21. Casi me mato aparcando en paralelo, pero moriría por ella
CASI ME MATO APARCANDO EN PARALELO, PERO MORIRÍA POR ELLA
Cal
Izzy se mete el pelo detrás de la oreja y me quedo paralizado.
Es un gesto minúsculo, algo que la gente hace sin darse cuenta, pero detona un recuerdo en mi cabeza.
Yo haciendo justo eso mismo anoche.
Echándole el pelo hacia atrás, sintiendo la calidez de su piel, arropándola como si fuera mía y pudiera cuidarla.
Como si ya me perteneciera.
Y lo peor ni siquiera fue eso. Lo peor fue lo que pasó después, cuando se durmió.
Cuando me quedé solo, duro como una puta piedra, deseándola con todas mis fuerzas. Sabiendo que estaba justo al otro lado de esa pared. Sabiendo lo que había hecho.
Lo que yo la había hecho hacer.
Me he pasado toda la noche en su sofá comiendo techo, atento a cada movimiento de sus sábanas, a cada ruidito, a cada exhalación.
Torturado.
Sabiendo que acababa de correrse por mí, con mis palabras, con el cuerpo tembloroso y unos gemidos que eran puro pecado.
Sabiendo que estaba desnuda bajo las mantas, con la piel aún sonrojada, aún sensible tras el clímax.
Tuve que machacarme la polla en la oscuridad, apretando los dientes, tragándome mis propios gemidos, solo para poder superar la noche.
Y ahora…
Ahora está aquí plantada, con la cara limpia y fresca y los labios rosados, mirándome como si el loco fuera yo.
Y lo único que quiero es volver a apartarle el pelo. Deslizarle los dedos por la mejilla. Levantarle el mentón, obligarla a mirarme como quiero que me mire. Me saco ese pensamiento de la cabeza antes de que arraigue demasiado.
—No pensarás salir así, ¿verdad? —me pregunta mientras me mira como si hubiera perdido el juicio.
—¿Así cómo?
—Con el torso al aire. —Me señala con una mano—. Estamos en marzo. En New Jersey.
Me río entre dientes y hago un gesto de negación.
—No pasa nada.
Resopla, un bufido suave y exasperado.
—Deja que al menos te busque algo. Tengo sudaderas y camisetas para que salgas del paso.
Enarco una ceja, divertido.
—Izzy, no creo que tengamos la misma talla.
Les resta importancia a mis palabras con un gesto burlón.
—Ya lo sé, pero quizá tenga alguna prenda ancha. —Y luego, casi de manera instintiva, murmura—: A ver, soy grande de por sí, así que…
Frunzo el ceño.
—Para.
Se queda quieta y me mira sin entender.
—¿El qué?
—Eso. —Ladeo la cabeza—. Dices demasiadas cosas de ese tipo.
Cambia de postura, incómoda; está claro que la he pillado desprevenida.
—No… no quería decir…
—Me da igual lo que quisieras decir —la interrumpo—. Deja de hacerte eso a ti misma y punto.
Abre un poco los labios, como si quisiera decir algo, pero, al final, cierra la boca y se mete a toda prisa en su dormitorio. La puerta se cierra con suavidad detrás de ella.
Exhalo y me paso una mano por el cabello. Izzy no se ve a sí misma como debería. Y eso me cabrea más de lo que debería.
Un minuto después vuelve a salir con una camiseta negra en la mano. La tela parece desgastada por el uso, pero ya veo, incluso desde aquí, que me va a quedar pequeña.
—Eh… —dice con aire vacilante—. Supongo que no querrás ponértela cuando te lo diga, pero… es de Evan. ¿Crees que te quedará bien?
La miro de hito en hito durante al menos dos segundos antes de romper a reír.
A reír de verdad.
Izzy resopla y me fulmina con la mirada.
—¿Qué?
Niego con la cabeza.
—Que es obvio que no tengo la misma talla que ese tío.
Se cruza de brazos.
—Hace ejercicio.
Le lanzo una mirada asesina.
Ella suspira y dice:
—Vale, muy bien. ¿Qué diferencia hay?
Me apoyo en la encimera. La piedra fría me presiona la parte baja de la espalda.
—Los hombres como él levantan pesas para verse los brazos grandes en el espejo. Los hombres como yo levantamos pesas para poder cargar con un hombre adulto sobre los hombros mientras corremos cuesta arriba bajo fuego enemigo.
Parpadea, a todas luces sorprendida.
Luego se ríe con desdén.
—Sí, venga, supersoldado. Seguro que eres capaz de… ir por ahí cargado con una persona, por supuesto.
Ladeo la cabeza y la observo con atención. Me doy cuenta de que duda de verdad, y pienso solucionarlo.
—¿Evan te ha cogido alguna vez?
Se queda parada con el termo de café delante de la boca.
—¿Qué?
Arqueo una ceja.
—Ya me has oído.
Se ríe y niega con la cabeza.
—No, obviamente no.
—¿Por qué no?
Se encoge de hombros y una sombra le cruza el rostro.
—Porque soy demasiado grande.
Frunzo el ceño, cabreado al instante. Es la segunda vez en cinco minutos que se refiere a sí misma como «grande», considerándolo algún tipo de defecto.
—Que no.
Resopla y pone cara de hartura.
—Sí, Cal. Peso demasiado.
La miro de hito en hito.
—No, no pesas demasiado.
—Sí —insiste, y percibo un ligero cambio en su voz, como si estuviera repitiendo algo que ha oído muchas veces—. Evan dice…
Siento una punzada de pura ira.
—Ah, bueno, si lo dice Evan, debe de ser cierto —digo con voz monótona.
Vacila; con un gesto inconsciente, se lleva los dedos al costado, donde se le pega la camiseta.
—Es que… he cogido mucho peso últimamente, ¿vale? Casi quince kilos en los tres últimos años. Peso más de lo que aparento.
Noto que, dentro de mí, algo dice basta.
Se acabó.
Sin darle tiempo a decir una sola palabra más, me acerco a ella, me agacho y la agarro por esos muslos tan bonitos y jugosos que tiene.
Chilla y el ruido retumba en la diminuta cocina.
Y entonces me la echo al hombro sin tener que hacer ningún tipo de esfuerzo.
Ahora grita con todas sus ganas.
—¡CALLAHAN!
Saboreo la sensación de tenerla entre los brazos. Es todo calor y carne mullida, sus muslos ceden con facilidad a la presión de mis dedos. Las curvas que al gilipollas del mundo financiero le resultan tan problemáticas… son perfectas para mis manos.
No para de retorcerse y me la está poniendo dura.
La sujeto con más fuerza cuando empieza a sacudir los pies; se ríe, pero también está muerta de miedo. Me pone las manos en la espalda, estirando los dedos sobre los músculos.
—¡Bájame! —grita.
—No hasta que admitas que no pesas demasiado —digo, y la agarro mejor sin dejar de disfrutar de su tacto en los brazos, de cómo se amolda a mí. Del hecho de que me llene las manos con las caderas, de la suavidad de sus muslos sobre mi hombro. Dios, es perfecta.
—¡Callahan! —protesta, y patalea de nuevo—. ¡Bájame, psicópata!
—Admítelo.
—No peso… ¡Esto es ridículo!
—Puedo tenerte así todo el día —le digo, sonriendo junto a su cadera—. De hecho, si no lo reconoces pronto, a lo mejor empiezo a hacer sentadillas.
Resopla.
—Ni de coña.
Hago una, con su peso presionándome los hombros, y me levanto al instante. Tiene un cuerpo macizo en el mejor sentido posible, todo curvas suaves y calidez, pero ni de lejos tan pesado como ella cree.
—¡POR DIOS, CALLAHAN! —chilla.
Hago otra sentadilla.
Y otra.
Y otra.
Me agarra la espalda, se aferra a mí como si le fuera la vida en ello, me clava las uñas. El ligero escozor no hace más que aumentar la satisfacción.
—¡PARA! —grita, ahora riéndose.
—No hasta que lo digas.
—¡No puedo respirar!
Dejo escapar una risita y la levanto sin esfuerzo una vez más.
—No es mi problema.
Suelta un gruñido teatral.
—Te odio.
—Reconócelo, Russo.
Se retuerce, se sacude, hace un último y patético intento por resistirse…
Y entonces, por fin, ¡por fin!, gime en tono de derrota:
—¡VALE! ¡No peso tanto! ¡Me has levantado con facilidad!
Sonrío como un puñetero idiota.
—¿Lo ves? —digo mientras la bajo despacio sin dejar de rozarnos hasta el último momento. Me aseguro de sentir cada centímetro de su cuerpo pegado al mío antes de soltarla en el suelo—. No ha sido tan difícil, ¿verdad?
Aterriza con firmeza, jadeando, con la cara sonrojada y los ojos abiertos como platos. El pecho se le agita con cada respiración y tiene el pelo algo despeinado a causa del mal trago.
Imagino que hará algún comentario ingenioso.
Sin embargo, se limita a mirarme con los labios entreabiertos.
Y me doy cuenta… de que acabo de romperle los esquemas.
Bien.
Me da un empujón en el pecho.
—Eres un plasta.
La veo luchar por recuperar la compostura. Sigue teniendo las mejillas sonrosadas, la mirada algo aturdida.
—No pesas demasiado —repito, esta vez con más suavidad—. Y, desde luego, no eres demasiado grande. Para mí no.
Se muerde el labio.
Y sé que acabo de desconcertarla de un modo que no se esperaba. Tres años con un hombre que no para de decirle que es demasiado grande, demasiado pesada, y llego yo y la levanto como si fuera una pluma, como si su cuerpo fuera justo lo que quiero. Porque lo es.
Abre la boca.
Y la cierra de golpe.
Y, por supuesto, me doy cuenta de que baja la mirada, solo un segundo, antes de refrenarse.
—Bueno… —dice tras carraspear—, te cae mal de verdad, ¿eh?
—No es que me caiga mal —digo mientras la observo con atención.
Arquea una ceja.
—¿En serio?
Niego con la cabeza.
—No tiene que ver con él. Tiene que ver con lo que te hace a ti.
Eso la pilla por sorpresa.
Me mira con una expresión esforzadamente serena, pero me veo venir la pregunta incluso antes de que hable.
—Pero ¿por qué? ¿Qué te importa a ti eso?
Me importa porque tú me perteneces.
Porque nadie trata así a mi mujer.
Porque, si fueras mía, jamás dudarías de tu valía ni tan siquiera un segundo.
Porque veo cómo te estremeces cuando alguien hace algún comentario sobre tu cuerpo, cómo dudas antes de llevarte la comida a la boca, cómo intentas hacerte más pequeña cuando deberías ocupar todo el espacio que te dé la gana.
Me trago las palabras.
Estoy forzando demasiado las cosas, voy demasiado rápido.
Así que me limito a encogerme de hombros y digo:
—Te mereces algo mejor. Nada más.
Le noto la decepción en la mirada y me guardo la señal para reflexionar sobre ella más tarde.
—¿De verdad no vas a ponerte una camiseta? —pregunta con los ojos entornados.
—He pasado por cosas peores.
Gruñe.
—Es que no se puede ir más de tipo duro por la vida.
Me río entre dientes y me alejo de la encimera.
—No. Voy de hombre. Vámonos.