?
Se encoge de hombros.
—Somos solo mi padre y yo.
Una vez más, sus palabras parecen cargar cierto peso. Tardo unos instantes en volver a hablar.
—¿Y tu madre?
—Murió cuando yo era pequeño.
Su voz no muestra ninguna emoción. Frunzo el ceño y siento que se me tensa el pecho.
—Ah. Lo siento mucho.
Niega con la cabeza.
—Se la llevó el alcohol. Era su demonio y no intentó luchar contra él.
No sé qué contestar a eso. La crudeza de su confesión hace que me arrepienta de haber preguntado.
Carraspeo para salir del paso.
—¿Dónde vive tu padre?
—En Pensilvania —responde—. Tiene un taller de carpintería. Le gusta mantenerse ocupado.
Asiento.
—¿Lo ves a menudo?
Se encoge de hombros.
—No tanto como debería.
—¿Es religioso? —pregunto tras un silencio.
—Sí —contesta—, pero no católico.
—Bueno, la Pascua es una fiesta importante de todos modos.
Me estudia el rostro, como si estuviera intentando descifrar algo en él.
—Deberías llamarlo —digo, como restándole importancia—. Antes de Pascua. Quizá podríais hablar.
Exhala y aparta la mirada.
—Sí. Quizá.
Asiento y dejo que el silencio se alargue un momento, porque creo que es posible que se lo esté planteando de verdad. Y, no sé por qué, eso me hace sentir que he hecho algo bueno.
—Oye —digo con la intención de llevar la conversación hacia un terreno más tranquilo—, ¿qué sueles hacer para divertirte? Como te he fastidiado la noche del viernes, tengo la sensación de que debo compensártelo.
Callahan me mira con sorpresa.
—No me has fastidiado nada. Ya te lo he dicho: fui yo quien tomó la decisión de quedarse.
Pongo los ojos en blanco.
—Vale, pero, aun así, ¿qué hace Callahan para divertirse los fines de semana?
Se echa un poco hacia atrás, con un aire demasiado relajado.
—No gran cosa.
—Define «no gran cosa».
Se encoge de hombros.
—Hago ejercicio. Cocino para el resto de la semana.
Entorno los ojos.
—¿Y nada más?
—Nada más.
Lo miro boquiabierta.
—¿No sales? ¿No bebes? ¿No te diviertes un poco?
Noto un leve cambio en su expresión y sé que acabo de meter la pata. El aire de la habitación parece enfriarse varios grados.
—La verdad es que no suelo beber —dice sin alterar la voz—.Después de lo que le pasó a mi madre…
Uy.
Mierda.
Me arrepiento al instante.
—No tendría que haber dicho eso. Lo siento mucho.
Noto que algo sutil le transforma el rostro —curiosidad, puede que preocupación—, pero desaparece con la misma rapidez con la que ha llegado.
—Te disculpas mucho, ¿lo sabes?
Aprieto los labios.
—Sí, bueno, me…
Ladea la cabeza.
—¿Por qué?
—¿Cómo que «por qué»?
—Pides perdón como si fuera un reflejo —dice sin quitarme ojo—. Como si creyeras que estás obligada a hacerlo. Incluso cuando no has hecho nada mal.
Abro la boca. La cierro.
Suelto un bufido.
—Dios, últimamente, estáis todos empeñados en mejorar mi autoestima.
—No se me ocurre por qué —responde con ironía.
Resoplo y niego con la cabeza.
—Primero Amanda, luego tú, después Caleb.
Callahan frunce el ceño.
—¿Quién es Caleb?
Me quedo de piedra.
Joder.
Piensa. ¡Piensa!
Me humedezco los labios; de repente, los latidos del corazón me retumban en los oídos.
—Eh… Es mi terapeuta.
Lo he clavado.
Callahan asiente, en apariencia satisfecho.
—Eso está bien. ¿Te está ayudando?
—¿Eh?
—La terapia. ¿Te está resultando útil?
Cambio de postura, presa del pánico.
—Ah. Sí. Muchísimo.
Me escudriña como si estuviera intentando adivinar si miento.
Cosa que, en sentido estricto, no estoy haciendo.
Porque Caleb es una especie de terapeuta.
Un terapeuta que ayer por la noche me hizo correrme estando borracha —lo cual debe de ser una tremenda violación de la ética médico-paciente o lo que sea—, pero Callahan no tiene por qué saberlo. Me aclaro la garganta.
—Bueno, eh…
Mi móvil vibra y el ruido discuerda con el silencioso apartamento.
Bajo la mirada y hago una mueca.
Evan.
Uf.
Callahan se da cuenta al instante.
—¿Es Evan?
Asiento y me muerdo el labio.
Dudo, estoy a punto de rechazar la llamada, pero entonces miro a Callahan.
—Perdona —murmuro—. ¿Te importa?
Me observa con atención y se sienta un poco más erguido. El colchón se mueve debajo de ambos.
—Sí, me importa. No me gusta la idea de que vayas a volver a dirigirle la palabra a ese imbécil.
Inhalo de golpe a causa de la naturalidad con la que lo dice. Como si fuera un hecho cualquiera, como si fuera de lo más normal soltar algo tan posesivo en una conversación como esta. Como si llevara tiempo pensándolo.
—Pero debes tomar tus propias decisiones —añade mientras vuelve a recostarse y se cruza de brazos—. Contéstale. O no. Pero no te sientas obligada a hacerlo.
Lo miro de hito en hito, con el teléfono aún vibrándome en la mano.
Y, por primera vez en mi vida, dudo antes de responder a una llamada de Evan. Pero me puede la ansiedad y, en cuanto contesto, su voz estalla a través del altavoz:
—¿ESTÁS DE COÑA, IZZY?
Me sobresalto, me aparto el teléfono un poco del oído y me levanto para intentar poner algo de distancia entre Callahan y lo que estoy a punto de hacer.
—Evan…
—No me has devuelto las llamadas. Has pasado totalmente de mí. ¿Te has parado a pensar en cómo me hace sentir eso?
Cierro los ojos y exhalo despacio. Allá vamos.
—No he pasado de ti —digo con la voz firme—. Es solo que…
—¡Ayer te saltaste la cita! —me espeta—. Así que tuve que reprogramarla para esta mañana, pero ¿adivina qué? ¡Tampoco les has contestado al teléfono a ellos!
Me froto la sien y miro a Callahan de reojo.
Aún recostado con los brazos cruzados, sigue mis reacciones con la mirada, evalúa cada mueca de apuro, cada gesto de incomodidad.
Intento actuar con indiferencia. Trago y me fuerzo a centrarme.
—Evan, yo…
—Voy para tu casa —me interrumpe—. Vamos a acudir a esa cita. Se acabaron las excusas.
—No… no estoy en casa ahora mismo.
Se queda callado un instante.
—¿Dónde estás?
Aprieto el teléfono con un poco más de fuerza y la funda de plástico se me clava en la palma de la mano.
—En la tienda. Tenía que acabar unas cosas del trabajo.
Silencio.
Luego, en tono seco, me dice:
—Bien. Voy a buscarte. Iremos juntos a la cita. Creo que llegaremos antes de que cierren.
Me vuelvo para mirar a Callahan. No se ha movido, pero tiene algo distinto en los ojos. Algo peligroso. Está enfadado por mí y, por alguna extraña razón, eso me da la confianza necesaria para enfadarme por mí misma.
Vuelvo a concentrarme en el teléfono.
—No.
Evan resopla.
—¿Cómo que no?
—No puedo —digo, esta vez con la voz más firme—. Tengo cosas que hacer en el trabajo.
—Solo estoy intentando ayudarte, Izzy.
Ahí está.
La luz de gas
La manipulación sutil.
—¿Por qué eres tan cabezota? —insiste.
Cierro los ojos. Me calmo.
—Tengo cosas que hacer en el trabajo —repito mientras vuelvo a mirar a Callahan.
Y entonces, de pronto, siento que se me rompe algo por dentro.
No sé qué lo provoca. Tal vez sea que la expresión de Callahan se endurece más con cada palabra que Evan pronuncia, o que la idea de volver a estar cerca de mi novio me da náuseas, o el hecho de que llevo demasiado tiempo defendiéndome de este hombre.
Sea como sea, las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas.
—Y, además, no quiero acudir a esa cita.
Silencio.
Exhalo, tengo el pulso acelerado.
—Porque no tengo ningún problema de peso.
Evan gruñe y suelta:
—Soy incapaz de hablar contigo cuando te pones así.
Y me cuelga. Me quedo mirando el móvil, el pecho me sube y me baja a toda prisa.
No sé si quiero reír o gritar.
Lo único que sé es que Callahan sigue mirándome.
Y que no sé qué diablos está pensando.