16. ¿Acabamos de establecer un vínculo traumático? #3
Eso capta mi atención. Es una revelación muy inesperada, muy personal, que no concuerda en absoluto con el comportamiento controlado y profesional que mantiene siempre. La confesión queda suspendida en el aire, cargada de un significado tácito.
Exhala por la nariz y se cruza de brazos, un gesto que parece más protector que relajado.
—Así que lo entiendo —dice—. Me han dejado de la que debe de ser la peor manera posible.
Sus palabras me llegan al corazón y se me rompe el alma. Porque Callahan es tan… él.
Seguro.
Imperturbable.
Intimidante por su competencia, por su control y por su simple presencia física. La idea de que lo hayan rechazado…
No tiene sentido.
No debería tenerlo.
Y, en cambio, aquí está, delante de mí, diciéndolo como si fuera otro hecho más de su vida. La vulnerabilidad de su confidencia me pilla por sorpresa, me hace verlo de otro modo.
Trago saliva y me preparo para lo que sea que venga a continuación. El corazón me late un poco más deprisa, expectante.
—¿Qué pasó? —pregunto en voz baja, casi temerosa de romper el momento, de adentrarme demasiado en un territorio que tal vez no le apetezca volver a visitar.
Ahora tiene la vista clavada en otro sitio, en algún lugar lejano que solo ve en el interior de su cabeza.
Se le han desenfocado los ojos, mira hacia algo situado más allá de mí, más allá del despacho, recuerdos que yo no alcanzo a ver.
De pronto, las arrugas que le rodean los ojos parecen más profundas, marcadas con un dolor antiguo.
—Me llegó una orden de despliegue. Sabíamos que sería difícil —continúa con la voz compuesta, calmada, como si estuviera recitando hechos en lugar de compartir algo tremendamente personal—.
Pero decidimos que intentaríamos que funcionara.
Me gasté todos mis ahorros en un anillo.
Incluido el bono de alistamiento. Luego me marché.
Me fui a la guerra. Y, mientras estaba allí, ella me escribió una carta.
No me muevo.
Ni siquiera respiro.
Todo parece estar en suspenso, a la espera.
Exhala despacio, con mesura.
—Una carta de despedida. —Pronuncia las palabras en un tono plano, sin emoción.
Frunzo el ceño, como si hubiera demasiadas interpretaciones posibles.
—¿A qué te refieres con una carta de despedida?
Vuelve a mirarme y noto que tiene algo pesado detrás de los ojos, algo antiguo y doloroso que nunca ha terminado de sanar.
—A la típica carta que solían enviar las mujeres a su marido o su novio durante la guerra —dice con un control esmerado en la voz—. Una carta de ruptura. Para que, cuando el hombre volviera a casa, ya supiera que ella había pasado página.
Trago saliva con dificultad por culpa del nudo que se me forma en la garganta. De repente, el despacho me parece demasiado pequeño, demasiado íntimo para esta conversación.
No sé qué decir.
Cal emana oleadas de tensión y, cuando vuelve a hablar, lo hace más tranquilo, con más comedimiento, como si estuviera eligiendo todas las palabras con gran cuidado.
—En su carta me decía que había conocido a otra persona —dice—. Que nuestra relación había terminado.
Algo se me retuerce en el pecho, una punzada de compasión, de comprensión. Estar solo en una zona de guerra, enfrentándote a la muerte a diario, y recibir esa noticia… No puedo imaginar el sentimiento de dolor, de soledad, de traición. Es un acto de una crueldad que me resulta sobrecogedora.
—Pero, cuando volví —continúa, y la voz le titubea solo un instante—, descubrí que estaba embarazada. —Me mira y le veo algo feroz en los ojos, como si la verdad aún lo hiciera pedazos cada vez que la dice—. De trillizos —termina.
Esboza una sonrisa pequeña y triste.
—Así que, sí, está claro que ya estaba con él antes de que rompiéramos. Las fechas no cuadraban. Ya me había dejado atrás y había empezado una nueva vida con otra persona. Me había borrado de su historia antes de que yo me enterara siquiera de que el capítulo estaba llegando a su fin.
Niego con la cabeza, incapaz de dar con las palabras adecuadas.
—Callahan, lo siento mucho, muchísimo.
Él se limita a negar con la cabeza; rechaza mi compasión con un ligero encogimiento de hombros. El movimiento es despreocupado, pero no logra ocultar del todo el dolor persistente que esconde debajo.
—Fue hace tiempo —dice con la voz teñida de resignación—. Solo quería que te dieras cuenta de que no eres la única que ha pasado por una relación horrible.
No sé qué responder a eso.
Porque, de pronto, ya no me parece un simple desahogo.
No me parece que seamos un par de compañeros de trabajo que comparten sus traumas tras una experiencia difícil.
Me parece otra cosa. Algo más profundo, más personal.
Algo demasiado abierto, demasiado real, demasiado peligroso.
Algo a lo que no estoy preparada para enfrentarme, pues toda mi vida parece estar en equilibrio sobre el filo de una navaja; todavía estoy intentando averiguar qué quiero, quién soy y qué merezco.
Inhalo despacio. El corazón aún me late con fuerza contra las costillas, demasiado consciente de su proximidad. Noto la piel cargada de electricidad, hipersensible.
Y Callahan…
Él solo me mira.
Como si ya supiera en lo que estoy pensando.
Como si fuera capaz de leerme en la cara hasta el último de mis pensamientos, mis miedos y mis deseos.
Y es posible que eso sea lo más aterrador de todo.
El inesperado golpeteo en la puerta de mi despacho está a punto de pararme el corazón.
Doy un respingo, con el cuerpo entero en alerta, y la intrusión rompe el momento.
Los porrazos estruendosos retumban en la habitación y acaban con la tensión del ambiente.
Durante una milésima de segundo pienso que es Evan.
Pero luego lo recuerdo: él ni siquiera sabe dónde está mi despacho.
Entonces mi cerebro imagina posibilidades peores. Algún cliente enfadado, algún intruso, alguna amenaza que aún no consigo identificar. Una oleada de adrenalina me recorre de arriba abajo, se me acelera el corazón.
Desvío la mirada hacia Callahan, hacia sus hombros anchos y su postura firme, hacia la actitud con la que ya se ha vuelto hacia la puerta, desplazándose con sutileza para interponerse entre ella y yo. Todo su porte ha cambiado en un instante, está alerta y preparado.
Sí. No hay problema. Adelante.
Porque, a pesar de los golpes fuertes y frenéticos, a pesar de que no cabe duda de que hay alguien decidido a derribar mi puerta, estoy…
Extrañamente tranquila.
Porque me siento segura a su lado. Protegida. Como si diera igual lo que sea que haya detrás de esa puerta, como si no importara el desafío que me acarree, porque no tendré que enfrentarme a él yo sola.
En ese momento, a través de la puerta, oigo una voz conocida, aguda e indignada:
—¡IZZY, AbrE AHORA MISMO! ¡ESTOY DISPUESTA A COMETER UN ASESINATO EN TU NOMbrE!
Suelto una carcajada breve; la tensión se me disipa de los hombros y me inunda una sensación de alivio.
Callahan arquea una ceja con aire inquisitivo.
—Amanda —le explico mientras niego con la cabeza. Una sonrisa minúscula se me dibuja en los labios a pesar de todo—. Déjala entrar antes de que haga algo ilegal de verdad.
Mi cerebro ya está calculando cómo desactivar lo que sea que esté planeando Amanda.
Solo a lo largo del último año, la he convencido de abandonar cinco estrategias de venganza potencialmente ilegales utilizando las mismas habilidades de gestión de crisis que me ayudan a bregar con la política corporativa.
Cuando tu mejor amiga va por la vida sin filtro y controla todavía menos sus impulsos, desarrollas ciertas habilidades, como saber con exactitud cuándo distraerla, cuándo razonar con ella y cuándo limitarte a esconder los objetos afilados.
Callahan se acerca a la puerta y la abre con un movimiento suave. Entonces Amanda irrumpe como si la hubiera estado golpeando con un ariete: la melena rubia al viento, los ojos rebosantes de furia justiciera.
—Me he enterado de lo que ha pasado —dice con la mirada ardiente, las manos en las caderas y toda ella vibrando de rabia contenida a duras penas—.
Y estoy más que dispuesta a desvivir a múltiples personas en tu honor.
Solo tienes que decirlo y haré unas cuantas llamadas.
Conozco a un tipo que puede conseguirnos ácido industrial y un barril…
Se interrumpe a media frase y entorna los ojos.
—O podríamos hacerlo a la antigua usanza: tú distraes a Evan y yo lo empujo por las escaleras. Es elegante, sencillo, trágico…
De pronto mira a Callahan. Por fin se percata de su presencia, de lo cerca que está de mí.
Luego me mira otra vez y se fija en que tengo los ojos enrojecidos y las mejillas aún surcadas por marcas de lágrimas.
Después vuelve a mirarlo a él.
Una sonrisa maliciosa se le extiende por el rostro y la expresión asesina se le transforma en un rictus de satisfacción al instante. Curva los labios —con el brillo tan perfectamente aplicado como siempre —hacia arriba y los ojos le brillan de interés.
—Oooh —dice alargando la sílaba como si estuviera saboreándola al tiempo que arquea las cejas—. Perdón por la interrupción.
Lo juro por Dios.
Quiero morirme.
Quiero deshacerme en un montón de polvo.
Quiero que la tierra se abra y me trague entera.
Callahan, por supuesto, ni siquiera se inmuta.
—No pasa nada —dice.
Su tono es neutral, no le da a Amanda nada con lo que trabajar. Su voz no delata ni un atisbo de nuestra conversación anterior.
Después me mira y suaviza la expresión solo un poco, lo justo para que yo lo note, aunque espero que no tanto como para que mi amiga se dé cuenta.
—¿Estás bien? —dice.
Exhalo y asiento con la cabeza, agradecida por la sencillez de la pregunta, por no tener que explicar, justificar ni analizar nada.
—Sí —digo—. Creo que estoy bien.
Nos miramos: un momento de silencio y comprensión en el que las palabras no son necesarias para transmitirnos algo a lo que no sabría ponerle nombre aunque lo intentara.