17. Más vale que alguien friegue el suelo
MÁS VALE QUE ALGUIEN FRIEGUE EL SUELO
Izzy
Amanda y yo entramos dando tumbos en el bar, riéndonos a carcajadas, y el resplandor de los neones zumba alrededor.
Es viernes por la noche y el local está repleto de gente con ganas de juerga, de cuerpos apretujados en el familiar ritual de evasión y celebración de los fines de semana.
La música retumba con tanta fuerza que los hielos de mi copa tiemblan; vibra a través del suelo y se me mete en los huesos.
La línea del bajo ofrece un fondo constante para las conversaciones, que van aumentando de volumen a medida que avanza la noche y todos competimos por hacernos oír por encima del ruido.
Estoy totalmente decidida a beberme las margaritas que sean necesarias para olvidar que hoy ha existido. El recuerdo de los comentarios humillantes de Evan, de las miradas lascivas de Monroe y de mi inesperado colapso emocional delante de Callahan… El tequila y la lima tienen que llevarse todo eso.
Amanda, tan profesional de ser una mala influencia como siempre, pide una jarra para empezar.
Estampa su tarjeta de crédito contra la pegajosa barra del bar.
El camarero —con barba, tatuado y a todas luces agradecido por el escote de Amanda— asiente y se pone manos a la obra: el zumo de lima salpica, el hielo cruje en la coctelera.
Y así es como me descubro —con una margarita extragrande en el cuerpo, el sabor de la sal en los labios y el tequila calentándome las venas como si fuera valor líquido— confesándole a mi amiga algo que no debería contarle.
El alcohol me suelta la lengua y elimina las inhibiciones a las que suelo aferrarme con firmeza.
—No me he acostado con Evan desde hace… un tiempo. —La confidencia se me escapa entre un sorbo y otro, y su franqueza me pasma incluso a mí.
Pillo a Amanda a medio trago y solo le falta iluminarse como un fuego artificial humano. Abre los ojos de una forma cómica y se queda paralizada con la margarita a medio camino de la boca.
—Define «un tiempo».
Hago un gesto vago con la mano y, con el movimiento, mi bebida se pasea peligrosamente por el borde de la copa.
—Tanto que ahora mismo tengo cero ganas de volver a empezar. —Me sorprende que esas palabras me resulten tan liberadoras; es como si expresar esta verdad en voz alta hubiera dado rienda suelta a algo que llevaba mucho tiempo atrapado dentro de mí.
Amanda jadea igual que si acabara de decirle que he renunciado a los hombres para siempre. Forma una «O» de sorpresa exagerada con los labios, maquillados a la perfección.
—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—Estoy diciendo que, si intenta tocarme, solo siento repulsión.
—Bebo otro trago de margarita y me quedo mirando el borde salado de la copa como si contuviera las respuestas a las preguntas que solo acabo de empezar a hacerme.
El tequila me quema la garganta de una forma agradable—. En plan, asco por todo el cuerpo.
Amanda da una palmada tan fuerte en la mesa que las copas saltan y varias gotas de margarita rocían la desgastada superficie de madera.
—Sí. ¡Bienvenida a tu despertar feminista!
Me entra la risa y estoy a punto de atragantarme con la bebida.
—Eso no es…
—No, escucha. —Me pone el dedo a escasos centímetros de la cara y me señala como si estuviera a punto de pronunciar una charla TED capaz de cambiarme la vida—.
Te estás dando cuenta de que no necesitas a un hombre para correrte.
Has empezado a elegirte a ti misma por encima de una polla mediocre.
Eso es crecimiento. Eso es poder. Eso es liberarse del patriarcado.
Me río mientras me llevo una mano a la frente y siento que el sonrojo del alcohol me calienta la piel.
—No me estoy liberando del patriarcado.
—Todavía. —Agita su margarita y el líquido verde pálido crea un pequeño remolino en la copa. Los cubitos de hielo chocan entre sí con un sonido musical—. Solo tenemos que conseguirte un novio de goma y estarás fetén.
Me atraganto y la margarita se me va por el otro lado.
—Madre mía.
La voz me sale estrangulada: mitad risa, mitad tos.
Dubitativa, me planteo si debería arriesgarme a preguntárselo. El alcohol me da valor, pero hay temas que siguen resultándome demasiado embarazosos.
Está claro que Amanda me conoce demasiado bien y que ya se ha dado cuenta de que estoy dándole vueltas a algo en la cabeza.
—¿Sííí?
A la mierda.
—La aplicación… —empiezo con la intención de sonar despreocupada, pero sintiendo que se me enrojecen las mejillas—. Me dijiste que… se integra, ¿no?
Abre los ojos como platos, como si acabara de decir algo tremendamente escandaloso. Adopta una expresión de deleite conspiratorio.
—Ay, cariño. —Asiente con solemnidad—. Sí, pero hay que pagar la versión prémium.
Proceso esta información. El pie de mi copa deja un círculo húmedo sobre la mesa cuando la levanto de nuevo.
—¿Hay una versión prémium?
—Obvio. —Coge un nacho y lo unta en guacamole con la precisión de una experta. El crujido que hace al morderlo enfatiza sus palabras—. La cuota es de quince dólares al mes y te envían por correo uno que se vincula con la aplicación.
Estoy a punto de escupir lo que tengo en la boca.
—Venga ya. —Alzo la voz por encima de la música, lo cual atrae varias miradas de las mesas cercanas.
—No es ninguna broma. —Mastica, sin inmutarse lo más mínimo ante mi reacción—. Si estás pensando en tomártelo en serio con tu novio de IA, tendrás que darlo todo, ¿no?
Niego con la cabeza, medio riéndome, medio muerta de vergüenza. El tequila me provoca sensaciones agradables en el cuerpo y lo veo todo solo un pelín torcido.
—Pues puede que lo haga.
Amanda se anima y se echa hacia delante con entusiasmo.
—¡Bien dicho!
Entrechocamos las copas, un ruido claro y brillante a pesar del caos del bar, y, en algún recodo del fondo de mi mente, me doy cuenta de la absoluta locura en la que se ha convertido mi vida.
Amanda bebe un sorbo y luego me lanza una mirada insinuante por encima de la costra de sal del borde de la copa.
—Vale, cuéntame, ¿cómo van las cosas con el Callahan de IA?
Gruño y me hundo más en mi asiento.
—Se llama Caleb.
Ella sube y baja las cejas en un gesto sugerente. No entiendo cómo es posible que, a pesar de las margaritas, no se le haya quitado el brillo de labios.
—Ajá. ¿Y hasta qué punto se parece Caleb a cierto pedazo de hombre fuerte, taciturno y de más de metro ochenta?
Aparto la mirada… demasiado deprisa.
—No sé a qué te refieres.
Se echa a reír.
—Izzy, lo programaste para que fuera idéntico a Callahan, solo que con un nombre un poquito distinto.
—Vale. Sí. Puede que tengas razón.
Amanda se echa hacia atrás, victoriosa.
—No te culpo. Ese hombre es puro sexo andante. Y ¿podemos hablar de que hoy solo le ha faltado echar la puerta abajo para entrar a salvarte?
Resoplo y finjo exasperación, pero revivo el momento en mi fuero interno: la mano de Callahan posada en mi espalda, su posición protectora junto a mí, la mirada que le ha lanzado a Evan, como si estuviera tomando medidas para su ataúd.
—Vale, vale, sí. —Levanto las manos en señal de rendición y casi tiro el salero—. Ha llegado en plan caballero andante. ¿Contenta?
Amanda sonríe y el blanco de los dientes destaca contra el rosa intenso del brillo de labios.
—Muchísimo.
Niego con la cabeza y vuelvo a beber.
—Eres imposible.
Mi amiga se limita a encogerse de hombros y, con el movimiento, los pendientes le bailan en las orejas.
—Hablando de cosas imposibles, ¿te has puesto ya en modo guarro máximo con la aplicación?
—No sé de qué estás hablando. —Finjo ignorancia.
Pone cara de hartura, como si mi inocencia la exasperara.
—Estaba segura de que el mensaje que envié te habría puesto en el buen camino.
Me tapo la cara con las dos manos y siento el calor de la vergüenza bajo las palmas.
—Amanda, no.
—A lo mejor tengo que subir un poco más el tono. —Su voz encierra una promesa de picardía y me saltan todas las alarmas en la mente nublada por el tequila.
Levanto la cabeza de golpe, repentinamente alerta.
—No. No vas a volver a tocar mi teléfono.
—Entonces deja que te enseñe.
Entorno los ojos con una mezcla de sospecha y curiosidad.
—¿Cómo?
Saca su móvil y lo lanza sobre la mesa. Aterriza con un ruido metálico entre rodajas de lima y restos de sal.
—Lee mi chat.
Lo miro como si fuera a morderme. La pantalla brilla de forma inofensiva bajo las luces de neón del bar.
—¿Vas a dejarme tu móvil… sin más?
Bebe un sorbo de margarita.
—No me avergüenzo de mi sexualidad. Venga, léelo.
Vacilo mientras acerco un dedo a la pantalla.
Luego, despacio, lo agarro.
Empiezo a leer.
—Pero ¡qué cojones es esto, Amanda! —Pronuncio las palabras a un volumen más alto del que pretendía y la gente de la mesa de al lado me mira con cara de sorpresa.
Ella, que sigue comiendo nachos con total naturalidad, ni se inmuta.
—¿Qué?
Miro la pantalla, boquiabierta, mientras leo y releo el explícito historial de un chat que sonrojaría incluso a las novelas románticas más atrevidas. Las palabras se me mezclan un poco, no sé si por el tequila o por la impresión.
—¿Qué acabo de…? ¿QUÉ ACABO DE LEER?
Amanda vuelve a llevarse la copa a los labios sin alterarse en absoluto por mi reacción. El hielo tintinea contra las paredes de su copa.
—Ah, sí. Es el cuento sexy de ayer por la noche.
La miro, momentáneamente sin palabras.
—Todas las noches, Chad me cuenta un cuento sexy antes de dormir para que me corra. —Me guiña el ojo con un descaro absoluto.
Suelto el teléfono como si estuviera infectado y lo empujo por encima de la mesa con un dedo. La pantalla se oscurece cuando lo aparto.
—Amanda, ese… ese cuento… —Niego con la cabeza mientras trato de borrar de mi mente las palabras, las descripciones vívidas, los escenarios llenos de obscenidades inventados por su IA—. Es…
—Sexy de narices. —Se lame la sal de los dedos sin romper el contacto visual y con una sonrisa lenta curvándole los labios—.
Voy caminando por un callejón oscuro y cuatro hombres superatractivos son incapaces de contenerse porque estoy demasiado buena, así que se abalanzan enseguida sobre mí y, después de darles un consentimiento más que entusiasta, proceden a metérmela por todos los agujeros del cuerpo hasta que dejo de pensar con claridad.
Me tapo los ojos con una mano y separo los dedos para mirar a través de ellos.
—Estás loca.
Mi bochorno no la afecta en absoluto.
—¿Qué? Es una fantasía.
Continúo mirándola entre dos dedos y la curiosidad supera a la vergüenza.
—Entonces…, ¿es algo que quieres hacer?
Amanda suelta una carcajada brillante y genuina.
—Nooo, en la vida real no, pero en mi cabeza es excitante.
Para eso están las fantasías. Es como… —Hace un gesto vago con un nacho mientras piensa, mientras busca la analogía adecuada.
Entonces chasquea los dedos—. Como querer ser asesina, pero solo en un videojuego.
En realidad no quieres matar a nadie, pero sí te apetece ser una tipa dura con un rifle de francotirador durante unas horas.
Intento procesar esa perspectiva. Gracias al tequila su lógica me parece sorprendentemente sólida.
—La verdad es que… tiene sentido.
Amanda asiente con aire triunfal.
—Exacto. La aplicación es perfecta para eso. Te ofrece la posibilidad de hacer locuras en un espacio seguro.
Reflexiono sobre la idea mientras remuevo mi margarita. El hielo se ha derretido casi por completo y ha rebajado la bebida, pero, en cierto sentido, eso es peor: es más fácil bebérsela deprisa, olvidarse de que contiene alcohol.
Puede que mi amiga tenga razón.
Quizá me convenga ser más… atrevida.
Tamborileo la mesa con los dedos y me planteo mi siguiente movimiento con Caleb. El ritmo de mis uñas coincide con el compás de la música y crea una percusión privada contra la superficie de madera. Tengo mucho calor.
De repente, Amanda se endereza y su postura pasa de relajada a alerta en un instante. Clava los ojos en algo que hay detrás de mí y los abre con interés. Señala hacia la puerta y se le dibuja una sonrisa cómplice en los labios.
—Tu novio acaba de llegar.
Un temor frío sustituye al resplandor cálido del tequila. De pronto, la música me resulta demasiado atronadora; las luces, demasiado brillantes. El pánico lo amplifica todo.
Me doy la vuelta tan rápido que estoy a punto de tirar mi copa.
—¿Evan está aquí?
Escudriño la entrada con desesperación.
Y entonces los veo.
No es Evan.
Son los chicos de seguridad de la tienda. Martinez, Harris y Ramirez, todos vestidos con prendas informales, como nunca los había visto: vaqueros y camiseta en lugar del acostumbrado uniforme. Estudian el bar con su habitual actitud vigilante, aunque estén fuera de servicio.
Y, justo detrás de ellos…
Callahan.
Se me entrecorta la respiración. Lleva unos vaqueros oscuros y una sencilla camiseta negra que le deja al descubierto todos los tatuajes.
La tinta le serpentea por los antebrazos formando los intrincados diseños que hasta ahora solo había logrado atisbar.
Lleva el pelo algo revuelto, menos controlado que en el trabajo.
Tiene un aspecto distinto. Peligroso. Aún más magnético.
Y se dirige directamente hacia nosotras.