15. Él la considera un proyecto, yo lo considero un cadáver
ÉL LA CONSIDERA UN PROYECTO, YO LO CONSIDERO UN CADÁVER
Cal
Izzy está tensa.
Se lo noto en la rigidez de los hombros, en que aprieta el paso, como si intentara escapar de algo.
Aunque quizá esté tratando de huir de mí.
¿Por lo de anoche?
¿Fui demasiado lejos con Caleb?
La conversación fue divertida. Parecía interesada. Los mensajes que intercambiamos fueron volviéndose cada vez más íntimos, sus respuestas eran entusiastas, desinhibidas. Pero ahora ni siquiera me mira a la cara.
A lo mejor la malinterpreté.
O quizá esto no tenga nada que ver conmigo.
Tal vez sea por Evan.
No me extrañaría que hubiera hecho otra gilipollez antes de las nueve de la mañana. Otro comentario sobre su cuerpo, otra crítica disfrazada de preocupación.
Tendría lógica. Hay hombres que se despiertan y eligen el café. Seguro que Evan se despierta y elige minar la confianza de Izzy.
Odio no saberlo.
Me fijo en que gira un poco la cabeza, lo justo para mirarme de soslayo. Es un movimiento sutil, casi imperceptible, pero lo detecto. Vuelve los ojos un instante hacia mí antes de clavarlos de nuevo en el pasillo que tiene delante.
Es como si intentara echarme una ojeada con disimulo.
Tomarle el pelo se está convirtiendo en mi pasatiempo favorito. Me encanta ver lo nerviosa que se pone, cómo se le sonrojan las mejillas, cómo se le atoran las palabras, el ligero tartamudeo que le entrecorta la voz cuando la pillo desprevenida.
Pero me da la sensación de que hoy ya está descolocada.
Esta vez la dejo salirse con la suya.
Cuando llegamos a su despacho, entra delante de mí y se sienta de inmediato a su escritorio, como si necesitara una barrera entre nosotros.
Su espacio es meticuloso: carpetas organizadas por colores, cuadernos ordenados con precisión y una pizarra llena de lo que parecen proyecciones de inventario.
Hay un montón de notas adhesivas alineadas en un borde de la pantalla de su ordenador, todas ellas escritas con una letra pulcra y clara.
Abro la retransmisión de las cámaras de seguridad y, cuando me acomodo en una silla a su lado, me echo hacia delante para ver mejor. La pantalla cobra vida y muestra múltiples ángulos del espacio de la tienda.
Y es entonces cuando lo noto: su perfume.
Joder.
Es suave, con toques de vainilla y coco. Femenino. Adictivo. El tipo de fragancia que no solo perdura, sino que también te persigue.
Me encanta.
No es fuerte, no es un olor que entre en la habitación antes que ella. Es sutil, personal, un aroma que solo notarías estando muy cerca.
Como yo.
Me permito disfrutarlo, inhalarlo, grabármelo a fuego en la memoria.
Entonces ella aparta su silla de la mía.
Me quedo inmóvil.
No es mucho. Es solo un ligero desplazamiento, apenas perceptible. Las ruedas se deslizan con suavidad sobre la alfombra mientras Izzy aumenta la distancia que nos separa en un par de centímetros.
Pero yo sí lo percibo.
Inhalo despacio y suelto el aire. Devuelvo mi atención a la pantalla, al trabajo que nos ocupa.
—¿Quién es el vip? —pregunto al mismo tiempo que la observo con atención.
Exhala y se frota las sienes con los dedos.
—Un inversor de la ciudad, un pez gordo. Hace aquí todas sus compras, sin excepción, así que la dirección lo trata como a un rey.
Capto un tono de agotamiento en su voz, como si hubiera pasado demasiadas veces por esta rutina.
Me fijo bien en su expresión.
—¿Y?
Esboza una sonrisa pequeña y cansada.
—Resulta que también es accionista de la cadena, y eso significa que se cree que los empleados le pertenecen.
Así que los trata como si fuera su dueño.
Intentamos que trabaje solo con dependientes masculinos —continúa—, porque con las mujeres se pone muy tocón.
Pero esa técnica a veces no nos funciona, como pasó con aquel otro vip.
Me aprieto la rodilla y me clavo las uñas a través de la tela de los pantalones.
—No deberían tolerar a ese tipo de gente.
Izzy deja escapar una carcajada vacía.
—Estoy de acuerdo. Pero, a menos que haga algo evidente, no podemos tomar ningún tipo de medida. Y es demasiado listo para caer en eso.
No me gusta la naturalidad con la que lo dice.
Como si no fuera más que otra de las muchas cosas con las que tiene que lidiar.
Como si ya se hubiera resignado. Como si gestionar a hombres que se creen con derecho a tocar a quien les apetezca fuera un requisito normal de su puesto de trabajo.
Miro el monitor y veo a un tipo —alrededor de cincuenta y cinco años, pelo engominado y peinado hacia atrás, traje a medida— entrando con parsimonia en una de las salas de compras personalizadas. Su postura transmite superioridad, apenas presta atención a los dependientes que lo reciben.
—¿Nombre?
—Grant Monroe. —Izzy suspira—. Es dueño de una decena de propiedades importantes de la ciudad y cree que también es propietario de las mujeres.
Vuelvo a mirar el monitor.
Daniel se está encargando de atender a Monroe. El vip está recostado en el sillón con cara de aburrimiento. Lleva unos zapatos de cuero italiano que brillan bajo las luces empotradas y un reloj que reluce de forma ostentosa cada vez que mueve la muñeca como por casualidad.
Monroe es de los que esperan que los entretengan, de los que necesitan que el personal haga malabares por él. No es el primero de este tipo con el que me topo: hombres que miden su valía según el número de personas a las que son capaces de someter a su voluntad.
Daniel le habla y le muestra los percheros llenos de trajes, pero Monroe apenas le presta atención. Se dedica a pasear la mirada por la sala con un gesto de indiferencia.
Entonces algo cambia en su expresión.
Su aburrimiento se desvanece. Responde algo y Daniel vacila, con los hombros un poco tensos. Izzy suelta un gruñido y apoya la cabeza en las manos.
La miro.
—¿Qué?
Daniel toca algo en sus auriculares y los de Izzy empiezan a pitar.
Suspira y se los lleva a la oreja.
—Voy enseguida.
Me recuesto contra el respaldo con los dientes ya apretados.
—¿Qué quiere?
—Insiste en que necesita a la gerente de la tienda.
Cómo no.
Echo la silla hacia atrás.
—Estupendo. En ese caso, te acompaño.
Las patas rozan la alfombra cuando me levanto con la decisión tomada.
Ella duda.
—No sé si es buena idea.
—¿Por qué?
Exhala.
—Es accionista. Tiene muchos amigos en los puestos de dirección. Si me muestro demasiado agresiva, podría costarme el trabajo.
No me gusta esa respuesta.
No me gusta que tenga que hacer política con hombres como este. Que tenga que sonreír y comportarse de manera profesional con una persona que no merece ni la cortesía más básica.
Me paso la lengua por los dientes mientras me obligo a calmarme.
—No quiero causarte problemas.
Sonríe, tímida y agradecida.
—Lo sé.
—Pero no andaré lejos —añado con voz firme—. Estaré en la zona de empleados viendo las imágenes. Si me necesitas o las cosas se complican, solo tienes que decir mi nombre.
Asiente, exhala y luego se endereza, como preparándose para lo que le espera. Observo cómo se transforma ante mis ojos: hombros hacia atrás, barbilla levantada, una expresión de eficiencia profesional muy ensayada.
Antes de salir, recoloca la pila de informes que descansa sobre su escritorio.
Echo un vistazo a lo que parecen ser unas proyecciones de ventas con notas manuscritas en los márgenes.
Las cifras son precisas, detalladas, contienen análisis de tendencias que parecen más propios de un contable que de una gerente de tienda.
Es evidente que ha hecho un seguimiento meticuloso de los números, que ha correlacionado datos en los que la mayoría de la gente ni siquiera había reparado.
—¿Todo esto lo haces tú? —pregunto mientras los señalo.
Ella les echa un vistazo y a continuación se encoge de hombros, como si no fuera nada.
—Las previsiones de la empresa siempre están equivocadas. No tienen en cuenta las tendencias locales ni las preferencias de los clientes habituales, así que me encargo personalmente del seguimiento.
Arqueo una ceja, impresionado a pesar de mí mismo.
—Parece muy exhaustivo.
—Tiene que serlo —dice. No se lo ha tomado como un cumplido—. El último trimestre superamos a todas las demás tiendas de la región en casi un cuarenta por ciento porque ajusté el inventario basándome en mis propias previsiones en lugar de en el modelo de la empresa.
Recorremos juntos el pasillo de empleados.
Me doy cuenta de que varios miembros del personal se detienen para hacerle preguntas rápidas al pasar.
Aceptan su autoridad de una forma natural, no hay ni rastro de ese respeto artificial que los empleados les muestran a unos jefes a los que en realidad no admiran.
Da la sensación de que valoran mucho su opinión, y ella responde a todas las dudas con una confianza resuelta que no concuerda con cómo se comporta con Evan.
Abro la transmisión de las cámaras de seguridad en el móvil para seguir lo que ocurre dentro de la sala de compras personalizadas. La pantalla brillante muestra múltiples ángulos, todos bastante nítidos y claros, así que se aprecian las expresiones faciales y el lenguaje corporal.
Izzy se inclina hacia mí para echar una ojeada.
Me roza un brazo con el pecho y me agarroto por completo. La suave presión me provoca una sacudida inesperada.
Luego, como si no bastara con ello, me pone una mano en el antebrazo. A través de la tela de la camisa, noto que tiene los dedos calientes.
Madre mía.
Contengo la respiración, lucho contra todos y cada uno de los impulsos de mi cuerpo. Me hierve la sangre, que se convierte en un torrente de calor imposible de pasar por alto.
Izzy se percata de que me he puesto rígido. Solo espero que no se dé cuenta de lo durísima que se me está poniendo la polla en este mismo momento. La reacción es inmediata e intensa.
Se aparta.
—Ay, mi madre, perdona —dice con las mejillas sonrosadas—. Es que… no sabía que podías ver las cámaras en el móvil.
Me obligo a respirar. Luego le dedico una sonrisa lenta.
—Sí, claro que sí.