Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 18. Ella me dice que soy cómodo y a mí se me pone dura
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18. Ella me dice que soy cómodo y a mí se me pone dura

ELLA ME DICE QUE SOY CÓMODO Y A MÍ SE ME PONE DURA

Cal

Cuando dejo a Izzy a solas con Amanda, sigo sintiéndola.

El calor de su espalda bajo la palma de la mano.

La mirada que me ha lanzado después de que Evan la humillara, como si no estuviese segura de lo que debe sentir.

Como si una parte de ella estuviera enfadada, pero la otra siguiera pensando que quizá se lo merezca.

Esa parte me da ganas de pegarle un puñetazo a una pared.

O a la cara de Evan.

Eso sería mejor. Más satisfactorio.

Me ha costado una dolorosa cantidad de esfuerzo no reventarlo antes. La única razón por la que no lo he hecho es que ella no me lo ha pedido. Porque, por mucho que quiera librar sus batallas por Izzy, es ella quien tiene que alejarse de él.

Aun así, quería romperle la puta nariz.

Como no puedo, me dedico a hacer mis rondas.

Recorro la tienda y reviso los puntos de control: salidas, imágenes de seguridad, personal. Los ruidos habituales resuenan alrededor: puertas que se cierran, el zumbido suave de los aparatos electrónicos, las voces apagadas de los primeros compradores.

Sin embargo, pierdo la concentración. No dejo de pensar en ella. En la conversación que no puedo parar de reproducir una y otra vez en mi mente.

En su voz temblorosa cuando me ha dicho que no era feliz. En que se ha desahogado conmigo como hace con Caleb.

Lo cual tiene un peligro de tres pares de cojones.

Alejo ese pensamiento y niego con la cabeza mientras doy mi turno por concluido. Varios de los chicos de seguridad se quedan esperándome cerca de la entrada. Sus voces retumban en la tienda casi vacía; las conversaciones informales llenan el silencio.

—Callahan. —Martinez me da una palmada en el hombro—. Es viernes. Siempre vamos a tomar algo después de cerrar. ¿Te apuntas?

Dudo. Llevo toda la noche mirando la señal de Izzy de vez en cuando. Sé muy bien dónde está. En cuanto dieron las cinco, Amanda la agarró y se la llevó al restaurante mexicano que hay al final de la calle. Ahora mismo… se están hinchando a margaritas del tamaño de mi puta cabeza.

Podría irme a casa.

O…

Miro a Martinez.

—La verdad es que me apetecen unos tacos.

Harris interviene:

—Hay un buen sitio en esta misma calle.

Asiento con la cabeza.

—Buen plan.

Internamente, sé lo que estoy haciendo.

Sé que me estoy adentrando en un territorio de puro acoso.

Pero no puedo evitarlo.

La localizo en cuanto pongo un pie en el restaurante.

Amanda es la primera en verme. No oigo lo que dice, pero veo que se inclina de inmediato hacia su amiga y luego me señala con el dedo. Muy sutil.

Izzy se gira y parpadea, un gesto lento y confuso. Luego me mira a los ojos. Y, a seis metros de distancia, me doy cuenta de que… está borracha.

Muy muy borracha.

Iba a quedarme al margen con los chicos. A dejar que disfrutara de su noche sin interferir. Pero, entonces, Amanda, como buena profesional de los líos que es, empieza a hacerle gestos a todo el equipo para que se acerque.

Por Dios.

Ni siquiera me da tiempo a pensar en largarme antes de que empiecen a empujarme hacia su mesa. Amanda me lanza una sonrisa enorme y de lo más maliciosa.

—Hola, Callahan. Siéntate con nosotras.

Abro la boca para protestar, pero ella no me deja oportunidad de hacerlo y tira con fuerza de mí para que me acomode en el banco.

Justo al lado de Izzy.

Esta se balancea ligeramente y me mira con los ojos brillantes por el tequila y una expresión cálida y perezosa en el rostro.

Apoya un hombro en el mío, suave y dócil, y de pronto tengo un problema nuevo.

Huele a vainilla, a margaritas y a ese champú que usa y que lleva toda la semana matándome poco a poco.

Levanta la cara hacia mí, con los labios algo entreabiertos, aturdida.

—¿Habéis venido por los tacos?

—Algo así, sí.

Se le escapa una risita y, joder, al oírla se me crispa la polla.

Harris intenta sentarse junto a Amanda, pero, antes de plantar el culo, ella le pone una mano en el pecho y lo empuja.

—Uf, no. Ya lo intentamos. No funcionó. Ríndete.

El resto de los chicos estallan en carcajadas. Amanda, sin ni siquiera inmutarse, examina al resto del grupo como si estuviera eligiendo jugadores para formar un equipo.

Se decide por Ramirez y lo señala.

—Puedes sentarte a mi lado —decide—. Y luego puedes besarme. Pero sin lengua. —Ladea un poco la cabeza, como si se lo estuviera pensando—. Bueno, con lengua, pero solo si yo la uso primero.

Ramirez, que está o confundido o enamorado, se sienta al instante.

Hago un gesto de negación mientras observo el circo que está montando.

—Esta chica está loca —murmuro.

No me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta hasta que Izzy se ríe y se apoya aún más en mí.

—Sí —suspira al mismo tiempo que sacude la cabeza—. Como una cabra.

Me roza el brazo con el pelo. Está pegada a mí, toda curvas y calor, totalmente ajena al caos que está causando.

Debería apartarme.

Pero no lo hago.

Dejo que siga cerca.

Amanda, como cabía esperar, se emborracha aún más. Al cabo de un rato, Ramirez y ella nos dejan tirados para ir a enrollarse.

Izzy y yo nos quedamos en la mesa con mis hombres, charlando de tonterías. En un momento dado, siento que la cabeza se le cae con suavidad hacia mi hombro.

Bajo la mirada. Está medio dormida, apenas tiene los ojos abiertos. Su copa de margarita sigue medio llena y la condensación gotea sobre la mesa.

Exhalo y me paso una mano por la cara.

Ya sé lo que estoy a punto de hacer. Me vuelvo hacia ella y le hablo en voz baja.

—Venga, vamos a por tu coche.

Ella me mira con aire somnoliento y frunce el ceño, como si fuera a discutir, pero solo dice:

—¿Eh?

Luego vuelve a cerrar los ojos.

Y esa es toda la respuesta que necesito.

Me deslizo por el banco para levantarme y la arrastro conmigo.

Y ya lo sé…

Ni de coña voy a permitir que pida un Uber para volver a casa en este estado.

Ni de coña voy a permitir que se suba al coche de un desconocido. Y ni de puta coña voy a permitir que nadie más cuide de ella.

Esta noche es mía.

Salimos del restaurante y echamos a andar hacia la tienda. Bueno, «andar» es mucho decir, porque Izzy no es capaz de desplazarse en línea recta. Avanzamos despacio, pero al fin llegamos y cogemos el ascensor.

Sus tacones repiquetean sobre el suelo del aparcamiento mientras se bambolea ligeramente, agarrada a mi brazo. Huele a tubo de escape y hormigón frío, y nuestros pasos retumban en el espacio casi vacío.

—Creo que… —dice suspirando, y apoya todo su peso en mí— he bebido demasiadas margaritas.

—No me digas —murmuro, y la guío hacia su coche.

Suelta una risita, un sonido ligero y espontáneo, como si se le hubiera escapado sin poder evitarlo.

Niego con la cabeza y noto que una sonrisa me tensa los labios.

—Conduzco yo.

Hace un puchero, pero le dura los dos segundos que tardo en abrir la puerta del copiloto y ayudarla a sentarse dentro. El pelo se le cae sobre la cara y, sin pensármelo dos veces, se lo aparto y le coloco los mechones sueltos detrás de la oreja con delicadeza.

Se queda paralizada medio segundo.

Luego me dedica una sonrisa lenta y melosa, con los ojos entrecerrados.

—Me tratas muy bien, Cal.

Hago caso omiso del comentario, porque es lo que tengo que hacer.

—Cinturón de seguridad.

Farfulla algo mientras forcejea con él: el tequila ha arrasado con su coordinación.

La observo batallar durante cinco segundos enteros antes de suspirar y agacharme para ponérselo yo mismo. La correa emite un silbido suave cuando se extiende y la hebilla encaja en su sitio, junto a la cadera de Izzy.

Ella me mira y parpadea, con los labios ligeramente entreabiertos.

—Hueles bien —murmura, y se balancea hacia un lado—. Como… a cuero, a madera y a… —Amusga los ojos mientras intenta encontrar la palabra adecuada—: Mantillo.

—¿A mantillo?

—Sí. —Asiente con la cabeza, muy seria—. ¿Sabes cuando llueve y el mantillo está fresco y huele como un poco acre y terroso y… bien?

Sigo atascado en «mantillo».

—Y a puro hombre. O quizá a puro sexo. Sí. Eso.

Me quedo de piedra.

Hostia puta.

No reacciono.

Si lo hiciera, cometería una estupidez muy muy grande.

Doy un paso atrás y cierro la puerta.

«Respira, Callahan».

Luego me siento donde el conductor, arranco el coche y la llevo a casa.

No necesito indicaciones.

Claro.

Hace ya un tiempo que sé dónde vive.

Pero, mientras tomo las curvas conocidas que nos llevan hacia Hoboken y enfilo el túnel Lincoln, que conecta Manhattan con New Jersey, al volante de su coche, ella se remueve en su asiento y musita algo con la voz somnolienta.

Los focos del túnel parpadean sobre nosotros con un patrón rítmico y le proyectan sombras y luces alternas sobre el rostro.

—Espera —balbucea, y parpadea despacio con la mirada clavada en el parabrisas—. ¿Cómo sabes dónde vivo?

Debería mentir.

Debería decir algo genérico, poco amenazador, nada psicótico.

Sin embargo, está demasiado borracha para recordar esta conversación.

Y tal vez, solo tal vez, me guste la idea de decirle la verdad y salirme con la mía.

Así que la miro y los labios se me curvan de una forma casi imperceptible.

—Sé muchas cosas sobre ti, preciosa.

Asiente y sonríe con aire somnoliento.

—Claro —murmura, como si lo que acabo de decir tuviera todo el sentido del mundo.

Después cierra los ojos de nuevo.

Y yo sigo conduciendo.

Salimos del túnel y el horizonte de Manhattan destella a nuestras espaldas, al otro lado del río Hudson.

Recorro las calles de Hoboken, donde las casas de color rojizo y los bloques de apartamentos bordean las aceras.

La zona aún conserva vestigios de su herencia italoamericana, así que hay tiendas de alimentación y restaurantes familiares embutidos entre los edificios más nuevos.