15. Él la considera un proyecto, yo lo considero un cadáver #2
Hace un gesto de asentimiento, carraspea y mira a cualquier parte con tal de no mirarme a mí.
—Supongo que siempre estás vigilando.
Ladeo la cabeza. Sonrío un poco más.
—Sí, claro que sí.
Suelta una bocanada de aire, se endereza de nuevo y entra en la tienda.
Me centro en las imágenes. Al principio todo parece ir bien. Izzy hace lo que mejor se le da: suaviza el ambiente, maneja la situación, mantiene la profesionalidad.
Saluda al vip, escucha sus insignificantes preocupaciones y asiente en todos los momentos adecuados.
Pero también me doy cuenta de otra cosa: con mucho tacto, lo está dirigiendo hacia varios artículos que resulta obvio que ha seleccionado de antemano.
Incluso a través de las cámaras veo que se interpone con sutileza entre Monroe y el personal para crear una defensa.
Está protegiendo a su gente sin dejar de hacer su trabajo en ningún momento.
Me fuerzo a relajarme. A lo mejor todo va…
No.
Por supuesto que no.
Porque entonces ocurre. Qué bien lo hace, el muy cabrón.
Se coloca en el lugar perfecto. La mano en el aire detrás de ella. El pie en diagonal delante. Un accidente perfectamente coreografiado.
Izzy retrocede y choca de lleno contra la mano preparada de Monroe.
Me paralizo por completo.
Él le agarra el culo y la suelta antes de que nadie alcance a verlo.
Pero yo sí lo he visto.
El nivel de autocontrol que me requiere permanecer inmóvil es inhumano. Me clavo los dedos en la palma de la mano y el cuerpo entero me tiembla de rabia.
Monroe ladea la cabeza y pone su mejor cara de «ay, mecachis, ha sido sin querer».
Izzy no reacciona. Al menos no de forma aparente. Continúa como si nada. Como si no acabaran de meterle mano a plena luz del día en su puta tienda.
Aprieto los puños.
Le he dado mi palabra.
No iba a causarle problemas.
Iba a esperar.
Sabe que solo tiene que decir mi nombre para que me presente allí.
Me obligo a respirar. A no moverme. Y entonces entra alguien más en escena.
Frunzo el ceño. El tipo me suena de algo. Y en ese momento mi cerebro lo identifica.
Evan.
Venga ya, no me jodas.
Entra en la habitación rebosante de confianza y arrogancia, como si fuera alguien en quien merece la pena fijarse.
Tardo unos tres segundos en descifrarlo.
Por cómo se comporta. Por su afán de hablar demasiado alto, de sonreír en exceso.
Por el trasfondo de desesperación que intenta ocultar con su seguridad, como si buscara constantemente la aprobación de los demás.
Es de manual.
Baja autoestima.
Así que se busca una mujer que debería saber que está muy por encima de él en todos los aspectos y, en lugar de reforzarla, la hunde, la hace dudar de sí misma, le mina la confianza. Y todo para sentirse grande en comparación con ella. Un clásico de los hombres inseguros de todo el mundo.
Rechino los dientes mientras lo observo.
Monroe se alegra al ver a Evan.
Se estrechan la mano y se dan palmadas en el hombro.
Ah.
Así que se conocen. Son todo sonrisas y falsa camaradería, dos hombres que se tienen a sí mismos en mucha estima, demasiada.
No se podía saber.
Pero ¿qué es lo que más me llama la atención?
Que Evan ni siquiera mira a Izzy.
No la saluda.
No repara en su presencia.
Se limita a entrar, darle la mano a su amigote y ponerse a charlar como si ella fuera un mueble. Como si ni siquiera mereciera la consideración más básica por parte del hombre que se supone que debe cuidarla.
Porque así es él.
Un capullo tan mediocre que tiene que hacer de menos a una mujer como Izzy para sentirse grande.
Toman asiento en uno de los sofás y se ríen y beben alguna mierda carísima que Monroe debe de haberle pedido a Daniel. Las copas de cristal reflejan la luz mientras ellos hablan y gesticulan animadamente sobre cualquier cosa.
¿E Izzy?
Ella sigue ahí de pie.
Incómoda, esperando, observando, sin tener claro si quedarse o marcharse. Percibo la tensión en su postura, en la forma en que cambia el peso de pie.
Espera a que se produzca un momento de calma en la conversación e intenta escapar.
Activo el audio y me ajusto los auriculares. Tengo que oír lo que dicen. El sonido de la retransmisión cobra vida con un crujido, las voces se oyen con claridad a pesar del ruido de fondo de la tienda.
—Bueno —dice, tan educada como siempre—, mientras se ponen al día, avísennos a Daniel o a mí si les hace falta…
Evan la interrumpe.
—No, espera —dice al mismo tiempo que le hace señas para que se acerque—, he venido a recogerte para ir a comer.
Ella lo mira con perplejidad.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Voy a llevarte a tu primera cita con el dietista.
Izzy se queda de piedra.
Se le pone la cara colorada.
Justo ahí.
Delante de Monroe.
Delante de Daniel.
Delante de las puñeteras cámaras de seguridad.
¿Qué cojones es esto?
Evan no se detiene ahí.
No, por supuesto que no.
Se vuelve hacia Monroe, pasando por completo de Izzy, actuando como si ella ni siquiera estuviera allí.
—Por fin va a empezar a cuidar su salud en serio —dice, y parece que esté hablando de un adorable proyectillo de cambio de imagen—. Le he concertado una cita con un dietista, hoy es la primera sesión.
Izzy se tensa.
Incluso desde aquí noto cómo cambia sutilmente su postura: se encoge hacia dentro, se lleva las manos a los lados de manera inconsciente, como si intentara hacerse más pequeña.
En este momento reconozco un patrón, el mismo que he observado cada vez que habla de su peso.
La gerente segura de sí misma que acaba de superar a todas las demás tiendas en un cuarenta por ciento desaparece, sustituida por una mujer a la que le han dicho una y otra vez que ocupa demasiado espacio.
Evan no se da cuenta.
O quizá sí, pero le da igual.
—Le falta poco para conseguirlo, como es obvio —añade entre risas, como si se tratara de una broma privada—. Pero, bueno, un poquito de trabajo, unos cuantos ajustes aquí y allá, y estará en una forma increíble. Espera y verás.
Se me nubla la vista.
¿Ajustes?
¿Un poquito de trabajo?
¿Se cree que es un puñetero coche que va a llevar al taller?
Monroe se ríe.
Y luego dice algo que hace que pierda la visión del todo.
—Hice algo similar con mi mujer —suelta mientras remueve su copa—. Pero, ten cuidado, Izzy tiene un culazo estupendo. No creo que quieras dejar de tener donde agarrarte. Ya me entiendes.
Le pego un puñetazo a la pared de hormigón que tengo al lado y un eco profundo retumba por el pasillo estrecho.
Juro que lo siento ceder. Una pequeña marca, puede que solo sea polvo acumulado alrededor de los nudillos, pero basta para saber que he golpeado con fuerza.
Con tanta fuerza que me palpita el brazo.
Con tanta fuerza que consigo recordar que todavía mantengo el control.
A duras penas.
Izzy no se mueve.
Se queda ahí plantada.
Paralizada.
Escuchando a esos hombres patéticos hablar de ella como si fuera una puñetera inversión.
Algo que debe mantenerse, recortarse, remodelarse.
Esto es demasiado.
Y cuando digo demasiado es demasiado.
Le he dado mi palabra.
Pero a tomar por culo todo.
Porque ¿qué hay de su honor?
Tengo la mano en la puerta.
Estoy a punto de entrar en la tienda cuando oigo la voz de Izzy a través de los auriculares.
—Lo siento mucho —dice en un tono de lo más neutral—. Me encantaría asistir a la cita, pero tengo una reunión con Callahan, tenemos que revisar los planes del departamento de seguridad para la temporada de Navidad. Habrá que dejarlo para otra ocasión.
Siento una opresión en el pecho.
No solo porque ha dicho mi nombre, sino por la forma en la que lo ha dicho.
Como si pudiera usarlo a su antojo. Como si supiera que significa algo.
Como si confiara en que acudiré al instante.
El pulso se me acelera, algo posesivo me invade el estómago.
Me ha llamado.
Me ha elegido.
Y ya me estoy moviendo.
Estoy junto a ella antes de que su novio procese siquiera lo que acaba de decir. Evan abre la boca y empieza a protestar.
—Izzy, eres la gerente. Puedes cambiar la fecha. Faltan meses para las fiestas…
Entonces me ve.
Y se queda callado.
Porque los dos sabemos quién ganaría en una pelea.
Lo miro de hito en hito, en silencio, sin titubear.
Sé qué aspecto tengo.
Doy miedo a los tipos como él, a los que ni siquiera son capaces de levantar su propio peso corporal.
Lo compensará con palabrería arrogante y relojes caros, pero, en definitiva…
Se siente intimidado.
Y lo sabe.
Los miro a ambos por turnos y luego, con una voz tranquila y firme que no deja traslucir nada, digo:
—Disculpen, caballeros, pero tengo que robársela.
Dejo la frase flotando en el aire y añado:
—Para nuestra reunión de seguridad.
Ella les dedica a ambos una sonrisa perfectamente falsa.
Antes de que Evan pronuncie una sola palabra más, le pongo la mano a Izzy en la parte baja de la espalda y la guio hacia la zona de empleados.
Aún los oigo hablando a nuestras espaldas.
Aún oigo las risas de Monroe.
Aún oigo a Evan murmurar entre dientes.
Pero me da igual.
Porque ahora ella es mía.