Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 23. Tiene novio también tiene mi boca en la suya
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23. Tiene novio también tiene mi boca en la suya

TIENE NOVIO; TAMBIÉN TIENE MI BOCA EN LA SUYA

Cal

Al principio, Izzy habla con una voz tranquila.

Está intentando que Evan se calme, intentando manejarlo como debe de haber hecho miles de veces.

Y lo odio.

No soporto la forma en la que activa inmediatamente el modo control de daños. Como si los sentimientos de ese tipo importaran más que los de ella. Como si tuviera que dar explicaciones por algo que no debería necesitarlas.

Y entonces lo oigo.

La luz de gas.

Ella me mira.

Me mira a los ojos cuando le dice a Evan que no puede ir a la cita. Me sostiene la mirada mientras lo repite. La determinación le oscurece el marrón chocolate de los iris, las pestañas le revolotean con cada parpadeo.

Y entonces lo dice.

Que no quiere acudir a la cita.

Una satisfacción intensa se me enciende en el pecho. No está evitándola sin más. La está rechazando. Porque no tiene ningún problema de peso. Porque su cuerpo no tiene nada de malo.

Y, cuando Evan resopla, cuando murmura que es incapaz de hablar con ella cuando se pone así y le cuelga, me entran unas ganas de pegar a alguien que no había sentido en toda mi vida.

Izzy se queda mirando el móvil como si todavía estuviera procesando lo que acaba de ocurrir. Con el pulgar algo tembloroso sobre la pantalla.

Y, mientras la observo, siento que una compleja mezcla de emociones me brota en el pecho.

Orgullo.

Satisfacción.

Pero también rabia.

Una furia protectora.

Porque la verdad es que no tendría que haberse visto obligada a decirle nada de eso.

Expulso el aire de los pulmones.

—Ya era hora de que se lo dijeras.

Parpadea, sobresaltada por mis palabras.

Abre la boca como si fuera a protestar, pero luego vuelve a cerrarla.

Porque sabe que tengo razón.

Sigue mirando el teléfono un rato más, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, como si fuera a cambiar de opinión.

Pero no.

Al contrario: exhala despacio y lo deja sobre la mesita de noche. Al golpear la madera, el móvil hace un ruido sordo que retumba en el silencio del apartamento.

La observo mientras espero la inevitable disculpa.

Pero, por una vez, no pide perdón.

No se apresura a dar explicaciones.

No intenta suavizarle el golpe a Evan.

Una satisfacción primitiva me invade lo más profundo de las entrañas, algo que susurra: «Buena chica».

Alejo ese pensamiento y carraspeo. El sonido rompe el silencio.

—Es la primera vez que le has plantado cara, ¿verdad?

Aprieta los labios.

—Sí.

—¿Cómo te sientes?

Ladea la cabeza, como si se lo estuviera planteando de verdad. Las ondas oscuras del pelo le caen sobre el hombro y reflejan la luz ambarina que entra por la ventana.

Después me mira.

—Rara.

—¿Rara en el buen sentido?

Suspira y se mete el pelo detrás de la oreja.

—No lo sé. Quizá.

La forma en la que se pasa los dedos por el cabello me cautiva de una manera que debería ignorar. El movimiento delicado de la muñeca, el ligero arco del cuello.

Pero no la ignoro.

No ignoro el recuerdo de haberla visto con la bata abierta, de la curva de la clavícula que la tela dejaba expuesta.

No ignoro el recuerdo de sus muslos sobre mis hombros cuando la he levantado, tan maleables que se me hace la boca agua.

No ignoro la mirada que me está lanzando ahora, con una expresión cautelosa e incierta, pero, aun así, magnética.

Me echo hacia delante y ladeo la cabeza.

El colchón cruje bajo mi peso cuando me acerco más.

Y entonces, sin poder contenerme, lo digo.

—Te gusta que te cuiden, ¿verdad?

Abre más los ojos, sorprendida. Un rubor se le extiende por las mejillas y se las tiñe de un color rosa pálido. Estiro la mano y le rodeo la muñeca suavemente. Tiro de ella de nuevo hacia la cama, pero apenas tengo que esforzarme. Se deja caer a mi lado sin oponer ningún tipo de resistencia.

—¿Qué?

—Te gusta que te apoyen —digo con la voz tenue pero firme, tan cerca que la siento respirar—. Que te digan que vales más de lo que crees.

Suspira y cambia de posición. La tela de los pantalones del chándal se le estira sobre los muslos.

—Pues…

—Él no te da nada de eso —murmuro.

Traga saliva, pero le cuesta. El movimiento le recorre la garganta.

Se agarra el bajo de la camiseta con fuerza y los nudillos se le ponen blancos sobre la tela de color burdeos.

La observo. Espero a que lo niegue.

A que discuta.

Pero no lo hace.

Se limita a mirarme con la respiración entrecortada, estudiándome los ojos.

Y, de pronto, no sé cómo, estamos más cerca.

No sé quién se mueve primero. No sé si ella se inclina hacia mí o si yo me inclino hacia ella.

Lo único que sé es que ahora su aliento me acaricia los labios, mezclado con un ligero sabor a café, y que su cuerpo irradia un calor tranquilo que me llega hasta lo más hondo.

Y entonces, sin pensarlo, sin sobreanalizarlo…

La beso.

Al principio es delicado.

Apenas el susurro de un beso.

Luego, Izzy me lo devuelve. Tiene los labios suaves, noto un ligero sabor a bálsamo labial de cereza, y, de repente, ya no es delicado.

Me aferra la camiseta de algodón con el puño.

Yo le pongo las manos en la cintura y la acerco más a mí, siento la curva de su cuerpo en las palmas.

Se le escapa un ruidito que amortiguo con la boca, un gemido bajo que me vibra en los labios.

Y, joder, quiero más.

Intensifico el beso echándola un poco hacia atrás.

Me enreda los dedos en el pelo, su cuerpo se derrite contra el mío.

En un instante se aparta a toda prisa. El pecho le sube y le baja, respira de forma irregular, jadea con cada inhalación rápida.

—Dios, lo siento muchísimo —dice mientras se apresura a levantarse.

—No te disculpes —le pido en apenas un susurro al tiempo que trato de asimilar que ya no la tengo en los brazos.

Niega con la cabeza.

—No. Esto es… Esto es muy inapropiado. Tengo novio. Al menos, eso creo. Y me… me estoy aprovechando de lo bien que me estás tratando. Estoy vulnerable y… Mierda.

Empieza a disculparse de nuevo.

Pronuncia las palabras deprisa, sin mirarme. Tiene las mejillas sonrojadas y los labios algo hinchados tras el beso.

Entonces, antes de que pueda detenerla, huye.

Coge las llaves y el metal le tintinea en la mano mientras sale corriendo de mi apartamento y se olvida el termo en la encimera.

Me asomo a la ventana y la veo subir al coche. Intenta sacarlo de la plaza de aparcamiento tres veces, y todos y cada uno de esos intentos van acompañados del chirrido de los neumáticos sobre el asfalto. Cuando por fin lo logra, las luces traseras del Lexus desaparecen entre el caos del tráfico.

En ese momento saco el móvil y busco su señal GPS.

Está volviendo a casa.

Y yo me quedo allí recostado, con los dedos en los labios, pensando en ese puto beso. Todavía noto su sabor.

Pensando en que me lo ha devuelto antes de salir corriendo.

Y sabiendo que la próxima vez…

Puede que no salga corriendo.