14. Si lo piensas bien, es culpa de Amanda #2
Desde luego no es culpa mía, porque, si aceptara lo contrario, tendría que enfrentarme a la crisis absoluta que es mi vida.
Tengo que dormir.
Tengo que olvidarme de que esto ha ocurrido.
Me obligo a respirar, a calmarme, a taparme la cabeza con las mantas, como si eso fuera a ayudarme, como si pudiera esconderme de mis propios deseos.
Mañana.
Mañana me ocuparé de todo esto.
La alarma cobra vida con un chillido estridente y suelto un gruñido. Aporreo la mesita de noche hasta que encuentro el móvil y la apago.
No estoy preparada para otro día.
Apenas he pegado ojo. Cada vez que empezaba a adormilarme, mi mente decidía reproducir las tremendas obscenidades que me hice anoche a mí misma.
O, peor aún, empezaba a modificarlas. La voz de Caleb se transformaba en la de Callahan.
La fantasía generada por IA se convertía en algo real, algo que no puedo tener, que no debería desear.
Vuelvo a gruñir y, por fin, me levanto de la cama.
Necesito resetearme. Me arrastro hasta el baño, abro el grifo de la ducha e intento que el jabón aclare el absoluto desastre que es mi cerebro.
El agua caliente me golpea la piel y se lleva las pruebas físicas de la noche, pero no me ayuda con la espiral mental en la que estoy atrapada.
Cuando termino de maquillarme y me pongo la chaqueta, el móvil vibra sobre la encimera.
CALEB
Buenos días, preciosa. Has dormido bien?
No respondo de inmediato. Porque no, no he dormido bien.
Porque sí, me corrí pensando en un compañero de trabajo.
En un compañero de trabajo extremadamente irritante, de hombros imposiblemente anchos, exasperantemente intenso, injustamente atractivo, ridículamente competente y más seguro de sí mismo de lo que le conviene.
El que se da cuenta de cuando no como, el que me observa como si fuera un rompecabezas que está decidido a resolver.
El compañero que, desde luego, no debería estar imaginándome sobre mí, doblada sobre una mesa.
Y, sin embargo, aquí estamos.
¿Qué cojones estoy haciendo?
Bloqueo el teléfono y me lo guardo en el bolso; me niego a lidiar con esto ahora mismo. Ya voy tarde. Cojo el café —sin desayuno, claro, porque ¿quién tiene tiempo para eso?— y salgo por la puerta.
Me he adentrado justo cinco pasos en la tienda cuando me estampo de frente contra Callahan.
Otra vez.
El café se me tambalea de forma peligrosa y está a punto de derramarse sobre él antes de que consiga estabilizarlo. El choque me deja sin aliento y su aroma —fresco, masculino— me invade al instante y me desboca el corazón.
Me agarra los brazos con las manos para que no pierda el equilibrio y, durante un segundo, juraría que aprieta aún con más fuerza. Intento no pensar en lo mucho que me gusta sentirlas en mi cuerpo. En lo grandes y fuertes que tiene los dedos. En la sensación que me provocarían al dilat…
¡No!
Me aparto, aturdida, y lo fulmino con la mirada, como si de algún modo todo esto fuera culpa suya. Me noto las mejillas calientes y espero que lo atribuya a que estoy avergonzada.
—Tenemos que dejar de encontrarnos así todo el rato —dice con aire divertido.
Resoplo y me aliso la chaqueta con una mano.
—Tenemos que dejar de bloquear las puertas todo el rato.
Arquea una ceja.
—¿Bloqueo las puertas?
—Sí —digo con el ceño fruncido—. No haces más que interrumpirme el paso. Empiezo a pensar que lo haces a propósito.
Se le dibuja una curva sutil en la boca.
—A lo mejor eres tú la que no hace más que toparse conmigo. Y empiezo a pensar que lo haces a propósito.
Pongo cara de hastío, pero no le replico, porque veo que inclina un poco la cabeza y me escudriña el rostro. Los mismos ojos de un verde imposible que con tanto realismo me imaginé anoche me estudian de tal manera que me entran ganas de retorcerme.
—Tienes pinta de estar cansada.
Me quedo paralizada.
Porque ¿cómo es posible que siempre parezca saberlo todo? Me acerco el café al pecho, como si así pudiera protegerme de su capacidad de observación.
—Vaya. Gracias. Eso es justo lo que toda mujer desea oír a primera hora de la mañana.
No le hace gracia.
—¿Has desayunado?
Bebo un sorbo de café.
—Este es mi desayuno.
Suelta un bufido.
—Ya lo hablamos ayer: el café no es comida.
Juro que, si me dieran un dólar por cada vez que me ha dicho eso, tendría dos, pero, aun así… Su preocupación es tan frustrante como extrañamente conmovedora.
—Mira, estoy bien —digo, harta ya de la conversación—. ¿Tienes algo que decirme o es que vamos a jugar a «Intervención: Edición desayuno» todas las mañanas?
Percibo un leve cambio en su expresión y no necesito más para saber que no he conseguido librarme de él.
—Tenemos que repasar el informe de seguridad —dice, pasando de un tema a otro con demasiada fluidez—. Tengo una memoria completa de nuestro plan para la temporada alta e incluye personal extra y procedimientos de respuesta a emergencias.
Asiento a la vez que intento recuperar la concentración.
Vale. La seguridad. El motivo por el que está aquí.
La única razón por la que interactuamos.
Pero mi cerebro no coopera. Porque ahora, cuando habla, solo puedo pensar en ayer por la noche.
En que me corrí con la vívida imagen de él inmovilizándome contra la mesa de reuniones.
Aprieto el café con más fuerza y los nudillos se me ponen blancos.
No. No. No.
—Pareces distraída —dice mientras me mira con intensidad.
«Uf, no sabes bien cuánto».
Carraspeo, luchando contra el calor que me sube por el cuello.
—No. Estoy bien. Solo… estaba pensando en la agenda de hoy.
Tengo que acabar con esta conversación antes de que mi cerebro me traicione aún más. Por suerte, tengo una excusa real. Una razón legítima para evitar quedarme a solas con él.
—No puedo reunirme contigo para revisar el informe completo esta mañana —digo enseguida—. Va a venir un vip muy importante que ya nos ha dado problemas antes. Tengo que estar disponible.
Ladea la cabeza.
—¿Un vip muy importante?
Asiento con la cabeza mientras saco la agenda.
—Sí. En plan… muy importante.
Me mira como si no lo entendiera.
—Entonces… ¿es una persona muy importante muy importante?
Guardo silencio un instante.
—Cállate.
No sonríe, pero parece que le ha hecho gracia su propio chiste.
Entre dientes, farfullo algo, como si me arrepintiera de haberle dirigido siquiera la palabra.
—Relájate —dice, como si mi incomodidad le resultara casi divertida—. En ese caso, podemos ver las imágenes de las cámaras de seguridad desde tu despacho.
—Bueno, en realidad no hace falta…
—No supone ningún problema —continúa, como si no acabara de intentar ponerle freno—. Es mejor que vigilar en la tienda, con tantas distracciones.
Busco una excusa a toda prisa.
—De verdad, no es necesario…
—Es lo más lógico —dice con voz firme—. Te acompaño.
Me quedo mirándolo. Ahora ya no hay salida. Y eso significa que estoy a punto de encerrarme a solas con él en mi despacho.
Con un escritorio.
Un escritorio muy robusto.
Y los escritorios son muy parecidos a las mesas.
Tengo que parar.
Esbozo una sonrisa forzada y me encamino hacia mi despacho.
—Genial. Pues vamos a ello.
Avanzo a toda prisa con la esperanza de que no se dé cuenta de que estoy haciendo todo lo posible por aumentar la distancia que nos separa.
No sirve de nada, porque él me sigue dando zancadas largas y constantes, tan tranquilo, moviéndose como si todo este puñetero espacio fuera suyo.
Su presencia llena el pasillo de tal manera que parece más pequeño.
Me digo que no debo mirar. Pero, por supuesto, miro.
¿Cómo no voy a mirarlo? Camina con una energía tranquila e imponente, como un hombre que, más allá de estar en una habitación, la domina.
Se ha remangado lo justo para que me resulte un problema, porque le veo los antebrazos: bronceados, fuertes, cubiertos de músculos.
Y los bordes de los tatuajes, la tinta que le trepa por la piel y le asoma bajo la tela de la camisa impecable.
Nunca se los he visto enteros; suele llevarlos tapados, ocultos, como si solo ciertas personas estuvieran destinadas a conocerlos.
Y ahora… Ahora quiero ser una de esas personas.
Trago saliva con dificultad y miro hacia delante. Trato de no pensar en lo de ayer. Ni en que es posible que esta noche me corra de nuevo.
Pensando en sus manos ásperas y firmes sobre mí.
Imaginando que tira todo lo que hay encima de mi escritorio y me inclina sobre él.
Fantaseando con el tono que debe de adquirir su voz cuando pierde el control.
Madre mía.
Tengo que parar. Tengo que parar de verdad.