Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 20. Mi vibrador, sus abdominales y mi vergüenza
40%

20. Mi vibrador, sus abdominales y mi vergüenza

MI VIbrADOR, SUS ABDOMINALES Y MI VERGÜENZA

Izzy

Me despierto despacio y dolorida.

Lo primero que noto son las punzadas detrás de los ojos, un pulso persistente que parece coincidir con los latidos de mi corazón.

Lo segundo es lo seca que tengo la boca, como si me hubiera pasado la noche haciendo gárgaras con arena.

Lo tercero es que estoy muy muy desnuda y que las sábanas frías me rozan la piel cuando me muevo.

Oh.

Miro al techo y parpadeo mientras trato de orientarme, pero todo me resulta confuso, como si tuviera el cerebro en pausa. Al darme la vuelta, las extremidades me protestan y gimo, y, justo entonces, veo las pruebas de mis malas decisiones esparcidas alrededor.

1. Mis bragas han desaparecido; deben de andar perdidas entre la maraña de sábanas.

2. Mi vibrador está a los pies de la cama, debajo del edredón.

3. Tengo el móvil al lado de la cabeza, sin batería; la pantalla negra no refleja nada.

Ay, Dios.

¿Qué pasó anoche?

Cierro los ojos con fuerza e intento obligarme a sacar algún recuerdo, el que sea, a la superficie.

Los destellos llegan en fragmentos, inconexos y borrosos.

El sabor de la sal y el tequila. El estruendo de la música.

La risa de Amanda, animada y desenfrenada.

Mi propia voz, más alta que de costumbre.

Mis dedos escribiéndole mensajes a Caleb…

Me incorporo de golpe. El movimiento repentino me despierta un dolor punzante en las sienes.

Uf, mierda.

Agarro el teléfono. La pantalla permanece obstinadamente negra cuando pulso el botón de encendido.

Me levanto de la cama tambaleándome, todavía desnuda, con resaca, y cojo el cargador para enchufarlo. La luz roja comienza a parpadear con aire acusador. Mientras espero a que mi pobre e incauto teléfono resucite, me pongo la bata de satén que tengo en el baño y me dirijo a la cocina.

Me detengo en seco.

Porque hay un hombre enorme en mi cocina.

Durante una milésima de segundo me invade el pánico, se me sube el corazón a la garganta. ¿Un intruso? ¿Un asesino? ¿Un secuestrador? Mi cerebro resacoso repasa las posibles amenazas y, a pesar de mi estado de confusión, se me activa el instinto de lucha o huida.

Pero entonces se me aclara la cabeza nublada por el sueño y me doy cuenta de quién es en realidad.

No es un hombre gigante cualquiera.

Es Callahan.

Y Callahan no lleva camisa.

Oh. ¡Oh!

No me muevo.

Me quedo mirándolo sin más, paralizada junto a la puerta.

Está de espaldas a mí y… hostia puta. La luz del sol matutino que entra a raudales por la ventana de la cocina lo ilumina como si fuera una especie de pintura renacentista llena de tinta.

Sabía que tenía los brazos tatuados, pero resulta que no son solo los brazos.

Los tatuajes le trepan por encima de los omóplatos y le cruzan toda la espalda.

Hay muchos diseños en negro y gris, intrincados y extensos, pero desde aquí no alcanzo a distinguir bien qué representan.

Los dibujos cambian cuando se mueve y los músculos ondulan bajo la piel cargada de tinta.

Lo único que sé es que me pone.

Y que estoy metida en un lío.

Porque no sé qué pasó anoche.

¿Qué hace en mi casa?

¿Qué hace en mi cocina, medio desnudo, preparando comida?

Y entonces me asalta un pensamiento aterrador.

¿Nos acostamos juntos?

¿Por eso no encontraba las bragas?

¿Por eso él va sin camiseta?

¿Qué cojones he hecho?

No me da tiempo a seguir dándole vueltas al asunto porque me distraigo con otra cosa.

Con algo que me desorienta aún más.

El olor a café.

Y a comida. A comida muy muy rica. Un aroma intenso a beicon y huevos impregna el apartamento y el estómago me traiciona con un rugido pese a la resaca.

Justo cuando empiezo a debatirme mentalmente entre huir o exigir respuestas, Callahan se da la vuelta.

Y estoy a punto de tropezarme con mis propios pies.

Porque, si pensaba que lo de la espalda de Cal era chungo, lo de su torso es una puta zona de guerra.

Más tatuajes, más líneas marcadas, más músculos de los que deberían estar permitidos por ley.

La tinta se extiende por el pecho y baja por los brazos formando intrincados patrones que atraen mi mirada hacia todos y cada uno de los músculos, definidos a la perfección.

Una estela de vello oscuro le recorre los abdominales hasta desaparecer a la altura de la cadera, bajo la cinturilla de los vaqueros.

Y tiene una taza de café en la mano.

Para mí.

Se me olvida respirar.

Y es entonces cuando caigo en la cuenta de otra cosa aterradora y una nueva oleada de calor me sube a la cara.

Estoy casi desnuda.

La bata que me he puesto…

Ni siquiera me la he atado.

Está ahí colgando, abierta por completo, porque siempre pierdo los puñeteros cordones.

¿Por qué? ¿Por qué no los cosen a la propia bata?

La tela sedosa se abre y deja al descubierto demasiado.

Además, tengo pelos de recién salida de la cama, resaca y estoy cero preparada para enfrentarme a un momento así.

Callahan baja la mirada solo un instante antes de apartarla. Emito un sonido ahogado, me sujeto la bata con una mano y me doy la vuelta.

—¡Perdón! —digo casi a gritos mientras vuelvo a mi dormitorio.

Cierro la puerta con brusquedad y me apoyo en ella con el pulso acelerado.

«¿Qué está pasando?».

Me obligo a respirar, cuento hasta cinco y luego me acerco dando tumbos a la cómoda. Cojo unas cuantas prendas de verdad, me pongo un chándal y, lo más importante de todo, unas bragas.

Porque, por lo que se ve, necesito contener cierta humedad.

Me armo de valor y vuelvo a la cocina. Aunque ahora estoy más vestida, sigo sin sentirme emocionalmente preparada para esto. Las tablas desgastadas del suelo protestan bajo mi peso y anuncian mi regreso.

Callahan levanta la mirada hacia mí cuando entro.

—No quería asustarte —dice, y su voz grave retumba en el aire tranquilo de la mañana.

Sacudo la mano para quitarle hierro al asunto, todavía aturullada.

—Eh, no pasa nada. Me resulta de lo más normal despertarme y que haya un hombre medio desnudo en mi cocina. —Las palabras me salen en un tono más agudo del que pretendía y delatan mi nerviosismo.

Las comisuras de la boca se le curvan un poco hacia arriba, como si estuviera intentando reprimir una carcajada.

—Supongo que tu definición de «normal» y la mía son muy distintas.

Amusgo los ojos, pero él me pasa la taza sin inmutarse. Noto el calor del café en las manos y su intenso aroma flota hasta mí para tentarme.

Farfullo «Gracias» antes de beber un sorbo.

Nos sentamos a la mesa y hay unos platos con un desayuno de verdad delante de nosotros. Huevos, beicon, tostadas. Huele de maravilla. El vapor se eleva de la comida, cocinada a la perfección, y se me hace la boca agua.

Miro a Cal.

—Esto, eh… ¿Qué pasó anoche?

Se recuesta contra el respaldo de la silla y bebe un sorbo de café.

—Te pillaste un pedo. Amanda me obligó a sentarme a tu lado en el banco. Estuviste a punto de perder el conocimiento en el restaurante. Te traje a casa.

Me quedo de piedra.

—¿Me trajiste a casa?

Asiente y vuelve a beber, como si lo que acaba de decir no tuviera importancia.

—Ni de coña iba a dejar que te montaras en el coche de un desconocido.

Dejo la taza en la mesa con demasiada fuerza y derramo un poco de café por el borde.

—Espera. ¿Intenté meterme en el coche de un desconocido?

Se le crispan los labios, como si estuviera conteniendo la risa.

—No, me refería a un taxi.

Exhalo con aire dramático y me llevo una mano al pecho.

—Por Dios, Callahan, la próxima vez acláralo antes. Pensaba que te referías a que estuvieron a punto de secuestrarme.

Toma otro sorbo de café y el fantasma de una sonrisa le asoma a los labios.

—No mientras yo esté al acecho.

Pongo los ojos en blanco, pero algo cálido y ridículo se me esparce por el pecho.

Cal no tenía por qué hacer nada de todo esto. Podría haberme metido en un taxi, haberse lavado las manos y haber dejado que me las apañara yo sola con mis malas decisiones.

Pero no lo hizo.

Al contrario, me trajo él mismo a casa.

Se aseguró de que no me pasara nada.

Se quedó en mi apartamento para cuidarme.

Porque él es así.

Protector.

Inquebrantable.

Estable.

Y lo peor de todo…

Es que eso me encanta.

—Ha sido… todo un detalle por tu parte —murmuro mientras recorro el borde de la taza con un dedo—. Siento haberte fastidiado la noche.

Se encoge de hombros.

—No me fastidiaste nada.

Pincho los huevos con el tenedor, víctima de un extraño y repentino ataque de timidez. La yema amarilla se rompe y se extiende por el plato.

—¿Dónde…? ¿Dónde está tu camisa?

—En remojo. Me he manchado mientras cocinaba. No quería que me quedara marca.

Asiento despacio.

—Ah.

—¿Te incomoda? —pregunta con una ceja arqueada y la voz teñida de diversión.

A mi cerebro no le da tiempo a detener a mi boca, así que, como una idiota de tres pares de cojones, suelto:

—Qué va, lo prefiero así.

Silencio.

Parpadeo.

Callahan parpadea.

Entonces me doy una palmada en la frente y dejo escapar un gruñido que retumba en mi pequeña cocina.

—Por favor, no me hagas ni caso.

La situación cada vez le hace más gracia.

—Entendido.

Me lleno la boca de beicon para no volver a hablar jamás. El sabor crujiente y salado me explota en la lengua y me distrae un instante de la vergüenza que siento.

Trago y empujo los huevos de un lado a otro en el plato mientras intento reunir el valor necesario para hacer la pregunta que me ha estado carcomiendo desde que salí de mi habitación y me lo encontré en la cocina, medio desnudo y guapísimo.

—Oye… Eh… —empiezo, y siento que se me enrojece la cara—. Anoche…, ¿pasó algo?

Se queda paralizado con el tenedor a medio camino de la boca y, luego, lo baja despacio. El metal tintinea con suavidad contra el plato en el silencio fulminante.

Me mira un segundo de más.

—¿Tú qué crees? —pregunta en un tono cuidadosamente neutral.