Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 16. ¿Acabamos de establecer un vínculo traumático? #4
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16. ¿Acabamos de establecer un vínculo traumático? #4

Amanda lo observa todo con una sonrisa arrogante que la hace parecer el puñetero gato de Cheshire, sin dejar de mirarnos por turnos, grabándose cada detalle en la mente para analizarlo más adelante. Casi veo su cuaderno mental lleno de observaciones.

Hago caso omiso de su mirada penetrante, del hecho de que las preguntas y las suposiciones la tengan prácticamente temblando.

Callahan me lanza una última mirada y se encamina hacia la puerta con unos movimientos tan fluidos y controlados como siempre. El aire parece cambiar a su paso, como si hasta la propia estancia sintiera su ausencia.

—Hasta luego, Russo.

Y entonces desaparece; la puerta se cierra con suavidad a su espalda y me deja sola con Amanda y el calor persistente de su presencia.

En cuanto hace clic, mi amiga se vuelve de golpe hacia mí. Los ojos le brillan con una mezcla de preocupación y emoción, como si no lograra decidir qué debe hacer primero: consolarme o interrogarme.

—¿QUÉ COÑO HA PASADO?

Me dejo caer en mi silla, de pronto agotada por la montaña rusa emocional que he vivido en la última hora.

—Amanda…

—No —me interrumpe mientras avanza hacia mí con determinación—. Ni se te ocurra intentar restarle importancia. Eso ha sido un Momento. Un Momento con eme mayúscula. Uno de esos momentos sobre los que escriben en los libros que finges no leer.

—No ha habido ningún momento. —Trato de mantener la voz firme, convincente.

—Por supuesto que sí. —Se acomoda en el sofá como si se dispusiera a ver una serie dramática: se sienta con las piernas cruzadas, se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas—.

Vale, cuéntamelo todo. ¿Qué cojones ha pasado ahí fuera?

He oído algún comentario, pero necesito la historia completa. Desde el principio. No te dejes nada.

Me froto las sienes y siento que se me empieza a formar una jaqueca detrás de los ojos. La presión que ejerzo con los dedos me ofrece un alivio momentáneo.

—No tengo la capacidad emocional necesaria para revivirlo.

—Pues lo siento, pero quiero todos los detalles. Y, por la cara que tienes, debe de haber pasado algo gordo, así que suéltalo de una vez.

Gruño y le ofrezco la versión abreviada: resumo el comportamiento de Evan, los comentarios de Monroe y la intervención de Callahan.

Omito la parte en la que me he puesto a llorar en mi despacho y la revelación sobre su exprometida.

Algunas cosas me parecen demasiado privadas, demasiado dolorosas para compartirlas incluso con ella.

Siento que mis palabras son insuficientes frente a la realidad de lo que ha ocurrido, es como si intentara describir un huracán hablando de lluvia.

Cuando termino, parece que sí que está a punto de cometer un delito grave. Su expresión pasa con rapidez de la sorpresa a la indignación y, después, a la sed de venganza. Amanda clava sus uñas perfectas en el cojín del sofá.

—Evan es una enfermedad —dice al mismo tiempo que levanta las manos en un gesto de asco—. Una enfermedad que afecta a todo el cuerpo y pudre la piel, y necesito que lo eliminen de la faz de la tierra.

No puedo evitar que se me escape una risa por la nariz al oír su expresión.

—Mira que eres exagerada.

—No, lo digo en serio —insiste, y se echa de nuevo hacia delante—. Es el equivalente humano de la COVID persistente. Prolongado, agotador y, de alguna manera, capaz de seguir destrozando vidas años más tarde.

Gimo y apoyo la cabeza en las manos, pero ahora noto que estoy esbozando una sonrisa. Amanda siempre ha sabido hacerme reír, incluso en mis momentos más oscuros.

—En plan, nos dijeron que solo duraría dos semanas, pero aquí seguimos, tres años después, aún lidiando con los síntomas.

—Vale, en serio…

—Apuesto a que, si miramos ahora mismo el sitio web del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, hay una vacuna de refuerzo específica para las gilipolleces de Evan.

—Amanda.

—Solo tenemos que encontrar un sitio en el que atiendan sin cita previa. Yo te llevo. Incluso te agarraré la mano si te dan miedo las agujas.

—Ay, Dios, por favor, para.

Niego con la cabeza y me la tapo con las manos antes de echarme a reír a pesar de todo.

Amanda siempre ha tenido este efecto sobre mí: la capacidad de hacerme reír incluso en mis peores momentos, de apartarme del abismo de la desesperación con sus analogías ridículas y su lealtad inquebrantable.

Su presencia es como la luz del sol después de una tormenta: brillante y necesaria.

—Sabes que tengo razón.

La miro a través de una rendija entre los dedos.

—Creo que nos conviene lidiar con ello utilizando un enfoque emocionalmente saludable.

—¿Emocionalmente saludable? —Resopla y, cuando se echa el pelo hacia atrás por encima del hombro, los mechones rubios reflejan la luz—. Vale, psicóloga, yo tengo una idea mejor: venganza.

Mi cerebro repasa a toda velocidad los cuatro posibles escenarios de lo que Amanda considera venganza y calculo con exactitud la probabilidad de fracaso de cada uno de ellos y cuánto me costaría sacarla de la cárcel bajo fianza.

La evaluación mental de riesgos es automática: otra habilidad perfeccionada tras años de gestionar su caos, de ser la voz de la razón que contrarresta su impulsividad.

Las posibilidades van desde un poquito embarazoso hasta delito penal grave.

Suelto un gruñido, ya temerosa de lo que sea que esté a punto de sugerirme.

—No, escucha. Vamos a hacer lo siguiente.

—Empezamos mal.

—Vamos a salir esta noche.

La simplicidad de la sugerencia me sorprende.

—¿Qué?

—Noche de chicas. Tú, yo, unas margaritas del tamaño de nuestra cabeza y una pila de nachos tan grande que tendremos que firmar una exención de responsabilidad antes de comérnoslos.

Vacilo mientras me planteo la oferta, pero la tensión de los hombros se me alivia solo de pensarlo. La idea de los nachos salados, la lima ácida y los comentarios sin filtro de Amanda me parece el antídoto perfecto para este día tan horrible.

Es justo lo que necesito: dejar de rayarme, pasar tiempo con alguien que me conoce y me quiere de todos modos, comer, beber y olvidarme de Evan, del trabajo y de todas las complicaciones de mi vida al menos durante unas horas. Reír hasta que me duelan los costados, sentirme normal de nuevo.

Pero, por otro lado, después de lo de hoy, lo único que me apetece es acurrucarme en la cama y fingir que no existo. Envolverme en mantas y desaparecer del mundo, al menos hasta mañana. Procesar todo lo que ha sucedido, todo lo que he descubierto.

Y tal vez hablar con Caleb.

Me apresuro a decirle a esa parte de mi cerebro que se calle. Que no vaya por ahí. Que deje de pensar en la sensación de su mano en mi espalda, en cómo se le han suavizado los ojos al mirarme, en que ha compartido su dolor conmigo para hacer que me sintiera menos sola.

Aunque ese no era Caleb.

Era Callahan.

Por Dios. He vuelto a hacerlo. No paro de hacerlo, no paro de difuminar las líneas entre el código de programación y el hombre. Entre la fantasía y la carne.

La IA es una distracción, nada más.

Amanda me ve las dudas en la cara, las capta con la precisión de alguien que me conoce desde hace años.

—Ni se te ocurra pensar en escaquearte —me advierte, señalándome con un dedo amenazador.

El diamante obscenamente grande que lleva en el dedo índice y que se compró ella misma con gran orgullo refleja la luz mientras gesticula—.

Vamos a emborracharnos, a comernos nuestro peso en nachos y a poner a caldo a tu ex.

—No hemos roto —la corrijo de forma automática con unas palabras que me suenan huecas incluso a mí.

—Lo dicho dicho está —responde, y se cruza de brazos al mismo tiempo que arquea una ceja en señal de desafío.

Su expresión me reta a contradecirla.

—Vale —murmuro, y ya siento una pequeña chispa de entusiasmo a pesar del agotamiento—. Pero la primera ronda la pagas tú.

Amanda rompe a aplaudir, victoriosa.

—¡Sí! Prepárate, zorra, que esta noche salimos.