Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 21. Casi me mato aparcando en paralelo, pero moriría por ella #2
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21. Casi me mato aparcando en paralelo, pero moriría por ella #2

Salimos al aire de marzo y, sí, hace frío. El viento procedente del río Hudson se me mete en el cuerpo, pero me niego a demostrarlo. No es la hostia de insoportable, pero sí hasta el punto de que Izzy no me quite ojo.

Me está juzgando.

Se cruza de brazos y me mira con una expresión astuta. Su aliento forma nubecitas en el aire frío.

—Venga, dilo.

Niega con la cabeza.

—No, no. Tienes razón. Eres muy hombre. Muy masculino. No tienes nada de frío.

Me echo a reír.

—Exacto.

Suelta un suspiro y abre el coche. Me acomodo en el asiento del copiloto y la observo mientras pone el motor en marcha.

Izzy tiene un coche bueno, pero no extravagante.

Un Lexus RX, elegante y refinado, cómodo, práctico y lujoso en cierto modo, pues parece caro pero no grita: «Tengo mucho dinero y cero personalidad».

Arranca, sale del complejo de apartamentos y, al cabo de diez segundos, me doy cuenta de una cosa.

Resulta que Izzy sí tiene un defecto.

Y ese defecto es conducir.

Hostia puta.

Me agarro a la manija del techo intentando aparentar indiferencia, pero, por dentro, me estoy cuestionando todas y cada una de las decisiones vitales que me han traído hasta este momento.

Acelera demasiado rápido y luego, sin dar ningún tipo de aviso, pisa el freno con todas sus fuerzas y salgo disparado hacia delante, como si acabáramos de aplastar una mina. El cinturón de seguridad se bloquea y se me clava en el pecho desnudo.

Luego, por si aún me quedaba alguna duda, se cruza por delante de un Toyota sin molestarse siquiera en mirarlo. El otro conductor pita y el estruendo del claxon resuena en el tráfico matutino.

—Izzy.

—¿Qué? —dice tan tranquila.

—Has estado a punto de matar a ese tipo.

Hace un gesto vago con la mano.

—No le ha pasado nada.

Cambia de carril.

Sin poner el intermitente.

Inhalo de golpe.

He estado en zonas de guerra que me parecían menos peligrosas que esto.

Nos acercamos a un semáforo en rojo y me preparo para el impacto. El instinto me obliga a tensar los músculos.

Por supuesto: frenazo brusco.

Me aferro a la manija aún con más fuerza.

—Por Dios, Russo —murmuro entre dientes.

Se ríe, ajena al absoluto terror que me está haciendo pasar.

—Mira que eres exagerado.

No contesto. Estoy demasiado ocupado intentando predecir mi propia muerte.

—Gira ahí a la derecha —digo al mismo tiempo que señalo una calle situada un poco más adelante.

No gira. El cruce desaparece a nuestras espaldas mientras sigue circulando en línea recta.

—O… no —murmuro.

—¿Adónde se supone que voy? —pregunta, mirándome a mí en lugar de a la carretera.

—Eh…, a mi apartamento.

—Ya, eso ya lo sé, genio, pero ¿por dónde?

Me froto las sienes.

—Por aquí a la izquierda.

Acelera. El motor ruge mientras aumenta la velocidad abriéndose paso entre el tráfico.

—Izzy.

—¡Que ya lo sé! —dice, molesta.

A duras penas consigue tomar la curva, pega las ruedas al bordillo demasiado para mi gusto. Los neumáticos chirrían contra el asfalto.

—Vale, ¿qué tal un poquito menos de confianza? —digo en voz baja.

Resopla.

Respiro hondo para sobrellevar la inminente sensación de fatalidad. El túnel Lincoln asoma ante nosotros, la entrada que nos lleva de vuelta a Manhattan desde New Jersey. El paso subterráneo me parece una metáfora muy adecuada: estamos descendiendo al infierno de manera casi literal.

No obstante, a pesar de todo esto, decido que es un defecto que puedo pasar por alto.

Porque, algún día, cuando sea mía, será mi princesita pasajera.

No tendrá que aferrar el volante hasta clavárselo en las manos ni fingir que sabe circular entre el tráfico de Manhattan.

No, estará justo donde debe estar.

A mi lado.

Con los pies sobre el salpicadero, mirándome con esa sonrisilla arrogante, sabedora de que siempre la llevaré adondequiera que tengamos que ir.

Una mano en el volante y la otra… encima de ella.

Acariciándole los muslos que acabo de agarrarle hace un rato, recorriéndole la piel suave con los dedos, sintiéndola relajarse bajo mi tacto.

Pasándole la palma por todas y cada una de las curvas de las que ese imbécil ha hecho que se avergüence, apreciando todos los valles y las elevaciones de su cuerpo de una forma en la que él nunca ha sido capaz de hacerlo.

Yo la cuidaré.

La mantendré a salvo.

No tendrá que volver a preocuparse jamás por saltarse los semáforos en rojo ni por cortarle el paso a conductores de Toyota inocentes.

Porque será mía.

Hasta entonces…

Tendré que sobrevivir.

Por fin se detiene ante mi edificio con un frenazo tan brusco que tengo que apoyar una mano en el salpicadero para sujetarme. Los neumáticos chirrían de nuevo.

Exhalo despacio mientras intento que mi pulso recupere la normalidad. La adrenalina va desvaneciéndose poco a poco y me noto algo mareado.

Se vuelve hacia mí con el rostro sereno, sin ser en absoluto consciente de la experiencia cercana a la muerte a la que acaba de someterme. Los ojos le brillan de satisfacción, como si de verdad pensara que lo ha hecho bien.

—¿Ves? Has llegado hasta aquí de una pieza.

La miro y luego me miro los nudillos, aún blancos mientras me aprieto el muslo.

—Sí —digo con ironía al mismo tiempo que me desabrocho el cinturón de seguridad—. Voy a por una camisa y nos vemos en la tienda para repasar el informe.

Una sombra de decepción le cruza el rostro y la sonrisa le desaparece de los labios.

Luego, a toda prisa, reconduce su expresión.

—¿Querías… subir o qué? —le pregunto con una ceja enarcada.

Se le agrandan los ojos.

—¡Uy! Ah, no. A ver, no quería decir… Solo es que… Tal vez no sea muy apropiado, ¿no?

Cómo disfruto con estas cosas.

—¿Que no sería muy apropiado? —pregunto en tono burlón—. He dormido en tu casa. Lo inapropiado ya no nos afecta.

Gime y se tapa la cara.

—Por Dios, Callahan.

Me río por lo bajo, levanto la vista y veo un hueco libre.

—Ahí. —Señalo con la cabeza—. Aparca en ese sitio.

Tensa los dedos sobre el volante.

Y entonces me doy cuenta.

Uf, no.

No sabe aparcar en paralelo.

Se acerca y observa el hueco con inquietud.

—Estás entrando en pánico —le digo.

—No, estoy elaborando una estrategia.

Me doy cuenta de que empieza a dar marcha atrás en el peor ángulo posible. El coche se dirige hacia el bordillo en una trayectoria que no tiene ningún sentido matemático.

—Gira el volante —le digo.

No hace nada.

—Más. Hacia el otro lado.

Sigue sin hacer nada.

—Vale, para. Ve hacia delante.

Va hacia atrás.

—Madre mía.

Al final, con mi ayuda, consigue meter el coche en el hueco, aunque le supone un esfuerzo enorme y aguantar que el tipo que espera detrás de nosotros le pite con agresividad.

Se ríe cuando tira del freno de mano.

—Vale, tienes razón, se me da fatal conducir.

—Eres un peligro —le digo.

—Soy la última de cuatro hermanos, mis padres estaban demasiado cansados para enseñarme a conducir. Se limitaron a darme las llaves y rezar.

Niego con la cabeza; me alivia que al menos sea consciente de ello. El coche al fin se detiene, pero el motor continúa emitiendo ruiditos mientras se enfría.

—Si quieres, podemos ir a practicar a las fueras algún día —propongo.

—¿Una clase de conducir contigo? Uf, suena a entrenamiento militar. ¿Tengo que llamarte señor?

Una imagen muy inapropiada me inunda la cabeza.

Me aclaro la garganta.

—Vamos.

Cuando estiro la mano hacia la manija de la puerta, Izzy da un respingo repentino, como si acabara de acordarse de algo.

—¡Espera! Antes de que te vayas…

Se vuelve en el asiento, se inclina hacia la guantera y la abre con torpeza. Rebusca en su interior, apartando papeles, recibos y lo que parecen varios paquetitos de kétchup que crujen mientras hurga entre ellos.

—¿Dónde está, dónde está…? —murmura con el ceño fruncido en señal de concentración.

—¿Qué estás buscando? —pregunto al ver que se pone cada vez más nerviosa.

—¡Ah! ¡Ya está!

Saca una especie de colgante azul y lo sujeta con aire triunfal en la mano. Lo reconozco al instante: es el rosario del que me habló anoche. El rosario de su nonna .

—Me he acordado de lo que te dije —continúa, un poco avergonzada—. Lo de la máquina de la muerte.

Me lo tiende; las cuentas azules reflejan la luz del sol. Están desgastadas por algunos sitios, parece un objeto muy usado y querido. El crucifijo de plata que cuelga al final es pequeño, pero brilla como si lo hubieran pulido con regularidad.

—Izzy… —empiezo, de verdad sorprendido de que recuerde la conversación, y más aún de que quiera acatarla.

—Sé que es una tontería —dice enseguida, y se encoge de hombros, como para quitarle hierro al asunto—. Pero Nonna confía plenamente en él. Está convencida de que es lo que me mantuvo con vida durante mis años de conducción adolescente y, la verdad, puede que incluso fuera un milagro.

Miro los dedos con los que lo sujeta y me fijo en la naturalidad con la que me lo ofrece, como si no me estuviera entregando algo a todas luces precioso.

—No puedo aceptarlo —digo, y niego con la cabeza.

Ella lo empuja hacia mí con más insistencia.

—Claro que sí. Toma.

Miro de reojo el salpicadero contra el que he estado a punto de estamparme por culpa suya hace unos minutos y vuelvo a mirarla a ella.

—Después de haber sido testigo de primera mano de tu forma de conducir…, creo que necesitas más protección divina que yo.

Ahoga un grito de supuesta indignación.

—¡Mi conducción es… creativa!

—¿Así quieres que la describamos? —me burlo—. Estoy bastante seguro de que «mortífera» es más preciso.

Se ríe, pero sigue tendiéndome el rosario.

—Venga, Cal. Tu moto es mucho más peligrosa que mi forma de conducir.

Arqueo una ceja.

—Soy un profesional formado. Tú conduces como si estuvieras jugando al Grand Theft Auto .

Me da un palmotazo en el brazo con la mano libre.

—¡No es verdad!

—Sí que lo es. Te has llevado el bordillo por delante al tomar la última curva.

—¡Estaba ahí en medio!

No puedo evitar echarme a reír e Izzy hace lo mismo, con el rosario aún en la mano. Al cabo de unos instantes, lo agarro, pero, en lugar de quitárselo, le cierro los dedos con suavidad alrededor. Siento la calidez de su piel bajo la mía.

—Quédatelo —le digo en un tono más suave pero firme—. Yo me arriesgaré en la «máquina de la muerte». Tú, en cambio, necesitas toda la ayuda posible.

Me lanza una mirada llena de enfado fingido, pero vuelve a guardar el rosario con delicadeza en la guantera.

—Vale. Pero, si mueres en un espectacular accidente de moto, en tu funeral le contaré a todo el mundo que intenté salvarte.

—Y mi fantasma te perseguirá por ello —prometo.

Nos encaminamos hacia el vestíbulo del edificio y empiezo a atraer miradas de inmediato.

La mitad de la gente o me estudia sin ningún tipo de disimulo, o me lanza vistazos rápidos e incómodos antes de fingir que ni me ha visto. Una mujer con un cochecito está a punto de chocarse contra una maceta por quedarse mirándome con la boca abierta.

Lo cual es comprensible.

Es marzo, estamos en Nueva York y yo voy caminando por la calle con el torso al aire, como si estuviéramos en plena ola de calor.

Izzy, por supuesto, se da cuenta.

Se muerde el labio y un brillo de diversión le destella en los ojos.

—Hay que reconocer que te has metido de lleno en el papel.

Le guiño un ojo.

—Te dije que no me pasaría nada.

Me lanza una mirada, divertida a su pesar. Entramos en el ascensor y las puertas se cierran detrás de nosotros con un tintineo suave.

Y, de repente, no hay nadie más.

Estamos solos.

Se recuesta contra la barandilla, se pone a mirar el móvil con aire distraído y me sorprendo examinándola centímetro a centímetro.

La garganta, desnuda y delicada.

Los labios, todavía un poco rosados, porque no para de mordérselos.

Cambio ligeramente de postura y flexiono los dedos. Poso la mano en la barandilla metálica, fría.

Porque, joder, qué ganas de tocar a esta mujer.

Me imagino acorralándola contra la esquina, agarrándola por las caderas, echándole la cabeza hacia atrás.

Me imagino inmovilizándola contra la pared fría del ascensor, la brusquedad con la que inhalaría mientras le deslizo los labios por un lado del cuello.

Me imagino recorriéndole las curvas con las manos, mostrándole lo perfectamente que encaja conmigo, lo mucho que deseo hasta el último centímetro de su ser.

Exhalo despacio.

«No es el momento, Callahan».

El ascensor vuelve a tintinear y salimos. El pasillo, silencioso y desierto, se extiende ante nosotros.

Abro la puerta de mi apartamento y le hago un gesto para que entre delante de mí.

Y, ahora, Izzy Russo está en mi casa.

Y eso…

Eso es un problema.

Mira alrededor como si intentara asimilarlo todo a la vez. Es sencillo. Mobiliario minimalista. Un sofá básico, una única estantería, una mesa de cocina que no uso nunca.

Las apariencias me dan igual. Mi apartamento es funcional. Es lo único que importa. Aun así, me fijo en que se queda parada en el centro de la habitación.

—Es muy acogedor —dice.

Ahogo una risa burlona mientras cojo una camiseta limpia del armario. La tela se me desliza sobre la piel y por fin crea una barrera entre el frío que he fingido no sentir y yo.

Entonces se da la vuelta y ve la cama individual contra la pared del fondo. Frunce el ceño.

—¿De verdad… cabes ahí dentro?

Miro ese mueble en el que apenas entro entero.

Sonrío.

—La verdad es que no, pero no he sido capaz de dormir en una cama que no parezca un catre del ejército desde que lo dejé.

Asiente, pero se queda callada. Como si no supiera qué contestar a eso. Como si estuviera pensando demasiado en ello. Y no me gusta la tensión que eso me provoca en el pecho.

—Vamos —digo al mismo tiempo que cojo las llaves, que noto frías en la palma—. Podemos ir andando a la tienda y recoger tu coche a la vuelta.

Se encoge de hombros.

—¿Por qué no repasamos el informe aquí?

Me detengo.

Sí, pienso inmediatamente.

¿Tenerla en mi apartamento?

Sí.

¿Impregnando mis muebles con su aroma y llenando mi espacio con su voz?

Sí.

Pero, al mismo tiempo, no.

Porque estar a solas con ella aquí dentro el tiempo que sea me va a dar ganas de hacer cosas que no debería hacer.

Me mira mientras espera mi respuesta. Tiene los ojos expectantes, curiosos.

Me obligo a encogerme de hombros para aparentar indiferencia.

—Sí —digo con la voz tranquila—. Perfecto. Podemos revisarlo aquí.

Asiente con la cabeza, se acerca a mi cama…

Y se sienta.

Joder.

Está justo ahí.

En mi cama.

En mi espacio.

Trago con dificultad.

Esto va a ser un verdadero problema.