16. ¿Acabamos de establecer un vínculo traumático? #2
Aprieto los ojos con fuerza y derramo más lágrimas a pesar de que intento contenerlas. Me recorren las mejillas con su calor y me gotean sobre el cuello.
Porque eso ya lo sé. A nivel intelectual, racional, ya lo sé.
Pero oírselo decir… Oír el tono de seguridad de sus palabras…
Me provoca un malestar extraño en el pecho, una mezcla de alivio y dolor.
Alivio porque alguien más ve que no estoy loca por sentirme herida.
Dolor porque reconocer lo que ha pasado significa enfrentarme a verdades que llevo demasiado tiempo evitando.
Significa admitir que mi relación con Evan no es lo que me he convencido de que era.
Me froto las mejillas para tratar de recuperar algún tipo de apariencia de serenidad.
—Estoy bien.
No estoy bien.
Y creo que él lo sabe.
Pero lo digo de todos modos.
Porque tengo que decirlo.
Porque es lo que siempre digo.
Porque, si finjo lo suficiente, tal vez se convierta en realidad. Tal vez logre convencerme a mí misma con la misma facilidad con la que he intentado convencer a todos los demás.
Habla con voz tranquila pero firme:
—Son los dos unos gilipollas. Hombres que creen que pueden hacer lo que quieran sin tener que asumir nunca las consecuencias.
Me vuelvo hacia él —con los ojos aún húmedos, las mejillas sonrojadas a causa de la emoción, la voz aún temblorosa por el esfuerzo de controlarla— y le digo:
—Uno de esos gilipollas es mi novio.
Su expresión no cambia al instante.
Pero lo veo: el momento en el que lo entiende. Exhala por la nariz y sacude ligeramente la cabeza, como si estuviera decepcionado, pero no sorprendido. Su sutil cambio de postura lo dice todo.
—Lamento que digas eso —contesta, tranquilo y sereno—. Te mereces algo mejor.
Me río, un sonido breve y amargo que se me atasca en la garganta. Porque ¿qué se supone que debo hacer si no? ¿Qué se supone que debo responder a algo así? ¿«Gracias»? ¿«Lo sé»? ¿«Te equivocas»? Las palabras son sencillas, pero atraviesan las murallas que he construido alrededor de mi relación.
Y entonces todo sale de golpe, se me escapa como el agua a través de una presa rota. Las compuertas se han abierto y no puedo detener el chorro.
—Es que… sé que debería dejarlo —digo con la voz quebrada por la tensión de soltarlo al fin en voz alta—.
Sé que la relación va mal. Sé que Evan me trata como a una mierda.
Sé que debería estar furiosa con él por lo que ha hecho hoy.
Pero… —Me interrumpo, niego con la cabeza y levanto las manos en un gesto de impotencia—. No sé qué más hacer.
Callahan sigue callado. No intenta arreglarlo. No intenta llenar el silencio con palabras vacías o soluciones fáciles. No me dice qué hacer ni cómo sentirme.
Se limita a escucharme.
Y, por algún motivo, eso hace que las palabras salgan más rápido, que me entren ganas de contárselo todo, como sajar una herida para liberar el veneno. El alivio de poder expresar al fin estos pensamientos en voz alta es como respirar hondo después de toda una vida sin aire.
—Antes no era así —digo con la voz cargada de emoción—.
O quizá sí y yo no quise darme cuenta. Ya no lo sé.
Antes al menos… fingía que se preocupaba por mí.
Ahora es como si fuera un… un proyecto. Algo en lo que aún está trabajando.
Algo que tiene que arreglar hasta que por fin sea lo bastante buena para él.
No me doy cuenta de lo cerca que está Callahan ahora.
O tal vez sí.
Puede que esa sea la razón de que siga hablando.
Porque, si me detengo, si dejo que se haga el silencio, quizá tenga que pensar de verdad en lo que estoy diciendo.
Quizá tenga que afrontar la realidad de mi relación, de mis decisiones, de la persona en la que me he convertido.
Las palabras siguen fluyendo, llenando el espacio que nos separa.
Me humedezco los labios, exhalo con fuerza, siento que las emociones me obstruyen la garganta. Aún noto el sabor salado de las lágrimas en la lengua.
—Mi madre fue… fue muy dura conmigo cuando era pequeña —admito, y oigo lo descarnado y vulnerable que suena—.
Por el peso y por mi aspecto. Criticaba mi dieta, hacía comentarios sobre lo mucho que comía o sobre si la ropa me quedaba distinta.
La quiero mucho y sé que lo hacía con buena intención, pero siempre sentí que había una… una especie de expectativa, ¿sabes?
»Creo que, cuando empecé a salir con Evan, todavía estaba…
—Me quedo callada un segundo; me río con amargura y me seco una lágrima nueva—.
A ver, con veinticinco años todavía eres joven, ¿no?
Yo creía que ya había madurado, pero no.
Y, cuando él empezó a hacer lo mismo, a decir las mismas cosas sobre mi cuerpo, mi peso y lo que debería comer, no me pareció una señal de alarma.
Por fin lo miro a los ojos y, cuando me doy cuenta de que tiene hasta el último resquicio de su atención posado en mí, siento que se me tensa el pecho.
—Me encajó… sin más.
Trago saliva y parpadeo deprisa mientras rezo para que las lágrimas se queden donde están, para que dejen de traicionarme. Tengo un nudo en la garganta y me cuesta hablar, pero sigo adelante a pesar de todo.
—No me sorprendió. Ni siquiera lo vi como algo nuevo. Solo era otra persona diciéndome lo que todos los demás me decían siempre.
Desvío la mirada hacia el escritorio, donde hay un pequeño trofeo medio escondido detrás del monitor del ordenador: campeona regional de tiro con arco, tres años consecutivos.
Una reliquia de cuando tenía catorce años y disparaba mejor que cualquiera de mis hermanos; de cuando tenía confianza y no miedo; de cuando no me importaba ser guapa, estar delgada ni que me aceptaran.
De antes de que empezara a importarme lo que los demás opinaban sobre mi cuerpo.
La figura chapada en oro que descansa sobre la base de mármol refleja la luz, un recordatorio de una versión distinta de mí misma.
—Lo más ridículo es —continúo cuando vuelvo a encontrar la voz, esta vez más firme— que siempre he sido buena en ciertas cosas.
Muy buena. Algunas son raras, sí, cosas peculiares que me enseñaron mis hermanos, pero también se me dan bien las importantes.
Fui la mejor de mi promoción de Empresariales.
Soy capaz de pronosticar las tendencias de ventas mejor que cualquier miembro del equipo de dirección.
He creado un sistema de seguimiento que ha reducido nuestras pérdidas de inventario en un sesenta por ciento.
Señalo las hojas de cálculo que hay sobre mi escritorio, las anotaciones cuidadosas, los complejos cálculos que tan naturales me resultan. Las páginas están llenas de mi pulcra caligrafía, de números y proyecciones organizados en un sistema que solo yo entiendo del todo.
—Puedo decirte con exactitud qué artículos de la colección de primavera se agotarán primero y cuáles rebajaremos.
Soy capaz de detectar un bolso falso desde el otro lado de la tienda.
Y, sin embargo… —Niego con la cabeza y la frustración me tiñe la voz—.
Sin embargo, nada de todo eso importa tanto como el hecho de que he engordado casi quince kilos a lo largo de los tres últimos años.
—Vuelvo a negar con la cabeza—. Pero, ahora, no sé…
Siento que hay algo distinto. Yo me siento distinta. Y ni siquiera sé por qué.
Callahan aprieta la mandíbula y flexiona las manos a los lados, como si quisiera agarrar algo, golpear algo, arreglar algo.
Tiene el cuerpo tenso, tirante, porque intenta controlar una ira que no va dirigida a mí, sino a la situación, a Evan, a la gente que ha hecho que me sienta así.
Tiene los músculos de los antebrazos abultados de contenerse.
Y, por alguna razón, eso consigue hacerme sentir mejor.
Como si quizá no estuviera loca por darme cuenta al fin de que algo no va bien.
Como si quizá estuviera bien sentirme distinta.
Como si quizá tuviera permiso para cambiar.
No me había percatado de lo cerca que está Callahan ahora.
No hasta que me vuelvo y, de repente, está ahí, a solo unos centímetros.
Su presencia llena el espacio que me rodea.
Inhalo deprisa, pues la inesperada proximidad me provoca una sacudida.
Su aroma me envuelve. Me fuerzo a soltar una risa débil y llorosa, la vergüenza me invade, ahora que he dicho tanto, que he revelado tanto de mí misma.
—Madre mía —digo mientras me froto la cara con las manos para intentar borrar las marcas de las lágrimas y recuperar algo de profesionalidad.
Noto el metal frío de los anillos presionándome la piel caliente—.
No sé por qué acabo de contarte todo eso.
Es muy inapropiado. Lo… —Niego con la cabeza, abochornada—.
Lo siento mucho —murmuro—. Seguro que no…
Pero él me interrumpe.
—No pasa nada —dice con firmeza y seguridad, con una voz grave que no deja lugar a discusiones.
Y su forma de decirlo, la templanza con la que me mira, tiene algo que me hace creerlo. Que me hace pensar que tal vez sea cierto que no pasa nada, que tal vez no me haya puesto en el más absoluto ridículo, que tal vez él no me tenga en menos por haberme derrumbado.
Dejo escapar un suspiro lento, inestable. Luego, medio riéndome, medio burlándome, vuelvo a negar con la cabeza.
—No pretendo parecer poco profesional —digo con la voz aún temblorosa y gesticulando de forma vaga con las manos—, pero la verdad es que es imposible que tú entiendas algo así. A ver, objetivamente, mírate. Seguro que se te lanzan mujeres guapísimas a todas horas.
Cambia de postura por completo.
Al principio, no lo noto.
Pero los hombros se le ponen rígidos bajo la camisa. Frunce el ceño y lo miro a los ojos, siempre intensos, que ahora se le oscurecen a causa de algo que no logro descifrar.
Y entonces, con una voz más grave que antes, más áspera, dice:
—Estuve comprometido una vez.