11. El fiasco del pan que no es pan #2
Entramos y el olor a hierba de trigo me invade al instante las fosas nasales.
El interior es todo líneas puras y tonos neutros, hay bombillas Edison colgando del techo y plantas estratégicamente colocadas en cada rincón.
Tengo la sensación de que todos los clientes llevan ropa deportiva glamurosa mientras comentan su última clase de spinning.
Quiero irme.
Sin embargo, dejo que Evan me guíe hasta una mesa.
En cuanto nos sentamos, pide por los dos, como si estuviéramos en la década de 1950 y yo tuviera derecho a votar, pero no a elegir mi propia comida.
La camarera nos dedica un gesto de aprobación antes de desaparecer y yo solo soy capaz de mirar a Evan con cara de no entender nada mientras intento procesar lo que está ocurriendo.
—Quieres vivir la experiencia completa, ¿eh? —digo, y me cruzo de brazos.
Apenas me mira, pues ya está sacando el móvil.
—Bueno, tú nunca sabes qué pedir.
Eso no es cierto. Lo que pasa es que aquí todo está diseñado para que lo mastique gente que disfruta muchísimo el sabor de la tristeza.
La carta está llena de ingredientes que no sé pronunciar y de preparaciones que resultan innecesariamente complicadas.
Echo un vistazo a la estética, demasiado pensada de cara a la galería y basada en la col rizada.
La camarera vuelve y deja una cestita de pan en la mesa.
Solo que no es pan.
—Que aproveche —dice en tono alegre—. Es pan germinado, fermentado y sin cereales, cargado de proteína vegetal.
No entiendo ni una sola palabra de lo que acaba de decir, pero tengo hambre. Estiro el brazo para coger un trozo y el estómago me ruge del ansia. Y entonces Evan me agarra la mano con fuerza y aprieta con un ademán firme y frío.
—No te conviene —dice en un tono tranquilo, decidido, desdeñoso.
Lo miro de hito en hito, con la mano paralizada bajo la suya.
—Evan, ni siquiera es pan. Ya has oído a la camarera. Es…, no sé, judías germinadas o algo así.
Exhala y niega con la cabeza, como si fuera una niña que no entiende los conceptos básicos.
—Izzy, no. ¿Qué pasa con tus objetivos?
Parpadeo.
Luego parpadeo otra vez.
No sé qué ocurre, pero se me rompe una presa por dentro. El torrente de frustración que lleva meses acumulándose en mi interior amenaza con desbordarse de golpe.
Aparto la mano y vuelvo a cruzarme de brazos.
—¿Qué pasa con mis objetivos, Evan?
Pasea la mirada a toda velocidad por el restaurante, como si esta conversación ya lo estuviera avergonzando. Como si le estuviera montando una escena por el mero hecho de cuestionarlo.
Se inclina hacia delante.
—No te pongas como te pones.
Se me quita el apetito de golpe, sustituido por un sentimiento de vacío en el pecho.
Me recuesto contra el respaldo sin dejar de mirarlo en ningún momento y, de pronto, me siento muy muy cansada.
Como si todo el peso de nuestra relación —de la acumulación de decepciones silenciosas— acabara de caerme encima.
—¿Cuál es la gran sorpresa, Evan? —pregunto con voz monótona.
Suelta un suspiro exagerado.
—Bueno, ahora ya has fastidiado la noche.
No me lo puedo creer.
—¿Que he fastidiado la noche? ¿Por intentar comerme un trozo de pan que no es pan en un restaurante al que tú me has traído?
Me mira como si fuera yo la que está exagerando.
—Es tu actitud, Izzy. Eso es lo que la ha fastidiado.
Me río sin ganas. Es un sonido hueco, un reflejo del vacío que siento dentro.
—Di de una vez lo que ibas a decirme —le espeto—. O no. Me da igual.
Se le oscurecen un poco los ojos, pero se sienta más erguido.
—El dueño de este restaurante también es nutricionista —suelta, como si eso debiera impresionarme—. Lo he contratado para que te ayude con la dieta.
Me quedo mirándolo. Espero a que se ría, a que diga que es una broma, que en realidad no se le ha ocurrido hacer esto.
Pero no dice nada.
Se limita a mirarme con cara de expectación.
Como si tuviera que estarle agradecida. Como si este fuera el mejor regalo que pudiese hacerme: ayuda profesional para corregir lo que él considera mi mayor defecto.
Como si debiera darle las gracias por señalar, una vez más, que mi cuerpo no cumple con sus estándares.
Una ira lenta e hirviente se apodera de mí.
Durante un breve instante creo que por fin voy a decir algo.
Creo que voy a echarle la bronca, a decirle lo que pienso respecto a que me trate como si fuera un problema que tiene que solucionar.
Las palabras se me amontonan en la garganta, una presión que busca la forma de liberarse.
Pero entonces me lanza esa mirada. La que dice que, con él, no hay discusión posible sobre este tema. La que dice que, si le replico, le dará la vuelta a la situación hasta que, de algún modo, la culpa termine siendo mía. Y tal vez tenga razón.
Quizá la idea de trabajar con un nutricionista no sea tan horrible. Quizá sea cierto que necesito controlar mejor mi dieta. Quizá mi reacción esté siendo exagerada. Me trago todo lo que quiero decir, me encojo de hombros y digo:
—Vale.
Evan sonríe, como si esto fuera la prueba de que tenía razón desde el principio.
Luego, con la precisión de un reloj suizo, saca el móvil y comienza a toquetear la pantalla.
La camarera vuelve y deja sobre la mesa un plato con una especie de col rizada que tiene pinta de que la hayan aderezado con desesperación y acompañado con decepción.
Pruebo un bocado.
Sabe a hierba.
Mastico.
Trago.
Y me obligo a no llorar.