18. Ella me dice que soy cómodo y a mí se me pone dura #2
Entro en el aparcamiento del piso de Izzy y apago el motor. Me quedo allí sentado con la mirada clavada en el frente y respiro. A continuación la miro a ella. Está completamente repantigada en el asiento, con la cabeza apoyada en la ventanilla y empañando el cristal con el aliento.
Exhalo por la nariz.
—Venga, borrachina, vamos adentro.
Farfulla algo incoherente mientras salgo y rodeo el coche hasta su lado. Cuando abro la portezuela, me mira confusa, como si no entendiera nada.
—¿Estamos en casa? —pregunta con una voz suave y somnolienta.
En casa.
Lo dice de tal forma que se me encoge el pecho. Me aclaro la garganta.
—Tú sí. Vamos.
Se agarra a mí sin dudarlo, rodeándome los hombros con el brazo mientras la saco a rastras del coche. Se pega a mí, dócil, irradiando calor, y su cuerpo se funde con el mío como si ese fuera el lugar en el que mejor encaja.
Se le escapa un suspiro de satisfacción.
—Eres cómodo.
Resoplo.
—Me alegro de servirte de algo.
La ayudo a subir los escalones hasta su apartamento, llevándola casi en volandas cuando se tropieza.
Su edificio es uno de los más antiguos del barrio, tiene los techos altos y molduras ornamentadas visibles a través de las ventanas del vestíbulo.
Entonces, justo cuando estoy a punto de abrirle la puerta, se detiene y me mira con esos enormes ojos brillantes a causa del tequila.
—Espera. ¿Cómo has llegado aquí? —pregunta mientras se tambalea ligeramente—. ¿Has venido en coche?
—Sí, hemos venido en el tuyo —le recuerdo con paciencia.
Frunce el ceño y se le forman unos pliegues adorables en la frente.
—Pero ¿cómo vas a volver a tu casa?
No lo había pensado.
—Pediré un Uber.
—¿Dónde está tu coche?
—No tengo —respondo.
Abre los ojos como platos.
—¿Vas a pie a todas partes?
Resisto el impulso de darle unas palmaditas en la cabeza.
—No. Me muevo sobre dos ruedas.
Frunce la cara entera.
—En plan…, ¿a pedales?
Me echo a reír.
—No. En moto.
Vuelve a abrir mucho los ojos.
—¿Tienes una moto?
—Sí. Una Ducati.
Entonces, de pronto, suelta un suspiro dramático.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Me señala, a duras penas capaz de mantener la estabilidad.
—Según Amanda, tenías que conducir algo peligroso. Apostamos veinte dólares. Acabo de perderlos.
—¿Y qué creías que conducía?
Hace un gesto con la mano para restarle importancia a la pregunta y está a punto de perder el equilibrio.
—Eso es lo de menos. —En ese momento, su expresión cambia y se vuelve muy seria; adopta esa formalidad exagerada de los borrachos cuando acaban de darse cuenta de algo importante—. A Nonna le daría un infarto si supiera que soy amiga de un chico que conduce una máquina mortal.
Reprimo una carcajada.
—¿Una máquina mortal?
—Así las llama Nonna. —Asiente con solemnidad y después levanta una mano para darme unas palmaditas en la mejilla. Su tacto no se me borra de la piel cuando la aparta—. Voy a tener que darte su rosario.
Me quedo inmóvil.
—¿Cómo?
—El rosario especial de Nonna —explica mientras se apoya pesadamente en mí—.
El de las… las cuentas azules. Se supone que es para protegerte.
Me lo regaló cuando empecé a conducir. A mí siempre me ha funcionado.
—Me clava el dedo en el pecho varias veces—.
Tú lo necesitas más que yo, chico de la máquina mortal.
Que se preocupe por mí estando borracha me contrae el pecho.
—¿Me darías el rosario de tu nonna ?
Vuelve a asentir, esta vez con más énfasis.
—Por supuesto. No puedo permitir que te mates en esa cosa. —Su voz se reduce a un susurro, como si me estuviera contando un secreto—. Más que nada, porque me gusta tenerte cerca, Callahan.
Antes de que me dé tiempo a procesar lo que ha dicho —y la calidez que se me extiende por el torso—, recupera la energía de golpe.
—Vale, voy a cambiarme —anuncia, mucho más espabilada.
Todavía no he reaccionado, y ya tiene las manos en el dobladillo del vestido.
Me quedo paralizado.
—Eh, eh…, Izzy.
Se levanta la tela poco a poco por los muslos, subiendo cada vez más los dedos.
«Uf, no me jodas».
Agarro el pomo de la puerta, la abro de golpe y la hago entrar casi a empujones.
Se ríe mientras avanza dando tumbos.
Y entonces, sin ningún pudor, se lleva la mano a la espalda, agarra la cremallera del vestido y empieza a bajársela.
Entro y cierro la puerta.
Con fuerza.
Tengo la puñetera mandíbula tan apretada que no me extrañaría que se me rompiera un diente.
Madre de Dios.
Apoyo la frente en la puerta e inhalo bocanadas de aire profundas, lentas y mesuradas. Siento el frío de la madera en la piel y eso me ayuda a alejarme del borde del abismo… a duras penas. Tengo que recuperar la puta compostura.
Porque ahora estoy en su apartamento.
En su espacio.
Y todo huele a ella. El aroma a vainilla y coco que suele desprender su piel impregna todo el espacio, me invade los pulmones con cada respiración. Me aparto de la puerta y me dirijo hacia ella.
—Tú, ahí —digo mientras la empujo con suavidad hacia su dormitorio antes de que se meta en más líos.
Avanza con paso inseguro, riéndose entre dientes.
Y, joder, qué ganas de seguirla.
Qué ganas de entrar, cerrar la puerta e inmovilizarla contra ella.
Qué ganas de quitarle yo mismo ese vestido.
De tomármelo con calma. De bajarle la cremallera despacio, de sentir cómo se estremece bajo mis manos, de recorrer con los dedos hasta el último centímetro de piel desnuda que vaya descubriendo.
Dios.
Agarro el marco de la puerta con más fuerza.
Esta noche no.
Así no.
—Adecéntate —le digo con una voz más áspera de lo que pretendía.
Se medio vuelve hacia mí y arquea una ceja con aire perezoso.
—Define «adecentarse».
Le cierro la puerta en las narices.
Con fuerza.
Su risa ahogada resuena al otro lado.
Me froto la cara con una mano y me obligo a retroceder, a poner distancia entre las ideas tremendamente estúpidas que se me están formando en la cabeza y yo mismo.
Ni de broma. Esta noche no.
Porque está borracha como una cuba y desnudándose, como si fuera una prueba de autocontrol diseñada justo para mí.
Vuelvo al salón con el pulso aún acelerado. La casa de Izzy es tal como me la imaginaba y, al mismo tiempo, no se parece en nada a lo que esperaba.
Es pequeña, pero cómoda. Acogedora. El apartamento tiene carácter: los techos altos típicos de los edificios antiguos de Hoboken, ventanas grandes que deben de ofrecer una buena vista del horizonte de Manhattan de día.
Las paredes están cubiertas de fotos de familiares, muchas de las cuales muestran a la que debe de ser su familia italiana: hermanos, padres y una anciana que tiene que ser la nonna de la que me ha hablado.
Huele a ella. A vainilla y coco. Al inconfundible aroma de Izzy.
Y es una puta locura.
Porque ahora estoy en su espacio.
Ahora estoy de pie en su salón, mirando la manta tirada sobre el sofá, el libro a medio leer sobre la mesita de centro. Ahora estoy demasiado cerca, y ella está justo al otro lado de esa pared, quitándose el vestido y metiéndose en la cama.
Joder.
Tengo que salir de aquí.
Pero el universo me odia, porque, en cuanto pienso en marcharme, la oigo pronunciar mi nombre con total claridad.
Entro en su dormitorio y me la encuentro ya medio enterrada bajo las sábanas, mirándome con los ojos adormilados, completamente exhausta.
—Deberías dormir conmigo —balbucea.
Se me bloquea el cerebro.
Me quedo mirándola.
—¿Qué?
—Duerme conmigo —repite, y da unas palmaditas en la cama—. Eres grande y cálido. Será agradable.
Grande y cálido.
Me cago en todo.
—No —digo demasiado rápido.
Hace otro puchero.
—¿Por qué no?
Porque contigo, cariño, ya voy caminando por el filo de una navaja.
Porque ya no puedo dejar de pensar en lo suave que eres, en lo bien que me ha hecho sentir tenerte apretada contra mí.
Porque, si me meto en esa cama contigo, no voy a dormir.
Voy a pasarme toda la puta noche pensando en tocarte.
—No voy a dejarte sola en este estado —digo al fin—, pero duermo en el sofá.
Izzy parpadea, un gesto lento y aletargado. Luego sonríe.
Como si acabara de decirle algo tierno.
Como si le gustara que no vaya a dejarla sola.
Como si me quisiera aquí.
Noto que me cuesta tragar
—Duérmete, Izzy.
Suspira y se abraza a la almohada.
Me obligo a salir de la habitación.
A cerrar la puerta.
A alejarme de ella.
Me siento en el sofá, echo la cabeza hacia atrás y exhalo.
Tengo que controlarme.
Está justo al otro lado de esa pared.
Dormida.
Borracha, desinhibida y tan dulce que duele de cojones.
Dejo que se me cierren los ojos.
Oigo que mi teléfono vibra.
Ni siquiera me hace falta mirarlo.
Ya sé qué es.
Izzy acaba de enviarle un mensaje a Caleb.