20. Mi vibrador, sus abdominales y mi vergüenza #2
Entonces se echa hacia delante, apoya los antebrazos en la mesa y… Me cago en la leche. Tendría que estar pensando en sus palabras, en las implicaciones de lo que me está preguntando. En cambio, el cerebro me cortocircuita, porque tengo sus tatuajes a plena vista.
Varias bandas de tinta gruesas le serpentean por los brazos, fuertes y venosos, diseños de color negro y gris grabados en la piel, intensos e intrincados.
Nunca los había visto tan de cerca. No había contemplado cómo le envuelven los músculos y cambian con cada movimiento sutil.
Uno de los dibujos parece una brújula; otro, una especie de insignia militar.
Son detalles que no había distinguido desde la distancia.
Trago con dificultad.
—¿Tú qué crees? —repite en tono divertido.
Creo que estoy metida en un buen lío.
Vuelvo a tragar. De nuevo con dificultad.
—No lo sé.
Vuelve la sonrisa burlona.
—¿No te acuerdas?
Gimo y me tapo la cara con las dos manos.
—Cuéntamelo de una vez.
Se ríe como si fuera lo más divertido del mundo; está claro que está disfrutando de mi humillación.
—A ver… Me dijiste que olía a mantillo.
Dejo caer las manos.
—¿Que hice qué?
—Y te desnudaste delante de mí.
Me atraganto con el aire.
—¿Qué?
—Bueno, solo un poco —dice.
Es imposible no notar que se lo está pasando en grande.
Lo miro horrorizada, con la cara ardiendo de vergüenza.
Al fin cede y niega con la cabeza.
—Tranquila, Russo. No pasó nada. Llegaste a casa, te metiste en la cama y te quedaste dormida casi al instante.
Exhalo y me aprieto el pecho con una mano.
—Por Dios. No hagas eso.
—Me lo pones a huevo.
Lo miro con los ojos entornados. Cuando la tensión me desaparece de los hombros, solo me queda el latido sordo de la resaca.
—En ese caso…, ¿cómo es que te has quedado? —pregunto.
Bebo otro sorbo de café. El líquido intenso me calienta por dentro y contribuye a despejar parte de la niebla que me embota el cerebro.
Callahan se encoge de hombros, como si no fuera nada.
—No quería dejarte sola, por si vomitabas.
Me siento culpable al instante.
—Lo siento mucho. No tenías por qué hacerlo.
Ladea ligeramente la cabeza sin dejar de mirarme.
—No hace falta que te disculpes.
—Pero…
—La decisión la tomé yo —me interrumpe—. No habría hecho nada de lo que hice si no hubiera querido.
Lo miro de hito en hito mientras asimilo lo que acaba de decir.
Lo dice con tal naturalidad y firmeza que el pecho se me tensa de un modo que no acabo de entender. Su seguridad tiene algo que me intimida y que, al mismo tiempo, me resulta increíblemente atractivo.
Carraspeo; necesito cambiar de tema.
—¿Cómo te las apañaste para traerme a casa? —le pregunto antes de dejar el café sobre la mesa. La taza golpea la superficie de madera con suavidad—. Supongo que no fui capaz de darte muchas indicaciones.
—No. Estabas un poco ocupada murmurando que te apetecían unos tacos.
Gruño.
—Mátame.
—Bah —dice—. No me costó solucionarlo. Busqué tu dirección en el directorio de la empresa.
—Ah… Muy inteligente.
Se limita a encogerse de hombros. Nos sumimos en un silencio agradable y continuamos comiendo. Tengo que reconocer que el desayuno está delicioso: los huevos están muy bien cocinados; el beicon, crujiente pero no quemado; las tostadas, doradas y untadas con una fina capa de mantequilla.
—Esto está riquísimo —digo al mismo tiempo que señalo mi plato—. ¿Dónde aprendiste a cocinar así?
Levanta un solo hombro.
—Cuando pasas solo mucho tiempo, aprendes un par de cosas.
Me detengo con el tenedor en el aire. Lo ha dicho de una forma que me lleva a preguntarme cuánto tiempo hace que está solo. La naturalidad de su tono no oculta del todo el atisbo de soledad subyacente. Me como otro bocado, mastico despacio y, luego, dejo el tenedor en el plato.
—Creo que no te he dado las gracias como es debido por lo de ayer —digo en voz baja—. Por todo lo que pasó con Evan.
Callahan empieza a negar con la cabeza al instante.
—No tienes que darme las gracias por comportarme como un ser humano decente contigo.
Aprieto los labios y jugueteo con la servilleta.
—No sé… Yo siento que sí debo agradecértelo.
Me mira a los ojos con intensidad.
—Bueno, trabajaremos en ello.
Se me escapa un resoplido que es una risa a medias y cojo el café.
—Acabas de parecerte a Evan.
El ambiente cambia al instante.
Su expresión de guasa desaparece.
Los ojos se le oscurecen y su actitud se transforma por completo.
—No me parezco en nada a ese cabronazo —dice con una voz peligrosamente grave.
Me quedo paralizada con la taza a medio camino de los labios y, de repente, me doy cuenta de mi error.
Cal se echa un poco hacia delante.
—Él quiere «trabajar en ti» para hacerte pedazos, Izzy. Yo quiero levantarte, reforzarte. —Ladea la cabeza—. Son cosas muy distintas.
Siento que se me forma un nudo en la garganta, que me invade una emoción inesperada.
No sé qué decir.
Ni siquiera sé qué siento.
Porque tiene razón.
Callahan es todo lo que Evan no es.
Es todo lo que siempre he querido, y ni siquiera estoy segura de haberme dado cuenta hasta ahora. La idea me llega con una claridad sorprendente a través de la neblina persistente de la resaca.
Oigo que mi móvil pita al encenderse de nuevo.
Aprovecho la distracción sin perder ni un segundo, agradecida por la excusa.
—Tengo que echarles un vistazo a mis mensajes —digo, ya de pie—. Puede que Amanda esté preocupada.
Tengo que contenerme para no echar a correr hacia mi dormitorio y, cuando llego, cierro la puerta a mi espalda, como si así pudiera aislar físicamente mi humillación.
Tengo la sensación de que el clic del pestillo es la única barrera que se interpone entre mi persona y una verdad a la que no estoy preparada para enfrentarme.
Desenchufo el teléfono y la pantalla comienza a iluminarse con un montón de mensajes.
AMANDA (00:37)
Estás viva?
AMANDA (00:59)
Zorra, contéstame
AMANDA (1:22)
Si no me respondes, voy a dar por hecho que Callahan te ha asesinado con esos brazos tan ridículamente perfectos y ha escondido el cadáver
AMANDA (2:00)
Juro por Dios que, si me despierto y tengo que enterarme de lo que te ha pasado en las noticias…
Pongo los ojos en blanco y le envío una respuesta rápida golpeteando la pantalla a toda velocidad con los pulgares.
Estoy viva. Solo tengo una resaca de narices
La respuesta de Amanda es instantánea y el móvil me vibra en la mano.
GRACIAS A DIOS. Pensaba que iba a tener que identificarte en una morgue
Sonrío y niego con la cabeza.
Pero, antes de responder, aparece otra notificación en la pantalla.
Un mensaje nuevo.
De Caleb.
Me quedo mirándolo un segundo de más y, a continuación, pulso sobre él con el corazón un poquito acelerado.
CALEB
Buenos días, preciosa
Has dormido bien?
Desayuna. Y, antes de que se te ocurra siquiera pensarlo, café ≠ desayuno
Dudo.
Y luego, con el corazón desbocado y el miedo trepándome por la columna vertebral, me desplazo hacia arriba por la conversación.
Y veo todo lo que hice anoche.
Ay. Ay, no.
Tengo los mensajes justo delante.
Prácticamente le supliqué que me dijera cómo tocarme.
Le dije entre gemidos que quería tenerlo dentro de mí.
Perdí la puñetera cabeza de una forma a todas luces demasiado reveladora.
Gruño y apoyo la frente en las rodillas. La vergüenza es física, una ola de calor que me recorre de pies a cabeza.
Y entonces veo lo peor.
En medio de todo ese caos, en uno de mis momentos de mayor embriaguez, lo llamé «Cal».
El pánico se apodera de mí.
Porque la cercanía que desprende me incomoda.
Se parece demasiado al hombre real, muy real, que está justo al otro lado de la puerta de mi dormitorio recogiendo los cacharros del desayuno que me ha preparado. Al hombre que me vio borracha, vulnerable y medio desnuda, y, aun así, me trató con más respeto que mi propio novio.
Oír su voz a través de la puerta evita que me hunda más en esa espiral de pensamientos.
—¿Va todo bien ahí dentro?
Doy un pequeño respingo y el móvil se me resbala de las manos; casi tengo que cazarlo en el aire para guardármelo en el bolsillo. La tela de los pantalones del chándal atenúa el sonido de la notificación cuando me llega otro mensaje.
—¡Sí! —respondo, y luego me aclaro la garganta—. Perdona, solo estaba tranquilizando a Amanda.
Me obligo a respirar, a calmarme de una puñetera vez, y salgo de mi habitación.
Cuando llego a la cocina, Callahan ya está aclarando los platos del desayuno y metiéndolos en el lavavajillas, como si hubiera estado aquí cientos de veces.
Como si este fuera su hogar.
Me quedo allí plantada mirándolo e intentando entender por qué me remueve entera por dentro. Él me devuelve la mirada y me da la sensación de que el suelo se tambalea un poco. Y entonces me tiende algo.
Un termo.
—¿Me has preparado café para llevar?
Se encoge de hombros.
—Me ha parecido que podrías necesitarlo.
Lo cojo y sonrío sin poder controlarme.
—Estás muy… preparado —le digo.
Asiente.
—Siempre.
Niego con la cabeza y doy un sorbo, agradecida por la distracción. El café está perfecto: lleva la cantidad justa de leche y azúcar.
—¿Te importaría llevarme a la tienda? —pregunta tras un silencio, observándome con gran atención.
Arqueo una ceja.
—¿No prefieres irte a casa?
Se encoge de hombros.
—Tienes razón. Podemos pasar primero por mi casa para que coja una camisa. —Luego, con una mirada divertida, añade—: Y así por fin podremos mantener esa reunión de seguridad que no paras de posponer.
Gruño de forma exagerada.
—No me vas a pasar ni una, ¿verdad?
—No.
Niego con la cabeza y me echo a reír. La carcajada me sienta bien después de la tensión de la mañana.
—Vale —digo mientras me meto el pelo detrás de la oreja—. Supongo que te lo debo.
Me mira como si supiera algo que yo ignoro.
Y lo peor de todo…
Es que creo que de verdad sabe algo que yo ignoro.