Amor al acecho (Love Me, Stalk Me 1) 16. ¿Acabamos de establecer un vínculo traumático?
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16. ¿Acabamos de establecer un vínculo traumático?

¿ACABAMOS DE ESTABLECER UN VÍNCULO TRAUMÁTICO?

Izzy

Tengo la mano de Callahan en la parte baja de la espalda.

La presión es ligera pero firme: una silenciosa manera de reclamarme que es imposible que le haya pasado inadvertida a ninguno de los presentes.

Noto el calor que irradia su palma a través de la fina tela de la blusa.

Les dice a Evan y Monroe que tiene que robarme.

«Robarme».

Como si yo fuera algo valioso.

Algo que vale la pena llevarse.

Algo que pertenece a otro lugar, a otra persona.

Me aleja de ellos con zancadas mesuradas, sin prisas. Sin apurarme, sin tirar de mí, solo guiándome con una confianza tranquila que le resulta tan natural como respirar.

Como si les estuviera dando unos instantes para asimilarlo.

Para que vean que me voy con él.

Para que Evan comprenda todo lo que ha hecho.

Odio darme cuenta de que su tacto me arde a través de la tela, odio ser tan consciente de todos y cada uno de los centímetros cuadrados que me roza a través de la blusa.

Odio que me haga sentir un cosquilleo en la columna vertebral, que me inspire seguridad en un momento en el que me siento absolutamente humillada por lo que acaba de ocurrir.

Tengo tal conflicto de emociones que me da vueltas la cabeza: la vergüenza por la escena con Evan y Monroe libra una batalla con el extraño consuelo de la presencia protectora de Cal.

El suave golpeteo de mis tacones contra el suelo me retumba con demasiada fuerza en los oídos mientras avanzamos y el murmullo de la conversación se desvanece detrás de nosotros.

Los pasos de Cal son resueltos; su postura, rígida pero controlada; su presencia a mi lado, un muro sólido que se interpone entre mí y todo lo demás.

La puerta de la zona vip se cierra a nuestras espaldas con un clic suave que, sin embargo, me atruena y me rompe algo por dentro.

No tanto como para que se note. Todavía no.

Pero sí lo justo para que empiece a sentir el escozor de las lágrimas en los ojos, la presión que se me acumula en el pecho, la tensión en la garganta debido al esfuerzo que me supone contenerlo todo.

De repente, el aire del pasillo me parece demasiado escaso, demasiado cálido, insuficiente para llenarme los pulmones como es debido.

Caminamos de regreso a mi despacho sumidos en el más absoluto silencio. El pasillo me parece más largo de lo habitual, la moqueta absorbe el ruido de nuestros pasos, el aire se espesa con las palabras que ninguno de los dos pronuncia.

Mantengo la cabeza gacha, me concentro en poner un pie delante del otro, en mantener el espejismo del autocontrol un poquito más.

El pelo se me cae hacia la cara y crea una cortina entre el mundo y yo, entre él y yo.

El conocido aroma de mi champú, a coco y vainilla, me envuelve y me ofrece un pequeño consuelo mientras intento mantener la compostura.

Tengo el pulso desbocado, la garganta rígida y llena de lágrimas no derramadas. Evan nunca había hecho algo así. Se había pasado de la raya en otras ocasiones, pero nunca de esta forma.

Ha sido cruel, por supuesto. Despectivo.

Manipulador. Sus comentarios acerca de mi cuerpo, mi peso, mi ropa…

siempre habían llegado acompañados de una sonrisa, de un beso en la mejilla, de ese tono que dice que solo pretende ayudar.

Que solo quiere que esté mejor. Siempre los había hecho en privado, envueltos en un halo de preocupación que hacía que me planteara si mi reacción no estaría siendo exagerada.

Nunca habían sido tan públicos, tan descarados.

Nunca me había humillado delante de otras personas —en mi lugar de trabajo—, como si fuera un proyecto en el que está trabajando.

Como si estuviera muy orgulloso de sí mismo por llevarme a «arreglar».

Como si yo no fuera más que un anuncio del antes y el después de su gusto y su orientación, ambos excepcionales.

Aprieto los puños y me clavo las uñas en la palma de las manos para intentar mantener la entereza a pura fuerza de voluntad. El dolor se abre paso a través del caos; es algo que puedo controlar. Las marcas en forma de medialuna que me hago en la piel me amarran aquí, impiden que me hunda.

No llores. No delante de él. No delante de Callahan.

Noto su presencia junto a mí, la calidez que irradia su cuerpo a pesar de que ya ni siquiera nos estamos tocando.

Su energía siempre me parece enorme, como si lo tuviera todo completamente controlado.

Ocupa un espacio que no es solo físico —aunque bien sabe Dios que su complexión es más que imponente—, sino que hay algo más, algo intangible, que hace que el aire que lo rodea dé la sensación de estar cargado de electricidad.

Y yo ahora mismo me siento justo al contrario: pequeña, menospreciada, rota en pedazos que intento mantener unidos a la desesperada.

Llegamos a mi despacho y entro sin esperar; me encamino a toda prisa hacia mi escritorio, ávida de espacio. Clavo la mirada en la pila de informes de inventario que estaba analizando antes de la visita de Monroe.

Con un gesto automático, organizo los papeles en un rectángulo perfecto, un hábito adquirido tras años de organizar datos para conferirle sentido a un mundo caótico.

Incluso ahora, con las emociones a punto de desbordárseme, muevo las manos con precisión estudiada para alinear los bordes, alisar las esquinas y crear orden allá donde puedo, porque todo lo demás parece escapar por completo a mi control.

El crujido de los papeles llena el silencio y me da algo en lo que concentrarme, además de en el hombre que tengo detrás.

—Estoy bien —digo, aunque él no me lo ha preguntado.

El tono de mi voz es plano, vacío, mecánico. Las palabras parecen ensayadas porque es así. ¿Cuántas veces las he pronunciado antes? ¿Cuántas veces he fingido estar bien cuando no lo estaba? La frase está desgastada debido al uso excesivo, es un canto rodado que llevo en el bolsillo desde hace años.

No miro a Callahan.

No puedo.

Si lo hago, podría derrumbarme por completo.

—Gracias —añado, aún con la cabeza gacha, parpadeando con fuerza para contener las lágrimas que amenazan con derramarse. Empiezo a ver borroso por los bordes, los colores de mis hojas de cálculo se mezclan—. Pero tengo que ponerme a trabajar de nuevo.

Espero con las manos aún apoyadas en los papeles y el cuerpo tenso. El tictac del reloj de la pared marca cada segundo con un ruido ensordecedor en mi silencioso despacho.

Espero a oír que se marcha. A oír que la puerta se abre y se cierra con un clic. Al momento en el que por fin pueda liberarme, dejar de contenerme con tanto esfuerzo.

Por fin oigo que se cierra detrás de él.

El alivio comienza a florecer…, hasta que percibo el ruido del pestillo.

Es un sonido deliberado. Inconfundible. El metal encaja en el cerradero con una rotundidad que me deja sin aliento. El corazón se me para, arranca a trompicones y luego se acelera para recuperar los latidos perdidos.

Callahan no se va. Se queda. A propósito. Y, de pronto, todo lo que he estado conteniendo se desata de golpe.

La presa se rompe. Así, sin más.

Las lágrimas brotan, calientes e implacables, y me resbalan por las mejillas antes de que pueda detenerlas. Lo intento. Lo intento con todas mis fuerzas. Pero ahora ya no sirve de nada. La presión es demasiado fuerte.

Cal sigue ahí, de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, callado, sólido y totalmente inamovible. El roble macizo lo enmarca como si fuera una especie de centinela; su presencia es imponente, firme e imposible de pasar por alto.

Me observa, pero no como la mayoría de la gente: con curiosidad, con cautela o fingiendo que ni siquiera me están mirando.

No. Me observa como si lo supiera. Como si ya hubiera trazado el mapa de la línea de fractura que me atraviesa y solo estuviera esperando el momento en el que por fin me derrumbe.

Me doy la vuelta y me aprieto los ojos con los dedos, como si, por alguna razón, eso fuera a detener el torrente. Como si todavía pudiera recuperar algo de dignidad. Pero las lágrimas me empapan los dedos al instante y emborronan el poco maquillaje que me había aplicado.

De pequeña, siempre me llamaban llorona.

Mis hermanos se metían conmigo sin piedad cada vez que se me caían las lágrimas: Matteo empezaba a poner los ojos en blanco, Luca me decía que me las tragara y Nico me daba palmaditas incómodas en el hombro, como si estuviera deseando escapar.

Mi madre decía que tenía que ser más dura, que el mundo no trataría bien a una chica que mostraba sus sentimientos de una forma tan abierta.

Sus voces me retumban ahora en la cabeza y me recuerdan todas las razones por las que debería haber mantenido la compostura.

Y Evan…

Evan dice que lloro demasiado. Que es un comportamiento manipulativo. Que es agotador tener que lidiar con ello. Que uso las lágrimas para salirme con la mía cuando no tengo argumentos reales. Que nadie quiere estar con una mujer que no es capaz de controlar sus emociones.

A lo mejor tiene razón.

A lo mejor soy patética.

A lo mejor por eso cree que necesito que me arreglen.

Y, aun así, aquí estoy. Desmoronándome delante de Callahan. La última persona que quiero que me vea así.

Y ni siquiera aparta la mirada.

Me sorbo la nariz con fuerza y me seco con furia las lágrimas, que no paran de brotar a pesar de mis ingentes esfuerzos.

Pero entonces siento su presencia detrás de mí, más cerca, aunque no lo he oído moverse.

Él es así, capaz de esa quietud, de ese silencio, pese a su tamaño.

El aire cambia cuando se aproxima, impregnado de su aroma, de su calor.

Y entonces me dice con suavidad:

—No has hecho nada malo.

Dejo escapar un suspiro tembloroso, todavía tapándome el rostro con las manos, aún con los hombros echados hacia delante, como si intentara hacerme más pequeña, menos visible.