Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 22. Por favor, espere mientras me actualizo
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22. Por favor, espere mientras me actualizo

POR FAVOR, ESPERE MIENTRAS ME ACTUALIZO

Izzy

Me siento en la cama de Callahan.

En la cama en la que duerme.

Y es mucho peor de lo que pensaba. Porque huele a él. A ropa limpia, a cedro y a algo masculino para lo que no tengo nombre, pero que, si existiera, compraría sin dudarlo en forma de vela. El olor me envuelve entera, es como si el colchón hubiera absorbido su presencia.

Y él se encuentra ahí de pie, mirándome, como si hiciera un gran esfuerzo por averiguar si estamos a punto de cometer un gran error.

Me aclaro la garganta y finjo que la situación no me afecta.

—A ver, el informe de seguridad… —digo al mismo tiempo que cruzo las piernas.

La pose, que pretendía ser informal, me resulta forzada incluso a mí.

Durante un segundo parece desconcertado, como si hubiera olvidado por qué estamos aquí. Luego niega con la cabeza, saca su móvil y empieza a buscar algo en él antes de, por fin, sentarse a mi lado.

El colchón se hunde bajo su peso. Y es entonces cuando me doy cuenta de lo pequeñísima que es esta cama.

Porque, de pronto, Cal está muy cerca. Tanto que siento el calor de su cuerpo, las leves sacudidas de la cama cada vez que se mueve.

Tan cerca que la respiración se me queda atrapada en la garganta medio segundo.

Saco mi tableta del bolso, porque no voy a ningún sitio sin ella, y luego clavo la mirada en la pantalla y hago como que estoy estudiando todos los números y los gráficos que tengo delante, pero en lo único en lo que puedo pensar es en lo consciente que soy de su cercanía.

En el hecho de que la anchura de sus hombros ocupa demasiado espacio.

En el hecho de que su muslo está a centímetros del mío.

En el hecho de que su olor flota en el aire.

Me obligo a concentrarme y respiro hondo, pero solo consigo que su aroma me llene aún más los pulmones.

—Vale —murmura con una voz más ronca de lo habitual—. El informe.

Pasamos los siguientes veinte minutos repasando los planes de seguridad de la tienda para la próxima temporada navideña.

Sí, estamos en marzo.

Sí, eso significa que faltan nueve meses para Navidad.

Y sí, tenemos que empezar a planificarlo ya, porque, en el mundo del comercio, esa época es básicamente una zona de guerra donde solo sobreviven los muy bien preparados. Al pensar en el caos que se avecina se me acelera la respiración con una especie de ansiedad preventiva.

Callahan se echa hacia atrás y se apoya en un brazo, y la camiseta se le estira a la perfección sobre el pecho mientras habla de las principales preocupaciones del equipo de seguridad.

La tela se le tensa sobre los músculos con cada gesto, un recordatorio de lo que me he encontrado esta mañana en mi cocina.

—La temporada navideña significa que hay más clientes, más transacciones y más robos —dice—. Tanto pequeños como organizados.

Asiento al tiempo que abro los informes de tendencias del último trimestre en mi tableta.

—Sí, el año pasado detecté un aumento en las pérdidas imputables a equipos. Sobre todo artículos de alta gama que desaparecían antes de que las cámaras captaran nada útil.

Asiente con la cabeza en un gesto de admiración.

—Exacto. Estamos hablando de bandas de ladrones profesionales. Envían a gente que se mezcla entre la multitud, trabajan en unidades coordinadas y vacían expositores enteros antes de que nadie se dé cuenta de lo que está pasando.

Levanto la vista hacia él.

—¿Crees que ya se empiezan a ver señales?

—A gran escala todavía no —contesta—. Pero sí. Creo que hay alguien tanteando el terreno. Patrones de movimiento, selección de artículos, tiempos. Es muy limpio.

A pesar del calor que hace en la habitación, siento que un escalofrío me recorre la espalda. Cruzo una pierna sobre la otra y examino los últimos análisis.

—¿Cuál es el plan, entonces?

—Por ahora, seguir observando. Registrar el tráfico peatonal repetitivo, analizar los hábitos de compra, aislar los puntos ciegos. Construir una red antes de que se den cuenta de que los tenemos calados.

Me muerdo el interior de la mejilla mientras pienso.

—No parece que se trate de unos aficionados.

—Porque no lo son —dice, y se endereza—. ¿Preparada para unas navidades infernales?

Gruño y me dejo caer hacia delante.

—Mátame, camión.

Se echa a reír y niega con la cabeza.

—Todo irá bien.

Resoplo y siento que el peso de la responsabilidad me lastra los hombros.

—Yo no lo tengo tan claro.

Me mira con una atención inquebrantable, completamente centrado en mí, mientras espera a que me explique.

Suspiro, un sonido intenso en el silencio que nos rodea.

—Es mi primera Navidad como gerente de la tienda.

Eso lo hace vacilar.

Me muerdo el labio, presa de una ansiedad repentina. Me araño la piel sensible de la zona con los dientes, un hábito nervioso que jamás he sido capaz de perder.

—Todo depende de mí. Las ventas, el personal, los dichosos escaparates. Y, si las cosas salen mal…

—No saldrán mal.

Lo dice de tal forma que me entran ganas de creerlo, pero niego con la cabeza y aparto la vista.

—No lo sé. No mencionaron muchas cosas antes de acceder al puesto.

La empresa jamás me informó de nada de esto cuando era subgerente —digo, tratando de mantener la voz firme—.

Y el anterior gerente de la tienda… gestionaba la información transmitiéndosela solo a quienes consideraba que necesitaban saberla y, por lo visto, yo nunca necesitaba saberla.

Ahora he leído los informes. He revisado los registros de merma, he establecido los patrones, he elaborado un plan de respuesta…

, pero sigo estando a la zaga. Y, si no me hubieras informado sobre estas bandas organizadas de ladrones, seguiría yendo a ciegas.

Siento una opresión en el pecho. No es pánico. No es incompetencia. Solo la presión fría y persistente de la responsabilidad que me agobia.

—Soy capaz de gestionarlo. De hecho, lo gestionaré. Pero es mucho: coordinar al personal, cubrir las ausencias, prepararlo todo para el ajetreo navideño, que es un caos incluso cuando no existe la inminente posibilidad de que haya delincuencia organizada en el edificio.

Me froto las sienes y siento las primeras punzadas de advertencia de un dolor de cabeza detrás de los ojos.

—Es solo que… son muchas responsabilidades que asumir de golpe.

Callahan se queda en silencio y, luego, se echa hacia delante y apoya los antebrazos en las rodillas. El colchón se mueve bajo su peso y nos acerca todavía más.

—No estás sola, Izzy. —Me sorprende el tono en el que lo dice, tan firme y seguro. Me mira a los ojos con decisión—. Sé que tienes la sensación de que todo esto depende solo de ti, pero no es así. Me tienes a mí.

Se me forma un nudo en la garganta. Vuelvo la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. Noto la calidez de sus palabras en lo más profundo de mi ser.

—No sé si será suficiente —reconozco en voz más baja.

Los músculos del rostro se le tensan de forma visible.

—Sí —dice—. Porque yo sé lo que hago. ¿Y tú? Tú eres más lista que el hambre y te preocupas más que nadie por esa tienda.

Dejo escapar un suspiro tembloroso, pues el cumplido me ha pillado desprevenida.

Callahan ladea la cabeza y me observa.

—El anterior gerente… era un capullo, ¿no?

Me río con desdén.

—No tienes ni idea.

Se queda callado, así que continúo y me doy cuenta de que ya no me cuesta tanto encontrar las palabras.

—Era uno de esos tipos de la vieja escuela, muy tradicional. De los que piensan que las mujeres deben ser dependientas, no gerentes. Me ocultaba cosas a propósito.

A Callahan se le ensombrece la expresión.

—Te merecías algo mejor. —Lo miro, sorprendida por lo serias que suenan sus palabras—. Lo digo en serio —insiste, y se inclina ligeramente hacia mí—. Esto se te da muy bien. Estás en el puesto que te corresponde.

Y su forma de decirlo —como si ni siquiera fuera una pregunta, como si fuera un hecho y yo estuviera loca por dudarlo— me impacta de un modo que no esperaba.

—El caso es que me da miedo fracasar —reconozco casi en un susurro.

—No vas a fracasar —dice al instante.

Dejo escapar otro suspiro tembloroso y me froto la rodilla con el pulgar.

—Es que… me he volcado de lleno en este trabajo. Si la cago, no sufriré solo yo, sino que sufrirá toda la tienda. Los empleados que confían en mí. Las…

—Es mucha presión —concluye sin dejar de observarme con detenimiento.

Asiento.

—Sí.

Guarda silencio y continúa observándome, como si estuviera intentando determinar cuánta presión estoy soportando exactamente. Luego exhala despacio.

—¿Confías en mí?

Me quedo paralizada.

Porque el tono con el que pronuncia la frase —como si fuera una pregunta real que importa de verdad— hace diana en un lugar profundo e inestable de mi ser. Me humedezco los labios y cambio de postura.

—Pues…

No deja de mirarme a los ojos en ningún momento, su rictus exige honestidad.

—¿Sí o no, Izzy?

Trago saliva mientras asimilo la pregunta.

Y entonces, en voz baja, con sinceridad, contesto:

—Sí.

—Bien —dice.

Frunzo el ceño, confusa.

—¿Por qué?

—Porque —dice, y se acerca lo justo para robarme el aire de los pulmones—, si confías en mí, entonces me creerás cuando te digo que estaré a tu lado y no permitiré que fracases.

—Gracias —respondo en voz baja, porque ¿qué voy a decir si no?

Las palabras me parecen demasiado pequeñas, demasiado frágiles, comparadas con la enormidad de su promesa.

Luego se echa un poco hacia atrás y su expresión cambia.

—Vale —dice en tono ligero para romper la tensión—, ¿se nos ha pasado ya el pánico o tengo que buscarte una bolsa de papel para que respires dentro?

Suelto una risa por la nariz y pongo los ojos en blanco.

—Cállate.

Su sonrisa burlona se ensancha.

—Eso es un sí.

Exhalo al mismo tiempo que niego con la cabeza.

—Vale, creo que basta de crear vínculos por trastorno de estrés postraumático navideño por una mañana.

Callahan arquea una ceja y una sonrisa divertida le asoma a los labios.

—Ah, ¿ahora se llama crear vínculos?

Pongo los ojos en blanco.

—Apego disfuncional, entonces.

Se ríe.